Católicos y democracia

En el núcleo ético de la democracia liberal está el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad política: gente que ve la vida de modo diverso, también en lo que hace al bien común y la construcción política del mejor orden justo posible de la sociedad.

En este contexto, las disputas, incluso ásperas y subidas de tono, no significan una lucha por la eliminación del otro. Mi ocasional adversario puede estar equivocado, pero no, por eso, es una mala persona, representante del mal absoluto.

Claro, eso significa que, previamente se da un acuerdo más o menos explícito en torno a algunos valores fundamentales. Cito, al respecto, unas palabras de san Juan Pablo II en el último documento del magisterio católico que se ocupa del tema: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. […] Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Centessimus annus 46 b).

Me interesa citar esta mirada católica, no solo porque profeso esa fe y soy obispo, sino por un hecho bien conocido: el magisterio católico ha recorrido un arduo camino para dar el paso de aceptar la legitimidad de la democracia. Este paso se ha dado, precisamente por la aceptación por parte de la Iglesia de la pluralidad en la vida social, más específicamente, de la pluralidad religiosa que se da en buena parte de las sociedades modernas.

Fue en el Concilio Vaticano II, con la aprobación de la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. Al reconocer dicha libertad como un derecho civil de las personas, la Iglesia abandonaba para siempre el ideal del estado confesional católico y, por ende, que la unidad de un pueblo estuviera subordinada a la unidad religiosa. Quienes profesan otros cultos o no son creyentes serían objeto de una mera y siempre frágil tolerancia.

Este paso cumplido dentro de la mentalidad católica ha sido fundamental para que, no sin dificultad, los que profesamos esta fe pudiéramos abrazar con convicción interior los valores fundamentales de la democracia, también señalados con claridad por el Papa Wojtyla: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.” (ídem).

Es verdad que, de tanto en tanto, algunos católicos nos sorprenden señalando que la democracia es “solo” un modo como los ciudadanos elegimos a nuestras autoridades. Pienso que es una interpretación minimalista del pensamiento actual del magisterio eclesial.

La Iglesia no tiene autoridad para indicar qué forma de organización política se da a sí mismo un pueblo. Ella misma vive (o sobrevive) en diferentes comunidades políticas. Lo que sí hace es ofrecer una serie de principios que nacen tanto del Evangelio como de una interpretación racional de la condición humana y que permiten evaluar la calidad antropológica y ética de todo sistema político.

En este sentido, es interesante señalar cómo -una vez más con Juan Pablo II- los grandes valores humanos que aseguran la validez ética de todo sistema político son los que, en buena medida, definen desde dentro al sistema democrático.

La democracia, para el pensamiento católico, es más que una forma de elegir autoridad. Supone una cultura: la de la libertad y la conciencia, el diálogo franco y la confrontación honesta, la convivencia en la diversidad y la aceptación de la pluralidad.

Valores todos asentados firmemente en el respeto de la dignidad humana de toda persona. Los derechos humanos son de todos los seres humanos, no solo de los compañeros.  

El jornal de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de setiembre de 2020.

Una nueva parábola de Jesús (cf. Mt 19, 30-20, 16). Como en otras ocasiones, la historia que cuenta ha surgido de su perspicaz observación de la vida cotidiana; más precisamente, del mundo del trabajo. Lo conoce bien, pues, antes de convertirse en predicador itinerante, ha sido trabajador. Ha visto cómo interactúan patrones y jornaleros, sus tratos y regateos. 

Esa experiencia le sirve ahora para narrarnos cómo trabaja Dios. Ya los profetas y los salmos nos hablan de Dios como un labrador que planta una viña, la cuida con dedicación y cariño, aunque, casi siempre, el fruto que obtiene son uvas amargas. Pero, esa frustración no lo desalienta: vuelve a empezar con la misma pasión y una infinita paciencia…

En la parábola de este domingo, sin embargo, Jesús incorpora un elemento de ruptura: el dueño de la viña quiere a todos trabajando en su viña, solo que, para todos tiene la misma paga: un denario que vale como jornal. El que trabajó más tiempo recibe un denario. Lo mismo, el que solo estuvo un rato. 

Esta real “injusticia”, deliberadamente destacada, le sirve a Jesús para acentuar una realidad que desborda el marco de las relaciones laborales. Le es útil para contarnos cómo trabaja Dios, cómo nos mira a cada uno y, en definitiva, qué quiere darnos. 

“Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?” (Mt 19, 27). Es la inquietud que se había despertado en el corazón de los discípulos y que Pedro, una vez más, expresa en voz alta. Lo que no se había animado a hacer el joven rico, lo han hecho ellos: dejarlo todo y seguirlo. ¿Qué les dará Jesús a cambio? ¿Vale la pena semejante decisión de vida?

Jesús comprende lo que pasa en el corazón de sus discípulos. Por eso cuenta la parábola. Quiere compartir así su propia experiencia. Para ellos, Jesús no tiene otra paga que la que él mismo recibe cada día del Padre. Ese “jornal” que se hace oración filial: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. El jornal de Jesús es su Padre, el Dios amigo de la vida, que es bueno por encima de todo. Ese es su “pan cotidiano”. De él vive.

Claro, hay que seguir caminando con él hacia Jerusalén, hacia la pascua. Allí, al caer la tarde, tendrá lugar la paga: Jesús no dará algo, se dará a sí mismo. Dios se hará don gratuito para todos. Entonces, los últimos serán como los primeros. 

Setenta veces siete

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de setiembre de 2020

“¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” (Mt 18, 32-33).

Pedro le acerca a Jesús una pregunta que, tarde o temprano, todos nos hacemos: el perdón de las ofensas, ¿tiene algún límite razonable? La respuesta es tan clara como desconcertante, casi impracticable: el cristiano perdona siempre. Al menos, tiene que estar dispuesto a ello.

Nos vemos envueltos en conflictos de diversa índole. Algunos son más superficiales y, con naturalidad, los dejamos en el olvido. Otros, no. Dejan huella y todo un inventario amargo de heridas. Pesa también el temperamento: más sensibles unos, más fríos otros.

La de Pedro no es una pregunta menor. Como dijimos, la respuesta de Jesús es exigente. Sin embargo, no queda todo ahí. Jesús no es un moralista que dice que hay que portarse bien, desentendiéndose de las condiciones humanas para ello. Él sabe bien que, sin una sólida experiencia fundante, el ser humano no logra sostener en el tiempo su opción por el bien. Ya lo había dicho: es necesario construir sobre roca, no sobre arena.

Por eso, añade una parábola. Cuando Jesús tiene que ir al fondo de las cosas, echa mano de este recurso. Dios, que es Padre, está obrando en el mundo. Y ese modo de obrar es la roca firme sobre la que hay que edificar la propia vida.

En la pregunta del rey al servidor que no tuvo compasión está la clave: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? (Mt 18, 33). Los “diez mil talentos” que fueron perdonados al primer servidor indican una cifra sideral e impagable. Frente a ella, los diez denarios de la otra deuda resultan irrisorios. Por eso es tan indignante que el que suplicó plazos para pagar y recibió la condonación total de su deuda no demuestre compasión.

Se trata de caer en la cuenta de que todos, en cierta manera, transitamos la vida como deudores. Es mucho más lo que recibimos que lo que podemos dar. O, más evangélicamente correcto: la mejor manera de saldar nuestra deuda es replicar, con nuestra vida, el amor recibido. Ante todo, porque nuestra vida se asienta en un amor gratuito, absoluto e incondicional: el de Dios que nos creó y nos llama a la amistad con Él. Mucho más, porque el rechazo de ese amor está fuertemente instalado en lo profundo de nuestro corazón. Es el pecado que Dios, como Padre, perdona y expía por medio de Cristo.

El perdón nace de esa experiencia básica y fundante. Eso es lo que nos procura el encuentro con Jesús. Esa es su buena noticia. Ese amor incondicional es lo que celebramos cuando nos reunimos para la Eucaristía y levantamos el cáliz con la Sangre derramada para el perdón de los pecados.

Encomienda de los jóvenes de la diócesis de San Francisco a la Virgencita

Domingo 6 de setiembre de 2020 – 31 Peregrinación Juvenil

Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!

Al concluir esta 31ª Peregrinación Juvenil venimos ante tu querida imagen para encomendarte la Iglesia joven de San Francisco, a los chicos y chicas de nuestros pueblos y ciudades.

Ponemos entre tus manos la vida de cada uno de ellos, sus sueños, ilusiones y proyectos.

En este tiempo de incertidumbre, te suplicamos que cuidés la esperanza y la alegría en sus corazones.

Que sientan así tu presencia de madre, catequista y maestra espiritual.

Compartí con ellos tu docilidad al Espíritu, tu confianza en el Padre y tu amor por Jesús, tu amado Hijo.

Enseñales a contemplar, como vos y con vos, el Evangelio.

Como a los de Caná, repetiles, una y otra vez, señalando a Jesús: ¡Hagan todo lo que Él les diga!

Que aprendan de vos las virtudes que hacen bella la vida; ante todo, la fe, la esperanza y la caridad; pero también la generosidad, la fortaleza interior y la capacidad de servicio. De manera especial, te pedimos para ellos tu mismo ardor misionero, para que sean servidores de la Alegría del Evangelio para los propios jóvenes.

Cada año, vos los esperás en esta, tu casa, cuando ellos se ponen en camino como peregrinos y devotos.

Aquí los reunís y colmás sus jóvenes vidas con el gozo del Evangelio que desborda de tu propio corazón de discípula.

Este año, limitados por la emergencia sanitaria, no han podido ponerse en camino.

Sin embargo, sabemos que vos estás, hoy y siempre, caminando con ellos por los senderos que transitan.

Incluso que sabés hacerte presente cuando sus pies los llevan por caminos de oscuridad y desesperanza.

Estás especialmente allí, como madre coraje, que, porque ama, defiende, protege y pelea por la vida de sus hijos e hijas.

A nosotros, los adultos, danos, Madre y Virgen, tu misma pasión evangelizadora, para que seamos testigos creíbles de la verdad y de la justicia. Que podamos legarles una Patria de hermanos, un mundo más humano y una casa común bella y habitable para todos.

Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!

Amén.

“Con María, siempre”

Homilía en la 31ª Peregrinación Juvenil al Santuario de la “Virgencita” – Domingo 6 de setiembre de 2020 – 23º del tiempo ordinario

Las imágenes corresponden a la Peregrinación del año 2016

“Con María, siempre”.

Cada año, por esta fecha, jóvenes de distintas comunidades de nuestra diócesis se ponen en camino hacia este Santuario.

Esto ocurre desde hace ya treinta y un años.

Los motiva el caminar juntos, la meta a alcanzar y esta alegría de ser peregrinos.

Destaco, sobre todo, ese momento culminante que es entrar juntos al Santuario.

Pero, claro, no podemos olvidar a quien hace posible toda esa experiencia: María, nuestra Virgencita.

Este año, la situación extraordinaria que vivimos desde marzo nos ha obligado a una Peregrinación virtual. Vivámosla con una fe y una alegría también extraordinarias. Que la ausencia física no sea obstáculo, sino aliciente para una vivencia más honda de la peregrinación y el encuentro. Que la virtualidad quede transformada por nuestra fe de peregrinos y nuestro amor de devotos de la Virgencita.

Para ello, los invito a dejarnos evangelizar por la Palabra de Dios, especialmente por lo que Jesús nos dice en el Evangelio de este domingo.

Lo repaso con ustedes.

Todo comienza cuando los discípulos le acercan a Jesús esta inquietud: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?” (Mt 18, 1).

El Señor hace y dice entonces algo fuerte: “Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.” (Mt 18, 2-5).

Estar así delante de Dios: como un niño pequeño.

Llegar a ser así: como un niño pequeño.

Como el mismo Jesús, pues, en el fondo, lo más importante que nos dice el Evangelio es que Jesús es y permanece, delante del Padre, como un niño pequeño.

Solo entonces comprendemos lo que nos dice el Evangelio de este domingo, leído bajo la atenta mirada de la Virgencita: hacernos cargo del hermano, especialmente si vemos que se lo ve extraviado por los caminos del pecado. Hacernos cargo, no dejar que nos gane la indiferencia, agotar toda instancia para que recuperarlo como hermano.

¿Y qué hacemos si, con todo y nuestro esfuerzo, no hay cambio? “Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano”, señala el Señor (Mt 18, 17).

¿Qué significa esto? ¿Finalmente, en algún punto, es posible desentenderse? No. Un pagano o un publicano son personas a las que, de manera especialmente intensa, hay que buscar para hablarles al corazón de la misericordia del Padre.

También para eso necesitamos hacernos como niños, despojados de pretensiones y vanidades, humildes y mansos… En definitiva, para dejarnos invadir por lo que siente el Padre ante un hijo o hija extraviados. Como aquel pastor del que habla Jesús y que arriesga el rebaño por buscar a la oveja perdida.

Esa lección la aprendemos en este Santuario: aquí, María siempre recibe y acoge, sin condiciones ni reclamos. Es una madre que sencillamente ama, pues sabe que el amor es capaz, tarde o temprano, de arrancar a sus hijos de los abrazos seductores del pecado.

Pero, ese hacernos cargo los unos de los otros, es, ante todo, una responsabilidad de hermanos que rezan y caminan juntos. Por eso, extrañamos la Pere y anhelamos volver a peregrinar la ruta de la fe que va de El Tío a la Villa. Son apenas siete kilómetros, pero esa distancia se hace más honda en el corazón de los que peregrinamos la fe.

Seamos muchos o pocos. No importa, sabemos que ese caminar juntos, una vez al año, expresa visiblemente una realidad más profunda que vivimos cada día: estamos juntos en el camino de la vida, de la fe, del hacer más humano este mundo, tantas veces, cruel, injusto y deshumanizado.

Porque el Señor está en medio de quienes se reúnen “en su Nombre”, y así rezan, buscan y caminan.

¿Cómo saldremos de este tiempo duro que estamos viviendo?

Pidámosle a María que nos vuelva a decir el Evangelio de la fraternidad, de la pequeñez, de la humildad y -como escucharemos el domingo próximo- del perdón ofrecido de corazón.

Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas: de la mano de María, más que estar preocupados en grandezas que nos separan unos de otros, busquemos hacernos como niños para entrar a gozar, ya desde ahora, de la vida plena del Reino de Dios.

Con María, siempre.

Así sea.

Ganar al hermano

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de setiembre de 2020

“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano […] Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.” (Mt 18, 15.20).

Es posible que estemos viviendo el pico de la pandemia en nuestro país. Es posible. Lo que sí parece muy cierto es que vivimos un pico de agresiones, gritos y un clima generalizado de desconfianza. Cualquier dato es, casi al instante, contrastado con otro que lo desmiente o relativiza. Y así, el desconcierto y la discordia parecen predominar.

En este contexto llega la palabra de Jesús. A ella me remito. En ella me refugio. No porque quiera escapar de la realidad, sino porque solo esa Palabra me devuelve entero a la vida concreta.

¿Qué escucho este domingo? ¿Qué me dice? Dos cosas que me devuelven el ánimo: que cada prójimo es mi hermano o hermana y que, por lo mismo, vale la pena agotar todas las instancias para “ganar al hermano”. Y que, incluso en la situación extrema, seguirá siendo alguien que merece escuchar, como la primera vez, el anuncio del amor de Dios que cura todas las dolencias: como un pagano o un publicano (los preferidos del Señor).

En segundo lugar, que Jesús resucitado está en medio de quienes se reúnen en “su Nombre”. Aquí, más que hablar, hay que contemplar en silencio este misterio. Es el corazón de la experiencia cristiana. Mucho más que el moralismo que, de tanto en tanto, deforma la vida de fe, hasta el aburrimiento. Reunirse “en el Nombre de Jesús” es mucho más que hacerlo porque nos reconocemos sus seguidores (chicos buenos que hacen lo que es correcto). Esa preposición (“en”) indica una dirección de vida, una situación nueva, un clima en el que se ora y se vive: hacia Él vamos, llevados por su Espíritu; en Él estamos, también gracias a su Espíritu. Vivir esa Presencia, y vivir de esa Presencia. Es la mística cristiana que precede y funda todo compromiso ético según el Evangelio.

Pero escuchemos sus palabras completas: “También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 19-20).

Vivir según el Evangelio es precisamente eso: en medio de la desconfianza, los gritos y la negación del otro, apostar siempre por la fraternidad que nace de estar ante el Padre de todos, “en el Nombre de Jesús”. Que los gritos no nos impidan ganarnos como hermanos.

El fuego de Jeremías

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de agosto de 2020

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Ya no habla en parábolas. Ahora Jesús es directo, preciso y concreto. Tanto en lo que a él se refiere –“ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21)- como lo que supone para los que quieran seguirlo. Todo ello simbolizado en la cruz. Intimidante. Y, sin embargo…

Jeremías según Miguel Ángel

A lo largo de la historia, incluido el presente y el futuro, hombres y mujeres de distinta condición se han sentido irresistiblemente atraídos por esa propuesta de vida. Han sentido dentro de sí, aquel “fuego abrasador” del que nos habla este domingo Jeremías: “me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Jer 20, 9).

Eso es lo que da el encuentro con Cristo: pide todo y da todo. Hay que animarse a perderlo todo, para ganarlo todo. Ese fuego, esa decisión y esa intensidad de amor es lo que vemos en la mujer santa que hoy recordamos: Rosa de Lima. Una mirada frívola y superficial solo ve en ella negación. Quien se anima a ir un poco más adentro, ve en esa joven un corazón sensible, enamorado y compasivo. Es verdad, nos grita la vida de Rosa (y la de tantos otros): el que pierde su vida a causa de Jesús, la gana, la multiplica, le da una belleza inigualable. De ahí ese nombre -Rosa- que, en realidad, es un apodo que acierta más que su nombre de pila: Isabel Flores de Oliva.

PS: ¿Y Simón Pedro? El pasado domingo lo escuchamos decir una verdad enorme. Hoy, dice tonterías. Pero Jesús ya ha comenzado a avivar el fuego de Jeremías en su vida. Solo necesita tiempo: seguir caminando y dejarse quemar por ese fuego que es Jesús. Mientras tanto, no le viene mal ese “Pedro, ubicate”. A él, y también a nosotros.

Gracias

Comparto con ustedes estas palabras que he escrito, recogiendo lo que hay en mi corazón al cumplir siete años del inicio del ministerio pastoral como obispo de San Francisco.

“Vas a ser muy feliz aquí”. Por dos veces, Mons. Carlos Tissera me dijo esa frase.

Al cabo de estos siete años puedo decir que tenía razón.

Créanme que soy muy feliz aquí.

Hoy por hoy -lo reconozco- no es poca cosa reconocer esa gracia. Porque lo es: un don inmerecido.

Revisando algunas notas espirituales que tomé aquellos días de agosto de 2013, encontré que, ya entonces, le pedía al Señor, por intercesión de la Virgencita y de San Francisco, la gracia de “enamorarme” de esta diócesis.

Puedo testimoniar que el Señor me la ha concedido. Me ha conquistado el corazón.

Con ustedes estoy caminando la fe. Sigo aprendiendo a ser discípulo, a escuchar y obedecer a Jesús y su Evangelio. Eso es muy fuerte y hermoso. Es lo que hace la comunidad eclesial: ayudarnos a quienes nos sentimos hijos e hijas de la Iglesia a ser discípulos de Jesús. La Iglesia es -como María- madre que nos engendra en la fe.

Ese proceso de darme a luz como cristiano comenzó en la Iglesia doméstica de mi familia, se prolongó en la Iglesia diocesana de Mendoza y sigue su curso en la Iglesia diocesana de San Francisco.

Aquí está la Virgencita. Cada vez que visito su Santuario, en Villa Concepción, siento casi físicamente el consuelo de Dios a través de María. Me pasa lo mismo en Villa del Tránsito, en Colonia Vignaud, en Plaza de Mercedes …

Me siento parte de la fraternidad que es el Presbiterio diocesano de San Francisco. No solo porque, teológica y jurídicamente, el obispo es parte del mismo, sino por el espacio real, concreto y afectivo que mis hermanos sacerdotes, con Baldomero aquí presente, me han dado.

Sepan que lo vivo como un gesto de inapreciable valor. Gracias.

Gracias a todos por abrirme las puertas de sus corazones.

Sigamos caminando.

Seamos servidores de la alegría y de la esperanza que nacen de Jesús, el hijo de María, nuestro Señor, Amigo y Salvador.

Sigamos caminando.

Las palabras de Simón, el pescador, llamado “Pedro”

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de agosto de 2020

“Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo»” (Mt 16, 16-17).

Las palabras más importantes de la vida se suelen hacer esperar. Tienen que echar raíces, crecer y, finalmente, darnos su fruto maduro. Así llegamos a decir: “te amo”, “lo siento”, “creo en Dios”, “aquí estoy, contá conmigo”.

Cuando están a punto, fluyen solitas de nuestros labios, pero con el aliento que viene de lo profundo de nuestro cuerpo. Son palabras que dicen y “nos” dicen.

Las fuentes del Jordán

Eso es lo que ocurre con Simón Pedro en la escena del evangelio de este domingo. El lugar donde son pronunciadas, tal vez, ha sido de ayuda. Hay lugares que invitan a contemplar, a cantar o a rezar. Jesús ha llevado a los suyos lejos de Jerusalén. Están en las cascadas que dan origen al Jordán. El lugar es aún hoy muy bello.

Allí, precisamente, Simón Pedro logró encontrar las palabras que desde hacía tiempo andaba buscando. Desde aquella tarde, junto al lago donde transcurría su vida de pescador, cuando Jesús pasó, lo miró y lo llamó. Simón, y Andrés, su hermano, pero también Santiago y Juan, dejándolo todo lo siguieron. Desde entonces, en todos ellos venían creciendo sentimientos, intuiciones y decisiones que necesitaban encontrar las palabras justas para echar raíces y lanzar la vida hacia delante. Porque eso hacen las grandes palabras de la vida.

Solo necesitaron que Jesús hiciera la pregunta precisa: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Entonces, Simón sintió que, del inmenso mar interior de su corazón, subían, a borbotones las palabras de la respuesta: “¿Quién sos vos? El Mesías, el que está lleno del Espíritu, el que abre el futuro, el que nos da esperanza. Vos sos el Hijo del Padre”. Aquel día, Simón tomó la palabra y dijo las palabras que todos andaban buscando. Y fue declarado bienaventurado por el mismo Jesús.

Pero, ni la vida, ni la fe, ni las palabras que navegan en el corazón se detienen. El domingo próximo escucharemos a Simón Pedro decir un par de tonterías. Necesita tiempo para que esas palabras certeras dichas en las fuentes del Jordán lleguen a transformar realmente su vida. Así es la fe: un camino que nunca se detiene. Tendrá que experimentar que aún puede fallar -negará a Jesús tres veces-, pero que, por encima de todo, el amor de Jesús es siempre más fuerte.

Y, nuevamente, tendrá palabras certeras: “Jesús, Señor, vos lo sabés todo. Vos sabés que yo te amo”.

La justicia en Argentina

El presidente de la Nación ha propuesto algunas reformas en la justicia. A tal fin, ha enviado un proyecto al Senado y constituido una comisión de expertos. El primero se enfoca solo en la justicia federal penal, mientras que la segunda en el funcionamiento de la Corte Suprema, el Consejo de la Magistratura y el Ministerio público. Como era de esperar, las reacciones a favor y en contra han comenzado a expresarse. Está bien: es lo que normalmente ocurre en una democracia saludable.

Una justicia demasiado largamente esperada

Una mejora sustancial de la justicia es un viejo anhelo de la sociedad argentina. Fue precisamente uno de los temas de fondo que, en medio de la gran crisis 2001-2002, abordó el “Diálogo Argentino”. El documento final que recoge los principales consensos dedica un apartado entero (el nº 7) a la reforma de la Justicia. Comenzaba señalando que la “confianza pública en la Justicia es un elemento fundamental para construir una sociedad más equitativa, respetuosa de la ley, de los derechos de todos y apta para el desarrollo económico y social”.

Indicaba además que, para lograr esa confianza social en la Justicia, “es imprescindible facilitar a todos, y particularmente a los más pobres, el acceso a la justicia, desterrar la impunidad y las situaciones de privilegio; lograr su completa independencia de los otros poderes; asegurar la aplicación de la ley de modo igualitario, y mejorar su eficiencia.” Eran los grandes objetivos consensuados en aquel enorme esfuerzo de diálogo que convocó a tantas personas e instituciones argentinas. Avanzaba también algunas propuestas concretas para facilitar el acceso a este servicio esencial y la despolitización del sistema judicial. En ese sentido, lo que señalaba sobre la reforma de la justicia no podía separarse de lo propuesto para la reforma política.

Compromiso desde la fe

El “Diálogo Argentino” mostró que, en un momento crítico de fuertes tensiones, los argentinos pudimos pensar juntos el futuro común. Después, los vientos amainaron, y todo quedó archivado. Otra historia. De todas formas, este ejercicio de la memoria me permite algunas preguntas: ¿Tenemos los católicos argentinos que seguir interesándonos por la justicia secular y su complejo funcionamiento? ¿Debemos preguntar por la validez y oportunidad de esta iniciativa del presidente Alberto Fernández?

Como discípulos de Cristo, los católicos estamos llamados a tomar parte activa en la edificación de la mejor justicia posible. La fe nos aporta motivos, luces y, sobre todo, la energía inagotable de la esperanza, especialmente valiosa cuando se trata de empresas arduas. Eso sí, cada uno, según su vocación y misión propias. Los pastores no podemos abordar las cuestiones formales y técnicas. Nos compete alentar el compromiso laical, sobre todo, de quienes poseen ciencia y competencia en esta materia. La voz laical de la Iglesia, todo lo ricamente pluriforme que es, tiene que hacerse sentir en el debate público.

Consensos para una reforma verdadera

Caben pocas dudas sobre la necesidad de una verdadera reforma de la justicia en Argentina. Justamente por eso, es legítimo preguntarse por la oportunidad de la iniciativa. La emergencia sanitaria, con su alto grado de incertidumbre, nos ha puesto ante otras urgencias más primarias: la salud y la subsistencia. Es cierto que nunca tendremos escenarios ideales. Una discusión responsable nos obliga a preguntarnos si están dadas, al menos, las condiciones suficientes. Somos además una sociedad con fuertes tensiones internas. Nos cuestan el diálogo y los consensos. Y, cuando se dan, resulta difícil sostenerlos en el tiempo. En materia tan sensible lo óptimo sería el acuerdo más amplio posible. Lo cierto es que el proyecto de reforma está sobre la mesa. Las consultas deberían ser amplias, los diálogos francos y los procedimientos muy transparentes. Para culminar en un debate parlamentario de altura, acompañado por una sociedad interesada y crítica. Una victoria de un sector sobre otros sería, en esta cuestión, una derrota de todos.

Buscando alguna luz en la enseñanza social de la Iglesia, podemos repasar lo que san Juan Pablo II decía, en Centessimus annus, sobre el aprecio que la Iglesia tiene por la democracia, su núcleo ético y su modo de estructurar la sociedad en tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Al respecto señalaba: “Tal ordenamiento refleja una visión realista de la naturaleza social del hombre, la cual exige una legislación adecuada para proteger la libertad de todos. A este respecto es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del «Estado de derecho», en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (CA 44). En la delicada arquitectura de la democracia, la justicia es una pieza clave.

Si a este aspecto teórico, por llamarlo de alguna manera, añadimos la preocupación bien concreta por la impunidad de la corrupción, el anhelo ciudadano de una justicia independiente, efectiva y despolitizada añade nuevas y fundadas razones para estar atentos. La sospecha de que esta iniciativa busca nuevas impunidades para viejos vicios de la política merece ser atendida. Esperar que podamos solucionar otros problemas (por ejemplo, económicos o sociales), para recién entonces interesarnos de la corrupción es no comprender cómo realmente funciona la sociedad. Sin instituciones republicanas sólidas, la arbitrariedad hace cada vez más difícil erradicar el mal de la corrupción. Así, la pendiente hacia la pobreza se vuelve más empinada, como lamentablemente venimos experimentando los argentinos.

Una reforma en serio de la justicia es verdaderamente cosa de todos: “res nostra” “res publica”.