Aprender de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de julio de 2020

“En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido…»” (Mt 11, 25-26).

Los evangelios nos muestran habitualmente a Jesús en oración. Son raras, sin embargo, las veces que nos cuentan qué reza Jesús. La de este domingo, es una de esas ocasiones. Se trata, por cierto, de una pieza maestra. Una verdadera joya.

De paso digamos: solo cuando contemplamos a Jesús en oración con el Padre podemos entrever el misterio de su identidad de Hijo: este orante es Emanuel, Dios con nosotros.

En el centro de su oración está Aquel a quien Jesús invoca como “Padre”. Y, abrevando en la tradición espiritual de su pueblo, su oración es alabanza, bendición y acción de gracias. Es decir, una oración centrada en Otro, no en sí mismo. Diríamos hoy: no es autoayuda. Es éxodo: salida de sí, apertura, mirada límpida y expansiva…

¿El motivo de esa alabanza? Que Dios se oculta a los soberbios, pero se manifiesta a los “pequeños”.

No es “pobrismo”, como se dice superficialmente hoy, sino perspicaz constatación de la realidad: la soberbia cierra la vida, nos curva sobre nosotros mismos, volviéndonos estériles; la humildad y la mansedumbre, en cambio, nos abren a Dios y, así, nos dan genuina libertad para construir fraternidad.

Por eso, el evangelio de este domingo termina con la invitación de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

En definitiva, el evangelio es una invitación a encarar la vida como lo hizo Jesús. Démosle entonces la posibilidad de compartir con nosotros algo de lo que sabe de la vida. Aprendamos de él.

No nos faltará la unción del Espíritu…

Homilía en la Misa crismal – Catedral de San Francisco – 30 de junio de 2020

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres…” (Is 61, 1 y Lc 4, 17).

Queridos hermanos:

No nos ha faltado el soplo del Espíritu en los tiempos que vivimos. Ni nos faltará, para los que se avecinan: de reconstrucción y solidaridad, de consuelo y esperanza.

Los pueblos poseen una enorme energía de bien, de ingenio y de creatividad. Sometidos a duras pruebas, llevados incluso al límite, son capaces de una sorprendete resiliencia.

Esa indómita vitalidad viene del Creador. Es signo de su imagen en nosotros. Con ella contamos para levantarnos ahora, como ha pasado en otras horas dramáticas de la historia.

La Iglesia no posee un programa específico para que la sociedad salga de esta crisis. Acompaña sí el fatigoso camino de búsqueda, errores y logros que transitan hombres y mujeres, tan diversos por procedencia y cultura, como ansiosos de alumbrar un mundo más humano.

Más que un proyecto, lo que si puede y debe ofrecer la Iglesia es el Aliento que la anima: el Espíritu creador, el mismo que el Padre sopló sobre el cuerpo exánime de su Hijo en la tumba, resucitándolo de entre los muertos.

Viene del Padre, mana del costado abierto del Crucificado y derrama la caridad en los corazones cuando nos es dado en los sacramentos.

Y nos lleva al Evangelio. En él encontramos palabras, gestos, personas, experiencias. Encontramos a Jesús, el humilde Ungido del Padre.

El Espíritu nos pone a sus pies, como a María de Betania, para escuchar, de sus labios, el sueño de la Trinidad que somos nosotros, nuestro mundo, la creación.

*     *     *

En breves instantes vamos a consagrar el Crisma perfumado y a bendecir los santos Óleos.

El símbolo de la unción es elocuente: aceite que se derrama, suave y penetrante. Hay que esparcirlo con generosidad y dejarlo hacer lo suyo: impregnar, suavizar, perfumar, aliviar…

Somos servidores de este misterio vivificante. Servidores, no patrones.

Cuando intentamos someter el Espíritu a nuestros esquemas, terminamos levantando becerros de oro, tristes remedos del Dios vivo. Presumiblemente más parecidos a nosotros, a nuestros miedos y mezquindades.

¿No es este uno de los aprendizajes que estamos haciendo en los tiempos que corren?

Se nos ha confiado la unción del Espíritu para que, por nuestras manos, pase a la vida de nuestros hermanos.

El Espíritu es fuerza, vida, consuelo, gozo.

Por eso: ¡seamos como niños!

¡Dejémonos llevar con confianza, docilidad y alegría hacia donde quiera el Espíritu!

Este tiempo de cuarentena comienza ya a tener mucho de cenáculo: puertas, corazones y mentes cerrados. También miedo que roba libertad. Es cierto. Pero, precisamente en medio de ese amasijo de sentimientos, está creciendo la espera del Espíritu.

María, madre de la Iglesia, sostiene esa espera y la transforma en oración.

Y camina con esta Iglesia diocesana.

Nos anima a caminar juntos.

Hermanos:

El Resucitado ya está entre nosotros, soplando su Espíritu y confiándonos la misma misión que ha recibido del Padre.

Dejémonos entonces llevar.

Amén.

La bandera del arco iris

La bandera del arco iris representa a la comunidad LGTBQI+ y sus reclamos.

Más que verla ondear en sitios oficiales, creo que resulta de mayor eficacia atender a esos reclamos concretos, sobre todo a los de trabajo, salud, seguridad social y vivienda. Sin olvidar el compromiso por desterrar toda forma de violencia hacia las personas en razón de su orientación sexual.

Podemos estar en legítimo desacuerdo sobre algunas de sus expresiones y las ideas filosóficas que las sustentan. Esos debates no se zanjan de manera voluntarista, ni siquiera por la sanción de leyes. Requieren tiempo y paciencia para pensar, expresarse y dialogar.

Ya san Pablo VI, citando la enseñanza de “Mater et magistra”, nos recordaba a los católicos la necesidad de discernir las justas aspiraciones que expresan los distintos movimientos históricos de las doctrinas filosóficas que se vinculan a ellos, especialmente si incompatibles con la doctrina católica (cf. OA 30). Es lo que pasa hoy con las distintas corrientes del “gender”, por ejemplo.

En lo que sí podemos y debemos converger es en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano como persona. La democracia se afirma o se desmorona en el reconocimiento o no de ese principio basilar.

Para los creyentes, cada persona es imagen de Dios. Los cristianos además somos invitados a reconocer en cada ser humano, especialmente si frágil y vilipendiado, a Cristo mismo.

Todos tenemos ser tratados con “respeto, compasión y delicadeza”, como sabiamente enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 2358).

Esa será siempre la opción del humanismo cristiano de la tradición católica que se inspira en el Evangelio.

Un vaso de agua fresca

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de junio de 2020

“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.” (Mt 10, 34).

Jesús tiene razón: siempre hay alguien que se anima a dar, aunque más no sea, un vaso de agua a quien lo necesita. Y lo puede afirmar, porque él está ahí, en cada gesto de humanidad, de compasión y de misericordia. Tal vez, la persona no lo sepa o no lo vea, pero Jesús está ahí: en el sediento y en la angustia de su sed.

Un conocido dicho latino afirma que solo lo pequeño hace justicia a la grandeza divina. Dios se complace en habitar lo pequeño. Ahí está más cómodo. Por ahí hay que buscarlo.

Lo enseñará explícitamente a los suyos: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36.40).

Escribía el papa Francisco, mirando esta hora de la humanidad en pandemia: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

¿Puede ser realista la imaginación? ¿No es lo suyo despegarnos -al menos un instante- de la gris monotonía de lo real?

Para el discípulo de Jesús, imaginación y realidad se dan la mano, se potencian y estimulan recíprocamente. Es que en el corazón del Evangelio está la experiencia más desconcertante: Dios se ha hecho hombre, se ha vuelto pequeño, ha entrado en la sed de todo sediento.

Él acepta que le demos de beber, dándonos el agua fresca de su Espíritu.

En voz alta

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de junio de 2020

“No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.” (Mt 10, 26-27).

Es posible que esta pandemia esté acelerando procesos que venían dándose desde hace tiempo. No es la primera ni será la última vez que ocurra algo similar. ¿Pasa algo así con la fe cristiana? Estimo que sí. Por ahora, todos estamos como expectantes. Sentimos que los procesos en marcha están tomando un giro cuyo curso todavía no se define del todo.

Evoco estas palabras de Jesús, porque, por encima de todos los cambios y transformaciones, nos señalan algo que el cristianismo lleva en las entrañas: su vocación a la visibilidad, a la comunicación, a la palabra que se hace audible y perceptible. Mucho más cuando, como en estos tiempos, existe la tentación en muchos cristianos de recluirse, levantando muros para dejar fuera al mundo “pecador”…

La vocación de la comunidad de discípulos de Jesús, Palabra de Dios encarnada, es la intemperie, la plaza pública, los lugares por donde circulan las palabras que animan, sacuden y miran al futuro. Testigos del Logos y servidores del diálogo.

Corpus Christi 2020

Homilía en la catedral de San Francisco – Domingo 14 de junio de 2020

Una pregunta para todos: los que estamos aquí, en este templo; pero también para quienes nos siguen por las redes:

¿Ansiamos realmente volver a compartir la Sagrada Liturgia? ¿Queremos de verdad volver a la Misa? ¿O es mejor así?

Más simple, menos molesto, menos incómodo, más al alcance de la mano, más higiénico, ¿por qué no? …

*     *     *

Volvamos a escuchar al Señor, como hicieron aquellos hombres y mujeres que lo buscaban, no porque hubieran visto signos, sino porque les había dado algo concreto: pan para comer.

Jesús les decía: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Jn 6, 51).

Dejando, tal vez, libre curso a las propias dudas, el evangelista anota presuroso: “Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».” (Jn 6, 52).

Sí. ¿Cómo es posible que se nos proponga semejante desmesura? Porque de eso se trata: una desafiante desmesura: un hombre llamado Jesús dice de sí mismo que es imprescindible para vivir.

Todos nos damos cuenta que las palabras “pan” y “comer” son una metáfora, una imagen que apunta a esta realidad: si no dejamos a Jesucristo entrar en nuestra vida, asimilándolo como el pan que alimenta, no podremos vivir con vida verdadera. Además, con una potencia vital que es capaz de atravesar ese umbral intimidante que es la muerte.

Es inaudito. Insoportable. En fin, una desmesura…

*     *     *

Y, sin embargo, estamos aquí, atraídos por Él, por su palabra, por sus gestos, por su Espíritu.

Hemos escuchado esas palabras inauditas. Es justo que, también, evoquemos estas otras: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.” (Jn 6, 44).

Sí, lo confesamos sin temor ni vergüenza: Señor, nos sentimos atraídos por Vos. Reconocemos estar ante tu Presencia porque una fuerza interior, el Espíritu que viene de las profundidades del Padre, nos lleva, una y otra vez, a ese abismo de luz, de alegría y de esperanza que es tu Persona.

Vos nos da vida, Jesús. Sos nuestra Vida. Nos lo has mostrado como solo Vos podés hacerlo. Nos has vencido y convencido: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 56-57).

Como dirá Simón Pedro al final, también nosotros te decimos, vencidos por tu amor, tu dulzura y tu hermosura de Cordero inmolado: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6, 58-59).

*     *     *

La misma fuerza que nos atrae a Jesús y a su Eucaristía es la que nos saca de ella. Porque venimos a la mesa eucarística para desandar nuestros pasos e ir al encuentro del mundo, de nuestra vida cotidiana, de los pobres, de los olvidados… pero también de nuestros detractores, de los que dicen nuestros enemigos y contrincantes…

Es falsa la oposición entre comunión eucarística y servicio a los pobres. El solo plantearlo así nos muestra una fe, ya no débil o inmadura, sino desnortada.

El Jesús que se nos da como alimento es el mismo que, como Buen Samaritano, nos da sus mismos sentimientos para que no nos dejemos ganar por la pulsión del egoísmo que siempre llevaremos dentro.

Sí. La Eucaristía nos transforma, a condición que nos dejemos interpelar a fondo por la persona del Señor.

Aquí ya no hay metáfora sino realidad: “Te adoro con fervor, Deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida. A Tí, mi corazón se rinde entero y desfallece todo si te mira. Se engaña, en Ti, la vista, el tacto, el gusto…”, cantamos con el poeta que es también teólogo, pero, más que nada discípulo. Es decir, un enamorado.

Termino esta homilía con una oración tomada del Misal. La rezaremos, Dios mediante, el próximo domingo 13 de septiembre, XXIV del tiempo ordinario. Es muy bella y certera.

Dice así: “Te rogamos, Dios nuestro, que el don celestial que hemos recibido impregne nuestra alma y nuestro cuerpo, para que nuestras obras, no respondan a impulsos puramente humanos sino a la acción de este sacramento”.

Amén.

El Cuerpo de Cristo

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de junio de 2020

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52).

Esa pregunta no se refiere a la Eucaristía. Se refiere a Jesús. A su misión. A su pretensión. Ya lo hemos señalado en esta columna: su pretensión es insoportable. Nos pone ante el dilema de decidir la vida ante él y desde él. ¿Quién puede exigir tamaña decisión a un ser humano libre?

Por eso, esta discusión que se suscita entre sus interlocutores, no nos es extraña. También nosotros sentimos la mordiente de esa pregunta. Puede que esté acallada, como tantas cosas que incomodan. Puede también que no hayamos caminado lo suficiente nuestra fe como para que esa inquietud emerja. Tarde o temprano lo hará. Puede incluso que nos hayamos vuelto impermeables a toda inquietud espiritual. También si “practicamos” la religión. Es tal vez la situación más peligrosa…

Es bueno, entonces, que esta pregunta salga a la luz. Porque la fe es respuesta libre a una propuesta igualmente libre. La libertad es el oxígeno en el que vive la fe. Dios nos sale al encuentro, nos tiende la mano y nos interpela. Y queda a la espera.

Eso es lo que experimentaron aquellos hombres y mujeres que, en Cafarnaúm, escucharon a Jesús decir cosas inauditas: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6, 51).

En el evangelio de Juan, la palabra “carne” se usa para subrayar la fragilidad y vulnerabilidad del hombre. “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros…”, enuncia tajante el prólogo del evangelio (Jn 1, 14). Mientras nosotros huimos de nuestra fragilidad, Dios la mira de frente, la hace suya y, de esta manera, la sana, la redime y la libera.

En la experiencia cristiana, a Dios se lo encuentra prevalentemente en la fragilidad humana. Dios es Palabra que se vuelve audible en un Libro escrito por hombres. Dios se hace niño, hijo y hermano. Se vuelve predicador itinerante que no tiene donde recostar su cabeza y, así, va dejando parábolas de alegría, vida y perdón. Un amigo que se sienta a la mesa, quedando expuesto a la traición y el abandono. Será el crucificado que perdona y que, en un suceso tan luminoso como inexplicable, deja vacía su propia tumba.

Será finalmente pan y vino sobre una mesa que es también altar. Y, en torno a esa mesa-altar, una comunidad se reúne canta y suplica. Y, en ese alimento compartido, encuentra su fuerza para vivir y servir.

Eso sí: la Eucaristía libera toda su fuerza si nos dejamos interpelar por Jesús y su Evangelio. Puede que la incertidumbre de esta cuarentena nos haya llevado a ese saludable lugar. Si esto ha ocurrido, volveremos a nuestras Misas no para una rutina, sino para un encuentro: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

La oración de Moisés, el amigo de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de junio de 2020

“Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos”
(Ex 34, 4b).

“Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».” (Ex 34, 8-9).

Las oraciones más bellas y sentidas nacen de noche o al alba. O cuando la oscuridad es más profunda, o cuando comienzan a despuntar los primeros rayos de la luz. En una y otra ocasión, el silencio suele ser más intenso y dulce, aunque también misterioso. Incluso aterrador.

Es que el orante intuye que su vida, frágil y pequeña, queda como envuelta en los brazos del misterio de Dios, siempre más grande de todo lo que podemos pensar o imaginar.

¿Será por eso que los hombres, a la vez que sentimos la atracción de la oración, huimos de ella con sistemática y exquisita determinación?

Dios es amigo del hombre. Está siempre de su parte. Fue la experiencia de Moisés que transparenta la oración que abre esta columna. Es la experiencia cristiana que nace del encuentro con Jesús.

“Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre”, sentencia solemne y certero San Juan al iniciar su evangelio (cf. Jn 1, 18). Abrir el evangelio y leerlo con fe o, al menos, con humana curiosidad, es exponerse a que Jesús cumpla en cada uno esa tarea: decirnos quién es realmente Dios, qué quiere de nosotros, qué sueña del mundo.

La oración de Moisés fue pronunciada al alba, en una montaña (¡cuándo no!), y después de experimentar lo más entrañable de Dios: su compasión, su misericordia, su inquebrantable capacidad de alianza y amistad.

No pudo calcular, sin embargo, el alcance de su petición: sí, Dios vendría a caminar con su pueblo. Lo haría hasta el punto -inimaginable para Moisés- de llegar a hacerse uno más de los que caminan la historia. Y, así, compartiendo camino y cruz, mostrarnos que Dios es familia, amor y alegría compartida: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

“Libertad”: Ese nombre del Espíritu.

“Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.” (2 Co 3, 17).

“Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».” (Jn 3, 5-8).

Esta cita recoge parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, que recoge San Juan en su evangelio. Celebrando Pentecostés, y en este tiempo tan extraño que nos toca vivir, me ha parecido oportuno evocar estas palabras.

El Espíritu es como el viento, dice Jesús. Y quien se deja guiar por Él, adquiere su misma cualidad, es decir: la “sobria embriaguez” de la libertad. Otro hombre libre -Pablo de Tarso- escribiendo a los primeros cristianos de la comunidad de Corinto, evocará lo mismo con otras palabras: “Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.” (2 Co 3, 17).

La chispa de la libertad nunca nos abandona. En las horas más oscuras, nos ilumina desde dentro. Nos sacude, nos incomoda y, llegado el caso, nos empuja y nos lanza fuera, sobre todo, de nuestro conformismo. No nos deja tranquilos.

Llegar a ser real y genuinamente libres es una de las aspiraciones más hondas del ser humano. Pero el camino que hay que transitar es fatigoso.

No es extraño que, de tanto en tanto, el miedo a la libertad nos juegue una mala pasada, y lo que tan honda aspiración se transforme en incómodo huésped. La incertidumbre y el miedo hacen eso: nos pueden llevar a la búsqueda de seguridades rápidas y tranquilizadoras. Y así, los aspirantes a la libertad prefieran ponerse en manos “de los que saben”, resignando honra y dignidad.

Celebrar Pentecostés es celebrar el Don de Dios que se ha jugado por la criatura que es su imagen y semejanza. Que la ha salvado precisamente redimiendo su libertad, haciéndola real y posible.

Es celebrar que, allí donde el Espíritu reina, reina también la libertad. La que nos permite situarnos como personas, haciéndonos cargo de la vida, respondiendo a la llamada de Dios y de la hora que nos toca vivir. Es vivir de esa experiencia fundante de salvación: no estamos solos; Dios está de nuestra parte y trabaja para que nuestra libertad busque el bien y la justicia.

La historia se parte en dos en la persona de Cristo, porque Él ha sembrado en el corazón de los hombres su insobornable libertad.

Es la libertad que nos trae “su” Espíritu, aquella que le permitió decir: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 13). La libertad “en Cristo” desemboca siempre en la entrega de la vida por amor. No en el encierro o la soledad, sino en la fraternidad.

Uno de los desafíos más grandes que hoy tenemos los cristianos -particularmente agudo para los católicos- es precisamente saber engendrar hombres y mujeres libres. O, al decir de Jesús a Nicodemo: que hayan renacido realmente del agua y del Espíritu.

Si nos queda alguna duda, solo miremos a Jesús. El Espíritu viene de Jesús, nos orienta hacia Jesús y nos transforman en Él. Nos hace libres como Él…

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco, 25 de mayo de 2020

“Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.” (Jn 16, 32).

Las palabras de Jesús impresionan. Pero, mucho más, la realidad a la que nos introducen.

Jesús está entrando en la Pasión. Está volviendo al Padre. Está en situación de Pascua.

Lo hemos contemplado en la Semana Santa: en pocas horas, quedará solo, despojado de todo. Primero en Getsemaní, luego en el juicio de vértigo en el que se suceden el Sanedrín y Pilato, dramáticamente en la cruz y, finalmente, en la fría piedra de un sepulcro nuevo.

Sin embargo, en estas palabras, el Señor fija su mirada en los discípulos. Parece no pensar en su despojo, sino en la disgregación del rebaño.

Es el misterio del pecado: seduce para deshumanizar, deshumaniza disgregando y dispersando.

En cambio, Él mismo entrará en una comunión nueva con el Padre: “no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo”.

La cruz es la hora del amor hasta el fin. Es la forma que tiene la entrega de la propia vida, por amor, incluso más: por gratitud.

La Cruz es acción de gracias y alianza, comunión y vida compartida.

El Espíritu Santo va tejiendo los hilos de esa trama que une al Padre y al Hijo en el despojo de la cruz.

Es como el viento: sopla donde quiere y, obrando así, genera vida, alianza y comunión.

También nosotros podemos -y debemos- decir: “No. No estamos solos. Caminamos hacia el Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. Somos familia, pueblo, fraternidad. Somos tierra, hogar, casa común y trabajo, ilusiones y esperanzas… Somos Patria”

*     *     *

Nos hemos reunido para orar por nuestra Patria Argentina. Orar por ella es un precioso y dulce deber.

Sigue siendo verdadero -a pesar de las objeciones- que la “Patria” es la “tierra de los padres”.

La tierra es importante. No lo ponemos en duda. Hoy nos sentimos urgidos a tratarla con respeto, a admirar la riqueza de vida que el Creador despliega en ella, a cuidarla y a cultivarla con delicadeza.

La tierra es así un signo precioso del amor que nos precede, nos envuelve y siempre nos espera: el de Dios, creador y providente; pero también, el de todos aquellos que nos han precedido, preparando el jardín de la vida, para que también nosotros echemos raíces, crezcamos y demos fruto abundante.  La Patria es así camino compartido por hombres y mujeres de distintas generaciones.

Viene de lejos, nos compromete en el presente y nos abre hacia un horizonte infinito que alcanza al cielo: la Patria celestial de toda la humanidad.

Es un espacio abierto por corazones generosos que, antes que pensar obsesivamente en sí mismos, fueron intrépidos a la hora de amar entregando la vida, abriendo surcos, sembrando para el futuro, aceptando renuncias porque las nuevas generaciones se anunciaban pujantes y vigorosas.

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“El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”, enseña solemne el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239).

Es verdad que, en ocasiones, personas de corazón grande, al cabo de una vida de renuncias y entregas, han sentido el aguijón de la desilusión. “¡Ay, patria mía!”, fueron las últimas palabras del padre de la Patria, Manuel Belgrano.

Cualquier forma de servicio público, tarde o temprano, se confronta con la mezquindad humana.

La Iglesia lo sabe. Por eso no apuesta por un optimismo ingenuo. Cada palabra y gesto de Jesús demuestran un sano realismo, que viene del corazón mismo de Dios.

Ese realismo es el que nos abre los ojos y nos invita, de manera especial en una fecha como la de hoy, a mirar la Patria con gratitud y a perseverar en el servicio al bien común.

¿Por qué gratitud? ¿Es verdaderamente realista semejante actitud?

Sí, lo es. Basta echar un vistazo a lo que vivimos en estos extraños días que, sin ninguna experiencia o preparación, nos han enfrentado a decisiones difíciles.

Hemos visto emerger, a pesar de dudas, reclamos justos y muchos interrogantes, una voluntad firme de cuidar la vida, de potenciar solidaridad y de apostar por el futuro, a sabiendas de lo duro del camino que se emprendía.

Esa pasión por el bien común no se improvisa. Viene de lejos. Está en los genes de una historia compartida en la que, en situaciones similares, tanto o más desafiantes, hombres y mujeres comunes han tenido que asumir riesgos también similares, tomando decisiones, jugándose por la vida y el futuro, pensando en los hijos y en los más vulnerables.

Damos gracias por esta experiencia. Una gratitud que nos compromete y responsabiliza a todos. De un modo a los ciudadanos de a pie; de otro, a las fuerzas vivas y organizaciones que dinamizan nuestra sociedad; de otra, a quienes somos dirigentes, de manera especial, a quienes componen la comunidad política.

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La Patria no es el estado. Menos aún un gobierno. Menos todavía, un partido o movimiento político, por mayoritario que sea.

La Patria es la tierra de los padres, y de todos sus hijos e hijas. Sin exclusiones, discriminaciones o sesgos interesados.

Es más, solo podemos hablar de Patria si tenemos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón bien abiertas a todos los pueblos de la tierra. En esta hora, la unidad del entero género humano, de los pueblos, culturas y naciones, se nos impone con una evidencia difícil de cuestionar.

El estado, el gobierno y toda la comunidad política están al servicio del pueblo, de la sociedad libre compuesta por hombres y mujeres libres. Hasta podemos decir que su misión es cuidar y hacer posible esa libertad, para que cada persona, familia y agrupación busque el bien común con elección deliberada y adulta.

El alma de la Patria es ese “orden de la caridad”, que nos lleva a buscar el bien de todos, a alimentar la vida virtuosa de las familias y de los ciudadanos, fundada en la verdad y en el compromiso cotidiano con toda forma de bien y de justicia.

Hablar de la Patria es apelar a la amistad social y a la reconciliación que pacifican los corazones, y liberan las fuerzas del pueblo para el bien común.

Argentina ha caminado intensamente estos doscientos diez años. Llevamos en nuestra memoria, en nuestras ideas, en nuestra conciencia e incluso en nuestros cuerpos, los signos de ese fatigoso camino.

Nos queda todavía mucho trecho por recorrer. No terminamos de madurar un proyecto común de país; una síntesis de miradas, sensibilidades y búsquedas que han aprendido a convivir en el respeto, el diálogo y el consenso.

¿Será esta emergencia sanitaria una oportunidad para hacerlo?

Que la gratitud se transforme en responsabilidad, pues el futuro se anuncia como una tarea ímproba de reconstrucción, de cuidado y de solidaridad.

Oremos por nuestra Patria.

Dios no dejará de asistirnos, toda vez que abramos a su benevolencia nuestros corazones vacilantes.

Amén.