Orar siempre sin desanimarse

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de octubre de 2019

Jesús es un orante. Ora y enseña a orar. Contemplarlo en oración atrae, fascina y despierta el deseo de orar como él. Algo acontece cuando Jesús se pone a orar. Algo grande, misterioso también, pero tremendamente decisivo para la vida.

Jesús ora intensamente. Sin embargo, en los evangelios dice pocas cosas sobre la oración. En realidad, una sola. Es la enseñanza de este domingo: hay que “orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1).

Cualquiera que se haya animado a la aventura de la oración cristiana lo sabe por experiencia. Es fácil desanimarse, abandonar la oración o reducirla a una repetición mecánica de fórmulas.

¿Por qué entonces orar? ¿Por qué hacerlo con perseverancia? ¿Qué buscamos, en última instancia, con la oración?

Orar como Jesús y con Él significa aprender a abrir la propia vida a la acción de Dios. Más que buscar algún beneficio, lo que realmente ocurre, cuando la oración va ganando la vida de una persona, es una transformación cada vez más honda del propio orante.

La oración nos vuelve como Jesús, nos transfigura, asemejándonos a él. Nos hace más libres, más humanos. En definitiva: más hijos de Dios y más hermanos de todos.

La oración no cambia a Dios. Nos cambia a nosotros.

Algo más que una curación

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de octubre de 2019

“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 15-16).

No fue solo una curación. Importante, sí. La lepra era más que una enfermedad. Era un estigma deshumanizante. Ante todo, porque laceraba el cuerpo, desfigurándolo de forma horrorosa. Pero, mucho más, porque las convenciones sociales, sancionadas incluso por las Escrituras, imponían una inhumana forma de vida: en el vestir, en la separación del resto, en ese grito que el leproso debía hacer cuando veía acercarse a alguien (“¡Impuro! ¡Impuro!”).

Era algo más: la enfermedad excluía al leproso de la comunión con Dios. Por eso, su curación significaba volver a la comunidad de los que escuchan la Palabra, alaban, oran y viven en la Presencia del Altísimo.

Para Jesús, las cosas son diferentes. De entre los diez leprosos curados, uno lo comprende cabalmente. Se ha dado cuenta de que aquel Maestro al que él y sus compadres heridos invocaron por el camino era algo más que un Rabí. La potencia que había salido de sus labios y le había devuelto humanidad venía desde el corazón mismo de Dios. Ese hombre que se encaminaba a Jerusalén era Dios caminando entre los leprosos del mundo.

Por eso, su retorno es un gesto de hondo significado religioso: alaba a Dios, llega hasta Jesús y se postra ante Él como Señor y Salvador.

La misión de la Iglesia no es política. Es hondamente religiosa, aunque, desde ese núcleo, alcance también la vida social y política de los hombres. Es hacer posible el encuentro de los leprosos con Jesús, el Señor. En otras palabras: dejar que Dios libere su potencia transformadora de la humanidad.

San John H. Newman

A las vísperas de la canonización del beato cardenal Newman comparto este artículo que publiqué para su beatificación por Benedicto XVI en 2010

Católicos Siglo XXI

El los próximos días, el Papa inicia su visita al Reino Unido. Punto culminante de esta peregrinación será la beatificación de John Henry Newman (1801-1890), el 19 de setiembre en Birmingham. 

Se trata de una de las personalidades más interesantes del mundo católico del siglo XIX. En 1845 culminó un proceso espiritual e intelectual que lo llevó del anglicanismo a la Iglesia católica. Está descrito en un libro de lectura imprescindible: “Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas”. Fue creado cardenal por el Papa León XIII en 1879. 

Su influjo crece cada vez más, y lo proyecta como expresión acabada de la vitalidad del cristianismo en el siglo XXI. Una personalidad genuinamente católica. 

Cito, a continuación, un largo párrafo de su conocida “Carta al Duque de Norfolk”, en la que aborda, entre otros temas, la cuestión de la naturaleza de la conciencia. El n° 1778 del Catecismo de la Iglesia Católica cita una frase de esta obra de Newman, en la que llama a la conciencia “el más genuino Vicario de Cristo”. Las frases que transcribo se encuentran un poco más delante. Dice así:

“La Conciencia tiene derechos porque tiene deberes. Sin embargo, en estos tiempos para gran parte de la gente, el más genuino derecho y libertad de conciencia consiste en hacer caso omiso de la conciencia, dejar al margen al Legislador y Juez, ser independiente de obligaciones no escritas, invisibles. La cuestión ahora es elegir entre adoptar una religión o no adoptar ninguna, ir a la iglesia católica o a la capilla protestante, hacer alarde de estar por encima de toda religión y ser un crítico imparcial de todas ellas. La conciencia es un consejero exigente, pero en este siglo ha sido desbancado por un adversario de quien los 18 siglos anteriores no habían tenido noticia -si hubieran oído hablar de él, tampoco lo hubieran confundido con ella-. Ese adversario es el derecho del espíritu propio, la autonomía absoluta de la voluntad individual…”

Para pensar. 

Como un granito de mostaza

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de octubre de 2019

“Si tuviera fe como un granito de mostaza…”, cantamos despreocupadamente, inspirados en las palabras de Jesús que leemos este domingo (Lc 17, 3b-10).

¿Cuál es realmente la espesura de nuestra fe? Entendámonos bien: cuando decimos “fe”, no nos referimos al mero sentimiento religioso que postula, sin mayores consecuencias, la existencia de un vaporoso e inocuo Ser superior.

Al menos, en la súplica de los apóstoles a Jesús (“¡Auméntanos la fe!”), por fe se entiende lo que enseña la Biblia: tomar en serio al Dios real, tal como se ha manifestado en la historia. Y confiarse a Él y a su Palabra, decidiendo desde allí la orientación fundamental de la propia vida.

Este pedido, a la vez humilde y ansioso, nace de escuchar las palabras de Jesús sobre la inevitabilidad y gravedad de los escándalos, pero también sobre el perdón: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo»” (Lc 17, 3-4).

La figura evangélica de Francisco de Asís, cuya fiesta acabamos de celebrar, nos ayuda a comprender el real calado de esta súplica y de las consecuencias que trae para la vida.

Sin Jesús de Nazaret no se entiende a Francisco de Asís. En el rostro del Crucificado que le salió al paso en San Damián, el joven Francisco experimentó a un Dios real que, lejos de dejarlo tranquilo, lo desafiaba a buscar el sentido profundo de su vida. La fe fue para Francisco un abrirse y confiarse, cada vez más radicalmente, a ese Dios y a su Evangelio vivido sin glosas.

Y Francisco vivió el perdón, la paz y la fraternidad como nadie hasta entonces, y, tal vez, tampoco hasta ahora. En él podemos contemplar a qué grado de calidad puede llegar la humanidad cuando se abre a la fe cristiana. Su figura nos sigue iluminando.

La Transfiguración de Francisco

Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís

Catedral de San Francisco – 4 de octubre de 2019

Hablando de sus propias luchas apostólicas, San Pablo escribe a los corintios: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Co 4, 16).

Bien se podrían aplicar a Francisco estas palabras. Cuentan sus biógrafos que sus intensas vivencias personales habían dejado huellas muy visibles en su cuerpo. Francisco había vivido plenamente, entregándose en cuerpo y alma a las llamadas de Dios, a medida que estas iban clarificándose en su alma.

Tantas luchas, internas y externas, hicieron mella en su persona. Pensemos solo en la enfermedad ocular que contrajo en Egipto y que, de vuelta a Europa, se incrementó con los desastrosos tratamientos que recibió de aquellos médicos del siglo XIII.

Su estampa era la de un hombre sufrido.

Sin embargo, algo grande y hermoso acontecía en el alma de Francisco que resaltaba aún más en la fragilidad de su cuerpo y en la fatiga de su porte externo. Algo grande y hermoso, pero para nada débil, sino fuerte y vigoroso, porque era la obra del Espíritu en el alma de un hombre que, con una libertad que nos subyuga tanto como nos atemoriza, se había dejado vaciar a sí mismo.

El “hombre exterior”, al decir de Pablo, parecía menguar, mientras que el “hombre interior” alcanzaba una belleza llena de la majestad del Dios Crucificado que, en San Damián, lo había invitado a reparar su Iglesia en ruinas. O, parafraseando al profeta y al salmista: nuestro Francisco, “varón de dolores” (Is 53, 3) era también “el más hermoso de los hombres” (Salmo 44, 2).

Esta genuina transfiguración fue creciendo paulatinamente a lo largo de toda su vida. También él, como su maestro, “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52).

Sin embargo, esta transformación alcanzó un grado supremo apenas el Pobre de Asís fue abrazado por la “hermana muerte corporal”, que él había cantado en su himno “Laudato Si’”, aquel 3 de octubre de 1226.

Después de yacer un tiempo desnudo en el pavimento de la Iglesia (tal fue su voluntad), los hermanos comenzaron a amortajar el cuerpo venerado. Fue entonces que su rostro sufrido cambió de aspecto y se volvió de una belleza luminosa. Mientras se cumplía esta operación y la noticia de su muerte se difundía por Asís, una multitud orante y sollozante se agolpaba para contemplar a quien ya consideraba un santo.

Fue en esa ocasión que muchísimos seglares, clérigos y hermanos pudieron contemplar las benditas llagas que, apenas dos años antes de morir, Francisco había recibido en el Monte Alverna, como sello de su profunda identificación con Cristo, el Señor.

Es la gracia que le había pedido a Jesús, seguramente con la decisión y pureza de los santos. Estas son sus palabras, según los testimonios que nos llegan de sus contemporáneos:

Señor mío, Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte. Que experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que Tu, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima Pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida de lo posible aquel amor sin medida en que Tu, Hijo de Dios, ardías, cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores. (Consideraciones sobre las llagas).

Francisco suplicó con tenacidad a Aquel que había enseñado: “Pidan y se les dará”. Rogó y Jesús cumplió la promesa: le concedió, a manos llenas, las gracias centuplicadas.

*     *     *

Contemplamos la transfiguración de Francisco, admirados y agradecidos. Pero no podemos dejar de pensar en la transfiguración que el Señor, por medio de su Espíritu, está ciertamente obrando en cada uno de nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en nuestra diócesis.

Hace algunos meses, les dirigía una carta a los sacerdotes y consejos parroquiales de pastoral, formulando algunas preguntas: “¿Qué quiere el Señor de nuestra Iglesia diocesana, en este momento y a través de los acontecimientos que estamos viviendo? ¿Qué pasos de conversión nos está pidiendo?”.

Podría decir ahora, contemplando a Francisco e iluminados por las Escrituras que hemos escuchado: ¿Qué gracia de transformación está obrando en nosotros el Espíritu Santo? ¿Hacia que umbral de gracia nos está conduciendo como Iglesia diocesana? ¿Cómo se están marcando en nosotros las cicatrices del Señor? ¿Dónde vemos surgir la criatura nueva que nace del costado del Crucificado?

Creo sinceramente que la figura evangélica de Francisco de Asís nos ilumina.

Puede ser que nuestra diócesis y nuestra ciudad lleven el nombre de San Francisco casi de manera fortuita. Pero no hay casualidad en la Providencia de Dios. En ese nombre hay un programa evangélico que viene del corazón de Dios para nosotros.

Esta mañana he hecho pública una Carta Pastoral recogiendo las respuestas que ustedes han formulado a las preguntas del obispo. Si tuviera que resumir lo que he querido expresar en palabras, lo haría con estas frases:

Somos familia. Somos hermanos. Tenemos que vivir toda la densidad humana de la cercanía: cercanía con Dios a través de la oración, especialmente de la adoración y la alabanza; cercanía entre nosotros, derribando muros y construyendo espacios fraternos para escucharnos; cercanía misionera con todos, pero especialmente con los más alejados, heridos y vulnerables.

Si quieren lo resumo en dos palabras muy “franciscanas”: fraternidad y cercanía.

Como Francisco, con estas palabras formulo un deseo que se vuelve oración. Los invito a hacer lo mismo. Una oración que nace del corazón de nuestra Iglesia diocesana, de sus vivencias, ilusiones, decepciones y sufrimientos. Una oración cuyo fervor se intensifica al escuchar al Señor que nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30).

Señor Jesús: como Francisco un día, también nosotros hoy nos atrevemos a suplicar, para nuestra Iglesia diocesana la gracia de una profunda conversión que nos haga más misioneros, más disponibles, más hermanos y más cercanos a todos.

Que tu Espíritu derribe nuestro orgullo y nos haga más humildes y orantes, más misericordiosos y sencillos, más fieles a tu Evangelio en medio de nuestra sociedad.

Que no nos amoldemos a los criterios mundanos del bienestar individual y del consumo que galvanizan nuestra mirada y nuestro corazón.

Concédenos, Señor, un tiempo de generosa y saludable conversión. Que sintamos tu dulzura y tu belleza, y que experimentemos la alegría franciscana de comunicarla en cuanto vivida con sencillez y en la pobreza.

Amén.

Carta pastoral

“Todos ustedes son hermanos” (Mt 28,3)

UNA IGLESIA-FAMILIA QUE CAMINA, ORA Y ANUNCIA

Carta pastoral del obispo Sergio O. Buenanueva

4 de octubre de 2019

Fiesta de San Francisco de Asís

A las comunidades y fieles de la Iglesia diocesana de San Francisco.

¡Paz y Bien!

  1. ¿Qué quiere el Señor de nuestra Iglesia diocesana, en este momento y a través de los acontecimientos que estamos viviendo? ¿Qué pasos de conversión nos está pidiendo?
  2. El pasado 31 de mayo, con estas preguntas como encabezado, dirigía sendas cartas a los presbíteros, consejos parroquiales de pastoral y equipos coordinadores de movimientos y asociaciones de la diócesis. Más que por el obispo, los invitaba a dejarnos interrogar por Dios que nos habla a través de lo que vivimos. Él nos habla con esa Palabra viva que es Cristo resucitado. Lo escuchamos cuando ponemos un oído en el Evangelio y el otro en el pueblo, como decía el beato Angelelli.
  3. En realidad, en esos términos u otros parecidos, esas preguntas expresan la búsqueda permanente de una Iglesia diocesana viva. De esa forma, ella se descubre sujeto responsable de la fe y de la misión. Hacen a su identidad profunda: hay Iglesia allí donde se hace espacio a la llamada de Dios y una comunidad, así interpelada, responde como María o el profeta: ¡Aquí estamos, Señor, envíanos!
  4. Los sacerdotes y demás organismos y espacios pastorales han destinado un tiempo generoso para responder. Con el Colegio de Consultores hemos repasado los aportes de los Decanatos. El Consejo Diocesano de Pastoral y el Equipo de Animación han ayudado a revisar todo. El pasado sábado 14 de septiembre, con los dos Consejos de la diócesis (de Pastoral y Presbiteral) dedicamos una mañana de oración, escucha y participación para revisar estos aportes.
  5. Ante todo, doy gracias a Dios por este camino que estamos transitando como diócesis. Una vez más, he sido testigo de la vitalidad y de la pasión evangelizadora de esa rica red de comunidades, vocaciones, carismas y ministerios que es la Iglesia de San Francisco. La fe cristiana está viva entre nosotros. La semilla sembrada por quienes nos han precedido sigue dando fruto. Es don del Dios agricultor, pero también de quienes se sienten llamados a colaborar en su siembra. Les doy gracias a cada uno de ustedes por el empeño y dedicación que han puesto para responder, tomando en serio esta interpelación como una genuina llamada a la conversión.

*     *     *

  • Por medio de estas líneas quisiera ofrecerles algunas orientaciones pastorales a partir de los aportes que ustedes han hecho. Recogen lo que hemos podido discernir como Iglesia diocesana. Finalmente, les quiero hacer una propuesta para los meses que tenemos por delante. Me permito recordar aquí que, todo genuino discernimiento de la Voluntad de Dios no se hace de una vez y para siempre. Supone una disponibilidad y apertura que hay que renovar cada día. Se trata de escuchar, obedecer y vivir la Palabra de Dios. Esa es la actitud de fondo que les invito a cultivar.

1. La experiencia del encuentro con Jesucristo vivo

  • Aunque no ha aparecido en los aportes, quisiera evocar la imagen de una inestimable gracia que el Señor nos ha regalado este año: los jóvenes de las diócesis de Córdoba reunidos en San Francisco, orando ante el Santísimo Sacramento. Fue a fines de mayo, durante el IIº Encuentro Regional de Jóvenes. Si tenemos que escuchar la voz de Dios a través de lo que vivimos, este acontecimiento es una fuerte palabra suya para nosotros. En esa imagen veo reflejado nuestro desafío pastoral más hondo como Iglesia: ser lugar de encuentro con Jesucristo vivo, experiencia fundante que determina la vida. Iríamos por mal camino si todo este discernimiento tuviera como meta solo una reorganización de estructuras, metodologías o espacios de poder. A los hombres y mujeres de hoy, especialmente a los jóvenes, no les ofrecemos una simple contención, sino a Jesús, su Evangelio y su Espíritu. Eso es la Iglesia: espacio para experimentar al Dios vivo y verdadero. Eso es la Eucaristía: encuentro que conmueve, alegra el corazón y colma de esperanza. Es una experiencia que tiene que ver con nuestras preguntas más profundas y nuestra búsqueda de sentido, con nuestros miedos, inquietudes e ilusiones. No podemos perderlo de vista.

2. Iglesia en camino y en salida

  • Hace poco, en una radio, me preguntaron cómo está la Iglesia de San Francisco. Mi respuesta espontánea fue: “estamos caminando”. Releyendo los aportes de ustedes, esa imagen de una Iglesia “en camino” y “en salida” se me ha hecho más viva y patente. Soy testigo de ello: la misión viene abriéndose paso, sin prisa, pero sin pausa, desde dentro hacia fuera; tímidamente, pero también con una fuerza creciente que, en algunos casos, ya es imparable. Se trata de un don del Espíritu, pero también de una respuesta nuestra a ese regalo. Pastores, consagrados y laicos nos sentimos llamados a la misión, y así lo expresamos. Si es verdad que, por algunas situaciones concretas, hemos sentido una disminución de fuerzas apostólicas, por otro lado, este hecho ha despertado la corresponsabilidad de muchos. Consuela el corazón ver cómo los laicos se sienten llamados a tener una presencia adulta, activa y responsable en la vida y misión de nuestras comunidades cristianas.

3. En camino… no hemos llegado a la meta

  • Iglesia “en camino” quiere decir también que no hemos llegado todavía a la meta; que no podemos responder, a la vez y de forma completa, a todas las preguntas que la realidad nos presenta; que las más de las veces vamos tanteando el camino, como quien aprende a caminar o se interna por un sendero desconocido. Tenemos que aceptar que nuestras respuestas suelen ser parciales, provisorias y necesitadas de continua corrección. Por no mencionar el peso de la concupiscencia y del pecado que hacen más lento el caminar de todos. Esto es así, especialmente cuando nos engañamos creyendo que podemos caminar aislados, sin contar con los demás. No digo esto para desanimarnos, sino para redescubrir que el Buen Pastor resucitado está presente entre nosotros, precisamente para animarnos y levantarnos en este camino. Cuando el Verbo de Dios, por obra del Espíritu Santo, empieza a crecer como hombre en el vientre de María, comienza una experiencia nueva en la historia de la salvación: Dios aprende, paso a paso, a caminar como un ser humano. San Ireneo dice que, de esta manera, Dios hacía que el Espíritu Santo se fuera acostumbrando a estar entre los seres humanos para que, un día, continuara la obra iniciada por Cristo. Dios acompasa el ritmo de su marcha al ritmo más lento y torpe de sus creaturas. Más que llegar a la meta, lo que quiere es hacerse Peregrino y Compañero de camino de sus hijos. En realidad, más que llegar solo -como quien gana una carrera superando a los rezagados- lo que busca es que lleguemos todos, como familia, como hermanos y hermanas.

4. Cada bautizado y cada comunidad: sujeto activo de la fe y la evangelización

  1. El camino pastoral de nuestra diócesis, en las sucesivas versiones del Plan de Pastoral, nos ha ayudado a acrecentar la conciencia de ser, en cuanto Iglesia particular, sujeto activo y responsable de la evangelización. Esta conciencia va echando raíces en cada comunidad cristiana: parroquias, colegios, movimientos, asociaciones, grupos, equipos pastorales. Vuelvo a la imagen de la red: nuestra Iglesia de San Francisco es una red de comunidades que se sienten, cada una en su lugar y ante sus desafíos, como sujetos responsables del anuncio del Evangelio. En los aportes que han realizado se observa una triple insistencia que quiero también subrayar:
  2. La necesidad de seguir creciendo en comunión, participación y corresponsabilidad pastoral, tanto a nivel espiritual como a nivel operativo; la interacción de los diversos consejos diocesanos y parroquiales va creando un “estilo sinodal” de discernimiento y animación de la evangelización.
  3. La urgencia de potenciar el rol activo de los laicos en la misión común de evangelizar y que brota del bautismo y la confirmación.
  4. En este contexto más amplio de Iglesia comunión y pueblo de Dios, el ministerio apostólico del obispo y los presbíteros se ubica como un servicio imprescindible, pero necesitado de purificarse de toda forma de clericalismo.

Ha sido también unánime la positiva valoración de los pasos dados para incorporar, cuando el fruto esté maduro, a diáconos permanentes casados a la vida y misión de nuestra Iglesia. Yo añadiría también la urgencia de potenciar todas las formas de ministerialidad que varones y mujeres bautizados pueden asumir en la vida eclesial, también en la conducción pastoral de una comunidad.

5. El Presbiterio diocesano

  1. En una Iglesia, pueblo de Dios en camino, misionera y en salida, el Presbiterio diocesano (el obispo y todos los presbíteros, diocesanos y religiosos) tiene un rol fundamental. Ante todo, como obispo siento el deber de tener una palabra de reconocimiento, de gratitud y de aliento para nuestros sacerdotes. Cumplen su misión con entrega y generosidad, pero también con gran apertura a lo que la Providencia nos va mostrando a través de los acontecimientos que vivimos. No dejamos de sentirnos interpelados por ellos, en ocasiones, también un poco desconcertados. Nos hace mucho bien encontrarnos, rezar juntos, escuchando la Palabra de Dios y celebrando la Eucaristía con la reconciliación. Pero también el compartir fraterno que suponen momentos gratuitos de encuentro y de convivencia. Como Presbiterio sentimos la imperiosa necesidad de potenciar esos espacios de encuentro fraterno y de discernimiento de nuestra misión. Compartimos el dulce gozo de anunciar el Evangelio. Sentimos también la necesidad de afianzar una pastoral sacerdotal que nos ayude a vivir nuestro ministerio. También los pastores caminamos, aprendemos, nos cansamos y necesitamos ser acompañados y ayudados en nuestro peregrinar. No puedo dejar de decir una palabra sobre las vocaciones sacerdotales. Sé bien que a todos nos preocupan. Solo digo esto: volvamos al Evangelio, contemplemos a Jesús y hagamos como Él. No hay que esperar a que las vocaciones apostólicas vengan. Hay que salir a buscarlas. Es lo que el Señor hizo con Simón y Andrés, Santiago y Juan… También con nosotros.

6. Iglesia pobre para los pobres

  1. Un último punto importante: estamos llamados a ser una Iglesia pobre para los pobres. En nuestros diálogos recientes no ha salido con tanta fuerza esta dimensión fundamental del Evangelio y de la misión de la Iglesia. Como obispo siento el deber de indicar que aquí se juega nuestra fidelidad al Señor. Los rostros de la pobreza entre nosotros son muchos y variados. Algunos reflejan carencias fundamentales como la falta de trabajo, de techo o de educación. No puedo dejar de mencionar el abandono o soledad de los ancianos. Otros, son las nuevas formas de la pobreza, y tienen que ver con la desesperanza que anida en los corazones y toma la forma, por ejemplo, de diversas adicciones o formas autodestructivas de vivir. En nuestras comunidades, a través de Caritas y otras iniciativas, mucho se hace en este campo. Sinceramente creo que tenemos que sentirnos interpelados a vivir más intensamente la opción preferencial por los pobres, también reflejándola en nuestro estilo de vida.

*     *     *

  1. Hasta aquí lo que ha resonado en mí al repasar sus aportes. Quisiera, a continuación, hacerles una propuesta hacia delante. Para comprender su alcance, me parece oportuno decir que, según lo teníamos programado, al ir concluyendo este año 2019, íbamos a presentar el trienio 2020-2021 como un camino hacia el 1º Sínodo de la Diócesis de San Francisco. En un borrador habíamos caracterizado qué metas proponernos en cada uno de esos años hasta llegar a la celebración propiamente dicha del Sínodo diocesano.
  2. Sin embargo, y en atención al proceso que venimos llevando, me ha parecido oportuno ralentizar nuestro camino. Es verdad que se hace camino al andar, pero, en ocasiones, es aconsejable privilegiar algunas instancias particulares. No es que vamos a frenar nuestro camino. Lo que quisiera proponerles es intensificar algunas dimensiones fundamentales de nuestra vida eclesial a fin de que, cuando llegue el momento oportuno, retomemos este proyecto en los términos programados u otros que nos resulten más oportunos.
  3. Les propongo entonces que, en los próximos meses y durante todo el año 2020, Dios mediante, sea un tiempo especial para acentuar tres formas fundamentales de CERCANÍA en las que se juega nuestra identidad como Iglesia, porque en ellas crece y se arraiga la experiencia de la fe:
  4. Cercanía con Dios a través de una vida de oración más intensa en la escucha de la Palabra, el silencio orante y el arte de celebrar el Misterio de Cristo en la liturgia. La vocación y misión de la Iglesia es ser espacio de adoración en medio del mundo.
  5. Cercanía entre nosotros, priorizando fraternidad bajo la forma de la escucha, el consuelo y el acompañamiento recíproco. En todo este tiempo ha quedado patente el valor que tiene abrir espacios de escuchar real entre quienes, de esa manera, se reconocen hermanos que caminan juntos. Necesitamos crecer en esta calidad de vínculos personales y comunitarios, poniendo nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios.
  6. Cercanía misionera con todos, especialmente los más alejados, que se verifica, de modo especialmente intenso y rico, en la pastoral ordinaria. Es en el encuentro cara a cara con las personas que logramos comunicar con nuestra vida la alegría del Evangelio. Y, llegado el caso, también por medio de palabras.
  7. Esta propuesta que les hago me interpela y compromete a mí, en primer lugar, como su obispo. El ministerio episcopal se juega, sobre todo, en la oración ferviente y el anuncio del Evangelio. De esta triple cercanía que he señalado, la segunda me compromete de manera especial. Estoy llevando a cabo, por este tiempo, una nueva serie de diálogos personales con los sacerdotes de la diócesis. Una vez concluida, y con ayuda del Equipo de Formación permanente, quisiera programar para los meses iniciales del próximo año una nueva ronda de diálogos personales, incluyendo también encuentros del obispo con los sacerdotes por decanato, como también los encuentros generales de Presbiterio. De la misma manera, y con ayuda del Consejo Diocesano de Pastoral, quisiera programar una serie de encuentros con los Consejos Parroquiales de Pastoral y otros espacios pastorales de la diócesis (equipos, movimientos y asociaciones), privilegiando la escucha y el discernimiento de la Voluntad de Dios para nosotros. Para el año 2020 tengo programadas cuatro visitas pastorales. En 2021 concluiré, Dios mediante, la visita a las treinta parroquias de la diócesis. También estas Visitas son un momento privilegiado para la escucha y ese “echar leña al fuego” que es la misión propia del obispo.
  8. Quisiera destacar también el valor fundamental e insustituible de la pastoral ordinaria. Me refiero al día a día de nuestras parroquias y otros espacios pastorales. Allí se vive la misión de forma concreta en el encuentro, cara a cara, persona a persona, con las más diversas realidades. Allí se experimenta una Iglesia que camina y está “en salida” misionera. Allí acontece lo extraordinario de la fe: el mundo se abre a Dios en el gesto cotidiano de cada bautizado, animado por el Espíritu y la caridad de Cristo. Con el impulso del Año Mariano 2018 y el Año Misionero 2019, vamos a iniciar, con el resto de las diócesis argentinas un Año Mariano Nacional. La figura de María -lo sabemos por experiencia- es inspiradora para vivir la fe en lo cotidiano de la vida. María nos enseña a orar, a ser servidores unos de otros, a estar junto al que sufre, a cantar las grandezas del Señor. Ella inspira nuestra pastoral ordinaria.
  9. Somos una Iglesia-familia que camina, ora y anuncia. Es un camino que hacemos como familia, como hermanos y peregrinos, y que transitamos en la acción pastoral de todos los días. Sabemos que el Señor resucitado, como en Emaús, camina con nosotros, nos hace sentir su Presencia y nos consuela el corazón para ser testigos de su Evangelio. María nos precede, con los santos que son nuestros amigos y modelos. A ellos les confiamos el caminar de nuestra Iglesia diocesana. En primer lugar, a San Francisco de Asís en cuya fiesta publico esta Carta. Enamorado de Jesús, se identificó con él de manera insuperable. Así nos lo recuerda su imagen en nuestra catedral. Es además modelo de hermano: cercano, humilde, franco y alegre. Esta herencia franciscana de fraternidad nos interpela a todos. Los invito a convocar también con nuestra oración a los santos y beatos cordobeses: Brochero, Madre Tránsito y Madre Catalina, Angelelli y compañeros mártires. Contamos con ellos para crecer como Iglesia-familia, espacio abierto donde todos puedan experimentar las entrañas de misericordia de nuestro Dios.
+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Con mi afecto y bendición,

El seno de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de septiembre de 2019

La parábola de Jesús que escuchamos este domingo tiene un detalle que no hay que pasar por alto. Se trata del relato del rico que se da la gran vida, mientras que, a recogiendo las migajas de sus banquetes está el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31).

El detalle es este: cuando ambos mueren, Lázaro es acogido en el “seno” de Abrahám. El patriarca bíblico es caracterizado por un rasgo femenino: el seno materno que ha recibido y custodiado la vida de los hijos. Allí el sufrido Lázaro encuentra descanso y consuelo.

El domingo pasado, Jesús nos había advertido que no se puede servir a Dios y al dinero. Cuando las riquezas se convierten en un dios al que se le entrega la vida, entre otras cosas, nos roban lo más humano que tenemos: la capacidad de reconocernos como semejantes, como hermanos.

Dios, en cambio, es un padre con entrañas de madre. Quien se deja alcanzar por su mirada no puede sino mirar a los demás como hermanos.

Otro detalle: en medio de los tormentos, el rico logra acordarse de que tiene hermanos. Y se preocupa por ellos: que no les pase a ellos lo mismo que a él.

El problema no es el dinero. Es el corazón y su capacidad de fraternidad.

Y no hay que esperar: es ahora que tenemos que acordarnos de que somos hermanos.  

Dios o el dinero: elegir bien

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de septiembre de 2019

“Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No puede servir a Dios y al Dinero” (Lc 16, 13).

Jesús es tajante: o Dios o el dinero. En realidad, el problema no está en el dinero sino en la relación que establecemos con las riquezas. Jesús pone el acento en el verbo “servir”. Sabemos la importancia que este verbo tiene para él. Él mismo se presenta como servidor. Así vive, así entrega la vida y así propone vivir: “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

Servir es entregar la vida. Es amar con la totalidad de las fuerzas y energías del corazón humano. Solo Dios puede ser servido y amado de esa manera. Si por alguna razón (inseguridad, miedos o lo que sea), el hombre intenta servir así al dinero y a sus riquezas, en vez de libertad encuentra esclavitud. Se deshumaniza. El signo más patente de ese proceso que corroe al hombre por dentro es la insensibilidad ante el sufrimiento del otro.

En cambio, el que se entrega a Dios libera su corazón para ubicarse correctamente en la vida. Descubre que es solo un administrador al que el Creador le ha confiado algunos bienes con un sentido preciso: colaborar con Él en la edificación de un mundo más fraterno, más vivible y, por eso, más genuinamente próspero.

En definitiva, es una opción afectiva: a quien servimos, a quien le entregamos el corazón. Jesús nos hace una propuesta. Cada uno responde.

¿A la Trinidad o a Zeus?

Cantado o rezado, el “Santo” es una parte fundamental de la Plegaria eucarística. Se trata de un himno con una letra fija. Se debe cantar, por tanto, como está en el Misal:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en Nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

Esta versión litúrgica recoge tres textos bíblicos. Para la primera parte: Is 6, 3 y Ap 4, 9. Para la segunda parte (“Bendito el que viene…”): Mt 21, 9.

Se lo denomina también: “Trisagio”, castellanización de la palabra griega que quiere decir: “tres veces santo”. Se trata de un himno trinitario de adoración y alabanza. Es común a las liturgias latinas, orientales y también a algunas protestantes. Es un texto ecuménico.

Lamentablemente, entre nosotros se ha vuelto muy usual sustituirlo por cantos que, si bien usan algunas de sus palabras, no respetan el texto bíblico y litúrgico.

Uno de los casos más simpáticos es el que yo llamo con ironía: himno a Zeus, pues solo dice una sola vez “santo”: “Santo es el Señor, mi Dios, digno de alabanza…”.

Algunos de estos cantos son muy hermosos e innegablemente litúrgicos. Se pueden utilizar, pero no en la Plegaria eucarística. Pienso, por ejemplo, en aquel cuya letra empieza así: “Santo, Santo, Santo, Dios y Señor nuestro, canta tu grandeza la hermosa creación…”. Se puede usar como canto procesional de entrada en las fiestas de los santos o en una adoración eucarística.

En fin. No olvidemos el sabio principio: “lex orandi lex credendi”. Creemos como celebramos.

PS: Sigue siendo importante distinguir entre el Dios cristiano, Padre, Hijo y Espíritu Santo y Zeus… u otros dioses.

Moisés, el becerro de oro y Jesús

Marc Chagall, “La adoración del becerro de oro” (1966)

“Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto” (Ex 32, 4).

Solos en medio del desierto y, aparentemente, abandonados de Dios y su líder, los israelitas se dejan llevar por el miedo. Necesitan aferrarse a algo. Y, de ese miedo y esa necesidad de seguridad, nace ese ternero de metal fundido al que adoran embelesados: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”.

Esta escena bíblica expresa, como pocas, la fragilidad que es ineludible compañera de camino de todo ser humano. Entonces y ahora. Cuando semejantes miedos se apoderan de un sujeto o incluso de una sociedad, abren la puerta a las irracionalidades más grandes. También las más peligrosas. ¿Ante cuántos “becerros de oro” hemos doblado la rodilla? Prometen libertad, pero normalmente traen esclavitud, indignidad y deshumanización.

Un hombre, sin embargo, romperá ese hechizo maldito. Es Moisés. Dios lo ha trabajado con paciencia de artista. Le ha conquistado el corazón, traspasándole sus propios sentimientos. El diálogo entre Moisés y Dios que leemos este domingo es admirable. Hay una especie de inversión de roles: Dios se indigna por la obstinación del pueblo; Moisés, en cambio, parece comprender mejor la fragilidad de sus hermanos y, con insistente ruego, logra que Dios aplaque su ira, se arrepienta y dé una nueva oportunidad.

Toda la pretensión de Jesús se puede resumir en esta magnífica página bíblica: de ahí nacen las parábolas de la misericordia que escuchamos este fin de semana. Nadie comprende como Dios la fragilidad humana. Jesús ha venido a decírnoslo. Lo hará con sus parábolas, pero, sobre todo, con su palabra más fuerte: la entrega de su vida en la cruz. Y, los más interesados, lo comprenden: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo…” (Lc 15, 1).

Y, hablando así, sigue conquistando nuevos Moisés que, transfigurados por la compasión de Dios, no se amilanan ante las injusticias del mundo, sino que, una y otra vez, vierten sobre las heridas y los miedos de sus hermanos el ungüento sanante de la misericordia divina.