17 de julio: memoria de los Mártires riojanos

Mons. Enrique Angelelli (Córdoba, 1923-Punta de los Llanos, 1976), obispo de La Rioja, Argentina, desde 1968, que participó del Concilio Vaticano II, procuró la aplicación de sus disposiciones a través de una intensa renovación eclesial por la renovación de su presbiterio, la vida consagrada y el laicado. Calumniado y perseguido, fue asesinado bajo la dictadura militar de ese país (1976-1983). En esos mismos días y contexto, por su identificación con ese proyecto pastoral eclesial habían sido martirizados Gabriel Longueville (Etables, 1931-Chamical 1976), sacerdote francés fidei donum; Carlos Murias (Córdoba 1945-Chamical 1976), sacerdote franciscano conventual y Wenceslao Pedernera (San Luis 1936-Sañogasta, 1976), trabajador y dirigente rural, esposo y padre de familia.

OFICIO DE LECTURA
SEGUNDA LECTURA

De las homilías de Mons. Enrique Angelelli (Homilía en la fiesta de la Santísima Trinidad, 8 de junio de 1974)


Para que la Vida divina abunde plenamente en el corazón de los pueblos

La Santísima Trinidad: este es el misterio fundamental para el Cristianismo. Es el alma de todo el Evangelio de Cristo y la Vida o Reino de Dios que se revela y se desarrolla en todo el Nuevo Testamento. Es el adorable misterio de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La misma Iglesia nace de la Trinidad: del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia es hija de la Trinidad. El cristiano es hijo de la Trinidad. Esta verdad del nacimiento de la Iglesia en la Trinidad es fundamental para comprenderla y comprender su misión en el mundo. Desde aquí comprenderemos mejor toda la obra colosal llevada a cabo por el Concilio Vaticano II. Más aún, toda la creación; todo cuanto nos rodea está marcado y sellado por la presencia de Dios Trinitario. El que tiene alma contemplativa podrá descubrir las huellas de Dios Padre que crea y saca de la nada a la existencia todo cuanto existe. Descubriremos que el Hijo, Jesucristo, es quien reconcilia, redime, salva, libera, lleva a toda la creación a la armonía rota por el pecado del hombre. Es el Espíritu Santo que purifica, reúne lo disperso, santifica, convoca a los hombres a vivir en fraternidad y comunión entre sí para hacer un pueblo nuevo que sea santo, sacerdotal y señor de las cosas. Nos hace verdaderamente el Pueblo de la Trinidad.

Esta presencia viva de la Santísima Trinidad en el corazón del cristiano es el secreto que hace fuerte a los mártires; que le da fuerza a todos los que trabajan por la justicia y el encuentro entre los hombres; es quien le da sabiduría y fortaleza para que los pueblos luchen para ser respetados y considerados como templos vivos de la Trinidad; es aquí donde encuentran sentido la vida de los consagrados que entregan totalmente la vida al servicio de sus hermanos; es aquí donde se mantienen frescos y permanentes los valores eternos escondidos en el corazón del Pueblo.

Qué pobres somos y cómo a veces nos equivocamos, cuando pretendemos juzgar a la Iglesia de la Trinidad con razones puramente humanas o considerarla como simple institución humana. Más allá de lo que los hombres podemos equivocarnos como fruto de la limitación humana o de nuestros pecados personales, sin embargo, nos debe alentar y darnos una serena paz interior el saber con certeza que existe una presencia viva y verdadera del Espíritu Santo que anima y asiste permanentemente a la Iglesia como Cristo la fundó, para que la Vida Trinitaria traída al mundo por Cristo sea cada vez más abundante y plena en el corazón de los pueblos.

Por eso, la Iglesia deberá jugarse hasta el martirio si fuere necesario, en el cumplimiento de su misión, para que los hombres y los pueblos sean siempre templos vivos de Dios y tratados como a tales. Aquí debemos ubicar el gran servicio que presta a la humanidad cuando señala todo aquello que atenta contra la dignidad del hombre y de los pueblos y que no los hace libres y felices sino desgraciados y esclavos. El hombre no ha sido creado, redimido y santificado por la Trinidad para ser esclavo sino libre; para ser feliz y no oprimido; para ser protagonista de su propio destino y no obsecuente. Solamente adorarás a Dios y a Él sólo servirás nos enseña el primer gran mandamiento; con toda tus fuerzas, con tu mente y corazón y el segundo, semejante a éste; esto mismo harás con tu hermano, que es todo hombre.

Responsorio cf. Mt 5, 6.10.12a
R. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. * Alégrense y regocíjense porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo.
V. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos.
R. Alégrense y regocíjense porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo.


Oración final
Dios todopoderoso y eterno,
que diste a los beatos Enrique Ángel, obispo,
y compañeros, mártires,
la gracia de luchar hasta la muerte
por practicar la justicia;
concede a tu pueblo que
viviendo con esperanza las contrariedades de esta vida
podamos contemplar eternamente tu rostro.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Samaritanos

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de Julio de 2019

Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) porque busca que su oyentes se cuestionen desde dónde miran la vida. No se trata de identificar quién es mi prójimo, sino de convertirme yo mismo en prójimo. Tomar la iniciativa y ponerse manos a la obra. Dejar de mirar desde la vereda de enfrente, esperando que otros se hagan cargo.

Esa es la lógica que anima a Cáritas como a tantas otras organizaciones de la sociedad. Se hacen cargo de lo que pueden, como pueden y hasta donde les da el cuero. Y más también. Esa solidaridad va más allá de los discursos. Genera redes de contención y suscita, con notable imaginación, iniciativas de promoción. Silenciosa pero muy eficazmente, transforma y dignifica vidas.

Hay muchos y muy buenos samaritanos entre nosotros. Ellos son las puertas siempre abiertas de Jesús, el Buen Samaritano. Ojalá que vos también escuchés ese llamado y te sumés a esa red de vida.

Celebrar la Independencia

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de julio de 2019

“Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”, sentencia Jesús en el Evangelio según San Juan (8, 32).

Me he preguntado varias veces en estos días, qué significa conmemorar la independencia. ¿Sólo un recuerdo festivo? ¿No es, sobre todo, elegir de nuevo ser libres? Libertad e independencia son tareas nunca acabadas. Suponen una mística que moviliza energías espirituales con las que, día a día, no solo tomamos decisiones, sino que definimos qué tipo de personas queremos ser y qué mundo queremos edificar.

Dos hechos me han hecho pensar. Unos dichos del dirigente social Juan Grabois, sacados deliberadamente de contexto, dieron pie a una crítica demoledora de su persona y, por elevación, de su militancia política y social. Con pocos días de diferencia, la viralización de un video de la ministra Patricia Bullrich, trucado para ridiculizarla, hizo las delicias de muchos que, obviamente, son críticos de su gestión.

Ambos hechos nos revelan con cuanta liviandad se secuestra hoy la verdad. Se miente, se difama, se calumnia y se caricaturiza a las personas con el fin de hacerlas objeto de escarnio. Y la verdad secuestrada no es una abstracta teoría filosófica. Es la verdad sobre la que se edifica la convivencia social: la dignidad de cada ser humano, tan concreto y visible como frágil. El precio que se paga por semejante operación es demasiado alto.

Podríamos excusarnos diciendo que estamos en un año electoral y, para retener o conseguir el poder, todo vale. ¿Realmente es así? ¿Todo vale? ¿Lo aceptamos con resignación o lo hemos ya asumido como una forma de encarar la vida?

Sin embargo, pienso que para muchos no da lo mismo. Su conciencia no les consiente semejante postura. Allí, en la conciencia, la verdad se hace transparente en toda su majestad. Allí escuchamos el imperativo más fuerte: haz el bien y evita el mal; todo hombre es tu hermano; trata a los demás como quieres ser tratado tú mismo.

En ocasiones, vivir así supone una valentía casi heroica, especialmente en estos tiempos de corrección política: la de abrirse a una verdad que se impone, no coaccionándonos desde fuera, sino con la suave fuerza de su propia luz. Por eso, quien obedece a la propia conciencia, aún sabiendo que esa obediencia le reportará graves perjuicios, experimenta, por lo mismo, una de las formas más altas de libertad: la de quien sabe que está haciendo lo justo.

Aquel martes 9 de julio de 1816, los representantes de las “Provincias unidas en Sud América” declararon y juraron la independencia, poniendo como garantía “sus vidas haberes y fama”.

Pienso que este martes 9 de julio de 2019, los que hoy habitamos este maravilloso suelo sudamericano que es Argentina, podríamos “declarar la independencia” en ese recinto sagrado que es nuestra conciencia. Ser libres para que nos habite la verdad, sobre todo, la que nos orienta hacia el respeto de nuestros semejantes.

Con el lenguaje de la poesía y la música: Honrar la Vida

El voto: un acto personal, ético, comprometido y realista

Comparto estas reflexiones pastorales que, desde hace tiempo, vengo meditando y que ahora salen a la luz.

Agradezco de corazón a algunos amigos obispos y teólogos que me han ayudado, con su lectura , aportes valiosos y, sobre todo, con su aliento.

Reflexiones pastorales del obispo Sergio O. Buenanueva sobre las Elecciones 2019

San Francisco, 22 de junio de 2019

Santo Tomás Moro, mártir.

A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.

Estimados hermanos en Cristo:

Los argentinos nos aprestamos a elegir a nuestras principales autoridades nacionales. En algunas provincias y municipios, también a las locales. Las agrupaciones políticas (partidos y coaliciones) han terminado de formular las listas de candidatos. Tenemos por delante las PASO, la elección general y una eventual segunda vuelta.

Este nuevo acto eleccionario tiene lugar en el contexto de un país cuya cultura democrática viene afianzándose desde 1983. Podemos señalar altibajos, errores y carencias, pero también logros. Como sociedad hemos logrado salir de noches muy oscuras de violencia política. En buena medida, hemos aprendido a resolver nuestros conflictos con las reglas de la democracia republicana. Está vigente en Argentina el estado de derecho consagrado por nuestra Constitución. Somos ciudadanos libres en una sociedad plural, con muchas instituciones vigorosas y con capacidad de futuro. Seríamos injustos si no lo reconociéramos o solo enumeráramos fracasos. Sería además peligroso, en un contexto global de crisis de la política.

Tenemos, sí, una deuda social que no nos deja tranquilos: la pobreza estructural que afecta a millones de argentinos, especialmente a las nuevas generaciones. Tiene complejas causas y muchos rostros. Lo cierto es que no hemos logrado revertirla, con eficacia y de forma duradera, como lo vienen haciendo nuestros vecinos. Se extraña la decisión política de lograr consensos básicos en políticas públicas para superar esta situación. Por otro lado, el crimen de la corrupción nos indica que esa deuda hunde sus raíces en un problema humano de naturaleza espiritual y ética, pero también cultural e institucional. 

Con estas líneas, quisiera compartir algunas reflexiones sobre nuestra responsabilidad cristiana y ciudadana de votar. Se inspiran en la enseñanza de la Iglesia y se nutren de la experiencia de un ciudadano que intenta vivir como discípulo de Cristo y pastor. Obviamente no voy a decirle a nadie a quién votar. Menos aún, a quien no votar. Comparto algunas ideas que me ayudan a preparar el rito ciudadano de entrar en el cuarto oscuro.

*     *     *

1. La democracia no se agota el día de las elecciones. Sin embargo, el voto es un momento estelar de la cultura democrática. Es un deber ciudadano y una responsabilidad ante Dios. Nuestro voto tiene consecuencias, también para nuestra salud espiritual. Por eso, lo primero que quisiera decirles es que no podemos desoír el llamado de las urnas. A pesar de tantas y tan fundadas perplejidades, y hasta desilusiones con la política, tenemos que ir a votar.

2. Dos relatos bíblicos me inspiran. Ante todo, la pregunta de Dios a Caín, cuando este ha vertido la sangre de Abel: “¿Dónde está tu hermano?”, con la respuesta del fratricida: “No lo sé» … ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. (Gn 4, 9). El otro, es la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), vivo retrato del mismo Jesús que se hace prójimo de todos los heridos. Y nos invita a recorrer el mismo camino. La anti política suele ser reacción ante la mala política. Esta no se resuelve con la indiferencia sino con una participación ciudadana más vigorosa, con una fuerte motivación espiritual: somos prójimos y hermanos, responsables unos de otros.

3. La emisión del voto es un acto personal de alto contenido ético. Es una decisión de conciencia, tan responsable como comprometida y realista. El voto tiene que ser cuidadosamente pensado. Reclama la virtud de la prudencia y su modo típico de guiar la toma de decisión: ver, juzgar y obrar. Es cierto que, hoy como en otras ocasiones, puede resultar difícil decidirse. Tenemos, por tanto, que alimentar fuertes convicciones para no dejarnos vencer por el desánimo, el desinterés o la improvisación. Decidir el voto recién en el cuarto oscuro es una grave irresponsabilidad.

4. Nadie puede sustituir la conciencia. Todos tenemos ideas políticas, aunque no todos somos o queremos ser militantes. El voto, sin embargo, debe estar guiado por la autoridad de nuestra conciencia. Ella es el espacio interior en el que resuena la voz de Dios y la verdad se hace transparente a nosotros en toda su majestad. Es ella la que nos dice, contra toda postura interesada o egoísta: haz el bien y evita el mal. La conciencia obliga antes que el estado, el partido o una ideología. Y lo hace con más fuerza.

5. El discernimiento del voto se hace en el contexto concreto en el que vivimos. Parte de esa realidad y busca ser un aporte ciudadano para su transformación. No vivimos situaciones ideales, no tenemos candidatos ni propuestas perfectos, tampoco los votantes lo somos. La decisión por el bien posible, aquí y ahora, tiene la característica de todo acto libre: se abre paso en medio de límites, condicionamientos y dificultades. Por eso, a la virtud de la prudencia hay que añadir la fortaleza, la magnanimidad y un fuerte sentido realista. La consecución del mejor orden justo posible es una tarea ética que nunca termina. Nos reclama cada día, desde nuestro lugar de trabajo, en el espacio que compartimos con vecinos, amigos y conciudadanos. 

6. Un voto responsable no puede decidirse por un solo tema. Debe mirar a un conjunto de cuestiones de diversa importancia. Elegimos candidatos para dos de los poderes de la república. Unas cualidades y virtudes han de pesar más en quien tiene la tarea de gestionar la cosa pública desde un cargo ejecutivo. Otras, para quien tiene la delicada misión de elaborar leyes justas para beneficio de la sociedad. En este sentido, el actual sistema electoral argentino necesita avanzar hacia estándares que sean más transparentes y respetuosos de los ciudadanos.

7. Para un católico, la decisión de cómo votar surge de mirar la realidad, en su singularidad y complejidad, a la luz del Evangelio. La enseñanza social de la Iglesia nos ofrece principios, valores y criterios que orientan ese juicio. Vale aquí el dicho: “unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo”. Los principios son esenciales. Las políticas concretas para realizarlos son más contingentes y, por lo mismo, abiertas a diversas y legítimas realizaciones. Por eso, de hecho y de derecho, hay católicos en la mayoría de las agrupaciones políticas, sean de centro, de derecha o de izquierda. Así como en una sociedad plural, ninguna agrupación política agota la identidad del pueblo; ningún partido, aunque se inspire en el humanismo cristiano, puede reclamar para sí la representación de los católicos. La Iglesia reconoce, valora y respeta la autonomía del orden secular y la legítima laicidad del estado, como también la pluralidad que supone la democracia y la amplia libertad de los fieles católicos en este ámbito, particularmente de los laicos. No alienta, por tanto, partidos confesionales.

8. Para los católicos, como para otros que comparten nuestros puntos de vista, hay cuestiones éticas fundamentales. Giran en torno a la afirmación de la dignidad de la persona humana, sujeto y fin del orden social. De ella derivan nuestros deberes y derechos: a la vida, de conciencia, de libertad religiosa, de expresión, a una educación integral. Hay lesiones a la dignidad humana (como el aborto o la eutanasia) que son actos intrínsecamente malos. No pueden promoverse deliberadamente. En consecuencia, dar el voto a una propuesta que los favorezca, y hacerlo por esa precisa razón, constituiría una cooperación formal con el mal.

9. No es extraño, sin embargo, que el votante católico se encuentre en un dilema moral más complejo. Lo hemos visto en el reciente debate por la legalización del aborto. Salvo los partidos explícitamente proaborto, las demás agrupaciones, en distinta proporción, tienen idearios, militantes y dirigentes favorables a una u otra postura. Por eso, no resultaría extraño que un católico, que rechaza el aborto por convicción, se resuelva a darles su voto, a pesar de todo. Esto solo es posible por razones graves y proporcionales, discernidas en conciencia, sopesando qué otros bienes fundamentales se procuran promover y que justifican semejante elección. Se los vota no por esa razón, sino a pesar de ella.

10. Un voto responsable, por tanto, ha de surgir de la consideración de un conjunto de principios, temas y situaciones. Enuncio aquí algunos, sin ánimo de ser exhaustivo:

a) La promoción de la dignidad humana no se agota en el rechazo del aborto o la eutanasia. Supone estar atentos a trabajar por la dignidad de las personas, especialmente de quienes están en situación de riesgo. Los rostros argentinos de la pobreza, exclusión y marginación son variados. Y nos reclaman a todos. Son muchas las vidas que hay que salvar.

b) En este sentido, para un católico argentino, la opción preferencial por los pobres no es un tema opcional. Su voto debe tener una sensibilidad especial por esta problemática que afecta la vida de tantos hermanos, aun reconociendo que hay distintas miradas sobre las causas y los medios para superar la pobreza.

c) Lo mismo vale para la atención de la familia como célula básica de la sociedad, anterior al estado y sujeto original de la vida social. Sin desconocer un clima cultural hostil a la familia, manifestado incluso en un sistema legal que no nos conforma, el ciudadano católico debe trabajar por una promoción del bienestar integral de la misma.

d) Otro tanto ocurre con la educación y los grandes desafíos que supone para las familias, la escuela y las políticas educativas nacionales y provinciales. Es cierto que nos preocupa, entre otros, el impacto de las teorías del gender en el mundo educativo. No vamos a dejar de hacer oír nuestros puntos de vista. Sin embargo, la escuela necesita una renovada alianza de todos: sociedad civil, estado y organizaciones, entre las que está la Iglesia. Nuestro país ha logrado articular un sistema educativo que integra, no sin tensiones, la gestión estatal con la privada, asegurando así el derecho y la libertad de educación.

e) Para la enseñanza social de la Iglesia, el rol fundamental del estado en la gestión económica no se opone a la justa libertad de mercado, la libre empresa y la tutela de los derechos de los trabajadores. Es bueno recordar aquí el principio de subsidiariedad, tan importante en el entramado armónico de la propuesta social cristiana. También aquí, los votantes católicos tienen distintas y legítimas miradas.

f) El Papa Francisco viene insistiendo con fuerza en tres temas, íntimamente vinculados: tierra, techo y trabajo. En nuestra Argentina de hoy, estas “tres T” son cuestiones a las que no podemos dejar de atender. Sin descuidar los otros, aquí quisiera destacar la cuestión central del trabajo. En un mundo globalizado, asistimos a una transformación enorme en este campo. También aquí hay distintas y legítimas miradas de cómo implementar políticas públicas que aseguren los derechos de los trabajadores, a la vez que alientan la formación y capacitación que esta transformación requiere. 

g) El Papa Francisco, retomando el impulso de papas anteriores, ha puesto el acento en el cuidado de la casa común, promoviendo una conversión ecológica para una ecología integral. Su gran encíclica Laudato Si’, tan bien acogida, contiene indicaciones preciosas. Temas como: el uso del suelo, el agua, la minería, los agroquímicos, merecen, según cada región, una atención especial a la hora de discernir las propuestas a votar.

11. Dos cuestiones importantes más: la amistad social y la democracia. Para la enseñanza social de la Iglesia, la fuerza que mueve y cohesiona a los pueblos no es el conflicto sino la búsqueda perseverante del bien, reconociendo al otro como un semejante; es más, como a un hermano. Toda tensión ha de vivirse como camino hacia una mayor amistad social en la “cultura del encuentro”, al decir del Papa Francisco. No hay sociedades abiertas y libres sin choque de intereses, tensiones y conflictos. Pero, una cosa es ahondar las grietas por una lógica amigo-enemigo; otra, muy distinta, luchar por la justicia y la dignidad de todos. La lógica de la presencia cristiana en la sociedad es la del Buen Samaritano: compasión, perdón y fraternidad.

12. La Iglesia aprecia la democracia porque asegura algunos valores que no deben faltar en ningún sistema político: la participación ciudadana, la posibilidad de elegir, controlar y sustituir pacíficamente a los gobernantes. Hoy, como ya dijimos, la democracia vive una crisis global. A los argentinos, esto supone un desafío particular. No siempre hemos apreciado ni defendido con convicción los valores democráticos. Tampoco los católicos. En este sentido, persisten aún tendencias negativas, por ejemplo, a promover liderazgos mesiánicos y autoritarios, a una democracia corporativa que desprecia las instituciones republicanas. La crisis de la política nos tiene que motivar a perfeccionar nuestra democracia, no a soslayarla, o a cambiar continuamente sus reglas, según la conveniencia. Este afianzamiento de la democracia es una meta que va más allá de la coyuntura. Mira al futuro. El voto lo debe tener en cuenta.

13. La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una “auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.” (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad. El diálogo ciudadano se verifica en diversos espacios públicos: desde los medios hasta llegar al Parlamento. El estado moderno, como recordó varias veces Benedicto XVI, vive de valores espirituales que no se puede dar a sí mismo, que están en el alma del pueblo y que merecen ser cuidados y promovidos.

Hasta aquí mis reflexiones. Las comparto tal como las he podido formular y porque amo profundamente a mi país. Me duelen sus heridas, especialmente el hecho de que no encontremos propuestas superadoras de la pobreza y el deterioro de nuestra convivencia. Soy discípulo de Cristo y pastor de la Iglesia. He sentido el impulso y el deber de compartir estas reflexiones con mis hermanos en la fe, pero también con quien quiera escucharlas y ponerse en diálogo, también crítico, con ellas.

Se las encomiendo al Señor, a María su Madre y a los santos y beatos argentinos. Como tantos otros, laicos, pastores o consagrados, han sido fieles al Evangelio y, desde su fe y amor a Cristo, ciudadanos comprometidos con el progreso de Argentina.

También evoco aquí a hombres y mujeres de buena voluntad, de otras confesiones religiosas o no creyentes que han construido con esmero, ejemplaridad y tesón nuestra Patria.

Son una gran inspiración para todos.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Lo que va de GOT a Chernobyl

De la miniserie “Chernobyl”

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de junio de 2019

La posibilidad de seguir nuestras series favoritas, no solo ya en un horario fijo y a través del aparato de TV, está revolucionando nuestra vida.

El usuario digital puede verlas, a cualquier hora, en cualquier sitio y por diversos medios: un celular, una Tablet, un ordenador personal, etc.

Nuevas formas de comunicación y entretenimiento. Nuevos lenguajes y, ¿por qué obviarlo?, nuevos desafíos e incluso peligros de adicción.

Sin embargo, hay algunos indicios que nos dicen que los nuevos usuarios siguen siendo hombres y mujeres que llevan en el corazón las inquietudes humanas de siempre. Como quienes podían pasar la noche entera atrapados por la narración de un libro. Y aún lo hacen.

Dos ejemplos cercanos. La monumental serie “Juego de tronos” (GOT, por su sigla en inglés), ha sido seguida por millones de personas en todo el mundo. Usuarios que fueron “encantados” por su trama subyugante, su espectacular fotografía, no menos que por la complejidad humana de sus personajes.

Algo similar ha ocurrido con “Chernobyl”. Mucho más breve que la anterior (apenas cinco entregas), pero con un despliegue argumental y técnico de primer orden, la serie atrapa desde el primer minuto.

¿Puro entretenimiento? No lo creo. Ambas han sabido conectar con dos inquietudes muy profundas del corazón humano: ante todo, la necesidad de tener buenas historias en las que leer también nuestra propia biografía, con los meandros de nuestros límites, grandezas y miserias. Eso es lo que, al menos a mí, me atrapó de Juego de tronos.

Con “Chernobyl”, sin embargo, la cosa ha ido por otro carril. Confieso que me ha conmovido profundamente, en ocasiones hasta las lágrimas. Y no ha jugado con las emociones a través de recursos sentimentales. Dos cosas me han golpeado fuertemente: la valentía de quienes no dejaron que el poder (sea del estado soviético o de su ideología) sofocaran la propia conciencia. Pero también, la fuerza de bien que anida en personas comunes que saben ponerse la historia en los hombros, cuando su conciencia es interpelada.

Necesitamos buenas historias para comprender el sentido de nuestras vidas. Pero, de la misma manera, necesitamos de la verdad para ser genuinamente humanos. Solo cuando la verdad irrumpe en la conciencia, el ser humano empieza a saborear realmente la libertad.

Quienes hemos sido formados por la tradición bíblica, no podemos dejar de apreciarlo. La Biblia dice las verdades más hondas contando historias. Buenas historias. ¿No es eso el evangelio?

El Pan de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de junio de 2019

“Queremos salvar la Catedral. Este espléndido estuche de joyería ha querido ser la magnífica manifestación del genio humano que rinde homenaje al amor de un Dios que se entrega por amor y que para darse a Sí mismo, se ha convertido en uno de nosotros.”

Seis días después del incendio que dañara Notre Dame, con estas palabras, el arzobispo de París, Michael Aupetit, recordaba el sentido del templo cristiano. Señalaba también: “Es por este Cuerpo, velado bajo la apariencia de una miga de pan, que se construyó esta Catedral… La miga de pan es el Cuerpo de Dios, el Cuerpo de Cristo, Su Cuerpo resucitado. Inalcanzable, a menos que Él se entregue a Sí mismo. Y así lo hace, se dona a Sí mismo”.

Vale para Notre Dame lo que vale para la más humilde de nuestras iglesias. Pero, sobre todo, vale para nuestra experiencia de fe.

Los cristianos celebramos la Eucaristía, sea de un modo solemne o con la sencillez que la situación nos permite. Pero siempre con el mismo estupor en el corazón: el que nace al descubrirnos sorprendidos por este Dios que entra en nuestra vida así, con la humildad del pan. Pide permiso y suplica ser recibido, que se le abra la puerta libremente. No violenta ni coacciona a nadie.

Esa es la grandeza de la Santa Eucaristía. Por eso, también, duelen tanto los olvidos, los abandonos y las deserciones. Consuela el hecho de que Él siempre está ahí, como las Escrituras lo describen: como el Dios que sale al camino, otea el horizonte y espera al que se fue. Siempre espera.

Es el Dios hecho hombre, al que adoramos bajo las apariencias del Pan. Lo hemos llevado por nuestras calles para que su Humildad guíe nuestro caminar en esta hora de nuestra historia.

¡Qué la Eucaristía nos estremezca!

El religioso orionita polaco Michal Los, ordenado sacerdote en su lecho de enfermo el 23 de mayo de 2019. Falleció el 17 de junio.

Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi. Catedral de San Francisco, sábado 22 de junio de 2019.

“«¿Dónde está el Cuerpo del Señor?» Esta es la pregunta que surgió el lunes por la noche, del fuego de Notre-Dame de París: «¿Dónde está el Cuerpo del Señor?».

Era necesario salvar la Catedral, el tesoro formado por piezas de orfebrería acumuladas a lo largo de los siglos. También era necesario guardar, para los creyentes, esta Reliquia infinitamente preciosa: la Corona de Espinas de Jesús, traída por el rey San Luis.

Pero una pregunta agónica surgió en mi corazón: «¿En dónde está el Cuerpo del Señor?», ¿era posible dejar el Santísimo Sacramento?, ¿dejar el Cuerpo de Jesús que estaba en el Tabernáculo?

Es por este Cuerpo, velado bajo la apariencia de una miga de pan (“d’une miette de pain”), que se construyó esta Catedral. Entonces ¿qué es lo más valioso?, ¿la Catedral, el tesoro o la miga de pan? La miga de pan es el Cuerpo de Dios, el Cuerpo de Cristo, Su Cuerpo resucitado. Inalcanzable, a menos que Él se entregue a Sí mismo. Y así lo hace, se dona a Sí mismo: «Mi vida nadie la toma, soy yo quien la da»…

Queremos salvar la Catedral. Este espléndido estuche de joyería ha querido ser la magnífica manifestación del genio humano que rinde homenaje al amor de un Dios que se entrega por amor y que para darse a Sí mismo, se ha convertido en uno de nosotros.”

De la homilía del arzobispo de París, Michel Aupetit, seis días después del incendio que dañó severamente Notre Dame (21 de abril de 2019, Domingo de Pascua).

El arzobispo de París, Michael Aupetit celebrando la primera Misa en Notre Dame después del incendio el pasado 15 de junio, memoria de la dedicación de la catedral parisina.

¡Qué contraste! ¡Cuánto dolor por los que ya no saben reconocer en el pan a Jesús, el Señor!

¡Qué contraste! ¡Cuánto dolor por los que ya no saben reconocer en el pan a Jesús, el Señor!

No quiero hacer juicios simplistas, a los que tan acostumbrados nos tienen estos tiempos de polémicas infantiles y posicionamientos fundamentalistas. Sé bien que, detrás del abandono de la Eucaristía hay complejos procesos espirituales y personales.

Dios es Juez misericordioso y Sabiduría amorosa. Él conoce mejor que nadie el corazón humano. Sobre todo, sabe medir hasta qué punto sus decisiones son realmente libres, expresan rebeldía y rechazo del don; o son, más bien, reacción airada por los escándalos de los creyentes, o sencillamente, manifestación de la fragilidad humana ante la presión de una cultura secularizada y las carencias de una pastoral de conservación más que misionera.

Todos estamos en sus manos de Padre sabio, amoroso y providente, que siempre espera al hijo que ha perdido el rumbo, extraviándose en sus propios pensamientos y confusiones.

No miro entonces la paja en el ojo ajeno. Solo me animo a inquietar mi propia conciencia cristiana, mis propios olvidos y abandonos del Pan eucarístico.

¿Cómo está la calidad de mi amor por la Eucaristía?

La celebración de la Santa Misa es el tesoro más grande que tiene la Iglesia, el cielo que se abre sobre el altar, la alegría de los ángeles y santos que se desborda sobre nosotros que peregrinamos por “este valle de lágrimas”, temerosos y vacilantes, entre luces y sombras, humillados por nuestros pecados pero consolados por la Presencia bendita del Señor de la Vida, que camina con nosotros.

¿Cómo vivo yo la Eucaristía? ¿Cómo me preparo y como salgo de ella? ¿Vivo mi vida cristiana, en la Iglesia y en la sociedad, con aquella “coherencia eucarística” de la que tan bien habló el sabio Benedicto XVI?

*     *     *

Nos han conmovido estos días las imágenes de aquel joven seminarista polaco (Michal Los) que recibió del Papa Francisco la dispensa y fue ordenado sacerdote en su convalecencia. Celebró pocas Misas antes de morir. Ni siquiera pudo revestirse con los ornamentos sagrados. Pero su rostro al elevar el Cuerpo del Señor desde el altar de su lecho de enfermo, con la sola estola sobre el cuerpo estragado por el cáncer, nos ha estremecido en lo más profundo.

Sí, mis queridos hermanos y hermanas: en este día de Corpus, los invito a estremecernos por el don de la Sagrada Eucaristía, lo que nos revela de este Dios sediento de amor y de nuestras hambrunas más hondas.

Pero ¿ante qué estremercernos cuando celebramos la Eucaristía?

Cada uno podrá buscar su propia vivencia, abrevando en la incontrovertible fe de la Iglesia.

Perdonen que apele a mi propia experiencia de vida: yo me he hecho sacerdote porque, de niño, sentí el deseo de imitar a mi párroco que “decía Misa” con devoción y mucha fe. Ahí Dios me estaba esperando. Aún allí lo sigue haciendo.

Atesoro esta experiencia como una de las claves fundamentales de mi propia vida de fe como discípulo y pastor. Leo ahí todo lo que me ha pasado después y lo que vivo aún ahora, aquí entre ustedes; lo que voy descubriendo como llamada de Dios a predicar su Evangelio, a salir al encuentro de todos, a animarlos a ser fieles a la llamada del Señor a su Iglesia.

Queridos amigos: que se nos estremezca el corazón al contemplar y experimentar a este Dios humilde que se abaja, nos busca y, como mendigo de amor, nos suplica que lo dejemos entrar en nuestras vidas.

Sí, en el Sagrario, en la custodia y, sobre todo, en el altar, Cristo solo sabe encabezar cada una de sus palabras hacia nosotros con un humilde: “¡Por favor!”. Apela así a nuestra libertad.

*     *     *

Miremos el relato de Pablo en la segunda lectura. Es, tal vez, la narración más antigua de cómo los primeros cristianos celebraban la Santa Eucaristía. No solo el cómo, sino el por qué más hondo y decisivo, el que sigue siendo la motivación fundamental para que también nosotros nos reunamos a celebrar, a adorar y a comer el Cuerpo Santo del Señor y a beber su Sangre preciosa.

Pablo interpela a esos corintios revoltosos, tan enamorados de Jesús como atropellados en sus propias inmadureces, a que vivan la coherencia eucarística. Él les ha transmitido lo que recibió “del Señor”. Él nos lo ha mandado. Y partimos el pan y compartimos el cáliz, porque Él nos mandó hacerlo “en memoria suya”.

“Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.” (1 Co 11, 26). Lo aclamamos cada vez que celebramos la Santa Cena: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús!”.

Lo cantamos en la Misa, pero quisiéramos gritarlo a todos, en las calles, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas, en los bares y en los supermercados, en las redes sociales y en cada espacio público. Antes que con las palabras -siempre imprescindibles, cuando llega su hora- con nuestra vida, transfigurada por la Pascua que celebramos cada domingo.

Quisiéramos decírselo a los jóvenes, para que hagan de la Eucaristía el alimento de sus preciosas vidas, como hizo Carlos Acutis, adolescente italiano, influencer y evangelizador de los jóvenes en las redes, y que no ocultaba haber encontrado el secreto de su vida en la Santa Eucaristía. Murió quinceañero pero su testimonio nos llena de alegría.

Quisiéramos que nuestros jóvenes encontraran en el Pan eucarístico al Amigo capaz de decirles la verdad de sus vidas. ¡Cómo olvidar la intensa adoración eucarística que vivimos el pasado sábado 25 de mayo en el Superdomo con más de mil quinientos jóvenes de Córdoba!

Como quisiéramos que los jóvenes se enamoraran de Cristo eucaristía y sintieran su llamada a consagrarse a él con todo su ser como sacerdotes, religiosos, misioneros, esposos y padres cristianos.

Pero también como hombres y mujeres públicos (políticos, dirigentes sociales santos), entregados al bien común, a la defensa de la vida y despojados de intereses mezquinos; servidores de la concordia y la reconciliación de los corazones, que tienden puentes y no agigantan grietas para ganar espacios de poder; servidores a la medida del que se hizo Pan para alimentar a los pobres.

En este Año Misionero Diocesano, renovemos nuestro amor por la Eucaristía. Ella contiene toda la energía evangelizadora y misionera de la Iglesia.

Ella alimentó y alimenta a los santos: a Francisco y Clara, a Brochero, a Angelelli y compañeros mártires.

De la mano de María, que alimentó con su pecho al Pan de Vida, acerquémonos a adorar y a comer “el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos” (Secuencia). Así sea.

Ver a Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de junio de 2019

“¿Dónde podemos ver a Dios?”.

Estaba concluyendo el encuentro con los chicos de la catequesis de Las Varillas, cuando, del fondo de la Iglesia, llegó la pregunta.

Entre paréntesis: las visitas pastorales, incluso las mejor programadas y preparadas, suelen deparar este tipo de sorpresas. Es el sano humor de Dios que sabe descolocar nuestra solemnidad. Cierro paréntesis.

Respondí al instante. Y mi respuesta fue correctisima: en las páginas de las Escrituras, en la santa Eucaristía, en el rostro de los pobres…

Respuesta correcta pero insatisfactoria. Al menos para mí, para mí experiencia, para mí fe. Ya he contado en este espacio que este tipo de preguntas suele necesitar tiempo. Desatan nudos, limpian la mirada y despiertan inquietudes. Hay que quedarse rumiando con paciencia lo que generan en la mente y el corazón.

Yo había visto a Dios. Y lo había visto precisamente en esos días. Su rostro, sus manos, sus arrugas. Incluso sus lágrimas. Lo había visto y me había conmovido profundamente. Y, verlo así, desnudo, humano y majestuoso en su humildad, había despertado en mí, por una parte, admiración y gratitud; pero, por otra, vergüenza y compunción. La oración, la celebración de la Misa y también los diversos encuentros habían quedado marcados por esa experiencia.

Lo había entrevisto en el rostro, las manos, las arrugas y las lágrimas de madres y padres concretos (me reservo los detalles) que, lejos del narcisismo enfermo que nos rodea y deshumaniza, se hacen cargo de la fragilidad de sus hijos. Y, así, salvan el mundo, abriéndole a la compasión que brota del corazón de Dios.

Acabo de recordar la sabia sentencia del gran Agustín en su tratado sobre la Trinidad: “vides trinitatem si caritatem vides” (“ves a la Trinidad si contemplas el amor”). Gran verdad.

Muy oportuno para este fin de semana que celebramos el rostro trinitario del Dios Amor y es también el Día del Padre.

Con Espíritu…

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de junio de 2019

“Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento (espíritu) de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” (Gn 2, 7).

Más de la mitad de los chicos argentinos son pobres. Es decir: tienen alguna necesidad básica insatisfecha. Para que nos entendamos: varios días a la semana, no pueden cenar. Por no hablar del incremento del trabajo infantil (trabajar en vez de jugar). Eso significa: el futuro -el de ellos y el de todos- está comprometido. Es gris.

Un dato más para saber dónde estamos parados. No el único, pero ciertamente uno que no podemos dejar de considerar. Pero también un dato más para saber hacia dónde tenemos que caminar.

En este contexto, las agrupaciones políticas barajan sus candidaturas y propuestas (tal vez, más candidaturas que propuestas). Está bien que lo hagan: se acercan las elecciones y tenemos que elegir.

De paso, recuerdo una idea que me suele venir a la mente en estas ocasiones (no es mía, sino que se inspira en el gran Karl Rahner). Dice así: “cuando uno elige, se elige, elige qué tipo de persona quiere ser y qué mundo quiere edificar para vivir y para los que vengan detrás”.

En este contexto también, muchos alentamos un acuerdo de fondo que, entre otras cuestiones centrales, llegue a consensos básicos sobre qué hacer con el zafarrancho económico que nuestro país arrastra desde hace décadas. No es economicismo: es realismo. Dramático y concreto: como el hambre de los chicos por la noche.

¿Cómo se logra semejante consenso en un país como el nuestro? Pero, sobre todo, ¿cómo se lo sostiene en el tiempo, a sabiendas de que implica esfuerzos, renuncias y posponer gratificaciones tan inmediatas como falsas? ¿Cómo sustraerlo del oportunismo, del ventajismo y de los intereses personales o de grupo?

Semejante empeño requiere largo aliento. Necesita espíritu (y Espíritu).

En este contexto, los cristianos celebramos la gran fiesta de Pentecostés que lleva a su culminación el tiempo pascual. Y hacemos la colecta anual de Caritas, con el lema: “Compartir transforma vidas”.

Suplicamos que el Resucitado (el que viene de vencer la muerte y todas las muertes) siga soplando sobre el mundo su Aliento, su Espíritu. Y que ese Aliento entre por las rendijas de nuestras conciencias, de nuestras decisiones y de nuestros deseos.

Ese Santo Aliento trae al mundo el amor, la compasión, la ternura y la libertad de Dios. No violenta ni coacciona a nadie. Sopla, da vida y -¡gran bendición!- da libertad. Libera de toda opresión, miedo o timidez. Deshace el hielo, calma los ardores del calor y, sobre todo, transforma los corazones de piedra en corazones humanos: los hace sentir y mirar la vida desde el otro, especialmente si herido, triste o solo.

Vuelvo a la cita bíblica del inicio. Es el verso inspirado de un hermoso poema, el que canta la dignidad humana, tal como Dios la ha soñado: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” (Gn 2, 7).

Día del Periodista

Queridos amigos y amigas periodistas:

¡Muy feliz Día!

Les comparto este vídeo en el que expreso algunas convicciones sobre la tarea de ustedes como comunicadores.

Aquí solo añado dos cosas:

  1. La comunicación está en el corazón del cristianismo. El centro de nuestra fe lo expresó San Juan así: “Y el Verbo de Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). De ahí viene nuestra pasión comunicativa: decir, expresar, informar, dialogar… y en la “carne” de nuestra vida e historia concretas.
  2. La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de una sociedad abierta y de la cultura democrática. Es exigente para todos. Es un derecho de toda persona, de todo ciudadano. El periodismo es una forma privilegiada de esta libertad. Sin periodismo no hay sociedad de hombres y mujeres libres.

Saludos a todos.

Que Dios los bendiga, los cuide y los anime siempre en su tarea de todos los días.

+ Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco