José es sueño de Dios


Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños…” (Mt 1,20).

Homilía en la Solemnidad de San José – 19 de marzo de 2019 – Parroquia “San José” de Devoto.

“Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado” (Mt 1,24).

En este Año Misionero Diocesano, sin temor a equivocarnos, podemos decir: “Con vos, José, misioneros del Evangelio”.

Misioneros con José.

Misioneros como José.

Empecemos despejando un malentendido: misión no es hacer mucho. Una parroquia misionera, por ejemplo, no lo es porque tenga muchas actividades, frenéticas y expansivas.

Misión no es hacer mucho, sino lo que hay que hacer.

En cristiano: hacer lo que Dios sueña de nosotros.

Dios nos sueña. Y lo hace constantemente. Si dejara de hacerlo, sencillamente desapareceríamos. Somos el sueño de Dios.

De ese sueño de amor surgimos continuamente a la vida.

Sueña con nuestro rostro, con nuestra libertad y con ese lugar único, original e intransferible que quiere que ocupemos en su designio de salvación para el mundo.

El Dios creador y providente, que ha soñado la tierra y todo lo que la habita, como dicen los salmos, ha soñado compartir con nosotros la experiencia maravillosa de dar vida y de cuidar la vida y nuestra casa común.

Es el Dios salvador que ha mostrado su rostro de buen samaritano en su Hijo amado, Jesucristo.

Contemplando los peligros que se ciernen sobre su creación, especialmente sobre su criatura más amada, el ser humano, ha realizado su sueño de restaurar la humanidad herida.

Ha soñado así su sueño más hermoso: que su Hijo que es también su más perfecta Imagen y su mismo Verbo, por obra del Espíritu, tomara carne y sangre de María y, puesto bajo el cuidado de José artesano, aprendiera a caminar la condición humana.

Así, Jesús, primero aprendió a ser hijo de María y José, a ser hermano de sus compañeros de camino y, finalmente, a ser pastor y redentor de toda la humanidad.

Este es el Dios salvador que quiere que también cada uno de nosotros tome parte en la experiencia de curar la creación herida, levantar con delicadeza al caído y acompañarlo en su camino de curación.

De ahí nacen todas las vocaciones en la familia de su Hijo. Ese es el manantial del que brotan todas las vocaciones misioneras en la Iglesia.

*     *    *

Vos y yo somos misión.

La Iglesia es misionera porque ella misma, en su misterio más profundo y hermoso, es misión.

Uno de los aciertos más lindos de Aparecida ha sido este modo de identificarnos: somos “discípulos misioneros de Jesús”.

Discípulo de Jesús y su Evangelio, yo mismo soy vocación y soy misión.

Miremos a José y contemplemos cómo él ha vivido su identidad misionera.

Ante todo, ha buscado reconocer en su vida concreta el designio de Dios. Y -como enseñará Jesús- el que busca encuentra.

Ha sido una búsqueda ardua y, por momentos, crucificante: José creyó que Dios quería despojarlo del amor de María y, por eso, resolvió dejarla libre para que ella viviera a fondo su vocación y misión. Decisión tan dolorosa como meditada y rezada delante de Dios.

Creyó que Dios quería despojarlo y se dispuso activamente para ese despojo interior, doloroso, pero, según su entender, necesario para ser fiel al plan de Dios.

Pero los caminos de Dios son siempre sorprendentes.

El sueño de Dios para José era otro. Y se lo hizo saber, también en medio del sueño. Allí recibió la palabra que le marcaba el camino: tenía que hacerse cargo de María y del Niño que ella llevaba en el vientre, concebido por obra del Espíritu.

Ese era el sueño de Dios para él. Esa era su misión. Y debía vivirla en el silencio contemplativo del que va haciéndose cargo del Misterio de Dios, lo cuida y le abre espacio en su vida, para que pueda, un día, iluminar a toda la humanidad.

*     *    *

¿He podido conocer el sueño de Dios para mí? ¿El sueño de Dios que soy yo mismo? ¿Puedo decir que sé, por experiencia antes que, por mera información, cuál es mi misión, mi lugar en el mundo?

Volvamos a la escena evangélica: ¿cuándo José sintoniza con el sueño de Dios para él? Cuando él mismo se sumerge en el sueño. Esta es una indicación preciosa: aquí el sueño es símbolo de la oración cristiana.

Si querés conectar con el sueño de Dios para vos, animate a transitar el camino de la oración que te sumerge en el Plan de Dios.

De todos los desafíos que hoy tiene delante de sí esta Iglesia que soñamos misionera, el de ser casa y escuela de la oración se me presenta como uno de los más ambiciosos, fecundos y de largo alcance.

Sueño con un Iglesia misionera que, como José, se sumerge en la vida y en el alma de los hermanos, les enseña a escuchar los sueños de Dios, a dejarse iluminar por la Palabra, a orar y a adorar.

Quien experimenta este misterio de luz queda iluminado. Su vida se hace más bella, más profunda, más verdadera y, por eso, más bienaventurada.

La Iglesia es misión.

Vos y yo somos misión.

Con José y con María, vivamos a fondo nuestra vocación de misioneros de la Buena Noticia de Jesús para el mundo.

Amén.

La aventura de escuchar

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de marzo de 2019

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de tu rostro. (Oración de la liturgia del segundo domingo de Cuaresma).

“Me llamo Kevin, y soy adicto a mi celular”. Así comenzaba un artículo publicado días pasados en The New York Times. Otro párrafo: “Mis síntomas eran los típicos: me volví incapaz de leer libros, ver películas completas o tener conversaciones ininterrumpidas”.

Tres actividades muy distintas, pero unidas por algo común: la aventura de escuchar. ¿No es eso lo que nos pasa cuando nos dejamos llevar por las páginas de un libro que nos atrapa? Algo similar ocurre cuando una “peli” nos mete dentro de una buena historia. Sin embargo, nada se compara con el tener la mirada fija en un rostro y saber que, incluso en el silencio, las almas se encuentran en la escucha.

“Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo” (Lc 9,35). En cierto modo, todo lo que dicen las Escrituras se puede resumir en este mandato.

Para la Biblia, dos verbos representan la cumbre de toda actividad humana: escuchar y recordar. Por el contrario, lo peor que le puede suceder a un ser humano es olvidar y tener los oídos cerrados. Eso es, en definitiva, la esencia de todo pecado: olvidar a Dios, desoír su voz.

La Cuaresma es una invitación a disponer cada fibra de nuestra persona para ese viaje que es la escucha de Dios. Él es, en sí mismo, Palabra audible que busca ser escuchada y respondida.

La experiencia de Kevin también es nuestra: de tanto en tanto, el ruido se vuelve caótico y nos embota la mente y el corazón. Nos hacemos incapaces de escuchar. Perdemos contacto con la realidad: la de Dios, la de los que nos rodean, la de quienes nos gritan pidiendo ayuda, la del mundo, la palabra de nuestros amigos.

Dios es Palabra y cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, lo es también. Somos palabra. Jesús es la Palabra de Dios que se ha hecho audible en medio del ruido del mundo.

Para la experiencia cristiana, el encuentro con Jesús es -como tantos relatos evangélicos- liberación de nuestras sorderas. Su voz es capaz de imponerse al caos, nos libera de todas nuestras sorderas y nos hace capaces de volver a escuchar el canto de la creación.

¿Cómo reconocer su voz en medio de tantos gritos? Su Espíritu trabaja en eso. Más y mejor que el más hábil predicador. A nosotros nos toca una pequeñísima parte: intentar entrar en el silencio que nos dispone para la escucha. Sea en la oración, sea en el tender la mano a quien nos pide ayuda.

Eso es Cuaresma.

Miremos a Brochero. Contemplemos a Jesucristo.

Homilía en la Memoria de San José Gabriel del Rosario Brochero, patrono del Clero argentino – Arroyito, 16 de marzo de 2019

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él” (Ez 34, 11).

Miremos a Brochero, pero que nuestra mirada no se detenga en él.

Y si lo hacemos, el mismo Cura nos toma de la mano, nos dirige uno de sus pícaros dichos y nos vuelve a poner en el buen camino.

“Vengo a traerles música”, les decía a sus serranos cuando, mate y amistad de por medio, los arrimaba al Evangelio.

Esa es la única música que llenaba su alma, la que lo había conquistado y cuya melodía él repetía, con su vida ante que con sus labios.

¿O no lo decimos en cada Misa cuando, al llegar a la gran Plegaria eucarística, nos unimos al coro de los ángeles y santos para cantar la santidad del Dios tres veces santo, cuyo rostro misericordioso resplandece en la Pascua de Jesús?

Todo en San José Gabriel se orienta hacia Jesucristo, el verdadero Pastor.

Pastorear al pueblo, buscarlo, ocuparse de él, librarlo de la dispersión; reunirlo, apacentarlo y hacerlo descansar “en verdes praderas”. Todo ello es obra exclusiva del Dios Pastor. Nadie lo iguala. Nadie se puede atribuir esa misión.

Conmemoramos al Santo Cura Brochero, pero celebramos a Jesucristo.

Jesús es el Pastor. Él es el único y verdadero Sacerdote.

***

Ahora, con la mirada fija en Jesús, de la mano del Santo Cura Brochero, permítanme que les hable de la vocación al ministerio pastoral de los sacerdotes.

Ya hemos dicho lo fundamental: hay un único Sacerdote, los demás somos sus ministros, llamados a ser transparencia del Buen Pastor, signos visibles de su alma inquieta que busca, encuentra y cura a las ovejas perdidas y descarriadas.

Ser cura no es una profesión liberal, es decir: no es algo que nosotros elegimos después de evaluar nuestros gustos y cualidades.

Hacerse cura no responde a la pregunta: y yo, ¿para qué sirvo? ¿En qué voy a ser feliz, pleno y fecundo?

Claro que un hombre que empieza a sentir la llamada al sacerdote siente que esas preguntas lo escuecen por dentro.

Puede incluso que sean el disparador de un camino vocacional que lo lleva al Seminario -como le ocurrió un día al joven José Gabriel- y, más adelante, a la ordenación sacerdotal.

Si ese joven es honesto. Si cruza el Mar Rojo de la fe y comienza a dejarse llevar, entregando realmente las riendas de su vida al Señor, ahí comienza a comprender que está en ese camino solo porque Él lo ama y lo llama.

Pero hay más: si esa experiencia cala hondo y comienza a transformarse en el suelo sobre el que se edifica la propia vida, ese aprendiz de cura comienza a comprender que ni siquiera allí se detiene la sabiduría amorosa de Dios.

Comienza a comprender -como un día la ocurrió a Moisés- que es cura porque el Dios Pastor ama a su pueblo; y lo ama con un amor apasionado y celoso que lo lleva siempre al extremo de la locura.

Es locura tiene una fisonomía muy concreta y definida: es la cruz redentora de Cristo.

Brochero lo comprenderá cabalmente al final de sus días: “Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva; quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi último fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”.

Brochero se ha hecho una sola cosa con el Dios Pastor, con Jesucristo Sacerdote, con el Cordero manso e inocente, que se ha dejado inmolar por amor.

En realidad, San José Gabriel aprendió, a lo largo de su vida y ministerio a vivir así: siempre al lado de los pobres, serrano entre los serranos, aspirando solo a que Jesús y su Evangelio calaran hondo en el alma de sus serranos.

Ese amor grande es lo que el Espíritu infundió el día de su ordenación sacerdotal. Solo que en él, encontró un alma noble, sencilla y humilde que lo dejó echar raíces, cada vez más hondas en su vida.

Al suplicar por las vocaciones sacerdotales y por la santidad de nuestros curas, miremos a Brochero y, de su mano, vayamos a Jesucristo para que Él nos dé a todos su Espíritu.

Y no olvidemos a María, la Purísima. ¿Quién de nosotros puede poner en duda que fue ella la que modeló como madre, catequista y maestra espiritual el alma noble de Brochero?

Hace con nosotros lo mismo.

A ella también nos volvemos con confianza, para decirle: “Bendita sea tu pureza…”

60 años del Pequeño Cottolengo de San Francisco

Homilía en la Misa de acción de gracias por los sesenta años del “Pequeño Cottolengo” de Don Orione en San Francisco – Jueves 14 de marzo de 2019

“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,37-39.40).

Queridos hermanos y hermanas:

Sin ninguna clase de temor, y con gran alegría en el corazón, podemos decir: ¡El Señor está aquí! Aquí, entre nosotros, en este rincón sagrado de nuestra ciudad y de nuestra diócesis, está Jesús, están sus manos, su rostro, su cuerpo, sus heridas y su corazón manso y humilde.

Eso es el Cottolengo de San Francisco: un lugar sagrado, donde el Señor vuelve a mirarnos y a atraernos con su presencia, siempre humilde.

¿Nos hemos dado cuenta ya que Jesús jamás violenta a quienes llama a su seguimiento, a quienes quiere revelar la misericordia y ternura del Padre?

Aquí está Jesús, porque aquí están sus hermanos más pequeños.

Pero también, porque aquí, Jesús vuelve a mostrar su rostro de Buen Samaritano y de Servidor del Padre.

Por eso, para nosotros, especialmente para quienes somos parte de esta Iglesia de San Francisco, el Cottolengo es verdaderamente una escuela de Evangelio.

Es decir, aquí aprendemos a vivir la misericordia, el consuelo, el abajarse para servir, el sentido profundo de la dignidad humana. En definitiva, a ver el mundo tal como lo ve el Padre, con sus mismos ojos y, sobre todo, con sus mismos sentimientos de ternura y compasión.

Aquí, Jesús, despojado de poder, nos enseña sin demasiadas palabras lo que significa amar como Él ama, como el Padre ama, como el Espíritu se derrama en nuestros corazones.

Por todas esas razones, aquí también aprendemos la lección de la santidad según el Evangelio.

“Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Lv 19).

No es separación, ni altanería, ni distancia, ni complicación.

Es vida entregada, cada día, incluso levantándonos de las caídas, rehaciendo con paciencia y perseverancia la decisión de reconocer a Jesús en el rostro de nuestros hermanos más pequeños.

*     *    *

Hace sesenta años, el 14 de marzo de 1959, iniciaba su caminar el “Pequeño Cottolengo de San Francisco”. Lo hacía, gracias a la generosidad de una familia -los Boero- y con el impulso del carisma de San Luis Orione.

Antes que naciera la diócesis de San Francisco, la santidad de Cristo encarnada en Don Orione, el carisma que le había regalado el Espíritu y que animaba la vida de sacerdotes, religiosas y laicos, ya estaba abonando el terreno para que, solo un par de años después fuera erigida la nueva diócesis.

De entonces hasta hoy, nuestra Iglesia diocesana se ha visto enriquecida por este carisma y por la vida que de él brota.

Estamos aquí para dar gracias por ello.

Pero, a la acción de gracias por lo que Dios nos regala ha de seguirle una respuesta, cada vez más lúcida y consciente de parte de su Iglesia.

¿Qué llamada de Dios sentimos surgir desde este lugar? ¿Qué le dice a nuestra ciudad, a nuestra Iglesia diocesana, a nuestras comunidades?

Me animo a decir que el Cottolengo, regido por los Orionitas, sin embargo, forma parte de la familia espiritual de cada comunidad cristiana de San Francisco.

Incluso más: la misma sociedad sanfrancisqueña no puede comprenderse a sí misma si no vuelve su mirada hacia este lugar, al que se destinan, día a día, recursos, energías, entrega, fidelidad, en definitiva, amor concreto y eficaz.

La ciudad de San Francisco necesita del Cottolengo, tanto o más de cuanto el Cottolengo necesita de los sanfrancisqueños.

Cada uno de nosotros ha de responder a la pregunta: ¿Qué llamada de Cristo viene para mí desde este lugar?

Pero, como pastor, no puedo dejar de insinuar lo que creo que es la moción del Espíritu a nuestra Iglesia, a las comunidades cristianas de nuestra ciudad y a la misma sociedad sanfrancisqueña.

Acabamos de iniciar el Año Misionero Diocesano con el lema: “Con vos María, misioneros del Evangelio”.

El Espíritu nos está moviendo a salir, a dejar la comodidad de lo conocido y a ponernos a caminar. Y a hacerlo juntos.

Desde su nacimiento, y a lo largo de toda su vida, el Pequeño Cottolengo de San Francisco ha puesto en movimiento a nuestra comunidad, mostrándonos el rostro más genuino de la misión que impulsa el Espíritu y que es la esencia misma de la Iglesia: pasa por la vida de las personas, por el cuidado de lo más débiles y vulnerables, por el hacernos cargo de la fragilidad de nuestros hermanos.

Desde aquí, nuestra ciudad tiene que recuperar su alma, su espíritu, la mística de sus orígenes.

No es la mera acumulación de bienes. Tampoco el bienestar individual. Menos aún la voluntad de poder o el deseo de figurar.

Jesús nos sigue diciendo desde aquí: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Sigamos escuchando su llamada.

Como lo hizo María. Como lo hizo Don Orione.

Así sea.  

Que Te conozca para que me conozca


“Dios todopoderoso, concédenos que, por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él” (Oración de la liturgia del primer domingo de Cuaresma)

Nadie como Jesús ha sido tan crítico con la religiosidad reducida a práctica externa. La acusación de “hipocresía” en sus labios es un dardo de fuego que siempre da en el blanco. Hiere, inquieta y enoja. Y, por eso, salva…

Por si no lo tenemos fresco: hipocresía significa que las palabras no se ajustan a las actitudes y, sobre todo, a los actos concretos. Por el contrario, los actos contradicen los dichos.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos orienta: los gestos penitenciales externos (oración, ayuno y limosna) deben ser expresión de un cambio interior.

No cualquier cambio entonces, sino el que une al discípulo con Jesús, el Cristo. Y una unión que es también identificación y configuración con Él.

Es la petición que hacemos en este primer domingo de Cuaresma, arriba transcripta: conocer a Cristo y vivir según ese conocimiento de su Persona.

La oración litúrgica usa la palabra “misterio”. ¿Qué indica? Que nunca podremos sentirnos dueños de Cristo. Él siempre será más grande. Ni dueños ni -menos aún- manipuladores de su Persona o de su Evangelio para nuestros fines. Que nunca acabamos de convertirnos a Él.

La hipocresía comienza aquí: cuando alguien se siente ya hecho  y superado. Y, como lógica consecuencia, comienza a dar cabida a un ridículo sentimiento de superioridad sobre los demás. A mirarse a sí mismo con complacencia y, a los demás, con desprecio.

Cuaresma: cuarenta días para que la verdad de lo que somos aparezca más claramente ante nuestros ojos. En realidad, habría que ser más precisos: que la Verdad de Cristo nos alcance, nos posea y, así, desvele nuestra verdad.

Lo expresó con sobria elocuencia el gran San Agustín: “Que Te conozca, para que me conozca”.

En el Día de la Mujer, volvamos a Jesús y al Evangelio

“Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8,1-3).

Para María Magdalena, el encuentro con Jesús significó: libertad, vida y dignidad. Lo experimentó también aquella otra mujer enferma y desahuciada que tocó el manto de Jesús. El evangelista nos dice que Jesús “se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él” (Mc 5, 30).

El encuentro con Jesús cambió la vida de esas mujeres, pero también lo afectó a Él. Ellas no resultaron indiferentes para este varón singular por su porte, su mirada y sus sentimientos. Su sensibilidad le hacía comprender a fondo el corazón humano, especialmente si herido u oprimido.

Es bueno recordarlo hoy, uniéndonos a la celebración del Día de la Mujer.

Los discípulos de Jesús, varones y mujeres, volvemos al Evangelio. Allí encontramos plasmado en forma de relato, anuncio y esperanza el sueño de Dios para nuestra humanidad: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gn 1, 27). Iguales en dignidad, su diversidad es una invitación a la reciprocidad.

En los pasos de Jesús, este sueño se abre camino. A varones y mujeres nos invita a seguirlo, nos incorpora a su camino como amigos y compañeros, compartiendo con nosotros su misma misión.

Y lo hace en un mundo lacerado por injusticias, discriminaciones y violencias que hieren, con particular ensañamiento, a las mujeres. Como también a los más vulnerables: los niños, los ancianos, los refugiados, y un largo etcétera.

En la raíz de toda injusticia está la voluntad de poder del que, sintiéndose impune, busca afirmarse a sí mismo reduciendo a los demás.

Jesús condenado, torturado y crucificado, hace suyo el dolor y las heridas de todas las víctimas inocentes de ese poder demoníaco. Resucitado de entre los muertos, las cicatrices de su cuerpo nos dicen que la Vida vence, cura y no deja caer en el olvido ninguna lágrima.

Como Iglesia, en esta Cuaresma y, sobre todo, en Pascua volvemos la mirada hacia Él. Hoy, más que nunca, lo hacemos con profundo dolor, vergüenza y quebranto. También entre nosotros, la mundanidad del poder como dominio ha prevalecido sobre el servicio que cuida la vida.

Acerquémonos desde aquí, con humildad y sin altanería, a las aspiraciones genuinas que animan este verdadero “signo de los tiempos” que es la lucha por la dignidad de la mujer.

Se pueden discutir palabras y conceptos. En una sociedad abierta es necesario dejar espacio para el debate y la más libre circulación de ideas y perspectivas.

Una cosa son los sistemas ideológicos con sus conceptos, símbolos y eslóganes. Ahí podemos disentir. Pero, por encima de todo, tenemos que encontrar un espacio de convergencia: el rostro concreto de las mujeres y de todos los que son víctimas de cualquier forma de injusticia o violencia.

Jesús y su Evangelio nos llevan hasta ese lugar concreto, humano y real. Volvamos pues al Evangelio. En última instancia, estamos en Cuaresma, tiempo de conversión.

Danos un corazón puro…




“Conviértete y cree
en el Evangelio”

Miércoles de Ceniza – Homilía del obispo Sergio O. Buenanueva en la catedral de San Francisco

Iniciamos la Cuaresma: tiempo para una saludable conversión.

Pidamos la gracia de la penitencia interior, un corazón quebrantado que deje obrar al Espíritu.

Obedeciendo a la palabra del Señor, la Iglesia nos invita a la oración, el ayuno y la limosna.

Tres gestos penitenciales. Un mismo camino de conversión.

La oración es penitencial porque pone en el centro la escucha del Señor y su Palabra. No a nosotros. Escucharlo a Él, no a mí.

El ayuno como privación voluntaria del alimento que nos permita sentir que, sin Él, no podemos nada, nos hace libres frentes la sugestión del consumismo y nos predispone para una vida más humana (menos es más).

La limosna que nos abre a las necesidades concretas de nuestros hermanos más pobres nos arranca de la cárcel de nuestro egoísmo y nos pone en sintonía con los sentimientos de Dios.

La Iglesia entra en el camino cuaresmal mientras vive un intenso y doloroso tiempo de purificación. Apresuremos el paso. No miremos la paja en el ojo ajeno. Prestemos atención a la viga que nos enceguece.

Dejemos crecer la humildad desde la humillación y abrámonos así a la acción del Espíritu que quebranta nuestro corazón y nos da un espíritu nuevo.

“Conviértete y cree en el Evangelio”…

Sobre nuestras cabezas va a ser dibujada una cruz con el polvo de las cenizas que ha recibido la bendición agua.

Un signo exterior de una gracia interior: el amor de Cristo derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo.

A María, madre y maestra espiritual, le confiamos este camino cuaresmal.

De su mano lleguemos a la Vigilia Pascual con un corazón purificado, humilde y abierto a la Vida que Cristo resucitado nos ofrece.

Amén.

Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!

Voces que se multiplican en un año electoral

Hemos entrado de lleno en un año electoral. Viendo el calendario de elecciones municipales, provinciales y las nacionales, asoma realmente un fuerte vértigo. Muy argentino, por otra parte.

Seguramente se irán multiplicando las voces, tanto de quienes participan en las lides electorales como de ciudadanos u organizaciones de la sociedad civil.

Es bueno que así ocurra. Vivimos en democracia y, la argentina, es una sociedad que va creciendo en pluralidad. Queremos ser una sociedad abierta y plural, con muchas voces que se den cita en el espacio público.

La libertad de expresión -y la más amplia posible- es uno de los pilares sobre los que se sostiene la vida de un pueblo libre, de una sociedad plural y la misma cultura democrática.

Seguramente también, a ese coro de voces, por momentos un poco desafinado y caótico, se sumarán también las voces de representantes de las religiones. Obviamente, las voces de los obispos católicos, sea individualmente o en grupo (por regiones o la misma Conferencia Episcopal).

Se impone una pregunta: ¿Qué derecho y competencia tenemos los obispos católicos de hacer oír nuestra voz en materia política? Podríamos extender la pregunta a otros campos como la cultura, la economía, lo social, etc.

Intento aquí algunas respuestas breves.

1. Un obispo es, ante todo, un ciudadano. Tiene el derecho de expresarse libremente sobre cualquier tema. Incluso si no es competente para ello. ¿Podemos imaginar una sociedad abierta, libre, plural y viva sin que todos los que la componemos no hagamos sentir nuestra voz?

2. Pero, además, como ciudadano tiene el derecho-deber de inmiscuirse en todo lo que hace al bien común. Es decir, como cada ciudadano argentino, un obispo puede y debe intervenir en lo que también lo afecta a él como habitante del país. Los antiguos dirían: “res nostra agitur”, que podría traducirse: eso también nos involucra a nosotros.

3. Ahora, en cuanto obispo católico, es decir, representante autorizado de una determinada confesión religiosa, ¿puede intervenir en el debate público, sobre todo en materia política? Aquí hay que empezar a matizar.

  • 3.1. La política (como la cultura, la economía, el derecho, etc.) tienen una dimensión técnica en la que los obispos no somos competentes, en cuanto tales. Sin embargo, todas estas actividades y saberes humanos tienen una dimensión ética, pues implican decisiones libres que afectan al bien de todos. Ese es la perspectiva en la que es legítima una palabra que viene desde las religiones: intervenir en esta materia en la medida en que se juegan valores humanos fundamentales. Obviamente, aquí el discurso religioso navega en una cierta generalización. Ese es su posibilidad y también su límite.
  • 3.2. El principio de la laicidad o de la autonomía del estado secular es clave. Significa que el estado es neutral en materia religiosa y que las religiones no intervienen en la gestión política. Hoy se tiende hacia una laicidad positiva, que supere aquella visión que valora a las religiones como nocivas y, por ende, busca recortar su espacio de acción. La laicidad positiva valora el aporte a la convivencia que las religiones realizan y procura que puedan hacerlo.
  • 3.3. Claro, esto impone a las religiones algunos deberes muy importantes. Un obispo católico, por ejemplo, puede intervenir en los debates públicos ofreciendo su palabra como una voz junto a otras, tratando de formular su discurso en términos comprensibles y fundados, incluso si manifiesta el trasfondo religioso de sus afirmaciones.
  • 3.4. Aquí aparece un aspecto que, en mi opinión, todavía es flojo entre nosotros. Lo formulo en positivo: tanto un laico como un pastor católico debería poder expresar que su postura ante un tema de debate tiene, además de un fundamento racional y comprensible por todos, una dimensión religiosa. Debería, por ejemplo, poder señalar, sin temor a ser interrumpido y acallado: Creo en Dios, creo en la dignidad de la vida que, para mí como para tantos otros, viene de las manos del Creador y, por eso, además de todos los argumentos racionales esgrimidos, también estoy en contra del aborto o la pena de muerte. En Argentina, hoy, este modo de intervenir es, en los hechos, impracticable.
  • 3.5. Otra matización importante: los obispos podemos -y debemos intervenir en los debates públicos- porque tenemos una palabra autorizada para decir. Es nuestra misión. En materia social, sobre todo cuando se desciende a cuestiones prácticas y más nos alejamos de los grandes principios éticos en los que reina una gran claridad, somos conscientes de que entramos en un campo altamente contingente, relativo y, por lo mismo, opinable. Es aquí donde aparece con fuerza el perfil específico de los laicos y su amplísima libertad de acción. Para nosotros, los pastores, esto significa que debemos cuidarnos de darle a nuestro discurso un tono de autoridad que no tiene. Sería una forma de clericalismo para nada sutil y siempre invasivo de la libertad y de la conciencia de las personas. Es un valor al que hoy, nuestras sociedades plurales, son justamente más sensibles.

Termino aquí, aunque hay mucho más para decir.

Me doy cuenta de que mi discurso suena principista. Bueno, gracias a la libertad de expresión, hasta un discurso así puede ser oído por quien quiera escucharlo.

Hay que seguir caminando, pensando y hablando.  

Vivamos con alegría la gracia de la beatificación

Declaración de los obispos de Córdoba sobre la beatificación de Monseñor Angelelli y compañeros mártires.

Como cada año, para esta misma fecha, los obispos de las seis diócesis de Córdoba hemos peregrinado al Santuario del Santo Cura Brochero.

Aquí hemos rezado y celebrado la Eucaristía. Junto a laicos, consagrados y pastores, hemos repasado varios aspectos de la vida de nuestras Iglesias diocesanas.

Damos gracias a Dios por la vitalidad de la fe de nuestras comunidades, por su pasión evangelizadora y el anhelo de santidad que despierta el Espíritu.

Aquí, bajo la mirada de la Purísima se oye más nítida la música del Evangelio predicado por San José Gabriel y del que nosotros somos servidores.

De la mirada sobre la vida de nuestras Iglesias diocesanas que hemos compartido, queremos destacar una gracia de Dios para su pueblo: la inminente beatificación del obispo Enrique Angelelli, de los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos Murias, y del laico Wenceslao Pedernera. Dos de ellos (Angelelli y Murias), hijos de esta tierra cordobesa.

Su sangre fue derramada por fidelidad al Evangelio. En medio de una de las noches más oscuras en la vida de nuestra Patria, el amor a Cristo los llevó a estar junto a los más pobres. Eligieron ser hermanos cuando algunos preferían volverse enemigos.

Cuando miramos la vida de los santos -enseña el Papa Francisco- lo “que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona”. (GeE 22).

¿Qué nos dicen las figuras de Angelelli y sus compañeros? ¿Qué Palabra de Dios para nosotros está esperándonos ahí? ¿Qué semilla de justicia y reconciliación ha sido sembrada en nuestra tierra con sus vidas?

Su amor a los pobres y su identificación con Cristo humillado, paciente y manso en medio de una creciente espiral de violencia, constituyen un elocuente mensaje para vivir el hoy de nuestra fe y responsabilidad en la construcción de la sociedad.

Como ha ocurrido tantas veces en la historia de la Iglesia, la Providencia unió en el martirio a pastores, laicos y consagrados. Es gracia que viene de Dios y es para todos. Alegra el corazón, nos invita a la conversión y reaviva el fuego de la pasión evangelizadora.

Queremos, por tanto, alentar a cada bautizado y a cada una de nuestras comunidades a vivir intensamente la gracia de esta beatificaión que tendrá lugar el próximo sábado 27 de abril por la mañana en la ciudad de La Rioja.

Que la Purísima, el Santo Cura Brochero y los futuros beatos mártires sigan animando e inspirando con su cercanía el caminar de nuestras Iglesias.

Con nuestra bendición,

Villa Cura Brochero
27 de Febrero de 2019

Los obispos de Córdoba
+ Carlos Ñañez, arzobispo de Córdoba
+ Adolfo Uriona, obispo de Río Cuarto
+ Samuel Jofré, obispo de Villa María
+ Sergio Buenanueva, obispo de San Francisco
+ Ricardo Araya, obispo de Cruz del Eje
+ Gustavo Zurbriggen, obispo prelado de Deán Funes
+ Pedro Torres, obispo auxiliar de Córdoba
+Ricardo Seirutti, obispo auxiliar de Córdoba