Vocación y vocaciones

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Jesús, llamado por el Padre, te llama…

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de abril de 2018

Este domingo, la Iglesia católica celebra la “Jornada mundial de oración por las vocaciones”, instituida por el Papa Pablo VI en 1964.

Eran los tiempos del Concilio Vaticano II y la mirada estaba puesta en las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pocos años después, comenzaría una fuerte crisis de sacerdotes, religiosos y seminaristas que, por diversas razones, “colgaban sus hábitos”. Parecía entonces que, con más razón, había que centrarse en estas vocaciones.

Sin embargo, con el tiempo se ha ido dando un cambio de orientación. Sin dejar la preocupación por las vocaciones sacerdotales y consagradas, la mirada se ha ido ampliando. No solo curas y monjas, sino todo ser humano es llamado por Dios. El hombre es vocación y es misión.

Tenemos una vocación común – la santidad –, aunque por caminos diversos. Hay que orar y trabajar para que cada uno descubra el suyo.

Este año 2018, por ejemplo, el Papa Francisco ha dirigido un mensaje que tiene como tema: “Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor”. Los destinatarios son todos los católicos.

Con estas palabras, introduce el tema de su mensaje: “Esta es la buena noticia, que la 55ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos anuncia nuevamente con fuerza: no vivimos inmersos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie de acontecimientos desordenados, sino que nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad.”

Para un cristiano, la palabra “vocación” es un concepto fuerte. No indica solo una vaga idea: “para algo sirvo”. Menos aún: confundir vocación con aptitudes, gustos o habilidades. Ni siquiera identificar vocación con profesión. El ser humano es mucho más que todo eso. Es persona, no una función. Es vocación. Es misión.

Y esa vocación-misión viene de Dios. De ahí que la propuesta es ayudar a todos, especialmente a los jóvenes, a abrir la mente, el corazón y ampliar la mirada. Hay una palabra que está llegando desde fuera. Viene del corazón de Dios y está dirigida a cada uno. Al escucharla, reconocerla y vivirla a fondo podemos reconocer nuestra verdad.

No hay vocaciones mejores que otras. Todas proceden de la fantasía creadora de Dios. Cada una es una aventura de amor. Y de felicidad.

Eso sí: todas las vocaciones – así lo vemos los cristianos – tiene algo de la vocación del mismo Jesús. Todas se viven en la apertura a Dios, el don de sí y el servicio a los demás.

Cada vocación supone un camino, tan fatigoso como gratificante, que se retoma cada día. Porque, como alguien ha dicho: la vocación es siempre matutina. Cada día reclama nuestra libertad y nuestra disposición para buscar y transitar ese camino.

El que vive así es realmente pleno. Es lo que vemos en tantos hombres y mujeres. Han encontrado su lugar en el mundo, el sueño de Dios para ellos. No que tengan la vida resuelta. Solo que esa experiencia de la llamada de Dios es la brújula que siempre indica el norte de sus vidas.

¡Ojalá podamos experimentarlo también nosotros!

Gaudete et exultate!

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Ser obispo tiene algunas ventajas. El sábado 7 de abril, por ejemplo, me llegó de la Santa Sede, por correo electrónico, el texto de la Exhortación “Gaudete et exultate” con algunos subsidios para su lectura.

Así que pude leerla el domingo por la tarde. Ahí nomás se la mandé a los curas de la diócesis por WhatsApp, con esta recomendación: ¡Disfrútenla!

Uno puede leer un texto porque es su deber hacerlo. También porque tiene curiosidad por saber qué dice. Normalmente uno lee cosas que están dentro del campo de sus intereses o gustos personales. Y muchas razones más para la lectura.

Son múltiples las razones por las que uno llega a un texto. Me pasa que, de la mayoría de las cosas que leo, al poco tiempo ya no me acuerdo ni siquiera que las he leído.

Pero…

En ocasiones, como esta que estoy comentando, la lectura te atrapa, te encanta y te hace disfrutar lo que estás leyendo.

Dejo a algún buen psicólogo – o a algún avezado cultor de la sospecha – investigar por qué ocurren estas cosas.

De ese “encantamiento” proviene la invitación que ahora renuevo: ¡lean y, sobre todo, disfruten lo que leen!

Es la alegría del Evangelio como lo que es: una propuesta de vida que llena la vida de alegría.

El santo, dice Francisco, es un bienaventurado, un hombre y una mujer sencillamente “feliz”.

Y eso es lo que ha traído Jesús al mundo, y lo que mejor sabe hacer el Espíritu Santo… Y por ahí tendría que ir la misión de los cristianos, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles de aquel etíope al que bautizó Felipe: “Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino” (Hch 8, 49).

Sanidad, bienaventuranza y felicidad son sinónimos en el diccionario de la lengua cristiana.

Caminar con alegría el propio camino…

¡Disfrútenla y sean felices!

O, sea: Gaudete et exultate!

Cristo convence

WEB_3e Dimanche Paques B_20180415.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 15 de abril de 2018

En mi estado de Whatsapp he escrito la frase: “Cristo convence”. Pertenece a un importante teólogo católico del siglo pasado: Hans Urs von Balthasar.

Intimida un poco el nombre, ¿no? Lo que no asusta es lo que dice. Todo lo contrario. Va al hueso de la experiencia cristiana. Lo que pone en marcha todo: el encuentro con Jesús resucitado que,  sin violentar conciencia ni libertad, nos conquista con su verdad. Nos convence.

Un rostro nos sale al paso, se nos desvela y, haciendo así, nos provoca. Este verbo – “provocar” – me gusta mucho. Lo uso habitualmente. Tal vez porque pone en palabras mucho de lo que vivo. Me siento, realmente, un hombre provocado, es decir, interpelado por lo que ocurre, lo que no manejo ni programo, lo que me viene de fuera.

Eso es, precisamente, lo que me ocurre con Jesús. Es cierto, su nombre y su enseñanza me acompañan desde niño. Se lo debo a muchos, en primer lugar a mis padres. Pero…

En un momento preciso de mi vida, ese nombre comenzó a desvelar una Presencia discreta, silenciosa pero real y – otra vez- provocativa. No hablo de nada extraordinario, sino de un proceso que puede ser descrito como el crecimiento lento pero firme de todo lo que vive.

El Evangelio de este domingo (Lc 24,35-48) nos habla precisamente de esto: un Viviente que toma la iniciativa de romper el silencio y darse a conocer, que irrumpe en medio de la vida de unos hombres tan concretos como asustados por lo que viven, los provoca con su presencia y los invita a reconocerlo.

Lejos de suscitar un entusiasmo emocional inmediato, el reconocimiento se vuelve lento, fatigoso y difícil. “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”, anota el evangelista (Lc 24,41).

Hay un gesto, sin embargo, que parece acelerar el encuentro: para ser reconocido, el Viviente mostrará las cicatrices de su pasión, las huellas que ha dejado en su humanidad el camino que ha recorrido. “Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies” (Lc 24,40). Así se corre el velo e irrumpe la verdad.

Otro gran teólogo del siglo pasado, Karl Rahner, decía que el cristiano del futuro (y pensaba en nosotros) tendrá que ser, casi por necesidad, un místico. No piensa en nada extravagante. Habla de lo que venimos diciendo: un cristiano es un hombre o una mujer que ha tenido la experiencia personal de haber sido alcanzado por Jesús y de haber sido convencido por la elocuencia de sus cicatrices.

Cristo convence porque tiene luz propia. Un cristiano es alguien que ha sido iluminado por ese misterio. Y eso es un místico: alguien que vive desde el misterio de Dios que se le ha mostrado en su Hijo Jesucristo.

Me surge ahora una pregunta. Lo siento también como una provocación. Es esta: en el modo cómo vivimos la fe en nuestras comunidades cristianas, ¿dejamos que brille y se transparente la luminosidad de Cristo?

La Iglesia no posee luz propia. Si intenta brillar por sí misma termina opacando el Evangelio. Solo puede reflejar, como la luna al sol, la luz de Jesucristo.

Los errores de Francisco

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La carta del Papa Francisco a los obispos de Chile del pasado 11 de abril posee un significado y un alcance trascendentales. Aquí la carta

Escrita desde el horizonte de la fe y de la misión evangélica del obispo de Roma, tiene un innegable sabor personal. El lenguaje (términos, acentos, cadencia) es claramente del Papa Bergoglio. Deja entrever además el “itinerario interior” que el Papa viene recorriendo a partir de la crisis desatada durante su viaje a Chile.

Me animo a decir que el Papa viene transitando un camino penitencial, abierto al soplo purificador del Espíritu. Es más: en la carta invita a los obispos chilenos a transitar juntos ese camino. Juntos buscarán los pasos a dar para reparar el daño y avanzar en una purificación de la Iglesia.

Pienso que esta carta de Francisco se ubica al mismo nivel de relevancia que la misiva de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda de 2010. Sin embargo, es aún más fuerte.

Francisco reconoce que ha “incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación”. Y señala además que esto ha sido “por falta de información veraz y equilibrada”. Por eso, pide perdón y avisa que buscará reunirse con “los representantes de las personas entrevistadas” por sus enviados.

Las víctimas de Karadima han manifestado su gratitud por la tarea llevada a cabo por el arzobispo Scicluna y el padre Bertomeu, además de valorar positivamente el gesto de la misiva papal. Han aceptado reunirse con el Papa y esperan que se tomen medidas adecuadas.

En mayor próximo, los obispos chilenos se reunirán en Roma con Francisco para un verdadero acto de discernimiento episcopal sobre los pasos que tiene dar la Iglesia chilena y sus pastores para reparar el daño causado, restablecer la comunión eclesial y la confianza de la sociedad.

¿Cuáles serán esos pasos? No se puede evitar imaginar algunos de ellos. Sin embargo, no es mi intención decir aquí lo que yo pienso que se hará. El tenor de la carta hace prever que, por importantes que puedan llegar a ser las decisiones que afecten a algunos de los protagonistas de la crisis (el obispo Barros, por ejemplo), lo que se abre hacia delante en la Iglesia chilena es un proceso más amplio de verdad y genuina conversión pastoral.

¿Sólo afectará a la Iglesia y episcopado del país hermano? Espero sinceramente que no. Pienso que ese itinerario que el Papa Francisco viene recorriendo expresa algo realmente profundo que está pasando en la Iglesia en esta dramática situación de los abusos. Francisco ha admitido sus errores, ha rectificado el rumbo de sus decisiones y, sobre todo, ha revisado sus propias convicciones al respecto.

Aquí tocamos, a mi entender, el nivel más profundo del efecto sanante, aunque doloroso, que la crisis de los abusos viene produciendo en la Iglesia católica: asumiendo la perspectiva de las víctimas, no hay que tener miedo de ser autocríticos de la mentalidad, criterios, actitudes y procedimientos en esta materia.

Un dato que me ha llamado poderosamente la atención, y que tiene que ver con esto: Francisco reconoce con gratitud la “profesionalidad” con que “diferentes organizaciones y medios de comunicación” han tratado estos delicados casos. Tenemos que tomar nota en la Iglesia de esta actitud: de una postura defensiva y victimista a un reconocimiento del positivo rol crítico que los medios han cumplido investigando, difundiendo y dando voz a las verdaderas víctimas.

Repito: tenemos que tomar nota de este dato, e incorporarlo como un criterio en nuestro propio modo de encarar esta crisis, como otras parecidas.

Los errores de Francisco, admitidos y rectificados, han sido beneficiosos para todos. Se agradece.

Ver para creer

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de abril de 2018

Le tengo un afecto especial al evangelio de este domingo (Jn 20,19-31). Es el encuentro de Jesús resucitado con el apóstol Tomás que, por estar ausente durante la primera aparición, no termina de creer lo que le cuentan los otros.

Ante la insistencia de sus amigos, Tomás redobla la apuesta: tengo que ver para creer, tocar sus llagas, meter la mano en su costado.

Lo que sigue es conocido: Jesús se aparece de nuevo a los apóstoles, Tomás incluido, e invita al incrédulo a tocar las llagas de la pasión.

Tomás confiesa la fe con una de las fórmulas más bellas del evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús remata con una bienaventuranza: “¡Felices los que crean sin haber visto!”.

Mi afecto por esta escena tiene que ver con mi biografía personal: habré tenido unos 13 años y me tocó hacer de apóstol en el lavatorio de los pies, el Jueves Santo, en mi parroquia. Cuando terminó el rito, el cura nos regaló un pañuelo con el nombre de uno de los doce apóstoles a cada uno de los jóvenes que habíamos participado. A mí me tocó el de Tomás.

¿Profecía? Algo de eso hay. Lo veo hoy con mucha claridad. En ese pañuelo, con ese nombre evangélico, la Escritura se hizo Palabra para mí. Lo cierto es que mi propio camino de fe ha sido – y es todavía – como el de Tomás: una fe siempre acechada por la incredulidad.

¿Podría ser de otra manera? La fe es el acto más libre de un ser humano. Es confiarse libremente a Dios que, a su vez, nos ha dirigido con soberana libertad su Palabra. La fe es aventura de libertad. Es riesgo, desafío y provocación.

Un gran biblista, el padre Ignace De la Potterie, comenta que aquella bienaventuranza de Jesús – “Felices los que creen sin ver” – puede ser interpretada de dos maneras. La clásica: la fe no consiste en ver, sino en creer sin la evidencia de los sentidos. Pero también es posible otra interpretación: para pronunciar nuestro Amén a Cristo necesitamos tocar, de alguna forma, su humanidad resucitada.

¿Cuándo vemos y tocamos la humanidad de Cristo?

Lo hacemos toda vez que nos sumergimos en los evangelios y contemplamos su figura de Hijo y hermano. Lo hacemos también cuando celebramos los sacramentos, pues suponen una intensa actividad de los sentidos del cuerpo: escuchar, cantar, recitar las oraciones, hacer silencio.

Lo hacemos toda vez que nos encontramos con Cristo a través de su mediación más querida: los hermanos, especialmente los más heridos. Alguna vez leí esta oración: “Señor, necesito ojos nuevos para reconocerte, dado que has tomado la costumbre de viajar de incógnito y de parecer siempre… otro”.

Los interrogantes que despiertan los abusos

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Como está ocurriendo en otros países, también aquí en Argentina, están saliendo a la luz casos de abusos sexuales a menores en el mundo del deporte.

Por los datos que se están haciendo públicos, se trataría de personas que se van dando ánimo para contar lo que les ha pasado, en algunos casos, hace años. Revelan abusos sistemáticos y también pactos de silencio y de encubrimiento.

Hace algunos meses, la versión española de The New York Times informó extensamente sobre una situación parecida en los clubes de futbol ingleses. Dos datos me llamaron la atención: los abogados que patrocinan a las víctimas de estos abusos son prácticamente los mismos que, en su momento, lo hicieron con las víctimas de los clérigos católicos y anglicanos. El segundo dato lo ofrecían los mismos abogados al señalar que, en los clubes encontraron el mismo sistema de encubrimiento que en dichas Iglesias.

Cuando uno se interna en el escabroso territorio de los abusos a menores, superado un primer momento de impacto emocional de bronca, asco y negación, algunas preguntas comienzan a tomar forma y buscar respuestas. No basta ni la indignación ni la mera punición de estos hechos. Se trata de comprender, lo más a fondo posible, ante qué problemática humana se está, su alcance, complejidad y causas. Se quiere comprender para prevenir, evitando, en la medida de lo posible, que nuevas víctimas se vean empujadas a ese abismo de dolor y daño que son los abusos a menores o personas vulnerables.

Una de las primeras preguntas que surge es esta: ¿qué ha ocurrido en la vida de un adulto para llegar a semejante nivel de deshumanización? Un adulto debería encontrar su adecuado partner sexual en otro adulto. ¿Qué ha pasado en la vida de un adulto para que se convierta en depredador sexual de menores? ¿Por qué busca a menores o individuos vulnerables?

Es obvio que se trata de un delito que la justicia debe esclarecer y punir en todos los niveles de responsabilidad que quepan: penalizando con prisión a quien corresponda (victimarios y cómplices), pero también con sanciones civiles adecuadas a quienes no cumplieron con el deber de cuidar a quienes les habían sido confiados. Pero, ¿es suficiente sancionar penal y civilmente? ¿No hay que dar otros pasos que trasciendan la mera justicia punitiva?

Si se mira el problema desde la óptica de las víctimas, aparece con claridad que, a la insoslayable necesidad de punir a los culpables, se debe añadir una decidida e inteligente acción para ayudar a las víctimas a sobreponerse a las heridas causadas por los abusos. Algunos hablan de ayudarlas a salir del lugar de víctimas para que se conviertan en sobrevivientes de los abusos.

Otras preguntas han de inquietar a quienes luchan contra este flagelo. A la pregunta por el adulto hay que añadir otra: ¿Por qué, después del ámbito familiar, instituciones como la Iglesia, los centros deportivos, educacionales o el mundo de la salud, entre otros, han resultado fatales para que se den estos abusos? ¿Qué condiciones, en esos ambientes, son las que han hecho posible que personas vulnerables sean depredadas por los abusadores?

La experiencia que vamos teniendo en la Iglesia, inmersos como estamos en esta lucha contra los abusos sexuales, nos ha permitido comprender lo que muchos especialistas en el tema aseveran con claridad: el abuso sexual es, básicamente, un abuso de poder que, normalmente, ha comenzado con distintas formas de seducción, abuso emocional o afectivo que, en algunos casos, ha concluido con los gestos de naturaleza erótico-sexual.

La natural asimetría que se da entre un sacerdote y una persona que acude a él, movida por la confianza, puede transformarse en la ocasión para que, dadas algunas condiciones, se precipiten los abusos. Si el sacerdote en cuestión (o el entrenador de fútbol, el maestro o el profesional de la salud, por caso) tiene alguna predisposición para el abuso, y si la persona que acude a él está en situación de vulnerabilidad por alguna razón (la edad o la fragilidad emocional, por ejemplo), pueden llegar a darse esas condiciones que precipiten los abusos.

De ahí la inquietud: ¿Cómo se ayuda a una persona que, por vocación o profesión, tiene que hacerse cargo de otros, a gestionar el poder y la asimetría que supone toda relación de ayuda o cuidado de otros?

Pero no basta que se de este encuentro entre posible víctima y victimario. Los abusos normalmente suponen la presencia de terceros implicados que, pudiendo ver, oír y hablar, no vieron, no oyeron o no hablaron, o se negaron a hacerlo. Por eso, es imprescindible hacer un abordaje integral que ayude a sanear posibles sistemas abusivos. ¿Cómo se ayuda a abrir los ojos y los oídos para atajar situaciones abusivas o para generar conductas que favorezcan el cuidado de los más vulnerables? ¿Cómo se superan la lógica del silencio y del miedo?

Vuelvo sobre algo ya dicho: los abusos despiertan lógicas preguntas. Tenemos que mirar de frente el problema, sin atajos ni pánico moral. Menos aún con la despreciable hipocresía del que busca lucrar con el drama de los abusos, por ejemplo, con el rating televisivo. Es un problema que hiere a toda la sociedad y de una vastedad aterradora. Merece un abordaje acorde al bien en juego: la vida de los más vulnerables.

La dura (y saludable) experiencia que está haciendo la Iglesia católica es que el trabajo fundamental pasa por centrarse en la víctima más que en el propio prestigio o el cuidado del buen nombre de la institución. Lo que está en juego en los abusos es el bien de las personas, su integridad y su vida, mucho más que la credibilidad de la institución que, como le ha pasado a la Iglesia, ve crecer en su interior estas formas de abuso.

Ojalá que todos los que estamos involucrados en esta compleja lucha, comprendamos que tenemos que trabajar en red. Es necesario escucharnos, aprender unos de otros y buscar cómo mejorar la calidad de los espacios comunitarios donde viven y crecen nuestros niños, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad. Esta es también una forma de pobreza que afecta profundamente a las personas y, a través de ella, a toda la sociedad.

Un país con pobreza es pobre

Postee en Facebook los párrafos que transcribo abajo. Son solo un aporte para pensar, sin ánimo de dar cátedra de nada. 

La mayor deuda de nuestra democracia sigue siendo la pobreza. Desde mediados de los noventa, cuando perforamos para arriba el 25% de pobres (¡una cuarta parte de los argentinos!), no hemos podido reducir la pobreza estructural. Razones hay para pensar que esta se ha consolidado.

El Observatorio de la UCA primero, y ahora el INDEC, están trabajando instrumentos de medición más integrales que el solo ingreso, pues la pobreza estructural tiene que ver con muchos otros factores. Esas mediciones cada vez más precisas y complejas nos ayudan en buena medida para calibrar la magnitud del desafíos que enfrentamos como sociedad.

Las variaciones ocasionales de la pobreza, como la reciente baja de cuatro puntos, son saludadas con prudente optimismo y tomadas con pinzas. Lo han hecho notar, desde ángulos muy diversos Juan Grabois y Roberto Cachanovsky (ambos en sendos artículos en Infobae).

Como obispo no me acerco a este tema desde una competencia ni política ni económica. No poseo ni la una ni la otra. Ni de hecho y, menos aún, de derecho. No es mi oficio. Aunque pudiera poseer alguna competencia profesional al respecto, no podría proponerla como palabra de la Iglesia, Hay libre discusión sobre estos temas.

Sí es mi competencia poner de relieve la dimensión ética de la lucha contra la pobreza. En este sentido, me parece oportuno señalar tres aspectos: 1) reducir la pobreza estructural de Argentina es una tarea de envergadura que supone también enormes energías espirituales y una real pasión por el bien común, posponiendo el interés personal o de grupo, de manera igualmente radical. Supone virtud. 2) Se hace más aguda la necesidad de un diálogo amplio y perseverante de los distintos sujetos sociales implicados (ciudadanos, sociedad, organizaciones, partidos y gobierno). Necesitamos consensos básicos más allá de los intereses particulares. Aquí también se requiere más virtud y menos ideología o pragmatismo. 3) Por último, pero no en último lugar, cualquier proceso de lucha contra la pobreza ha de contar con la voz de los pobres como sujetos activos de su propio desarrollo.

Los discípulos de Jesús lo miramos a Él, escuchamos su Evangelio y nos dejamos interpelar por su llamada a la conversión y a la cercanía. Como el Buen Samaritano.

Un aporte para pensar.

¡Gracias por ese miedo que grita la resurrección!

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“Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16,8).

Miedo.

La reacción espontánea que despertó el anuncio de la resurrección, en quienes lo oyeron por primera vez – las tres mujeres del evangelio –, fue precisamente eso: miedo.

Y miedo sentido en los cuerpos: salieron temblando y fuera de sí.

Habían ido a cumplir un rito funerario: honrar a un muerto.

No pretendían nada más. Superando el dolor como solo lo saben hacer las mujeres, fueron al encuentro del amigo muerto.

Es lo previsto. Muy valiente, sí, pero lo normal.

No buscaban nada más.

Y, de repente, se encuentran con algo más: la pesada piedra corrida de lugar y la tumba vacía.

Pero, sobre todo, el anuncio desconcertante: ¿Buscan al Crucificado? “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6).

A diferencia de nosotros, superficiales y banales, ellas comprendieron rápidamente de qué se trataba ese anuncio.

De ahí, el miedo.

Es que, si realmente el Crucificado ha resucitado, todo cambia, todo se torna demasiado real, serio y provocador.

Hay que tomarlo en serio a Jesús, como Él se tomó en serio al Padre y a su Reino.

En Getsemaní, en medio de su propio miedo, Jesús lo invocó con el nombre entrañable de “Abbá-Papá”.

Y se entregó totalmente, confiando en el poder de Dios su “Abbá”. Se entregó a fondo vacío.

Creer que el Padre “Abbá” ha resucitado a su Hijo, es darse cuenta de que ese poder se nos ofrece a cada uno de nosotros como el suelo firme sobre el que edificar toda la vida.

Y eso, queridos hermanos, nos da mucho miedo.

Preferimos vivir edificando sobre arena, sin mirar el horizonte infinito del mar que nos llama y nos invita a dejarnos llevar mar adentro.

Pero ese es el verdadero poder que lleva adelante la historia.

Lo hemos escuchado en las nueve lecturas de la Escritura que la Iglesia nos hace leer esta noche.

¡A ese poder confiémonos!

Es el poder del amor.

El único que resucita.

Y démosle gracias al miedo de esas mujeres valerosas y honestas. Su miedo grita la resurrección, mejor que nuestra cobarde mediocridad.

¡Muy feliz Pascua de Resurrección para todos!

El Pregón Pascual

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Aquí una grabación del Pregón Pascual con la melodía del Misal romano, edición argentina. Gracias a Matías Laiseca que es quien lo ha grabado. Yo haré lo que pueda.

Pregón Pascual

Alégrese en el cielo el coro de los ángeles,
exulten los ministros de Dios,
y por la victoria de un Rey tan grande,
resuene la trompeta de la salvación.

Alégrese también la tierra inundada de tanta luz,
y brillando con el resplandor del Rey eterno,
se vea libre de las tinieblas
que cubrían al mundo entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
adornada con los fulgores de una luz tan brillante;
y resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.

[Por eso, queridos hermanos, al contemplar
la admirable claridad de esta luz santa,
invoquemos la misericordia de Dios omnipotente,
y ya que sin mérito mío se dignó agregarme
al número de sus servidores,
me infunda la claridad de su luz,
para que sea plena y perfecta
la alabanza a este cirio.]

[V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.]

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

Realmente es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto de la mente y del corazón
al Dios invisible, Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Él pagó por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán, y borró con su sangre
la sentencia del primer pecado.

Estas son las fiestas pascuales,
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste de Egipto
a nuestros padres, los hijos de Israel,
y los hiciste pasar a pie por el mar Rojo.

Esta es la noche que disipó las tinieblas
de los pecados con el resplandor
de una columna de fuego.

Esta es la noche en que por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo,
arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y agregados a los santos.

Esta es la noche en la que Cristo
rompió las ataduras de la muerte
y surgió victorioso de los abismos.

¡De nada nos valdría haber nacido
si no hubiésemos sido redimidos!

¡Qué admirable es tu bondad con nosotros!
¡Qué inestimable la predilección de tu amor:
para rescatar al esclavo, entregaste a tu propio Hijo!

¡Pecado de Adán ciertamente necesario,
que fue borrado con la sangre de Cristo!
¡Oh feliz culpa, que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!

¡Noche verdaderamente feliz!
Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora
en que Cristo resucitó del abismo de la muerte.

Esta es la noche de la que estaba escrito:
La noche será clara como el día,
la noche ilumina mi alegría.

Por eso, la santidad de esta noche
aleja toda maldad, lava las culpas,
devuelve la inocencia a los pecadores
y la alegría a los afligidos;
expulsa el odio, trae la concordia
y doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia, recibe, Padre santo,
el sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia
te presenta por medio de sus ministros,
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.

Ya sabemos lo que anuncia esta columna de fuego
que encendió la llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz
no disminuye su claridad al repartirla,
porque se alimenta de la cera
que elaboraron las abejas
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Noche verdaderamente dichosa,
en la que el cielo se une con la tierra
y lo divino con lo humano!

Por eso, te rogamos, Señor,
que este cirio consagrado en honor de tu Nombre,
continúe ardiendo para disipar la oscuridad de esta noche
y, aceptado por ti como perfume agradable,
se asocie a los astros del cielo.
Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana,
aquel lucero que no tiene ocaso:
Jesucristo, tu Hijo, que resucitado de entre los muertos
brilla sereno para el género humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.