La desmesura de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de septiembre de 2019

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo… De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc 14, 26-27. 33).

Hay que decirlo todo. El domingo pasado hablamos del buen humor de Jesús. Nos ayudaba a reírnos de nuestras solemnes ridiculeces. Hoy, del sentido del humor pasamos a la desmesura: amarlo más que a todo, compartir su suerte (cargar la cruz) y, por él, renunciar a todo.

Resultan loables los esfuerzos pastorales por hacer accesible y simpática la propuesta de Jesús. Tarde o temprano, sin embargo, habrá que confrontarse con su Persona. Solo entonces se llega al hueso del cristianismo. Y sí. Digámoslo todo y sin vueltas: es una locura. Es definir la vida desde Él.

Una locura. Una desmesura. Una maravillosa aventura.

Una ayudita: Teresa de Calcuta. Esta semana la hemos recordado.

Teresa. Jesús. La Eucaristía.

Si no lo entendimos, no entendimos nada.

Buen domingo.

Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para Tí

Con otros tres hermanos obispos, tuve la ocasión de pasar unos días de retiro en la Abadía “Gozo de María” de monjas benedictinas.

Había reservado esta fecha desde inicio del año, a sabiendas de que, a esta altura del año, ese tiempo más prolongado para orar, exponerme a la Palabra de Dios y, también, para descansar, era más que oportuno.

Cada día, con las monjas, compartíamos las Laudes, la Eucaristía a mediodía y las Vísperas.

Al rezar esta mañana la Liturgia de las Horas, el responsorio de Laudes evocó para mí estos días vividos: “Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para ti”.

La Liturgia de las Horas, tal como la celebran las monjas benedictinas, mantiene la estructura de nuestras horas litúrgicas, pero agrega más salmos a cada una de ellas. Y son cantados, con ese modo de entonar que, por encima de todo, subordina la melodía al texto sagrado. La prioridad, como en toda oración cristiana, la tiene la Palabra de Dios.

Tres reflexiones, a partir de esta experiencia enriquecedora y exquisitamente bella:  

1. Los salmos, como sabemos bien, son oraciones inspiradas por Dios. Él ha puesto en nuestros labios las palabras con las que quiere ser invocado. El Dios vivo enseña así a rezar a su Pueblo. Pero, a la vez, esas oraciones recogen, con inaudito realismo, todas las vivencias, emociones y situaciones que sacuden el corazón humano, desde el sufrimiento a la acción de gracias, pasando por la rebeldía ante Dios y la violencia que despiertan los enemigos. Tres son los protagonistas de esas tremendas oraciones: el salmista (que lo compuso o quienes nos apropiamos de su oración); los que se oponen a Dios y a sus fieles (los “enemigos”); y, finalmente, el Dios de todas las plegarias.

2. Los salmos han sido la escuela de oración del mismo Jesús, tanto en su casa (de la mano de José y María), como en la sinagoga. Al salmodiar cada día, de modo más reposado y sereno, estos himnos sagrados, me hizo mucho bien imaginar a Jesús aprendiendo a orar con el Salterio de su Pueblo. Pero, también, imaginar que este extraordinario orante, haciendo suyas las plegarias entrañables de su Pueblo, era capaz de ir más allá del más osado orante de Israel: recitando los salmos, Jesús pudo hacer emerger a su corazón de Hijo y a sus labios, la oración más cristiana de todas, la que invoca a Dios, llamándolo: “Abba”.

3. Rezados así por la Iglesia, los salmos nos introducen en la misma oración de Jesús, el Hijo amado del Padre. ¿No es este el misterio más hondo de toda oración? Entrar en ese diálogo inaudito de amor, de pasión y de compasión entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Si la oración cristiana, como bien enseña el Padre Jean Lafrance, es, en definitiva, prolongar el Padre nuestro; cada deseo o petición allí expresados ha madurado en ese terreno fértil y generoso que son los salmos de Israel, y, animados por el Espíritu, nos meten cada vez más en el alma filial de Jesús que, sin cansancio, repite: el “Abba, Padre, que se haga tu voluntad”.

Como pastor, me toca presidir, moderar y guiar la oración del Pueblo de Dios en la liturgia. En realidad, voy comprendiendo que este rol es más bien instrumental: facilitar la docilidad de todos al Espíritu que busca que lleguemos a la “sobria embriaguez” del que se deja conducir por su Soplo dulce y tenaz.

ORACIÓN DE LA IGLESIA JOVEN DE SAN FRANCISCO

Peregrinación Juvenil al Santuario Diocesano de la “Virgencita”

María: estamos en camino hacia tu Santuario.
Somos jóvenes, discípulos y caminantes.
Vos vas a nuestro lado, 
pero igual te decimos: ¡Vení a caminar con nosotros!

Estamos caminando la vida.
Peregrinamos también la fe.

La vida es don maravilloso de Dios.
La sentimos palpitar en nuestro cuerpo y en nuestro corazón.
A veces, nos desconcierta y confunde.
Pero no dejamos de experimentar que, tomados de tu mano,
el amor de Dios sostiene nuestra esperanza.
La fe es un peregrinar que nos lleva,
una y otra vez, al encuentro con Jesús, nuestro Salvador.
Escuchamos su Palabra y sentimos el aliento de su Espíritu.
Recibimos su perdón y el alimento de su Cuerpo y de su Sangre.

De tu mano, y con nuestra vida queremos decir “Amén” a Jesús.

Estamos caminando como Iglesia joven de San Francisco.
Nos sentimos familia, pueblo y comunidad.
La Iglesia es nuestro hogar. 
Allí crecemos, cantamos y celebramos la Vida.

Sabemos que no estamos solos,
y que nadie puede resultarnos extraño 
si nos miramos con los ojos de Jesús. ¡Somos Vocación! ¡Somos Misión!
Discípulos misioneros de Jesús,
estamos llamados a comunicar la alegría del Evangelio 
y a ser protagonistas de la civilización del amor,
especialmente cercanos a los pobres y descartados.

Servidores como Jesús,
nos sentimos llamados a renovar la historia,
trabajando por el bien común, la justicia
y la cultura del encuentro en nuestra Patria Argentina.

Virgencita: vos caminás con nosotros,
como también los santos, amigos de Dios,
y tantos testigos y compañeros de camino. ¡Seguí caminando con nosotros!
Contagianos la audacia de tu alma joven
para cantar la grandeza del Señor. 
Amén.

El buen humor de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 1 de setiembre de 2019

Seguramente no es lo más importante. Sin embargo, hay un detalle en el evangelio de este domingo que me ha llamado la atención. En realidad, me ha arrancado una sonrisa. Aquí el texto: “Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar…»” (Lc 14, 1.7-9).

El sentido del humor es la capacidad de percibir esos desajustes casi ridículos que solemos protagonizar las personas. Aquí: buscar el primer lugar y tener que sentarse al último, llenos de vergüenza. Jesús posee esa cualidad, y en grado sumo. Es muy interesante releer algunos pasajes evangélicos desde esa perspectiva: la exquisita sensibilidad del Señor y su sutil buen humor. Recordemos, si no, el relato de la viuda pobre, cuya ofrenda fue más valiosa que la de los ricos (cf. Mc 12, 41-44). También aquí, Jesús observa, percibe el desajuste y enseña. Pero, por encima de todo: consuela, mostrando el camino de la salvación y de la vida.

¿Cómo mira Jesús resucitado mis propios desajustes y mis desmesuras, mis gestos y actitudes ridículos? Consuela pensar que, como bien dice el Salmo, Él sabe de qué estamos hechos, que somos poco más que barro. Por eso, nos mira, sonríe ante nuestras solemnes ridiculeces y, así, nos tiende una mano. Y lo hace “desde el último lugar”, rodeado de los más pobres y heridos, pues ese es el sito desde el que observa nuestra vida. Hacia ese sitio nos lleva, porque el que se humilla será ensalzado. En el banquete de la vida no faltará tampoco el bueno humor. Ese que saboreamos cuando nos reunimos con los amigos.

El peso de Dios

Así comienza la Biblia el relato mítico del diluvio: “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón” (Gn 6, 5-6). Es una afirmación inquietante. ¿Dios se ha arrepentido de su obra creadora? ¿Está arrepentido de nosotros, los hombres?

Afirmarlo sería apresurado y, en definitiva, una mala interpretación del mensaje de la Escritura. Una paciente lectura del texto sagrado, pero, sobre todo, una lectura desde la persona de Jesús, su mensaje y, sobre todo, su pascua nos da la clave.

Dios sufre por el hombre. Ese es el peso en su corazón: que el hombre se pierda, que su vida se frustre, que su vocación más honda -la vida y la felicidad- quede trunca, por la razón que sea. De ahí que la pregunta que este domingo escuchamos que una persona le hace a Jesús: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”, en realidad es la inquietud ansiosa de Dios puesta en labios de ese ignoto personaje evangélico.

Atendamos ahora a la respuesta de Jesús, que de eso sabe más que nosotros: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos” (Lc 13, 29-30).

Muchos. Esa respuesta consuela y anima, pero también sacude: hay que entrar por la “puerta estrecha”.

Lectura pastoral de las PASO



Un politico guarda alle prossime elezioni. Uno statista guarda alla prossima generazione.

Alcide De Gasperi (+19 de agosto de 1954)



¿Qué quiere decir una “lectura pastoral” de las PASO?

Se trata de la lectura que hace un pastor, desde la óptica del Evangelio y la luz que proyecta sobre la realidad social. Siendo más precisos: una lectura que hace hincapié en la dimensión ética que tiene este hecho político y ciudadano.

Lo primero que hay que decir es algo obvio: aún con todos sus límites y evidentes inconsistencias, estas PASO muestran la voluntad política del pueblo argentino. Al menos, de una mayoría consistente, cercana al 76% del padrón, que fue el que se acercó a votar.

La soberanía descansa sobre el pueblo. Las elecciones son un momento clave para manifestar qué quieren los ciudadanos y hacia dónde se dirigen en la construcción del orden justo de la sociedad. Una construcción nunca acabada, de un bien posible, aquí y ahora.  

Una mayoría importante se decantó por el Frente para Todos, hoy en la oposición. Se trata de un 47,35 %. Un 32,08% lo hizo por el oficialismo. El 8,23% lo hizo por Consenso Federal. Siguen: la izquierda con 2,86%, el Frente No con 2,64% y Unite con 2,19%. Las demás agrupaciones no alcanzaron el mínimo para contender en octubre.

Por supuesto que estas cifras pueden ser leídas de muchas maneras y desde diversos ángulos. Una mirada ética pone el acento, entre otras posibilidades, en el bien común de la entera comunidad argentina.

En este sentido, me gustaría recordar una conocida frase del gran Alcide De Gasperi. Este estadista italiano tuvo un yo rol clave en la reconstrucción de la Italia de posguerra. Le cupo, sobre todo, un papel fundamental en el ámbito más profundo y desafiante de dicha empresa: superar heridas y odios muy arraigados, afirmando una sólida cultura democrática de inspiración cristiana.

Decía De Gasperi: “Un político mira las próximas elecciones. Un estadista tiene la mirada puesta en la próxima generación”.

Los porcentajes de las PASO y su eventual proyección para octubre suponen una alternativa que contiene un gran desafío. Unos ganarán, otros perderán. Es inevitable y es parte de la cultura democrática.

Los resultados, incluso si el oficialismo lograra su meta de dar vuelta las cifras, pueden ser leídos sin más como el triunfo de uno sobre otros, de un modo de pensar el país sobre otro. En este sentido, semejante interpretación no superaría la lectura de facción, con sus sesgos inevitables.

Otra alternativa, y es la que espero sinceramente que prevalezca, es hacer una lectura integral, tratando de escuchar lo que incluso los guarismos menores tratan de expresar.

¿No necesitamos una instancia superadora que, por ejemplo, pueda priorizar algunos grandes acuerdos y consensos, respetando también las diversas y legítimas diferencias de fondo que tenemos unos y otros?

No puedo dejar se señalar que, si bien exiguo, un importante sector de la sociedad argentina le ha dado un canal político a la opción provida. Después del debate pasado sobre el aborto, esta expresión necesita ser escuchada en sus reclamos legítimos.

Cualquiera sea el ganador de las próximas elecciones generales de octubre tendrá el desafío de gobernar para todos, más allá de la retórica que esa frase de ocasión suele tener. El hoy de Argentina urge que se busque un consenso general, un diálogo amplio, una convergencia deliberadamente buscada de voluntades, tanto de los ciudadanos de a pie como de los dirigentes de los diversos sectores.

Si, como ha ocurrido en otras ocasiones, una amplia victoria les confiere a los ganadores no solo los cargos ejecutivos sino también las mayorías en las cámaras del Congreso, ese desafío se hace más delicado. Ya sabemos lo que, de ordinario, significan mayorías automáticas. Aquí las virtudes que supone el diálogo democrático con la especial sensibilidad para hacer lugar a las minorías ha de jugar un rol fundamental. También aquí se necesita una opción deliberada por el bien común y no solo por el interés de la propia facción o sector. El Parlamente es un espacio fundamental para una cultura democrática que hace crecer a todos en ciudadanía y en capacidad de edificar el bien y la justicia.

Todo un desafío para un país y una ciudadanía tan sufrida y probada como dada a diversas formas de providencialismos mesiánicos.

No dejo de orar, y con insistencia, por todos: por los ciudadanos que seguimos en ruta eleccionaria, por los candidatos, por los que están a cargo del gobierno, por las futuras generaciones.

Y que el próximo 10 de diciembre, aún en la derrota de algunos, sea una fiesta de la democracia en la que el Himno nacional sea cantado por todos con emoción y con fuerza.

La paz de Jesús

“¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división” (Lc 12, 51).

La palabra “paz” resume, de alguna manera, todos los bienes que Dios quiere dar al hombre. Según las promesas bíblicas, el Mesías será quien traerá la anhelada paz al mundo. Jesús mismo ha llamado bienaventurados a quienes trabajan por la paz. Como él, serán llamados “hijos de Dios” (cf. Mt 5, 9)

¿Se contradice ahora a sí mismo al decir que no ha venido para traer la paz? Jesús trae y ofrece la verdadera paz. No es la falsa e ilusoria tranquilidad que tiende un manto sobre todo conflicto o toda injusticia. La paz de Jesús se abre paso dramáticamente. Es la que paga el precio de su propia pasión y muerte en cruz. Así alcanza el corazón del mundo.

Jesús ofrece su paz a todo hombre, a condición de que este se abra libremente a ella y acepte vivir las exigencias del Evangelio. No es una paz que se compra como saldo de fin de temporada: más barata y, seguramente, de poca calidad. Es la paz que se adquiere a precio de la entrega de la propia vida. “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14, 27).

Creer, amar, caminar

“Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas” (Lc 12, 35).

Estemos preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas

El lector asiduo de la Biblia reconoce estas palabras. Sí: son de Jesús, pero evocan otras más ancestrales. En esta invitación de Jesús a estar “preparados” resuena el relato del Éxodo: la experiencia de Dios más fuerte que ha tenido Israel.

Solo entonces, ese pueblo olvidadizo había comenzado a comprender realmente quién era ese Dios misterioso de los padres. El Dios que había sorprendido a Moisés hablándole desde la zarza ardiente. El que lo había conminado a poner en marcha al pueblo. Le había revelado además su nombre, también misterioso: “Yo Soy” (cf. Ex 3, 14). Una posible traducción de ese Nombre santo: “Yo soy el que me voy a mostrar en el camino”.

A ese Dios, Jesús lo llama: Abbá, Padre. Él también, como Hijo, se sabe siempre en camino. Y, a sus discípulos, no puede dejar de invitarlos a caminar, a dejarse llevar, a abandonar toda falsa seguridad. El domingo pasado lo escuchamos, advirtiendo con serenidad, pero también con firmeza: ¡Cuidado con la avaricia! Mata la vida, porque mata la fraternidad. Este domingo nos invita a encarar la vida como quienes no están instalados, sino siempre en camino.

Casi estoy tentado de decir que la fe cristiana se asemeja a la práctica del “footing” o del “jogging”. Inspirándonos en el gran San Agustín podríamos decirlo así: creer y esperar es una forma de amar y ponerse en camino hacia Dios.

Y este camino nunca se transita solo, sino con otros caminantes. Y es saludable. Nos pone en forma. Nos hace bien, pues nos orienta hacia el Bueno con mayúsculas.

¡Gracias Francisco!

Sorpresa. Admiración. Gratitud.

Es lo que ha despertado en mí la hodierna Carta del Papa Francisco a los Presbíteros, en la memoria de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars.

Tres cosas me siguen sorprendiendo de la personalidad espiritual del Santo Padre. Tres cosas que, humildemente creo, serán parte de su herencia a la Iglesia:

1. Su modo tan jesuita de explorar los límites y fronteras humanos, animado por el Espíritu y con el Evangelio en la mirada…

2. Su ardor misionero. Propone lo que vive y encarna: es un obispo “en salida”. Y no es cuestión de desplazamiento geográfico. Es una actitud espiritual. Sabemos de dónde viene esa inquietud…

3. Su condición de maestro espiritual. Su Carta es, ante todo, eso: palabras sabias de un hombre que saborea el Espíritu y, por eso, sabe de los entresijos del alma humana que busca a Dios, pero también huye de Él, incluso habiéndolo traicionado y se deja atraer nuevamente por su Amor.

La Carta está dirigida a los Presbíteros, pero la recomiendo también a los demás fieles cristianos. También a los laicos.

Menos, es más

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de agosto de 2019

«Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». (Lc 12, 15)

Empezando por Caín y Abel, la Biblia está repleta de historias de hermanos que se pelean por la herencia paterna. En culturas patriarcales como las del antiguo oriente, el nombre y los bienes pasaban del padre al hijo varón primogénito. Los hermanos menores quedaban excluidos. Mucho más las mujeres: solo podían heredar en ausencia de hijos varones. No resulta extraño entonces que se desataran guerras o, al menos, fuertes animosidades entre hermanos.

Como en otras ocasiones, en el evangelio de este domingo (cf. Lc 12, 13-21), Jesús retoma el designio originario de Dios creador: la vida de cada hombre y mujer es valiosa en sí misma, no podemos dejar que el ansia desmedida de poseer nos enceguezca de tal manera, que terminemos matando la fraternidad entre nosotros.

Ese es el drama de la actual cultura del consumo: nos ilusiona con la posesión de bienes superfluos que prometen más de lo que realmente pueden dar. ¿No sería inteligente probar ese sabio principio que enseña que “menos es más”? Otro modo de decirlo: probemos con el camino de la libertad interior, caminando ligeros de equipajes superfluos. Tal vez, de esa manera, redescubramos la riqueza de vivir como hermanos.