¡Dejémonos arrastrar por la fuerza de Cristo!

Homilía en la Catedral de San Francisco, Miércoles de Ceniza 2020

Con la bendición e imposición de las cenizas comenzamos a transitar el camino de la Cuaresma.

Es el camino de Jesús hacia la Pascua.

Él va delante. Nosotros detrás, traccionados por su mismo impulso.

¡Dejémonos llevar!

Seamos como esos ciclistas que, con una mezcla de osadía e imprudencia, pedalean fuerte detrás de algún vehículo mayor, más ágiles por la tracción generada.

*     *    *

Mientras recibimos las cenizas, el ministro nos invita a la conversión, invitándonos a creer en el Evangelio sin olvidar nuestra radical pobreza: ¡Conviértete y cree en el Evangelio! ¡Recuerda que eres polvo…!

Somos pecadores. No solo limitados.

Tenemos el corazón dividido y herido.

Nos habita una fuerza disruptiva: el pecado y el peso del egoísmo que brota de él.

Es como una fuerza centrífuga que, dejada libre, todo lo destruye y dispersa: a nosotros, a quienes nos rodean, a aquellos que amamos, a la misma creación…

Allí radica, misteriosa y seductora, la raíz de toda forma de violencia, de injusticia y de deshumanización.

*     *    *

¡Dejémonos arrastrar por la fuerza centrípeta de Jesucristo y su Pascua!

¡Sólo Él sabe cómo curar nuestras heridas! ¡Sólo Él llega hasta el fondo, a la raíz de nuestros pecados!

Ha venido a nosotros, tomando nuestra propia condición y experimentando en ella todos nuestros límites. Sabe de qué barro estamos hechos…

En la Pascua de su pasión, muerte y resurrección ha liberado la fuerza más poderosa, la que viene de Dios y es la única que sana y salva: el amor de misericordia que se hace perdón de los pecados.

Somos pecadores, pero pecadores perdonados.

El perdón ha venido a nosotros, camina con nosotros, está al alcance de nuestra mano.

Es Jesucristo, el rostro del perdón y la misericordia del Padre.

En el camino cuaresmal, hacemos penitencia para que nuestro corazón herido se quiebre de amor y, de esa manera, deje circular libremente el poder sanador del perdón divino.

*     *    *

Recogiendo la palabra del Señor, la Iglesia nos invita al ayuno, la oración y la limosna.

Son la expresión visible de ese espíritu de penitencia y conversión que el mismo Espíritu Santo está alentando en nosotros.

¡Seamos animosos!

¡Experimentemos juntos la alegría de volver a Dios, de dejarnos renovar por su perdón y, de esa manera, ser más humanos, más hermanos!

¡Acerquémonos al sacramento de la Penitencia! ¡Es Cristo el que nos espera para abrazarnos!

¡Buena Cuaresma para todos!

“Con Jesús, dejémonos llevar hacia la Pascua"

Primera Carta Pascual 2020

San Francisco, 23 de febrero de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.” (Lc 9, 51).

También nosotros pongámonos en camino hacia la Pascua. La celebraremos el domingo 12 de abril. Es el corazón del año litúrgico, porque es el corazón de nuestra experiencia cristiana de Dios: él es el Padre que resucita a Jesús y nos comunica su Espíritu. La Pascua marca el ritmo y el tono de nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua eterna.

Se me ha ocurrido dirigirles cuatro Cartas pascuales que nos ayuden a realizar este camino. Y a hacerlo como hermanos, como familia diocesana.

Sería bueno que las aprovecharan en los Consejos Pastorales y otros espacios comunitarios. Contienen preguntas inspiradoras, pero también pueden despertar otros interrogantes que nos ayuden a profundizar nuestra respuesta personal y comunitaria al Señor que nos llama a caminar con él. 

Esta primera se enfoca en la Cuaresma. Seguirá una para Semana Santa; una tercera para vivir la Cincuentena Pascual; y, finalmente, otra para Pentecostés.

*     *     *

La Cuaresma es el camino de Jesús. Él va delante, abriendo el sendero y, de alguna manera, traccionándonos con la fuerza de su Espíritu. Dejémonos llevar.

¿Hacia dónde camina Jesús?

Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén. San Lucas usa una hermosa expresión: en Jerusalén, Jesús “será tomado y llevado” hacia lo alto. Como Elías, será arrebatado por un torbellino de fuego y llevado al cielo. (cf. 2 Re 2, 11). Ese fuego es el Espíritu del Padre que lo impulsa a cumplir su misión. Será la hora del “amor hasta el fin”, de “pasar de este mundo al Padre” (cf. Jn 13, 1). La Cuaresma es la invitación a sumarnos a ese camino de Jesús que vuelve al Padre. Por eso, al recibir las cenizas, se nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Es la señal para animarnos a caminar hacia la Pascua, animados por el mismo fuego del Espíritu.

¿Qué fuerzas nos arrebatan realmente? ¿Qué fuego está ardiendo en nosotros en este momento? ¿Es el de Jesús o son “otros fuegos”?

¿Qué lo motiva a emprender ese camino?

San Lucas nos da una pista. Dice que Jesús “se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. El Padre lo llama y el Espíritu lo impulsa. No se queda pasivo. Jesús madura la decisión personalísima de cumplir su misión. Es el misterio que contemplaron sus discípulos tantas noches de vigilia y oración: el Hijo se abre, en el Espíritu, al Padre. María también lo había tenido que rumiar en su corazón cuando, con José, escuchó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). A Jesús lo mueve el amor del Padre que quiere salvarnos. Trae ese motivo desde el seno de la Santa Trinidad: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Es el amor del Buen Samaritano que se hace cargo del que está herido en el camino. Su trabajo es el mismo del Padre: acoger, hacerse cargo, sanar, resucitar …

¿Cómo andan nuestras motivaciones? ¿Qué nos mueve realmente desde dentro? ¿No necesitamos que Jesús, con su Espíritu, evangelice un poco nuestras motivaciones más hondas?

¿Con quiénes camina Jesús?

Salvo cuando manda a los discípulos a misionar, Jesús nunca está solo (cf. Mc 6, 14-29). Desde el principio, busca compañeros de camino. Es que viene del seno de la Trinidad que es familia. Trae ese fuego al mundo. Jesús crea fraternidad, clima de familia y comunión. Del corazón del Padre trae esa pasión de buscar a los perdidos, de curar a los enfermos, de acariciar a los niños y de sentar a la mesa a los descartados. Su gesto más hondo es el perdón que ofrece a los pecadores. Sin olvidar su poder de liberar a quienes sufren toda forma de deshumanización. Ahí está “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (Lc 8, 2). Las escenas más entrañables del Evangelio son esos encuentros de Jesús. Esta Cuaresma vamos a escuchar tres de esos encuentros: con la samaritana (el tercer domingo: Jn 4, 5-42), con el ciego de nacimiento (cuarto domingo: Jn 9, 1-41), y con los hermanos de Betania en la resurrección de Lázaro (quinto domingo: Jn 11, 1-45).

En Cuaresma, Jesús camina con nosotros y, con nosotros, quiere seguir yendo al encuentro de los pobres. ¿Somos realmente una Iglesia diocesana pobre y para los pobres, como tantas veces dice el Papa Francisco? El ayuno, la oración y la limosna cuaresmales nos animen a estar más disponibles para nuestros hermanos y hermanas.

¿Cómo camina Jesús?

Ya lo vimos: Jesús inicia su camino con una decisión libre, firme y bien pensada. Así seguirá caminando. Vuelve una y otra vez, en su oración a esa decisión de vida. Es que allí encuentra al Padre, se deja colmar por el Espíritu y se siente, una vez más, enviado a sus hermanos y hermanas, a los pobres, a los pecadores. Ni siquiera la creación es excluida de esta decisión del Señor. Él la renueva, cada día, ante cada persona y cada acontecimiento. Cuando llegue a Jerusalén, sin embargo, habrá un momento en que está opción se hará gesto sacramental: será en el Cenáculo y tomará la forma de pan que se parte y una copa que tiene que pasar de mano en mano. Jesús camina con confianza, con mansedumbre y con alegría. Una alegría desbordante, creciente y que resiste incluso las pruebas más duras. Porque, en su camino, Jesús experimentará momentos de intensa prueba: la dureza de corazón y la ceguera de sus enemigos, la torpeza de sus discípulos que no terminan de entenderlo y la superficialidad de las multitudes. Sin embargo, la mirada fija en el Padre y el soplo consolador del Espíritu lo mantienen en el camino iniciado.

¿Qué estamos haciendo con la alegría del Evangelio que el Señor nos ha confiado? ¿Caminamos con entusiasmo, compartiendo nuestra esperanza y nuestra alegría? ¿O, por el contrario, nos hemos dejado ganar por la amargura y el derrotismo?

*     *     *

Hasta aquí mis reflexiones para esta primera Carta pascual, a las puertas de nuestro “itinerario hacia la luz pascual”, como dice la Liturgia. Espero sinceramente que nos ayuden a todos.

La liturgia cuaresmal posee una enorme riqueza: los textos de las Escrituras y las oraciones, tanto del Misal como de la Liturgia de las Horas. Alimentemos con ellos nuestra oración de cada día y nuestro deseo sincero de conversión y reconciliación.

El Señor nos espera, con su perdón y su paz, en el sacramento de la Penitencia. Prepararemos así la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia Pascual. Es nuestra vida la que se renueva en Pascua.

Cerca de Semana Santa volveré a escribirles. El Señor está caminando hacia la Pascua. Vayamos con él, dejándonos arrebatar por su Espíritu. Nos espera la resurrección y la vida.

Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva

Abrahám: el caminante que vive de una promesa

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de febrero de 2020

El relato de Babel nos ha dejado un sabor amargo: los hombres ¿estamos condenados a no entendernos? ¿Es nuestro destino la dispersión, amargados y solitarios? Al parecer, la única forma de encuentro es el conflicto, y este hasta la muerte. O unos u otros.

Pero, ya lo dijimos: la puerta a la esperanza está abierta. Y será el mismo Dios el que trasponga su umbral y dé inicio a una historia nueva. Y lo hace con Abram, a quién llamará: Abrahám. Ese cambio de nombre (como tantos otros en la Biblia) es una buena señal de hacia dónde va la historia.

Con la de Abram/Abrahám comienza la historia de eso que llamamos fe. ¿Cómo describirla? Si en esta semana tenemos tiempo y ganas (sobre todo, ganas), busquemos en el libro del Génesis el ciclo de Abrahám: Gn 12-25, 18.

Gn 12, 1-4: “La vocación de Abram”

“Abram partió, como el Señor se lo había ordenado…” (Gn 12, 4).

La fe nace de una palabra que llega, de repente, trastoca todo lo que hasta ese momento da certeza y seguridad. En este caso, a un hombre anciano, sin descendencia.

Es además una orden perentoria con una promesa incierta: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.” (Gn 12, 1-2).

Lo decisivo no es la promesa -inmensa, por cierto- sino quien la realiza: el Dios vivo que, a partir de ahora, será el Dios de las promesas. Entregarse a Él, confiándole todo y dejándolo todo, es el núcleo ardiente de esa actitud que ha de confundirse con la misma vida.

La fe es una vida que se asume como riesgo en el mismo instante en que se renuncia a ser dueño de ella, pues se le confían las riendas de la propia existencia a Aquel al que se lo reconoce como Señor.

La fe, a la medida de Abram, es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. De ahí que, cuando una persona comienza a comprender lo que realmente significa “creer”, un vértigo cercano al pavor es una experiencia irrefrenable.

Pero, precisamente, si en estas circunstancias, el aprendiz de creyente se confía a la palabra que recibe y, como Abram, se pone a caminar, comienza a comprobar que esa promesa es lo más valioso de su vida. Y que posee una fuerza inaudita para vencer todos los miedos que abruman al corazón humano. El que cree, como Abram, resucita a la vida.

Los creyentes de todos los tiempos -judíos, cristianos y hasta musulmanes- nos reconocemos deudores de Abrahám, el padre de todos los creyentes. Su fe sigue moldeando la nuestra e inspirando su camino.

Si queremos comprender nuestra fe tendremos que seguir hablando de Abram.

Oda al párroco

Compartamos esta “Oda al párroco” escrita por el arzobispo de La Plata, Víctor Manuel Fernández. Es un texto poético que va desgranando, con belleza y profundida, la misión de nuestros pastores.

A medida que lo vayamos leyendo podrá convertirse también en oración agradecida y suplicante por nuestros párrocos, vivos y difuntos. Amén

Oda al párroco

+ Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata

Para un cura no hay nada más lindo que ser párroco.

Un párroco es un hombre tomado por Dios que sabe que sin él nada puede y que el Señor es el destino final de su vida.

Un párroco es un enamorado de Jesucristo, que tiene la certeza de que la amistad con él ya no tiene vuelta atrás.

Un párroco experimenta, a veces con dolor, a veces con emoción, que es una vasija de barro que el Espíritu Santo quiso llenar y desbordar a pesar de sus límites y miserias.

Un párroco sabe que cuando las cosas le van mal puede correr a los brazos de la Virgen de Luján, que en ese momento no mirará sus errores y caídas sino a su hijo que la necesita. Así, desde el corazón de la Madre, aprende él mismo a ser siempre misericordioso.

Un párroco no es un solterón. Para él está muy claro que tiene una esposa que le reclama, que lo reta, que lo necesita, que lo estimula, que lo quiere y lo siente suyo a pesar de todo. Porque desde que llega a una comunidad sabe que ha nacido una alianza de amor con ese pueblo de Dios.

Un párroco entiende cuando alguien llora por amor, porque él también ha llorado a veces su soledad. Comprende cuando una madre sufre por sus hijos porque él muchas veces se sintió impotente cuando intentó ayudar a otros. Percibe lo que otro siente cuando no puede cumplir sus sueños, porque él también tiene sueños grandes y muchas cosas le salieron mal.

Pero un párroco es un hombre que siempre sale adelante, porque está peregrinando con su comunidad en medio de las pruebas y angustias de esta vida. Sufre con ellos, llora con ellos, espera con ellos. Y muchas veces ellos lo empujan y lo llevan para que no se quede. Mientras tanto, une con cariño sus dolores a los de Cristo crucificado y los ofrece por su comunidad. Porque sabe que así su sacerdocio siempre será fecundo.

Y lo más lindo de ser párroco es experimentar que uno siempre es padre, amigo, compañero, uno del barrio, alguien que tiene su casa entre el pueblo como uno más, sin pretender destacarse, pero seguro de entregar un milagro permanente.

Porque Cristo lo ha tomado con su Palabra, porque él se hace alimento entre sus dedos, porque a través de él el Espíritu Santo se derrama como agua, como aceite perfumado, como sencilla bendición que ayuda a su pueblo a seguir adelante.

El párroco es también un contemplativo de la belleza que siembra el Espíritu Santo. Está atento a la vida de su gente y admira tantos gestos de generosidad, tanta entrega, tanta paciencia, tanta lucha, tanta fe del pueblo de Dios. Y contempla el nuevo nacimiento en cada bautismo, el corazón que se renueva en cada reconciliación, la vida que se eleva a Dios en cada Eucaristía. Y contempla a los niños que crecen, a los jóvenes que se enamoran, a los abuelos que se van yendo de a poco.

La vida del párroco no tiene desperdicio, siempre que viva un sincero orgullo por el don que Dios le ha dado y no pretenda ser feliz con lo que le ofrece este mundo vano.

Aunque le duelan sus errores, sus caídas, sus faltas de generosidad, sabe que su fuerza está en un regalo gratuito. Porque Dios lo eligió, lo llamó y lo consagró porque sí, porque a él le dio la gana.

Así, sabiéndose tan querido, seguro de no tener más mérito que el amor que Dios le tiene, se levantará de nuevo mil veces, y aunque sea con lágrimas en los ojos volverá a gritarle al Señor: ¡Gracias Dios mío por ser sacerdote!

Babel

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de febrero de 2020

“Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».” (Gn 11, 4).

Vayamos despacio. No condenemos apresuradamente la ambición del proyecto. Lo que tiene de desmesura se apoya en un impulso que Dios mismo ha puesto en el corazón de la humanidad. Somos imagen y semejanza de Dios. Llevamos la chispa de su vida, de su misma pasión, en nosotros. Somos pulsión hacia delante. Somos esperanza. Nuestros ojos están hechos para mirar lejos. Y también más allá nos llevan nuestros pasos.

La chispa, sin embargo, se transforma en fuego devastador cuando la soberbia se vuelve el impulso dominante. La criatura se contrapone al Creador y pretende erigirse en dios para sí y para los demás. Los lectores del relato piensan tal vez en la gran Babilonia (¿por eso Babel?) que, con soberbia y orgullo, somete y humilla a los pueblos y ciudades, entre ellas: Jerusalén. Hoy podríamos pensar, quizás, en lo que acaba de señalar el Papa Francisco sobre la depredación de la Amazonia que afecta, a la vez, al ecosistema, a los seres humanos y a los pueblos.

¿Y Dios? ¿Qué hace? “Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».” (Gn 11, 5-7).

La narración no se priva de un poco de humor: en definitiva, por más empuje de la soberbia, la torre no llegó al cielo. Dios tiene que bajar para poner las cosas en orden… o en desorden. El relato termina con la confusión de los ambiciosos constructores.

¿Eso es todo? ¿Todo es confusión y división? No perdamos el horizonte. Los primeros once capítulos del Génesis (que lo son también de toda la Biblia) preparan el escenario. Dios no abandona su creación, como decíamos el domingo pasado. Es cierto que, de Adán a Babel, pasando por las manos asesinas de Caín, el mal parece crecer en toda la tierra.

La gran historia está a punto de comenzar. Es la historia de cómo Dios realmente baja y se hace compañero de camino del hombre. Y es la historia de la fe como el espacio que Dios mismo se abre en el corazón del hombre para transformar, desde dentro, toda su creación.

El escenario está preparado y la aventura de la fe está a punto de comenzar. Ya llega el amigo de Dios: Abrahám. Será una bendición para todos: de sus entrañas, al cabo de una paciente espera, nacerá Jesús, el Cristo.

La felicidad de Bernardita es de otro mundo

Mi columna el programa “Palabras del Reino” de Radio Estación FM 102.5

La felicidad de Bernardita es de otro mundo

En definitiva, Bernardette Soubirous siempre fue feliz. Muy feliz. Y eso, a pesar de las privaciones e infortunios de su familia.

Eran pobres, con un papá sin trabajo y, como tantas otras familias pobres de su pueblo y de su tiempo, marcados por diversos sufrimientos y enfermedades.

Pero, Bernardita era feliz. Se siente amada por sus padres y hermanos.

Y ese amor no solo no desaparecerá, sino que, después de la experiencia extraordinaria de haber sido visitada por la madre de Dios, esa felicidad se acrecentará y le dará a su vida un tono de bienaventuranza que la acompañará hasta el final de su vida mortal.

¿Qué sentido tiene entonces estas palabras que la Virgen le dirige: “No le prometo hacerle feliz en este mundo, sino en el otro”?

No pensemos solo en la bienaventuranza definitiva solo se alcanza en el cielo. Tampoco en que, en esta vida mortal, Bernardita -como tantos otros- tuvo que pasar por diversas formas de prueba y sufrimientos.

El sentido es otro: aquí, en este mundo concreto y real en el que transcurre nuestra vida, también marcado por injusticias y dolores, ya aquí está despuntando el otro mundo, aquel que alcanza su plenitud en el cielo: es el mundo transfigurado por el amor de Dios que conquista los corazones y, ya ahora, en medio de límites, comienza a despuntar con toda su luz y su consuelo.

Por eso, Lourdes quiere decir: cercanía a los que sufren, compasión y servicio a los enfermos y postrados.

Son esos gestos de amor y de servicio los que hacen despuntar, aquí y ahora, el Reino de Dios que será nuestro gozo definitivo en el cielo.

No. La maldad, la violencia y la corrupción no tienen la última palabra, aunque, en ocasiones, su poder aparezca abrumador.

El “otro mundo” -el del Dios amor, el de la compasión de Cristo y el de la suavidad del Espíritu- está realmente presente en nuestro mundo, crece silenciosa pero firmemente y… en definitiva es el mundo verdadero.

¿Y si vos y yo nos sumamos a ese mundo?

Católicos argentinos y democracia

La mayoría de los católicos argentinos -laicos, pastores y consagrados- nos sentimos cómodos con el núcleo ético de la cultura democrática: la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.

De este ethos se desprenden en un desarrollo armónico otros principios fundamentales: el estado de derecho con el imperio de la ley, especialmente de la constitución, y no la arbitrariedad de quien detenta ocasionalmente el poder; las elecciones periódicas libres que expresan la soberanía del pueblo, la división de poderes, especialmente el respeto por la justicia y su independencia.

En el corazón de la cultura democrática está el diálogo ciudadano que se asienta en el respeto de la subjetividad de cada uno reconocido como un semejante (en cristiano: un hermano o hermana), y hace culto del debate de ideas, especialmente vigoroso cuando hay disenso y divergencias. El diálogo busca los consensos posibles basados en la búsqueda de la verdad y del bien, aquí y ahora. Es una pretensión fuerte, pero es la única que llega a hacer realmente justicia del significado profundo de la convivencia ciudadana en el seno de un pueblo y de una nación. De ahí el lugar irreemplazable del Parlamento, tanto a nivel nacional como provincial y municipal. Pocas cosas como el desarrollo de leyes justas supone el arte de dialogar, acordar y preparar el futuro.  

“Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana”, escribía San Juan Pablo II en el nº 46b de su gran encíclica de 1991: Centessimus annus. Esta afirmación expresa apretadamente el punto de vista católico sobre la democracia y es el punto de partida de la aportación específica que los católicos damos a la vida y cultura democrática de nuestro país. 

Por eso, en cada debate público, no solo vamos a participar haciendo uso de todos los medios legítimos que la ley pone a disposición de los ciudadanos, sino que vamos a hacerlo a conciencia, aportando a la discusión nuestros específicos puntos de vista: no hay justicia ni libertad sin verdad y no se puede edificar la justicia sin respetar la libertad y la conciencia de las personas.

El humanismo cristiano de la tradición católica, como también otras grandes tradiciones culturales y espirituales presentes en Argentina, es una de las fuerzas que, desde dentro, viene fecundando la vida de nuestra Nación. Nos sentimos responsables de hacer que siga dando frutos de humanización para nuestra sociedad, ante los desafíos nuevos que hoy vive nuestra Argentina.

En el corazón de la propuesta de vida del humanismo cristiano está Cristo, el Verbo encarnado, y su Evangelio iluminando la verdad de la persona humana en todas sus dimensiones, en su camino terrenal y en su destino eterno.

Estamos convencidos que es una propuesta de vida buena, noble y bella que no solo ilumina la vida de las personas y las familias, sino que proyecta su luz sobre todo el entramado de relaciones que constituyen la vida social de nuestro pueblo.

Esa luz es también una poderosa fuerza para contener las amenazas que siempre penden sobre la vida humana: el egoísmo y la injusticia, la mentira y la corrupción, la desesperanza y el miedo, el resentimiento y toda forma de violencia. Por eso, toda causa justa nos encontrará dispuestos a sumarnos a la lucha nunca acabada por la justicia, especialmente del lado de los más vulnerables.

Nos sentimos responsables de que esa luz siga brillando e iluminando nuestra vida como pueblo. El Evangelio, vivido y predicado, es un bálsamo, un remedio y una fuerza poderosísima para curar toda enfermedad, superar toda grieta y perseverar en la edificación del bien común.

*     *     *

Hoy por hoy -lo vemos en otras partes, pero también entre nosotros- la democracia vive una profunda crisis. Es lógico que así ocurra: supone una sociedad compuesta de ciudadanos libres que, cada día, estamos desafiados a optar por el bien, la justicia y la verdad. Y lo hacemos en medio de circunstancias concretas, las más de las veces oscuras e inciertas. No hay sociedades perfectas. Tampoco programas y dirigentes perfectos. Cada uno de nosotros aprende a partir de sus propios errores. Mucho más en una sociedad que se hace cada día más compleja y plural.

Una de las razones de esta crisis, como muchos señalan, es el divorcio entre las élites y la vida cotidiana de los ciudadanos, especialmente cuando no termina de concretarse una real mejora de las condiciones de vida y crece exponencialmente la desigualdad. Como acaba de señalar el Papa Francisco: “El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan a nuestro alrededor”.

La tentación de tomar atajos, de confiar en propuestas simples y en líderes iluminados es demasiado fuerte. La incertidumbre instala el miedo en el corazón y este puede llegar a desatar los mecanismos de la violencia y la exclusión. Conocemos bien las sugestiones del autoritarismo que promete lo que en definitiva termina quitando: vida, libertad y dignidad.

Aunque minoritarios, algunos sectores cristianos hoy parecen fuertemente tentados de esta fuga hacia el fundamentalismo y el integrismo. La tentación de líderes providenciales que prometen instaurar el “orden cristiano” forma parte de esta tentación. Ocurrió en el pasado, parece estar pasando también hoy, al menos en otras latitudes, algunas no tan alejadas de nosotros. Estemos atentos.

*     *     *

Necesitamos darle nuevo vigor a nuestra pasión por el bien común, a las instituciones y organizaciones que dan cauce a nuestra vida social y, también, a la política como servicio eximio al bien integral de todos los ciudadanos. Tenemos el desafío de vencer, en cada uno, el temor que nos lleva al encierro egoísta del “sálvese quien pueda” y reavivar el fuego del amor de Cristo en nuestros corazones. Si no lo hacemos, los pobres y vulnerables van a seguir perdiendo y, llegará un momento, en que todos habremos perdido humanidad. La historia trágica del mundo y nuestra propia experiencia argentina nos advierte de ello.

Ojalá todos tomemos nota. Es, sin embargo, una responsabilidad particularmente exigente de los que tenemos algún rol dirigente en la sociedad, de manera particular quienes conforman las élites políticas. Tengo la fuerte impresión de que la mecha es cada vez más corta.

¿No es hora de sentarnos a la mesa con amplitud de miras, grandeza de alma y disposición real para escucharnos todos y madurar consensos de fondo para mirar el futuro? ¿No están resultando demasiado pequeñas nuestras metas? ¿Qué Argentina pretendemos dejar a las nuevas generaciones que están creciendo y que vendrán detrás de nosotros?

*     *     *

Vuelvo al principio: muchos católicos (tal vez, la mayoría), no solo nos sentimos cómodos con este ethos de la cultura democrática, sino que consideramos que una sociedad abierta, libre y plural es el ambiente propicio para que una propuesta de vida como la del Evangelio lleve luz y felicidad a los corazones de las personas. Nos sentimos en nuestra propia casa, como peces en el agua.

Sentirnos cómodos con el núcleo ético de la democracia no quiere decir que estemos conformes con sus concreciones históricas. Al contrario, como muchos otros conciudadanos argentinos, somos conscientes no solo de sus límites, sino que la causa de ellos está en la corrupción que anida en el corazón y en las estructuras de pecado de nuestra vida social y política. Este inconformismo, iluminado por la enseñanza social de la Iglesia y alimentado por la pasión por el bien de todos, especialmente de los más pobres, es capaz de generar un compromiso más fuerte con la lucha por la justicia.

Hemos aprendido dolorosamente que el Evangelio, especialmente la enseñanza social que se desprende de él, no se puede imponer coactivamente por medios políticos, pero tampoco puede dar lugar a la indiferencia y a otras formas de quitarle el hombro al desafío del bien común.

La semilla del Evangelio tiene fuerza propia, crece en la tierra siempre buena de la libertad.

Y, si de muestra bien vale un botón, aquí propongo uno de los más bellos ejemplos: José Gabriel del Rosario Brochero, argentino cordobés, cristiano cabal, sacerdote hasta los huesos y ciudadano motor de otros en la construcción de proyectos de futuro, pensados y llevados a cabo con grandeza de alma y amplitud de miras. Es un ejemplo salido de la Argentina profunda. Es uno, pero no el único. Gracias a Dios.

Él es encarnación viva del humanismo cristiano.

La fe es como el arca de Noé

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de febrero de 2020

De los relatos que componen los primeros once capítulos del Génesis, el del diluvio universal es uno de los más fascinantes. Vale aclarar que, antes que una crónica histórica o una página de ciencias naturales, se trata de una narración profética que busca echar luz sobre el presente. Solo cuando nos acercamos a esta página bíblica con esa avidez de luz, esta libera toda su potencia reveladora.

Estos capítulos del Génesis están tejidos con los hilos de distintas tradiciones. Una de ellas acentúa la corrupción del mundo. Es portadora de un hondo pesimismo. Llega incluso a decir que, al ver el abismo de mal en que el hombre ha caído, Dios ha llegado a arrepentirse, desilusionado de su propia creación (Gen 6, 5-6). Una afirmación terrible.

Pero, de repente, otra mano invisible hace aparecer al bueno de Noé. Y, a partir de esa aparición que parece contradecir la anterior, el narrador bíblico saca adelante una historia de esperanza que nos entregará la imagen de la paloma de la paz, inmortalizada, entre otros, por el gran Picasso.

La inclinación del corazón humano al mal es demasiado real como para que no le prestemos atención. Es verdad, pero no toda la verdad. Noé, su familia y su arca vienen a nuestro encuentro, navegando por encima de las aguas torrenciales e intimidantes de nuestros desaguisados.

El arca que Dios le mandó construir navega las aguas impiadosas del diluvio. Es un poderoso símbolo que nos habla, a la vez, de la fragilidad de la vida humana, pero también de la potencia oculta que, una y otra vez, la hace resurgir del abismo de la muerte. Es, por lo mismo, figura de la fe.

Un detalle simpático y tierno a la vez: cuando Noé, los suyos y todos los animales han entrado en el arca, escribe el narrador: “Y el Señor cerró el arca detrás de Noé” (Gen 7, 16). Añade más adelante: “Entonces Dios se acordó de Noé y de todos los animales salvajes y domésticos que estaban con él en el arca. Hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas empezaron a bajar…” (Gen 8, 1). 

Es decir: la última palabra nunca la tiene la maldad o la corrupción que anida dentro de nuestro corazón. Dios ama su creación y no la abandona jamás. Por eso, conduciendo los hilos misteriosos de la historia sabe abrir nuevas posibilidades y, cuando todo parecía sumergido por la devastación de las aguas, es capaz de crear la belleza del arco iris como símbolo de su amor fiel por su creación.

Cuando el que aparezca sea Jesús (del que Noé es profecía), este mensaje tomará su cuerpo y su sangre, se lo llamará Evangelio y tendrá la figura de la Pascua.

Los sueños de Fernando

Columna en el Programa “Palabras del Reino” de Radio Estación 102.5 de San Francisco – Martes 4 de febrero de 2020

Los sueños de Fernando

La mamá de Fernando Báez Sosa, el chico asesinado en Villa Gesell, encontró un papel escrito a mano por su hijo, en el que anotaba trece propósitos para su vida.

Graciela, ese es el nombre de la mamá de Fernando, lo ha hecho público.

Vale la pena leerlos con atención y respeto.

Quienes creemos en Jesucristo, en ese elenco que Fernando escribió a mano alzada, intentamos leer también lo que Jesús escribe en la vida de todos.

Estos son los sueños de Fernando:

  1. Participar del proyecto “Servir” (un plan solidario en el que se ayuda a reacondicionar escuelas públicas).
  2. Afianzar mi grupo de amigos y mantenerlo.
  3. ​Siempre ser como soy con todos. Mostrarme como soy.
  4. Madurar con mi decisión universitaria.
  5. Terminar el secundario como me hubiera gustado.
  6. Seguir con la carrera y que me vaya bien.
  7. Viajar.
  8. Aprender a concentrarme más.
  9. Ahorrar.
  10. Dejar el celular.
  11. Apagar la computadora y la tele.
  12. Estudiar. ​
  13. Viernes de caridad. 

¡Todo esto es muy fuerte! ¡Muy movilizador!

¿Qué pensar? ¿Qué decir?

Solo quisiera añadir dos párrafos del Papa Francisco. Están tomados de su Exhortación Christus vivit en la que nos habla con profunda sabiduría del camino de los jóvenes en la fe.

Me hicieron mucho bien. Creo que a ustedes también. Aquí van.

“Tiempo atrás un amigo me preguntó qué veo yo cuando pienso en un joven. Mi respuesta fue que «veo un chico o una chica que busca su propio camino, que quiere volar con los pies, que se asoma al mundo y mira el horizonte con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y también de ilusiones. El joven camina con dos pies como los adultos, pero a diferencia de los adultos, que los tienen paralelos, pone uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Siempre mirando hacia adelante. Hablar de jóvenes significa hablar de promesas, y significa hablar de alegría. Los jóvenes tienen tanta fuerza, son capaces de mirar con tanta esperanza. Un joven es una promesa de vida que lleva incorporado un cierto grado de tenacidad; tiene la suficiente locura para poderse autoengañar y la suficiente capacidad para poder curarse de la desilusión que pueda derivar de ello»” (CV 139).

“Jóvenes, no renuncien a lo mejor de su juventud, no observen la vida desde un balcón. No confundan la felicidad con un diván ni vivan toda su vida detrás de una pantalla. Tampoco se conviertan en el triste espectáculo de un vehículo abandonado. No sean autos estacionados, mejor dejen brotar los sueños y tomen decisiones. Arriesguen, aunque se equivoquen. No sobrevivan con el alma anestesiada ni miren el mundo como si fueran turistas. ¡Hagan lío! Echenfuera los miedos que los paralizan, para que no se conviertan en jóvenes momificados. ¡Vivan! ¡Entréguense a lo mejor de la vida! ¡Abran la puerta de la jaula y salgan a volar! Por favor, no se jubilen antes de tiempo” (CV 143).

La equivocación de Caín

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de febrero de 2020

Vuelvo sobre el relato bíblico de Caín y Abel. Después del fratricidio, Caín comienza a caer en la cuenta de su crimen. “Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo…” (Gn 4, 13), confiesa con realismo a Dios que lo ha interpelado, preguntándole por su hermano.

Comentando esta frase en uno de sus Sermones, San Bernardo señala que Caín “no tenía razón” al hablar así. Y añade: “Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos los méritos de Cristo, porque no era miembro del cuerpo cuya cabeza es el Señor”.

Podríamos decir: esa fue la gran equivocación de Caín. Como lo será después la de Judas, el traidor.

¿Fuerza Bernardo el texto bíblico? No lo creo. Caín es una figura representativa de la humanidad. Como Adán, Eva y Abel. Caín soy yo, sos vos, somos cada uno.

En la medida en que no conocemos a Cristo, somos Caín abrumados por el peso de nuestros yerros y pecados. A eso apunta Bernardo: quien no sabe de Cristo está al borde del peor abismo, el de la desesperación de no saberse redimido.

Eso es precisamente la fe: encuentro con la persona de Jesús. Un Cristo que no es un mero personaje del pasado, sino una persona viva. En el encuentro con Él experimentamos el amor primero de Dios que, desde toda la eternidad, nos espera, nos busca y nos salva.

Por eso, para conocer lo que significa la fe tenemos que bucear en las experiencias de aquellos hombres y mujeres que no han podido separar sus vidas de la de Cristo. Porque Cristo vive en sus discípulos. Su Persona es inseparable de las personas de quienes lo reconocemos como Señor, sintiéndonos salvados por Él.

Dios no tira de la cuerda hasta ahogar a Caín. En definitiva, Dios no odia, ni busca venganza. Quiere justicia, la que solo se consigue cuando el pecador se arrepiente, hace penitencia y se redime.

Comienza a hacer despuntar sobre la vida del fratricida la luz mansa del Salvador. Tardará, pero esa luz tiene la suficiente potencia para ganar el corazón de todos los Caínes.

La trama de la Biblia está tejida con historias de muchos hombres y mujeres que, como Caín, han conocido el abismo de mal que son capaces de cavar con sus propias manos, precipitándose ellos con sus víctimas. Siempre (y “siempre” quiere decir: “siempre”), la misericordia de Dios se las ha arreglado para abrirles una puerta.

Y Dios -como enseña la vieja filosofía- es inmutable: no cambia en su modo de ser ni de obrar.

No demos a nadie por perdido para siempre.