Domingo de las bienaventuranzas – Misa por Emiliano Sala

¿Podríamos llamar a este domingo: “el domingo de las bienaventuranzas”?

Creo que sí. La primera lectura de Jeremías y el salmo responsorial nos acercan algunas de las bienaventuranzas que son como un hilo rojo en la urdimbre de la historia de la salvación que narran las Escrituras de Israel.

El salmo que hemos rezado es el primero del Salterio -el libro de la Biblia que nos enseña a orar- y se abre con una bienaventuranza:

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! 

Respondíamos así a Jeremías que exclamaba: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!” (Jer 17,7).

Las bienaventuranzas que salen de los labios y del corazón de Jesús abrevan en esta sustanciosa tradición bíblica. Jesús ha crecido escuchando, leyendo y rezando la Biblia.

Pero, marca una diferencia. Jesús siempre hace la diferencia.

Sea en la versión más espiritual de Mateo que en esta de Lucas, más concreta, directa e interpelante, Jesús hace un desplazamiento del acento: más que caracterizar la actitud de fondo del hombre piadoso, al ir repasando, una a una, diversas situaciones humanas (pobreza, sufrimiento, persecución, etc.), Jesús nos ayuda a comprender cómo ve Dios la realidad.

Las bienaventuranzas en labios de Jesús, pasando la mirada por la vida de los pobres y los que sufren, nos ayudan a comprender el corazón de Dios, sus sentimientos, de qué lado Él se pone siempre, cómo ve y cómo juzga la realidad que nos toca vivir.

Dios está siempre del lado más débil de la vida.

Por eso, no está conforme con el mundo que estamos construyendo los hombres.

El mundo tiene que cambiar. Tenemos que dar pasos para superar y dejar atrás toda situación de deshumanización, de llanto a causa de la injusticia o la corrupción.

No nos complacemos en la pobreza ni la romantizamos.

Este mundo tiene todo para que no haya un solo pueblo, una sola persona o familia indigente y pobre.

Dios quiere que los pobres salgan de la pobreza.

Dios está con el más débil y con todos los que suman sus fuerzas para luchar para que este mundo, tantas veces injusto y corrupto, sea casa común, hogar para todos, de manera particular para los más desfavorecidos.

En esa opción de nuestro Dios por la vida más herida, vulnerable y amenazada, sus hijos encontramos la fuerza que necesitamos para apostar también nosotros -siempre y especialmente en los momentos más duros- por la verdad, la belleza, la justicia y el bien.

*     *     *

Permítanme ahora, con todo respeto, poder decir:

Querido Emiliano, bienaventurado por tu vida, por tu recuerdo y por tu ejemplo.

Nos duele tu partida. Nos cuesta comprender tantos porqués que se multiplican en el corazón.

Nos quedamos en silencio delante de Dios, a sus manos te confiamos, como también el dolor de tus padres, hermanos, amigos y conocidos.

Escuchando a quienes te han conocido, aquí en “Proyecto Crecer”, en la escuela “Jesús de la misericordia”, antiguos compañeros, maestros y amigos; pero también escuchando el testimonio de quienes te han seguido en estos últimos años, nos ha sorprendido la unanimidad de sus miradas: hemos perdido a un tipazo, un chico bueno, respetuoso y que no se subió al pedestal. “Como lo conocimos acá, así siguió siendo también cuando lo alcanzó el éxito profesional”, ha comentado alguno de ustedes.

No podemos dejar de agradecer a tu familia -que hoy te llora- porque esa buena semilla la sembraron ellos.

En estos días, a través de las redes, he recibido algunos mensajes de personas de Nantes que, enterados de esta Misa por Emiliano, me han pedido que les transmita que están unidos a nuestra oración. Uno de ellos decía: “Los bretones tenemos el mismo corazón y fidelidad a los amigos”.

Personalmente me han conmovido las lágrimas del director técnico del Nantes: Vahid Halilhodžić.

Según hemos sabido, confió en vos cuando parecía que las expectativas depositadas sobre tu rendimiento no se iban a cumplir. Esa confianza de quien seguramente vio en vos lo que realmente eras y lo que llevabas dentro, seguramente te permitió arrancar y convertirte en goleador.

*     *     *

En este punto quisiera iluminar con el mensaje del Evangelio este momento que estamos viviendo: nos duele la partida de Emiliano, como nos duelen las muertes de demasiados niños y jóvenes, especialmente si violentas, absurdas o fruto de la corrupción humana.

Pero, no perdamos la confianza.

No nos dejemos ganar por el desaliento o la desilusión.

Dios está siempre con los que pierden.

Dios quiere que nuestro mundo cambie.

Y por eso nos envió a su Hijo, que entregó la vida.

Por eso, no deja de insuflar su Espíritu para que confiemos en Él y nos dejemos guiar por Él; para que no decaigamos en nuestra lucha por la vida, por sacarlos buenos a nuestros chicos, por apoyar y alentar sus sueños e ilusiones; por estar siempre con sus familias.

Queridos amigos de Crecer y del Jesús de la misericordia: estamos orgullosos del camino que transitan en nuestra comunidad sanfrancisqueña. Compartimos su dolor y queremos alentarlos a seguir caminando.

¡Bienaventurados ustedes que creen y confían en los jóvenes!

Los que consagran sus mejores energías para ayudarlos a desarrollarse como hombres y mujeres de bien, sea que triunfen como profesionales en el campo que sea, pero que, por encima de todo, lleguen al triunfo que más importa: el de la vida, aquel cuya corona y medallas es la propia humanidad lograda, la que nos permite decir: “Conocimos a un hombre bueno, noble y cabal; su paso por nuestras vidas nos ha ayudado a ser mejores personas”.

Amén.

Lourdes

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de febrero de 2019

Lourdes, Fátima, San Nicolás, Luján, etc. Todo muy lindo, pero la Virgen es una sola.

Así solemos razonar los curas. Y está bien. Es una verdad teológica de claridad diamantina.

Pero… Siempre hay un “pero”.

Llega el 11 de febrero, y la devoción a la Virgen de Lourdes se lleva puesto todo. Llueva o truene, haga calor o frío.

Hay algo en Lourdes que atrae, convence y seduce.

Obviamente se pueden dar muchas explicaciones, tanto sociológicas como teológicas. Las hay muy certeras y buenas. También necesarias para comprender nuestra propia humanidad: cómo funcionamos y, sobre todo, cómo somos los seres humanos.

Pero… Siempre un “pero”.

La razón última, me permito decirlo, tiene que ver con eso que llamamos la Providencia de Dios. O, si queremos, con la picardía de Dios, que es más sabia y certera que todas las sabidurías humanas, parafraseando a San Pablo.

En Lourdes, Dios toca los corazones. Y lo hace a través de esa “hermosa señora” como la describió Bernardita antes de saber que era “la Inmaculada Concepción”.

Allí, en Lourdes, junto al río Gave, en un delicioso y humilde pueblo de los Pirineos, Dios se ha mostrado con rostro de Evangelio. Una vez más. Y los pobres, los heridos, los buscadores lo han comprendido. Algunos, de inmediato. Otros, al cabo de un largo y fatigoso camino de búsqueda.

Lourdes es el agua cristalina que, a la vez, nos habla del Bautismo y también de la vida. Es agua que cura. En ocasiones, el cuerpo enfermo. Las más de las veces, la curación más difícil: el corazón herido por el desencanto.

Lourdes es, así, atención amorosa y gratuita al que sufre. Repito: algunos -los menos- reciben la curación física. Los más: aprenden a curar el corazón haciéndose cargo de sus hermanos heridos.

Lourdes es también el Rosario, el Evangelio al alcance de las manos, los labios y los dedos. Bernardita nos cuenta que, la primera vez que ve a la Señora, solo puede rezar el Rosario cuando ésta la acompaña. Mientras la joven reza, la Señora, sin mover los labios, pero con una sonrisa, repasa las cuentas de su propio Rosario. Me gusta pensar que, cuando rezo mi Rosario, vuelve a pasar eso.

Lourdes es también penitencia. Sí, a veces los gestos penitenciales extraordinarios: un ayuno, alguna otra privación. Pero, sobre todo, es aprender a sobrellevar con paciencia las adversidades de la vida, ayudando a cargar la cruz a nuestros hermanos. Es decir: seguir a Cristo por el camino de la humildad que, las más de las veces, aparece como humillación.

¿Por qué Lourdes toca así los corazones? Solo Dios lo sabe. Lo sabe y sonríe, porque así es el amor: sorpresa, gratuidad y, sobre todo, entrega sin reservas y sin pedir nada a cambio.

El lunes, después de la procesión y Misa en la Iglesia de “La Milka”, conversando con algunos vecinos, estos comentaban también divertidos: “el año próximo le vamos a pedir a la Virgen que, por fin,“La Milka” tenga cloacas”.

Del cielo a la tierra (y más abajo también), sin escalas. Eso también es Lourdes.

Creyentes sedientos de paz

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de febrero de 2019

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos -iguales por su misericordia-, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

Así comienza la Declaración “La fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmada días pasado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.

Al llegar a los Emiratos Árabes Unidos, Francisco se había presentado a sí mismo como un “creyente sediento de paz”. Iba tras las huellas de su homónimo de Asís que, ochocientos años antes, hacía un recorrido parecido para encontrarse con el Sultán Melek-el-Kamel en El Cairo.

No nos perdamos en evocaciones históricas o nombres. Vamos al hueso de la cuestión, porque nos toca a todos. Obviamente, de manera particularmente incisiva a los creyentes.

Un cuestionamiento recurrente a las religiones monoteístas es que, desde el núcleo de su fe, son fuente de violencia, intolerancia y autoritarismo. De ahí la relevancia de que estos dos importantes líderes religiosos señalen con claridad que “las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre”.

Es más, con firmeza han condenado toda forma de violencia por motivos religiosos como blasfemia contra el Nombre de Dios.

Mucho más decisivo es que hayan puesto la misericordia y la compasión en el centro de la comprensión que, tanto el cristianismo como el islam, tienen de Dios.

Una genuina experiencia religiosa tiene aquí su piedra de toque, su criterio último de autenticidad: el encuentro con el Compasivo y Misericordioso solo puede despertar sentimientos similares en los creyentes.

Se puede decir de una sola vez: la fe en un Dios que es Padre de todos solo puede ser vivida como fraternidad. Todo hombre o mujer es mi hermano, pero especialmente el pobre, el vulnerable, el desprotegido y abandonado.

Esta es la verdadera fuerza humanizante de toda genuina religión.

CON VOS, MARÍA, MISIONEROS DEL EVANGELIO

Carta pastoral del obispo Sergio O. Buenanueva

Orientaciones para el Año Misionero Diocesano 2019

Queridos hermanos:

Que el Espíritu los colme de alegría y paz en el Señor.

El pasado 8 de diciembre clausurábamos el Año Mariano Diocesano. Ahora, según nuestra programación, tenemos por delante un Año Misionero Diocesano. Vamos así dando pasos en la aplicación de nuestro Plan de Pastoral.

En las líneas que siguen les ofrezco algunas orientaciones pastorales sencillas para vivirlo intensamente. Espero que sean aprovechables.

Del Año Mariano al Año Misionero

Al convocar el Año Mariano los había invitado a sentirnos visitados por María. ¿Ha sido esa nuestra experiencia? Hemos vivido momentos muy intensos: celebraciones compartidas, las peregrinaciones al Santuario de la Virgencita o a otros templos marianos, jornadas, retiros, la Semana Mariana. María ha pasado, una vez más, por nuestras vidas, reavivando la fe en Jesús, la pertenencia a su Iglesia y el deseo de vivir según el Evangelio. Los humildes, los mansos y los pobres han sido los más sabios para reconocer su presencia materna.

Es bueno que también podamos preguntarnos por las gracias que el Señor nos ha hecho, sea como personas, como comunidad y también como Iglesia diocesana.

Me animo a compartir algo de lo que yo mismo he experimentado. Me ha tocado estar presente en muchos de esos momentos evocados. Varias veces visité el Santuario. Pude ver también el paso de las réplicas de la Virgencita por varias comunidades cristianas. Si tuviera que recoger y expresar lo vivido, lo haría con una palabra: ALEGRÍA.

Siempre me ha llamado la atención que la Iglesia, al concluir una jornada de trabajo, nos invita a cantar con María: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc 1,46-48). Una jovencita embarazada y feliz, cantando y alabando al Señor. Si María tuviera Facebook o Instagram, esa sería -así lo imagino- la foto de su perfil. No en vano, la invocamos: “causa de nuestra alegría”.

En todo caso, esa es la mejor imagen de una Iglesia misionera “en salida”. La misión no es un programa de publicidad para posicionarse en el mercado y vender un producto. Es alegría que no se puede contener, porque Dios nos ha tratado con misericordia, lo hemos podido reconocer y experimentar en nuestra propia vida. Hay que salir a contar lo vivido. Hacer fiesta, ponerle palabras al don recibido e invitar a otros a compartirlo. Contar y cantar: ¡hermoso programa!

Pasar del Año Mariano al Año Misionero es un paso lógico que damos como Iglesia diocesana.

Con vos, María, misioneros del Evangelio

Por eso, el lema de este Año Misionero Diocesano ha querido recoger esta experiencia: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

Nos hemos propuesto este ambicioso objetivo: “Promover la conciencia misionera que surge del bautismo-confirmación a fin de revitalizar una Iglesia diocesana en Misión según el modelo mariano de la Visitación y de los Hechos de los Apóstoles”. Lo comento brevemente:

  1. Conciencia misionera. Dicho de manera sencilla suena así: date cuenta de que ya está en vos el fuego de la misión. Este año es para ver más claro que hemos recibido este don del Dios Amor que es también un Dios misionero: el Padre envió al Hijo; Padre e Hijo soplaron el Espíritu Santo. Se trata entonces de descubrir un don que te habita, no algo que te viene desde fuera como impuesto. Otra imagen: reavivar un fuego que ya está encendido. Cada comunidad cristiana tiene esa misión. Cómo me gusta decir cuando inicio una visita pastoral: “el obispo ha venido para echar leña al fuego”.
  2. Bautismo-Confirmación. Dos sacramentos que, en cierto modo, son uno solo: el gran don del Dios Misionero que nos sumerge en su vida de amor compartido y nos alienta con su Espíritu para que encendamos el mundo con su mismo fuego de amor. En estos años hemos dedicado un gran esfuerzo para revisar la Iniciación Cristiana que ofrecen nuestras comunidades. Junto con la Eucaristía, que es su culmen, estos dos sacramentos son precisamente los sacramentos que ponen los fundamentos de nuestra identidad como discípulos misioneros de Jesús. ¿Qué podemos hacer a lo largo de este Año para redescubrir toda la potencia misionera que encierran?
  3. Iglesia diocesana en Misión. Los sacramentos edifican la Iglesia como comunidad viva y misionera. ¿Estamos conformes con el dinamismo misionero de nuestra diócesis, del obispo, de los pastores y agentes de evangelización? Sería injusto si respondiéramos con una negativa rotunda. Yendo de aquí para allá, podemos observar con alegría cómo la anhelada “conversión misionera” está tomando fuerza en muchos corazones e iniciativas pastorales. ¿Cómo podemos potenciar el ardor evangelizador de nuestra Iglesia y su conversión pastoral? ¿Qué pasos de conversión tenemos que dar para crecer como Iglesia en salida? Este año, el Santo Padre nos ha convocado a vivir un octubre misionero especial. Vamos a vivirlo intensamente en nuestra diócesis.
  4. Visitación. Sigámonos inspirando en María. Como ya señalé, el relato evangélico de la Visitación (cf. Lc 1, 39-56) es el mejor tratado de misionología. Volvamos a él, sobre todo, cuando sintamos alguna forma de cansancio o, peor aún, cuando observemos que la misión ya no es la primera preocupación de nuestra vida. El anuncio del Evangelio que despierta la fe en Jesús es la primera prioridad y el desafío fundamental de la Iglesia. Jesús fue enviado a los pobres; María fue corriendo a socorrer a Isabel en su vulnerabilidad, ¿cómo vivimos nosotros la opción de Jesús por los más pobres, débiles y sufrientes?
  5. Hechos de los Apóstoles. Desde los últimos días de la Cuaresma y durante toda la Cincuentena pascual, la liturgia de la Iglesia nos ofrece la posibilidad de releer esta página fundamental del Nuevo Testamento. El Espíritu que impulsó toda la misión de Jesús, ahora se desborda sobre la comunidad apostólica reunida en el Cenáculo. Se pone así en marcha el camino de la Iglesia misionera. No solo durante la Pascua, sino a lo largo de todo este año, que el libro de los Hechos sea nuestro texto de cabecera. No relata algo ya pasado. Nos abre los ojos para ver lo que ahora el Espíritu está haciendo entre nosotros: sacarnos de nuestros miedos y comodidades, enamorarnos de Jesús y su Evangelio y lanzarnos a la misión. 

El lema: “Con vos, María, misioneros del Evangelio” recoge todo esto. María camina con nosotros. La misión no es una aventura individual ni una tarea para especialistas. Es la forma de vida normal de un bautizado y de una comunidad cristiana. Lo han vivido así los santos: Francisco de Asís, Brochero, Mamá Antula, Angelelli y tantos otros. Cada domingo, la Eucaristía nos nutre y nos envía con el Espíritu de Jesús. No estamos solos en este camino.

Animémonos pues a caminar este Año Misionero Diocesano con la confianza puesta en la misericordia de Dios. Una Iglesia misionera es también una Iglesia libre que, como María, escucha la Palabra, ora, canta y camina.

San Francisco, 2 de febrero de 2019

Fiesta de la Presentación del Señor, la Virgen de la Luz

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Francisco y la Vida

El pasado 2 de febrero, el Papa Francisco recibió a los miembros del Movimiento por la Vida de Italia. Al día siguiente, Italia celebra la Jornada Nacional por la Vida. El discurso que les dirigió merece ser leído con atención. Aquí la traducción oficial a nuestra lengua castellana.

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DIRECTIVO DEL MOVIMIENTO POR LA VIDA ITALIANO

Sala Clementina
Sábado, 2 de fevereiro de 2019


Queridos hermanos y hermanas,

Me siento grato de encontraros hoy y os agradezco vuestra alegre bienvenida. Doy las gracias en particular a la Señora Presidenta por  las palabras fuertes que me ha dirigido –¡fuertes de tono!- en nombre de todo el Movimiento y por los contenidos que ha expresado, recordando vuestra misión al servicio de la vida y la importancia de la Jornada que se celebrará mañana en toda Italia.

La Jornada de la Vida, instituida hace 41 años por iniciativa de los obispos italianos, destaca cada año el valor primario de la vida humana y el deber absoluto de defenderla, desde su concepción hasta su extinción natural. Y me gustaría subrayar algo, como premisa general. Cuidar de la vida requiere que se haga durante toda la vida y hasta el final. Y también requiere que se preste atención a las condiciones de vida: salud, educación, oportunidades de trabajo, etc. En resumen, todo lo que permite a una persona vivir de manera digna.

Por lo tanto, la defensa de la vida no se lleva a cabo solamente de una manera o con un solo gesto, sino que se realiza en una multiplicidad de acciones, atenciones e iniciativas; ni tampoco concierne solamente a algunas personas o a determinados campos profesionales, sino que involucra a cada ciudadano y al complejo entretejido de las relaciones sociales. Consciente de esto, el Movimiento por la Vida, presente en todo el territorio italiano a través de los Centros y Servicios de ayudar a la vida y las Casas de acogida, y a través de sus numerosas iniciativas, desde hace 43 años se esfuerza por ser levadura para difundir un estilo y  prácticas de acogida y respeto de la vida en toda “la masa” de la sociedad.

Esta debería ser siempre una celosa y firme custodia de la vida, porque “la vida es futuro”, como recuerda el mensaje de los obispos. Solo si le dejas espacio se puede mirar hacia adelante y hacerlo con confianza. Por eso la defensa de la vida tiene su fulcro en la acogida de los que han sido generados y está todavía custodiado en el seno materno, envuelta en el seno de la madre como en un abrazo amoroso que los une. He apreciado el tema elegido este año para el concurso europeo propuesto a las escuelas: “Cuido de ti. El modelo de la maternidad ». Nos invita a ver la concepción y el nacimiento no como un hecho mecánico o solo físico, sino en la perspectiva de la relación y de la comunión que une a la mujer y a su hijo.

La Jornada de la Vida  de este año recuerda un pasaje del profeta Isaías que nos conmueve cada vez, recordándonos la maravillosa obra de Dios: “He aquí que yo hago cosa nueva” (Is 43.19), dice el Señor, dejando entrever su corazón siempre joven y su entusiasmo en generar, cada vez como al principio, algo que no estaba allí antes y trae  una belleza inesperada. “¿No lo reconocéis?” Agrega Dios por boca del profeta, para sacudirnos de nuestro sopor. “¿Cómo es posible que no os deis cuenta del milagro que se cumple ante vuestros ojos?”. Y nosotros, ¿cómo podemos considerarlo solamente una obra nuestra hasta sentirnos con derecho a disponer de ello cómo queramos?

Extinguir la vida voluntariamente mientras está floreciendo es, en cualquier caso, una traición a nuestra vocación, así como al pacto que une a las generaciones, pacto que nos permite mirar hacia adelante con esperanza. ¡Donde hay vida, hay esperanza! Pero si la vida misma es violada cuando surge, lo que queda ya no es el recibimiento agradecido y asombrado del regalo, sino un cálculo frío de lo que tenemos y de lo que podemos disponer. Entonces, también la vida se reduce a un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás. ¡Qué dramática es esta visión, desafortunadamente difundida y arraigada, presentada también como un derecho humano, y cuánto sufrimiento causa a los más débiles de nuestros hermanos!

Nosotros, sin embargo, nunca nos resignamos, sino que seguimos trabajando, conociendo nuestros límites, pero también la potencia de Dios, que mira cada día con renovado asombro a nosotros,  sus hijos y a los esfuerzos que hacemos para que germine el bien. Un signo particular de consuelo viene de la presencia entre vosotros de muchos jóvenes. Gracias. Queridos chicos y chicas, vosotros sois un recurso para el Movimiento por la Vida, para la Iglesia y para la sociedad, y es hermoso que dediquéis tiempo y energía a la protección de la vida y al apoyo de los más indefensos. Esto os hace  más fuertes y es como un motor  de renovación  también para los que tienen más años que vosotros.

Quiero dar las gracias a vuestro  Movimiento por su apego, siempre declarado y actuado a la fe católica y a la Iglesia, que os hace  testigos explícitos y valientes del Señor Jesús. Y al mismo tiempo, aprecio la laicidad con la que os presentáis y trabajáis,  laicidad fundada en la verdad del bien de la vida, que es un valor humano y civil y, como tal, pide ser reconocido por todas las personas de buena voluntad, a cualquier religión o credo al que pertenezcan. En vuestra acción cultural, habéis testimoniado con franqueza que los concebidos son hijos de toda la sociedad, y su asesinato en un número enorme, con la aprobación de los Estados, constituye un grave problema que socava en su base la construcción de la justicia, comprometiendo la solución adecuada  de cualquier otra cuestión humana y social.Gracias.

En vista de la Jornada por  la Vida del mañana, aprovecho esta oportunidad para dirigir un llamado a todos los políticos, para que, independientemente de las convicciones de fe de cada uno, pongan como primera piedra del bien común  la defensa de la vida de quienes están por nacer y entrar en la sociedad, a la que llegan para traer novedad, futuro y esperanza. No os dejéis condicionar por lógicas que apuntan al éxito personal o a intereses solamente inmediatos o partidistas, mirad, en cambio, siempre a lo lejos, y mirad a todos con el corazón.

Pidamos  con confianza a Dios que la Jornada por la Vida que estamos a punto de celebrar traiga  un respiro de aire fresco, permita a todos reflexionar y comprometerse con generosidad, comenzando con las familias y las personas que tienen roles de responsabilidad al servicio de la vida. A cada uno de nosotros sea dado  el gozo del testimonio, en la comunión fraterna. Os bendigo con afecto y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

Vignaud, Don Bosco y la luz

Las primeras noticias las recibí del párroco al que fui asignado, poco después de mi ordenación sacerdotal. Se llamaba José. Rondaba los setenta años. Había nacido en Calabria y, junto a su madre y su hermano, había emigrado a Argentina. Con una mezcla de orgullo y nostalgia, solía contarme que, de niño, había sido interno en un “gran colegio” con una “gran basílica” en medio del campo en la provincia de Córdoba. El nombre: Vignaud, a secas.

Grande fue mi sorpresa cuando, apenas designado obispo de San Francisco, vine a saber que esa gran Iglesia estaba en el territorio que se me confiaba. Que estaba a cargo de los padres salesianos y que el colegio “San José” seguía recibiendo chicos que crecían bajo la guía de Don Bosco y la mirada serena de la Auxiliadora.

Varias veces al año visito la Colonia. No puedo dejar de pensar en aquel pequeño gran cura que me ayudó a iniciarme en el ministerio. Rezo por él bajo las inmensas bóvedas del gran templo de la Pampa gringa.

Y pienso en Juan Bosco, joven sacerdote en la Italia convulsionada de fines del “ottocento”. Turín vive la unificación de Italia y una revolución industrial. Y Don Bosco sale al encuentro de los jóvenes que se pierden en los suburbios turineses. Él sabe qué hacer: cada gesto, palabra o juego surgen de su ingenio desbordante pero, más aún, de la fuente inagotable de su amor.

Ese es su método: amar a los jóvenes, hacerles sentir que son amados para que, cada uno, saque lo mejor de sí.

Creo que, cada año, al llegar la memoria de San Juan Bosco (31 de enero) digo lo mismo: “gracias por el carisma salesiano, presente en nuestra diócesis”. No lo sabría decir de otro modo, porque es lo que siento. En estos tiempos nuestros, tan distintos, pero tan desafiantes como los de Don Bosco, ese carisma sigue siendo la semilla que porta consigo los mejores frutos.

Y ya que estamos deshojando el calendario litúrgico: este 2 de febrero es la Virgen de la luz, la Candelaria. Evoco todas estas cosas y me descubro iluminado. Y le pido a María esa luz que brilló en la vida de Don Bosco: amor que da vida.

Así no

Si una niña de doce o menos años resulta embarazada, lo es por una acción violenta, aunque haya habido alguna forma de consentimiento de su parte. Esa es ya una situación que atenta profundamente contra la dignidad de la vida. Es un profundo fracaso de todos. Nunca debería darse una situación así: la maternidad es mucho más que un hecho biológico.

Que ni siquiera en ese caso sea moralmente lícito recurrir al aborto en cualquiera de sus formas (también la denominada: “interrupción legal del embarazo”), no significa que se tenga que exaltar esa forma de maternidad. Salvar la dignidad del niño por nacer no puede desconocer la situación dramática de esa niña grávida, de la que también hay que hacerse cargo.

La editorial de ayer del diario La Nación “Niñas madres con mayúsculas” ha merecido una justa reacción crítica.

Obviamente, unos lo hacen porque ven lícito el aborto, al que consideran un derecho de la mujer, especialmente de la niña violada.

Otros lo rechazamos por razones que nada tienen que ver con la aceptación del aborto. No se puede abordar un tema así de delicado en los términos en que el editorial lo ha hecho. La apuesta por la vida en medio de semejante situación de colapso humano y ético, reclama también un enfoque distinto, más integral y humano.

Poder mirarnos

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de enero de 2019

Está concluyendo en Panamá la Jornada Mundial de los Jóvenes. Desde hace algunos días, el Papa Francisco se ha sumado a miles de jóvenes de todo el mundo que se han dado cita en país centroamericano.

De todas las imágenes que nos han ido llegado, una foto en blanco y negro se ha destacado por encima de todas. Es aquella en la que unos chicos levantan la silla de ruedas de Lucas Herníquez, privándose ellos de ver al Papa, pero permitiendo que las miradas de Lucas y de Francisco se cruzaran por unos segundos.

Porque la foto capta precisamente ese momento. El fotógrafo Carlos Yap cuenta como llegó a ese momento, casi milagroso, después de que su máquina se trabara dos veces. Logró, finalmente, captar la sonrisa del Papa y su saludo a Lucas.

Este domingo, los cristianos leemos el relato de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su pueblo (cf. Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Como de costumbre, alguien tiene que hacer la lectura. Esta vez, es el turno del mismo Jesús. El evangelista señala: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él” (Lc 4,20).

Tenemos necesidad de mirarnos a los ojos. De fijar la mirada en quien nos habla. Esta necesidad humana, para quienes tenemos fe, abre otra perspectiva: en los ojos de cada ser humano que se cruza por nuestra vida podemos reconocer el brillo de los ojos de Jesús.

Tal vez, algo así pasó entre Lucas y Francisco, allí en las calles de Panamá.

Año decisivo para Francisco (y la Iglesia)

Francisco está iniciando su sexto año como obispo de Roma y en el ejercicio del “munus petrinum” como pastor de la Iglesia universal.

Algunas cartas decisivas están ya puestas sobre la mesa. Dos de ellas son clave: por un lado, el proceso de reforma eclesial, con sus líneas directrices y las resistencias que suscita; y, por el otro, la crisis de los abusos, con el nuevo impulso que ha cobrado en estos meses.

Del entrecruzarse de ambos procesos podría terminar de delinearse la figura completa del pontificado de Francisco.

Hacia una Iglesia misionera

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo…”, decía Francisco en Evangelii gaudium 27. En ese documento y los que han seguido, pero especialmente en sus gestos, hemos ido conociendo el contenido de ese sueño. Una Iglesia “en salida”, sin temor a las heridas de estar “en las periferias”; una Iglesia “pobre para los pobres”, de pastores “con olor a oveja”; una Iglesia que vive y comunica la alegría del Evangelio, compañera de camino de todos los seres humanos, cualquiera sea la situación de vida en que se encuentren; una Iglesia que cultiva el cuidado de la “casa común”…

Es la Iglesia del primer anuncio (kerygma), cuya primacía no es temporal sino teologal: es el amor primero de Dios que precede, acompaña y culmina todo anuncio de la Iglesia. Con un acento especial: la misericordia-compasión-ternura de Dios que se hace figura histórica de la Iglesia, “hospital de campaña”. Sin identificarse del todo con esto, pero formando parte del proceso, está la reforma de la Curia romana.

De un tiempo a esta parte, ha comenzado a crecer, más en las palabras que en gestos y decisiones concretos, una melodía que viene ineludiblemente de la gran profecía conciliar: la apelación a una Iglesia más sinodal. Reflejo de la comunión trinitaria, la Iglesia tiene razones, motivos y fundamento para conjugar mejor las inevitables tensiones entre el centro y las periferias, la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios, la unidad con la pluralidad católica. Francisco parece moverse hacia esa dirección.

Este primer aspecto que señalo ha suscitado enorme entusiasmo y adhesión. Es, en definitiva, un proyecto de reforma que abreva en las fuentes del Concilio Vaticano II que contiene la llamada más potente de Dios a su Iglesia en este tiempo. Como era de esperar, algunas de las acentuaciones de Francisco al mandato de reforma del Concilio han ido suscitando también un in crescendo de críticas y resistencias.

Heridas que buscan médico y medicina

El segundo aspecto que he señalado -la crisis de los abusos sexuales- está sacudiendo fuertemente a toda la Iglesia. Tal vez convenga reconocer que, frente al marasmo espiritual y moral que esta crisis representa, se nos han caído todos los libros. Retengo que el único camino posible de resolución pase, indefectiblemente, por un muy concreto acto de humildad que nos lleve a reconocer que no hemos estado preparados para esta crisis y la insuficiencia de nuestras respuestas. El mismo Papa ha entrado por este camino. Es un punto que merece atención.

¿Tenía Bergoglio en su agenda de temas prioritarios los abusos sexuales cuando fue elegido Papa en 2013? Lo cierto es que ha tenido que hacer rápidamente un intenso aprendizaje, no exento de dificultades o errores. Lo reconocía él mismo, hace un año, volviendo de su Visita Pastoral a Chile.

Aun reconociendo lo insuficiente de la respuesta eclesial a los abusos, lo que no se puede aseverar es que exista pasividad, voluntad de ocultar o dejar pasar el tiempo sin resolver este problema.

La Iglesia es un sujeto compuesto de muchos sujetos. Esta pluralidad hace injusto un juicio absoluto. Hoy, muchos en la Iglesia -entre ellos el mismo Francisco- han tomado el toro por las astas y se han aplicado a enfrentar la crisis con decisión, energía y claridad, pero también con la paciencia que supone perseverar en una crisis que no es de solución inmediata y en la que, de seguro, habrá muchos sinsabores.

¿Qué resultado hemos de esperar de este complejo panorama? Ya no hay demasiado margen para el error. Como ha comentado el cardenal Gracias respecto del encuentro de presidentes de conferencias episcopales, previsto para febrero: será o un gran éxito o una gran desilusión, sin vuelta atrás. Me alienta observar el liderazgo del Papa y la convicción que, sobre todo, muchos laicos tienen de que esta crisis urge caminos firmes y exigentes de purificación. Sobre todo, en su capítulo más difícil: el cambio de mentalidad y un trabajo preventivo a conciencia en cada una de las Iglesias particulares.

Batallas de otras guerras

Sin embargo, en este punto, asoma un horizonte oscuro e inquietante. Las críticas al Papa y una reviviscencia de los enfrentamientos eclesiales entre conservadores y progresistas amenazan ponen palos en la rueda de la Iglesia que juega su credibilidad y su futuro en la resolución de este problema.

Unos y otros están usando el drama de los abusos como munición gruesa para arrojarse mutuamente a la cara. Los conservadores denuestan a los progresistas por haber dejado abiertas las puertas de los seminarios a los homosexuales y al relativismo moral que ha llevado a la actual crisis. Además, el tiro por elevación alcanza a “Casa Santa Marta” y a su ilustre inquilino, el Papa. Por otra parte, los progresistas señalan a los “ultras” que su sistema eclesial de rigidez moral, esteticismo litúrgico, sobredimensión del sacerdocio generan, de por sí, una forma de vida clerical que, detrás de una pantalla de ortodoxia y firmeza, deja amplios espacios abiertos para estos derrapes sexuales.

La guerra de la Iglesia contra los abusos conoce de muchas derrotas y algunas victorias. Ahora, otras guerras generan otras batallas. Temas en sí mismos de legítima discusión son llamados en causa, mostrando una preocupante falta de imaginación y de perspectiva para encontrar nuevos y originales puntos de vista que nos lleven a soluciones superadoras. Van y vienen demasiadas recetas de corto alcance.

Como en toda polémica que se quiera enfocar desde la fe y con una correcta visión teológica, se requiera más discernimiento espiritual que ensañamiento discursivo. ¿Hay una hoja de ruta para la Iglesia en esta crisis?

Sí. Esa hoja de ruta existe. Su meta y el trazado de su curso son, hoy por hoy, más que un esbozo.

Tendremos que hablar de ello.

La alegría del amor


“La Voz de San Justo”, domingo 20 de enero de 2019








“Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).





Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús.  En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.





Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?





Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.





Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.





A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.





Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.





Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres.
El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.