De dos en dos y libres, muy libres

de-dos-en-dos1“La Voz de San Justo”, domingo 15 de julio de 2018

La primera vez que leí la frase: “Una Iglesia libre en un Estado libre”, fue en una de las tantas entrevistas que le hicieran al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Reflexionaba, si mal no recuerdo, sobre la presencia de la Iglesia en las modernas sociedades secularizadas y el principio de laicidad que regula los vínculos entre religión y política.

A mí me gusta hacerle un añadido personal: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”.

En el fragor del actual debate por la legalización del aborto, han vuelto a sonar voces que reclaman la separación de la Iglesia del Estado en Argentina. También las apelaciones al carácter laico del Estado y de cómo el Congreso no puede legislar en base a “creencias religiosas”.

Hay aquí mucha tela para cortar. Argentina, por ejemplo, no es un país confesional. No tiene una religión oficial, sino que promueve la libertad religiosa. La Constitución la reconoce como un bien público a tutelar. Estado e Iglesia son autónomos, aunque colaboran en varios frentes: educativo, social, cultural, etc. Aunque no todo es tan lineal: por diversas razones, los vínculos entre la Iglesia católica y el Estado son mucho más fluidos que con las otras religiones. En la medida en que crecen la secularización y el pluralismo religioso, se plantean aquí varios conflictos.

Soy de la opinión de que hay que seguir avanzando en la dirección del axioma arriba citado: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de ciudadanos libres”. ¿Qué significa esto? No pretendo en estas breves líneas identificar los espacios que necesitan crecer en esa preciosa libertad. Quedará para otra ocasión. Inspirado por el evangelio de este domingo (cf. Mc 6,7-13), solo me gustaría señalar por dónde deberíamos transitar los católicos para vivir, a fondo y con responsabilidad, nuestra doble condición de miembros de la Iglesia y ciudadanos de nuestra república.

Jesús nos vuelve a invitar a asumir su propia forma de vida: profeta itinerante y siempre en camino; despojado de seguridades incómodas, con la única seguridad que realmente vale la pena: la que nace de saberse en las manos del Padre y cercano, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Es una invitación a caminar, en fraternidad, con una creciente libertad que nos hace disponibles para entregar la vida en el servicio a todos.

Así como resulta incomprensible la historia de nuestro país sin el fecundo aporte del humanismo cristiano de la tradición católica, así tampoco podemos pensar que ese aporte sea algo estático y fijo. Supone una Iglesia también en camino, que busca, en cada tiempo, ser fiel al Evangelio.

Argentina necesita una Iglesia realmente libre, con una vigorosa presencia en el espacio público, sobre todo, a través de católicos que saben dar razón de su fe con claridad y exquisito respeto por los demás, especialmente si más alejados o distantes. Es decir, una Iglesia que, como lo muestra su bimilenaria tradición, es capaz de articular una palabra comprensible y amable; que edifica, también cuando pone en tela de juicio la mentalidad dominante. Por eso, una Iglesia de voz franca, nítida y directa, que echa mano de la palabra (escrita, dicha o gestual) para tender puentes y acercar corazones, no para ahondar grietas con oscuras estrategias. Una Iglesia que, mucho más en la variopinta sociedad plural, se muestra respetuosa de la libertad responsable de quienes intentan construir, cada día y con decisiones personales intransferibles, el mejor orden justo posible.

Una Iglesia, en fin, actualizada, que no tiene miedo de circular con el Evangelio por las redes, pero que tampoco teme ser calificada de anacrónica cuando dice verdades incómodas, particularmente urgentes, como ocurre hoy con el debate del aborto. El único “aggiornamento” genuino que conoce la Iglesia es el que la hace más fiel al Espíritu de Jesucristo y, por eso, más crítica con el espíritu del tiempo.

Sigo rumiando entonces eso de “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”. Sí. Hay mucha tela para seguir cortando, pero, como dice el Evangelio: de dos en dos y con gran libertad interior.

 

Benedicto XVI nos habla de San Benito

benedictCIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 9 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a san Benito de Nursia, fundador del monaquismo en occidente, patrono de este pontificado.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablar de san Benito, fundador del monaquismo occidental, y patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno, que al escribir sobre san Benito dice: «Este hombre de Dios que brilló sobre esta tierra con tantos milagros no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Diálogos II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto 50 años antes y todavía estaba vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.

La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto –precisamente san Benito– la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en Dios. Por tanto, nos ofrece un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección. San Gregorio Magno narra también, en este libro de los Diálogos, muchos milagros realizados por el santo, y también en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del ser humano. Quiere demostrar que Dios no es una lejana hipótesis situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.

Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo estaba trastornado por una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, la salida de la «noche oscura de la historia» (Cf. Juan Pablo II, Insegnamenti, II/1, 1979, p. 1158). De hecho, la obra del santo, y de manera particular su Regla, ofrecieron una auténtica levadura espiritual, que cambió con el pasar de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que nosotros llamamos «Europa».

El nacimiento de san Benito es fechado alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, «ex provincia Nursiae», de la región de Nursia. Sus padres, acomodados, le enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, Gregorio menciona el hecho de que el joven Benito estaba disgustado por el estilo de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (II Diálogo, Prólogo 1).

De este modo, antes de concluir sus estudios, Benito dejó Roma y se retiró en la soledad de los montes que se encuentran al Este de esta ciudad. Después de una primera permanencia en el pueblo de Effide (hoy Affile), en el que se asoció durante un cierto período de tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años completamente solo, en una gruta, que a partir del Alta Edad Media constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» («gruta sagrada»). El período que pasó en Subiaco, período de soledad con Dios, fue para Benito un momento de maduración. Allí debía soportar y superar las tres tentaciones fundamentales que todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones habría podido dirigir a los demás una palabra útil para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, era capaz de controlar plenamente los impulsos de su ego para ser creador de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle de Anio, cerca de Subiaco.

En el año 529, Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecasino. Algunos han explicado que esta mudanza fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación se ha revelado poco convincente, pues su muerte improvisa no llevó a Benito a regresar (II Diálogos 8). En realidad, tomó esta decisión pues entró en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica. Según Gregorio Magno, el éxodo del remoto valle de Anio hacia el Monte Casio –lugar elevado que domina la llanura circunstante, visible desde lejos–, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el escondimiento tiene una razón de ser, pero un monasterio tiene también una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: tiene que dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo de 547 Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en todo el mundo.

En todo el segundo libro de los Diálogos, Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba sumergida en una atmósfera de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente de este modo no perdió de vista nunca los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.

Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En la Reglacalifica la vida monástica de «escuela del servicio del Señor» (Prólogo 45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (43,3), es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Subraya sin embargo que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prólogo 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prólogo 35). De este modo, la vida del monje se convierte en una armonía fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, hoy exaltada con frecuencia, el primer e irrenunciable compromiso del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) sobre el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5,13), el amor al que no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente de este modo, en el servicio al otro, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5,2), el monje conquista la humildad (5,1), a la que dedica todo un capítulo de la Regla (7). De este modo, el hombre se conforma cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo le tiene que corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse como un autorretrato de Benito, pues –como escribe Gregorio Magno– «el santo no podía de ninguna manera enseñar algo diferente de lo que vivía» (Diálogos II, 36). El abad tiene que ser al mismo tiempo un padre tierno y también un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Inflexible contra los vicios, sin embargo está llamado sobre todo a imitar la ternura del Buen Pastor (27,8), a «servir más que a mandar» (64, 8), a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (2,12). Para ser capaz de decidir con responsabilidad, el abad también tiene que escuchar «el consejo de los hermanos» (3,2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (3,3). ¡Esta actitud hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos! Un hombre de responsabilidad pública, al igual que en los ámbitos privados, debe ser siempre un hombre que sabe escuchar y que sabe aprender de lo que escucha.

Benedicto califica a la Regla como «mínima», delineada para la «iniciación» (73, 8); en realidad, sin embargo, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy. Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa pretendía reconocer la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad. Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, ha causado, como ha revelado el Papa Juan Pablo II «un regreso sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Insegnamenti, XIII/1, 1990, p. 58). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Reglade san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro del que podemos aprender el arte de vivir el verdadero humanismo.

[Al final de la audiencia, el Papa saludo a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Benito de Nursia, padre del monacato occidental, ejerció un influjo fundamental en el desarrollo de la civilización y cultura europea. La fuente más importante para conocer su biografía es el segundo libro de los Diálogos, escrito por San Gregorio Magno, y en el que se presenta a San Benito como astro luminoso frente a la crisis de valores e instituciones que se vivía en su tiempo. San Benito nació en torno al año cuatrocientos ochenta en una familia acomodada. Estudió en Roma y, queriendo solamente agradar a Dios, marchó a Effide, en donde se asoció a una comunidad de monjes. Vivió luego durante tres años como eremita en Subiaco y de allí se estableció en Montecasino. Antes de morir, en marzo del año quinientos cuarenta y siete, escribió una Regla para la familia monástica que fundó, en la que se contienen indicaciones útiles no sólo para sus monjes, sino para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. En mil novecientos sesenta y cuatro, Pablo Sexto proclamó a san Benito Patrón de Europa.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, en particular, a los miembros del Curso de actualización sacerdotal del Pontificio Colegio Español de Roma, al grupo de Lleida con su Obispo, Monseñor Javier Salinas, a la Institución “Padre Rubinos” de A Coruña, y a los demás peregrinos venidos de España, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Os exhorto a que, siguiendo las huellas de San Benito, no antepongáis nada al amor de Cristo. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Jesús Colina.


© Copyright 2008 – Libreria Editrice Vaticana]

Jesús no pudo

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de julio de 2018

“No pudo hacer allí ningún milagro…” (Mc 6,5).

Nunca me había detenido en esa frase del evangelio. Sobre todo, en ese inquietante: “no pudo”. No lo había pensado: hay cosas que Jesús no pudo hacer. Él también chocó con el límite humano. En este caso, uno muy concreto: la falta de confianza de sus propios paisanos.

Lo normal, en una predicación, suele ser cargar las tintas sobre estos incrédulos y su desconfianza. Me parece, sin embargo, mucho más interesante rumiar esta impotencia de Jesús. ¿Qué nos dice? ¿Qué nos revela de Dios y de nosotros mismos? Todo en Jesús – su persona, sus gestos y palabras – habla. Todo en él es revelación: del rostro genuino de Dios y de la verdadera vocación del hombre.

¿Qué nos dice entonces esta impotencia de Jesús ante la falta de fe de su pueblo? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Yo comparto las mías. No son tampoco exhaustivas. Tal vez, ni siquiera, las más importantes. Pero, para eso escribo: para compartir lo que el Evangelio hace resonar en mí. Aquí va lo mío entonces.

Ante todo, creo que ese “no pudo hacer allí ningún milagro” nos habla de que Dios no tiene miedo de embarrarse con el límite humano. No teme entrar en lo vivo, complejo y oscuro de toda situación humana. Nos habla también de ese misterio que es la libertad que puede cerrarle la puerta a su Creador y Salvador. Misterio, a la vez, pavoroso y fascinante. Pienso que la impotencia de Jesús evangeliza nuestros propios límites, salvándonos de esa ilusoria y fatal pretensión de ser omnipotentes.

La historia – nos cuenta el evangelio – no acabó allí ni así. Algo pudo hacer: unos pocos milagros. ¿No era tanta la cerrazón como parecía? ¿O es que Jesús sabe, con su sabiduría divina, tocar el corazón humano y abrirlo al don de Dios? Me inclino por esta última alternativa, pues es la que comprende la fe. Esa impotencia de Jesús ha corrido el velo y nos ha permitido entrever la verdadera naturaleza de Dios y de su poder: amor que no teme abrazar la fragilidad humana y siempre – siempre – abre puertas.

“Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” (Mc 6,6). Jesús, entonces, siguió su camino. Esa dura experiencia no lo derribó ni lo hizo quedarse rumiando el fracaso. Es más: Jesús radicalizó su entrega, abrazó con más fuerza su misión. Llegó a la impotencia extrema de la cruz y, bebiendo ese amargo cáliz hasta el final, dejó abierta la puerta para que irrumpiera la vida y la alegría.

Iglesia católica y laicidad

En el año 2007, siendo todavía presbítero de la arquidiócesis de Mendoza, publiqué el siguiente artículo sobre el tema de la “laicidad” según la enseñanza reciente de la Iglesia. Hoy habría que añadir algunos aspectos más. Pienso, por ejemplo, en cómo el presidente Macron de Francia se ha expresado en abril pasado sobre el rol positivo del catolicismo francés y cómo ha presentado la misión de la Iglesia en la moderna sociedad plural y secular. Yo mismo tengo hoy una distancia crítica de lo que opinaba entonces, por ejemplo sobre la legitimidad del artículo 2 de la Constitución Nacional. Sin embargo, me parece oportuno volver a publicarlo tal como lo escribí entonces, habida cuenta del camino que los católicos argentinos estamos transitando en nuestra joven y todavía inmadura democracia. Espero que sean útiles. 

***

Parecen ser tiempos tormentosos para la relación institucional Iglesia-Estado. Es bueno, entonces, reflexionar sobre cuestiones de fondo. Es el aporte que pretendo hacer con este artículo. Quisiera centrar la atención en el principio de la laicidad, tal como hoy lo comprende y expone la Iglesia católica.

1. La expresión: “sana y legítima laicidad” proviene de Pío XII (1958). El Papa Benedicto XVI ha abordado el tema en repetidas ocasiones. A fin del año pasado lo hizo ante un grupo de juristas italianos, reconociendo el deber de los cristianos de contribuir en la elaboración del concepto de laicidad. En su reciente viaje a Brasil, afirmó: “El respeto de una sana laicidad -incluso con la pluralidad de las posiciones políticas- es esencial en la tradición cristiana auténtica”. No ha sido fácil a la Iglesia arribar a semejante valoración. Compárese la encíclica “Vehementer nos” de San Pío X ante la ley de separación Iglesia-estado en Francia (1906), y la Carta de Juan Pablo II en el centenario de dicha ley (2005). Sin desconocer las profundas raíces anticatólicas que gestaron estos hechos, se ha pasado de una negación rotunda a una valoración más matizada de la laicidad, ofreciendo incluso elementos para una definición.

2. Este cambio de paradigmas ha sido obra del Concilio Vaticano II (1962-1965). Lejos de significar una ruptura, le ha permitido a la Iglesia católica una posesión más genuina y un auténtico progreso en la comprensión de su tradición. ¿En qué sentido? Ha afirmado explícitamente la autonomía y mutua cooperación Iglesia-Estado, y la legítima autonomía de la sociedad y de las realidades terrenas. Ha recordado también que la misión de la Iglesia, siendo eminentemente religiosa, tiene un alcance que llega a tocar toda la vida de la sociedad, su cultura y su organización.

A mi criterio, el fundamento doctrinal más importante que el Concilio ha ofrecido al principio de laicidad ha sido su último y más encendido debate: la cuestión de la libertad religiosa y la Declaración “Dignitatis humanae”. Allí leemos: “Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”. (nº 2).

Este es -en mi opinión- el núcleo de la doctrina católica sobre la “laicidad”. La dignidad del hombre como persona y de su conciencia como apertura a la verdad y a Dios, condición última para la libertad.

3. A la luz de todo esto, ¿cómo delimitar el contenido de la laicidad desde el pensamiento católico? La primera delimitación surge de preguntar por el valor de las religiones en la vida social. Si, por cualquier razón, se las considera como un elemento más o menos nocivo, la laicidad resultante tenderá a excluir cualquier referencia religiosa en la vida pública, relegándola al ámbito privado. Es el laicismo, como “hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas” (Benedicto XVI).

En realidad, el concepto de laicidad contiene un elemento de negación: la no-intromisión del estado en la conciencia personal y en la vida de la Iglesia; pero también, la no-intromisión de la Iglesia en ámbitos que no son de su competencia.

4. Hay además un elemento positivo en el concepto. En su carta al Episcopado francés, Juan Pablo II señala que la no intromisión del Estado en asuntos religiosos “permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.” En un Discurso al Cuerpo diplomático añade además otra consideración: “en una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la Nación”.

Laicidad significa autonomía del estado de la esfera religiosa, no de la ley moral. Por el contrario, la formación de las personas, la vida en sociedad y la misma democracia requieren un sólido fundamento humano, ético y espiritual. El estado es laico. La sociedad, en cambio, es rica en expresiones espirituales y de fe en Dios. Esto es clave. Laicidad significa hacer lugar a esta riqueza. Es el desafío de “vivir juntos” en una casa común, hombres y mujeres diversos

5. ¿Cómo se realiza en concreto este espacio de encuentro entre la Nación y las tradiciones espirituales de la sociedad? Señalo tres aspectos: 1) el derecho-deber de la Iglesia de hacer oír su voz en los grandes debates éticos (la vida, la familia, la educación, la justicia, el bien común), apelando a la razón y a lo que es propio de la condición humana; proponiendo -no imponiendo- su visión del hombre; 2) la tarea de la formación de la conciencia de sus fieles, especialmente de los laicos en la vida pública para servir al bien común; y, lo más importante, 3) su propia y específica misión evangelizadora, pues ésta tiene un alcance que toca toda la vida de las personas; no se puede minimizar el alcance social que tienen gestos religiosos tan sencillos como enseñar a rezar el Padre nuestro o el Ave María; a cumplir los Diez mandamientos; o la opción preferencial por los pobres a imagen de Cristo que se hizo pobre. Este ha sido, es y será el aporte de más largo alcance que la Iglesia realice a la sociedad.

Así, todos los credos requieren que se reconozca explícitamente su libertad para organizarse de acuerdo a sus propios principios, y a desarrollar todas las actividades propias espirituales, culturales, educativas y caritativas y, así, aportar a la vida ciudadana.

6. ¿Tiene la Iglesia católica preferencia por la forma del estado confesional, por encima de otros modos de organizar la relación religión, estado y nación? ¿Busca que la fe católica sea religión de estado? A la luz de lo expuesto, creo que la doctrina del Concilio Vaticano II busca asegurar algunos principios y valores fundamentales: libertad, autonomía y cooperación Iglesia-Estado, por una parte; libertad religiosa y de conciencia para todos los ciudadanos, por otra. La determinación de una forma concreta es una decisión que no compete directamente a la Iglesia. Ella reconoce aquí un límite objetivo a sus competencias específicas. No posee título alguno para expresar preferencia por un sistema u otro (cf. la encíclica “Centesimus annus” de Juan Pablo II, nº 47). Es también doctrina de la Iglesia católica que, “en virtud de sus vínculos sociales y culturales con una Nación, una comunidad religiosa pueda recibir un especial reconocimiento por parte del Estado: este reconocimiento no debe, en modo alguno, generar una discriminación de orden civil o social a otros grupos religiosos” (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nº 423). En este marco se encuadra -a mi criterio- la legitimidad del artículo 2º de la Constitución Nacional: “El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”.

En suma: muchos aspectos concretos de la relación religión-sociedad, Iglesia-Estado quedan sujetos a un juicio prudencial que tenga en cuenta el ideal señalado (libertad de conciencia; autonomía y cooperacón Iglesia-Estado) y las diversas circunstancias de lugar y tiempo, así como la historia, cultura y genio concretos de cada pueblo. De hecho, la Iglesia ha existido y existe en estados laicos o confesionales, concordatarios, ateos o francamente hostiles. La conveniencia de un modelo concreto es de libre discusión pública. La Iglesia puede hacer oír su voz, sin pretender zanjar la cuestión. Solo pide libertad efectiva para realizar su misión.

Tú sígueme

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Jesús salva a Pedro (Mt 14,22-33)

Según narra el cuarto evangelio, las últimas palabras que Pedro escucha de Jesús resucitado son: “Tú sígueme” (cf. Jn 21,22). Fueron también las primeras. Según San Marcos, los dos hermanos pescadores, Simón y Andrés, recibieron de Jesús una llamada perentoria: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Y anota el evangelista: “Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron” (Mc 1,17-18).

Simón Pedro es y permanecerá para siempre seguidor y discípulo, un caminante que va detrás de Jesús, apurando el paso, de tanto en tanto, para darle alcance. Ese camino ha sido fascinante, pero también tortuoso y, por momentos, muy difícil. No hay que olvidar una escena evangélica fuerte: estamos en medio de la pasión, Simón acaba de negarlo por tercera vez y su rostro se cruza con la mirada de Jesús: “El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22,61-62).

Este 29 de junio, celebrando la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, los católicos nos hemos acordado del sucesor del apóstol, el obispo de Roma: el Papa Francisco. Hemos rezado por él, por su persona y su ministerio. Su misión es ejercer, en la Iglesia, el “munus petrinum”. Se suele traducir esta expresión latina como: “el oficio de Pedro”. Pero, como suele ocurrir con las traducciones, “oficio” no termina de expresar toda la riqueza de la palabra “munus”. Es más, puede incluso dar una imagen errada, pues, entre nosotros, “oficio” suena a oficina, frialdad y formalidad. En cambio: “munus” hace referencia a una misión que se lleva con el corazón y que sella la propia persona y marca así toda la vida.

Esa misión es ser testigo de lo que implica seguir a Jesús resucitado, recorriendo su camino en los múltiples y complejos caminos de nuestro tiempo. Y, al hacer eso, servir a la unidad y comunión de todos los bautizados y de las iglesias esparcidas por el mundo.

Como señalaba San Juan Pablo II: el camino de la Iglesia es el hombre concreto. Nosotros, los discípulos de Jesús miramos hacia Roma, al obispo que se sienta en la cátedra de Pedro y Pablo. Con nuestros ojos ansiosos buscamos que, una vez más, Pedro nos muestre qué significa seguir a Jesús, el Señor, por los caminos que transitan los hombres y mujeres de hoy.

El Papa Francisco vive intensamente este ministerio. Este viernes, concelebrando con los nuevos cardenales y arzobispos, ha dicho con fuerza en su homilía: “No son pocas las veces que sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Jesús toca la miseria humana, invitándonos a estar con él y a tocar la carne sufriente de los demás. Confesar la fe con nuestros labios y con nuestro corazón exige —como le exigió a Pedro— identificar los «secreteos» del maligno. Aprender a discernir y descubrir esos cobertizos personales o comunitarios que nos mantienen a distancia del nudo de la tormenta humana; que nos impiden entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y nos privan, en definitiva, de conocer la fuerza revolucionaria de la ternura de Dios”.

Pedro sigue yendo detrás de Jesús, con arrojo y pasión. Nosotros caminamos con él y también oramos para que siga cumpliendo su misión.

El camino de Juan

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de junio de 2018

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“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; vino como testigo para dar testimonio de la luz, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.

Este domingo, los católicos estamos celebrando el nacimiento de Juan Bautista. Abre esta columna el texto de la antífona de entrada de la Misa de esta fiesta, que combina dos textos evangélicos: Jn 1, 6-7 y Lc 1, 17.

Creo que ya he comentado que prefiero el título de “precursor” al de “bautista” para referirme a Juan. Y esto, por varias razones, tal vez más de índole personal.

Cuando, hace diez años, me preparaba para la ordenación episcopal, tomé los relatos evangélicos que hablan de Juan para unos días de retiro espiritual. Tengo incluso en mi habitación un pequeño icono que lo representa junto a uno de María y otro de Cristo. De tanto en tanto lo miro y le pido la gracia de que siga acompañando mi vida de seguimiento de Jesús como pastor. También yo tengo que andar mucho, preparando caminos, antes que en lugares geográficos, en los corazones.

Pienso que, no solo un obispo o un sacerdote, sino toda la Iglesia, a la hora de cumplir nuestra misión evangelizadora, nos parecemos mucho a Juan. O, al menos, deberíamos seguir sus pasos de “precursor” de Jesús.

Interrogado una vez por sus discípulos acerca de su misión en relación con la de un Jesús que comenzaba a opacarlo, Juan respondía: “Nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: «Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él». En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,27-30).

Una sabia mezcla de humildad, verdad y valentía. Hay que aprender a decir, no solo con elocuencia y convicción, sino, sobre todo, con el respaldo de una vida que realmente se ha dejado llevar por ese camino: “Yo no soy el Mesías… Sólo soy un enviado que va delante”.

¿Cuántos mesianismos tóxicos, también dentro de la Iglesia? ¿Cuántas propuestas salvadoras que, en definitiva, no son sino solo proyecciones de nuestros deseos de omnipotencia? ¿Cuánto miedo a la real libertad de las personas? ¿Cuánta desconfianza en lo que Dios hace, humilde y silencioso, en la historia y en la creación que, en definitiva, han salido de sus manos creadoras?

Sí. La Iglesia, y en ella especialmente quienes somos sus pastores, hemos de aprender, una y otra vez, el camino de Juan, el Precursor. Camino hecho de humildad y verdad, de arrojo y testimonio. Camino que es realmente tal, es decir: se hace caminando, transitándolo en toda su extensión y con todos sus recovecos, a veces apacibles y luminosos, otros, más bien oscuros e intimidantes: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo, tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23,4).

De labios de Jesús, el evangelio nos reporta el mejor elogio que Juan ha recibido: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11,11).

Para nosotros estas palabras son una promesa y un aliciente para seguir caminando la fe.

Felices los que lloran, serán consolados

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Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de la Consolata (Sampacho – Diócesis de Río Cuarto)

Agradezco la invitación que me hiciera el párroco, Padre Osvaldo, a participar de esta fiesta, como también la del obispo Adolfo a hacer la homilía.

El título con que invocamos a María en este santuario es muy hermoso: Nuestra Señora de la Consolata.

Esta advocación llegó a nuestras tierras de la mano de los inmigrantes italianos, principalmente piamonteses, que se asentaron aquí, en la “pampa gringa”. Trajeron su imagen, su nombre y, sobre todo, trajeron en sus corazones el amor y el consuelo de María. Eran hombres y mujeres que habían dejado su tierra y que rehicieron aquí sus vidas con grandes sacrificios, mucho trabajo y, no podemos olvidarlo, con una nostalgia que, una y otra vez, los llevaba más allá del mar.

Y ahí, en medio de toda esa experiencia y de esos sentimientos: María, la Señora del Consuelo y de la Paz.

María, la “Consolata”: la que ha sido alcanzada por el consuelo de Dios y, por eso, ella misma puede consolar a sus hijos y devotos.

A María le cabe pues la segunda de las bienaventuranzas que hemos escuchado en el evangelio: “Felices los que lloran, porque serán consolados”.

Le podemos pedir a María entonces que nos enseñe a llorar, a saber entrar en la aflicción, para poder experimentar, como ella, toda la fuerza del consuelo de Dios.

¿De qué llanto nos habla Jesús? ¿Por qué resulta bienaventurado el que sufre? ¿No es esta una propuesta inhumana?

Queridos hermanos y hermanas: pienso que no hay que filosofar demasiado para responder. A menos que endurezcamos nuestro corazón transformándolo en un frío bunker, bien asegurado bajo tierra, los discípulos de Jesús no podemos dejar de experimentar, como él, que se nos estrujan el corazón y las entrañas al contemplar todo el dolor y sufrimiento del mundo.

El que entra en ese misterio siempre fascinante e indescifrable que es la vida humana, en sus pasiones, sus ilusiones y sus luchas, sabe que el dolor y el sufrimiento están ahí como misteriosos mensajeros de palabras que hemos de escuchar.

La vida es vocación, llamada de Dios. Es Jesús el que nos llama y su Padre el que nos va podando para que demos fruto abundante. María y los santos nos acompañan en ese camino de vocación, de poda y de fecundidad.

La vida es vocación porque nos interpela, sobre todo desde los hermanos.

En estos meses, por ejemplo, ha sido muy duro tener que dejarnos interpelar por todos los interrogantes que despierta la triste realidad del aborto. Especialmente si intentamos, con la misma mirada compasiva de Jesús, comprender a quienes plantean el aborto como una solución viable a la maternidad vulnerable. No hemos podido dejar de sentirnos heridos por tantas historias de sufrimiento, sea que pensemos en los niños a los que se les ha negado la oportunidad maravillosa de vivir, sea que miremos a la cara el rostro de las mujeres que han vivido el lacerante drama del aborto.

¡Dejémonos interpelar por esas historias! Sólo así podremos decir, con mansedumbre, con verdad y sabiduría: no, el aborto no es una solución, sino un nuevo sufrimiento que se agrega y acrecienta la vulnerabilidad que a todos nos sacude y cuestiona. Y si puede tener algo de solución es, a la postre, una mala solución, inhumana y falaz.

María nos enseña que el consuelo de Dios está pronto para quien, con esa franqueza y arrojo, se mete por entero en el dolor y sufrimiento de sus hermanos y hermanas, del que se deja herir por las heridas de los demás, el que no rehúye sino que libre y conscientemente se deja alcanzar por el llanto de los que lloran, haciéndolo propio y, así, liberando también el propio corazón para que llore, como Jesús ante Jerusalén, todo el dolor del mundo.

El consuelo que Dios da – el que experimentó María – no es un vago sentimiento de bienestar individual ni una emoción dulzona. Lo hemos escuchado a Pablo describirlo, al irrumpir en una bendición de alabanza que ha brotado de su corazón y desde su propia experiencia de tribulación y consuelo: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios. Porque, así como participamos abundantemente de los sufrimientos de Cristo, también por medio de Cristo abunda nuestro consuelo” (2 Co 3,3-5).

Jesús nos promete compartir con nosotros el mismo consuelo con que el Padre lo sostuvo en su hora suprema. Es el consuelo de la pasión: del que entrega la vida, del que ama hasta el extremo, del que perdona y disculpa, del que se abre a la fuerza transfiguradora de la resurrección.

El consuelo de Jesús no viene ni antes ni después de las tribulaciones. Lo ha prometido para quien se anima a ir a fondo con su vocación y misión. Nos alcanza en medio de lo vivo de nuestra misión en el mundo, con todas sus luchas y desafíos, y en la misma medida en que nos hacemos servidores de los demás por amor.

Es el consuelo que nos confirma y pacifica: no me he escabullido ni he esquivado la vida, estoy donde tenía que estar; no obstante tantos límites y pecados, propios y ajenos, lo mío es estar junto a todo hombre o mujer que tienen la vida rota o herida. No me puedo permitir otra cosa.

Eso sí, cada discípulo tendrá que animarse a descubrir – como también María lo hizo – que camino específico Dios ha soñado para él: el ministerio sacerdotal, el amor de esposos y la familia, la profesión, el noble e imprescindible servicio público de la política, o cualquier otra forma de vocación y misión.

Que María, la Consolata, siga animándonos a abrir nuestro corazón al consuelo de Dios. Que ella nos dé, con suavidad y firmeza, su misma fe intrépida y su corajuda esperanza, que la hizo escuchar la llamada del Señor y entregarse a ella, sin vacilar ni calcular, acompañando a Jesús, aunque no siempre comprendiera bien su camino, de la visitación al pie de la cruz, en la espera del Sábado Santo a la mañana gozosa de la resurrección y al cenáculo en Pentecostés.

Y que María siga bendiciendo con su misma pasión por la vida a Sampacho, a los peregrinos que acuden a su santuario, a la Iglesia diocesana de Río Cuarto, a nuestra Argentina. Amén.

 

El Reino crece solito

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“La Voz de San Justo”, domingo 17 de junio de 2018

En varios ambientes eclesiales se ha puesto de moda hablar de la “construcción del Reino de Dios”, dando por sentado que somos nosotros los genios constructores que llevan adelante la obra.

La expresión no me gusta. Es más, me despierta un instintivo rechazo. Pienso que es profundamente errada. Puede incluso transformarse en una verdadera herejía; aún más, en una genuina blasfemia.

Las dos parábolas de Jesús que escuchamos este domingo van en otra dirección (Mc 4, 26-34). Nos ayudan así a poner nuestras pretensiones arquitectónicas en su sitio. Toda vez que, en la Iglesia, hemos pretendido edificar el Reino de Dios, lo hemos terminado identificando con nuestras propias construcciones, sacralizándolas y generando ese autoritarismo clerical, a veces sutil, otras desvergonzado y grosero, pero siempre estrecho y asfixiante. Sus consecuencias resultan siempre nefastas.

De tanto en tanto, el Espíritu nos manda un Pablo, un Agustín, un Francisco o una Teresita de Lisieux que nos recuerdan: ¡muchachos, paren la mano! No se olviden que todo es gracia, y que la Gracia (otro bello nombre del Espíritu Santo) está antes, durante y en el coronamiento de todo lo que hacemos.

La parábola de la semilla echada en el campo nos habla del misterio del crecimiento. La vida crece solita. Dios actúa en silencio, discretamente y con mucho humor. No es extraño que nos desconcierte y sorprenda, descolocándonos. Se toma su tiempo, pero hace las cosas como nadie. La del grano de mostaza subraya la desproporción entre lo que sembramos y el fruto que recogemos. ¿No lo has experimentado ya en tu vida de discípulo? Mirá bien las cosas: te vas a dar cuenta de cómo, lo poquito que pusiste, pero con desinterés y generosidad, Dios lo ha transformado en un árbol frondoso.

Es saludable aprender a no enamorarse de las propias producciones. Es el aprendizaje de la libertad que siempre va de la mano de la humildad y, en ocasiones, también de las humillaciones. Nunca acabado del todo, se trata de un aprendizaje especialmente complicado cuando la misma vida nos pone al frente, nos exige definiciones y acciones. Pero esa es la aventura de servir al Reino de Dios. Además, tenemos una yapa que todo lo descoloca: Jesús, el primer servidor del Reino. Y ahí están los evangelios que nos dicen cómo lo hizo y cómo tenemos que hacerlo nosotros. Y, si por caso no supiéramos leer (o comprender, que es lo más común), ahí está su Espíritu que viene en ayuda de nuestra torpeza y debilidad: nos inspira y sugiere, ilumina la mente y fortalece la voluntad, y, si somos dóciles a sus mociones, nos regala un consuelo inigualable.

Entonces: amigo, dejá crecer solito al Reino de Dios. Vos dedicate a sembrar y, como Jesús, a sentarte a la mesa de los más frágiles, con el corazón alegre y generoso. El Padre hace el resto (con ellos y con vos, que también sos uno de ellos).

No hay democracia sin discusiones públicas

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Es muy bueno que los ciudadanos discutamos, aun acaloradamente, en el espacio público nuestros puntos de vista.

Esto fortalece la cultura democrática que, en buena medida, los argentinos tenemos sujeta con alfileres. Lo digo también por los católicos, incluso por quienes somos sus pastores.

Esta discusión pública es especialmente necesaria cuando tocamos cuestiones de fondo -como esta del aborto- que hacen a los fundamentos de la convivencia ciudadana en la sociedad. Mucho más cuando nos confrontamos personas que tenemos visiones diametralmente opuestas de la vida y, unos y otros, legítimamente tenemos “verdades no negociables” (yo no voy a negociar la dignidad humana del concebido desde el primer instante de la concepción, por ejemplo).

Esta dinámica confrontativa no nos tiene que asustar ni amilanar, como tampoco volvernos rígidos y agresivos.

Las reglas de la democracia republicana existen precisamente para que esa conversación ciudadana, fuerte, acalorada y tensionante, transcurra por carriles civilizados. Busca consensos, hasta donde son posibles.

Empieza, por ejemplo, en el espacio público: la mesa de familia, el café, la plaza, los medios, etc. Tiene un momento clave cuando entra, como ocurrirá este miércoles con el aborto, en el recinto sagrado del Parlamento y los representantes del pueblo discuten, intercambian posiciones, se pelean y votan. En este caso, primero en Diputados y, si se aprueba allí, en Senadores.

¿Qué pasa si, como fruto de la votación, el juego democrático de mayorías y minorías, hace que termine sancionándose una ley que algunos (o muchos) ciudadanos no aceptan?

Doy un ejemplo personal: ¿qué pasa si el Congreso aprueba convertir el aborto en un derecho? ¿En qué situación quedo yo, que estoy en contra, frente a esa ley del Congreso de mi país?

No tengo dudas: acepto la legitimidad democrática de lo decidido por el Congreso. Seguiré cuestionando su razonabilidad y usando todos los medios que la democracia pone en mis manos para revertir esa decisión que, aún reconociendo su legitimidad, considero injusta.

Vuelvo a decir: creo que, hasta ahora, el debate sobre el aborto ha sido un ejercicio ejemplar de ciudadanía. Nos ha hecho muy bien. Hemos dado pasos importantes para fortalecer la cultura democrática de nuestro país. ¿Ha habido expresiones desubicadas o golpes bajos? Sí. Y de ambas partes. Tampoco esto debe asustarnos. Son inevitables si apostamos por una cultura de la libertad de expresión, de conciencia y por el diálogo.

Eso sí: ahora que estamos entrando en una fase decisiva, no nos dejemos ganar por la violencia, sobre todo verbal y gestual. No a las presiones indebidas sobre nuestros legisladores. Tenemos derecho a que conozcan lo que pensamos. Tienen el deber de escucharnos. Pero el respeto por sus personas y su labor parlamentaria es fundamental.

¿Adentro o afuera?

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“La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera»” (Mc 3,32).

Unos adentro, otros afuera. Estos – sus familiares – lo consideran “extraviado”. Aquellos, lo escuchan como a un profeta. Sin embargo, hay que tener cuidado con creer que ya está todo dicho. Sus familiares lo quieren, aunque no terminan de entenderlo bien. Los que ahora lo escuchan con interés, pronto lo abandonarán a su suerte o incluso serán de sus más crudos detractores. Sus mismos discípulos lo dejarán solo. Entre unos y otros están sus enemigos declarados, a los que, este domingo, escuchamos escracharlo, señalándolo como jefe de los demonios.

Con Jesús suele pasar así: no deja mucho espacio para el reposo y la tranquilidad. Jesús siempre inquieta. Seguirlo es animarse a una aventura en la que, tarde o temprano, se entra en zona de riesgo. Es más, solo cuando esto acontece uno puede decir que está comenzando verdaderamente a ser su discípulo. Se lo dirá con brutal franqueza a sus seguidores y a la multitud: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35).

Las etiquetas no son buenas. Solo sirven para la polémica. Pero, si uno busca realmente la verdad de la vida, es mejor dejar de lado toda forma de rigidez y abrirse a la acción siempre sorprendente del Espíritu. ¿Hacia dónde nos llevará? Cada uno de nosotros lo tiene que experimentar cada día. Una cosa sí es segura: el Espíritu trabaja en cada ser humano – esté cerca o lejos, adentro o afuera – para llevar a cabo el sueño de Dios para la humanidad. Para conocerlo, basta abrir los evangelios y dejarse conquistar por la persona de Jesús. En Él aparece con nitidez lo que Dios sueña para todos.

Y te doy otra ayuda: María. nadie como ella ha hecho este camino. También ella, en algún momento, no terminó de comprender bien a Jesús y sus opciones. ¿Te acordás la escena de Jesús perdido en el templo? Su reacción no fue cerrarse o evadirse: fue a fondo con lo que vivía, para comprender en su corazón, por dónde iba el proyecto de Dios. Por eso, le caben tan bien las palabras con las que Jesús concluye el evangelio de este domingo: “«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre»” (Mc 3,33-35). De eso se trata.