Eucaristía de clausura del II Encuentro Regional de Jóvenes

Homilía en la Catedral de San Francisco, domingo 26 de mayo de 2019

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23).

Esta es una de las promesas más lindas de Jesús. De ella quisiera hablarles, queridos chicos y chicas.

Hace un par de años, un chico de la catequesis me puso en aprietos con una pregunta. Fue durante una Visita Pastoral. La pregunta era más o menos así: ¿Qué es más importante? ¿Ser cristiano o ser una buena persona?

No recuerdo bien qué contesté. Lo que sí recuerdo es que me quedé muy disconforme conmigo mismo. No había acertado con la respuesta, y me di cuenta al instante. Había que seguir rumiando la cosa.

Meditando esta increíble promesa de Jesús, creo entender un poco más la cuestión.

Claro que es bueno ser buena persona. También, buen cristiano. Pero ¿solo para eso Jesús subió a la cruz y resucitó? ¿Solo para hacer de nosotros “chicos decentes” o mejorar el mundo?

La promesa de Jesús nos lleva a otro terreno. Te saca de esa falsa disyuntiva (o buena persona o buen cristiano) en la que vos o yo seguimos siendo el centro. Te desarma, porque te promete y te da algo insospechado. Te hace volar.

Una de las palabras más hermosas que la fe pone en nuestros labios nos ayuda a entender: es la palabra “gracia”.

Gracia es Dios que se dona totalmente a vos, a mí, al mundo. Se nos da. Te colma con muchos dones y talentos. Es cierto. Pero, sobre todo, te colma con su Presencia. Quiere habitar en vos y que vos vivás y respirés en Él.

Gracia es ese encuentro y esa presencia que transforman todo. Y desde dentro. No cáscara sino vida.

Sos alcanzado por la Persona de Jesús y, por Él, con Él y en Él, te ves sumergido en ese océano de vida y gozo que es el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es la promesa de Jesús: el Padre y Yo iremos a vos y, por la gracia del Espíritu, habitaremos en vos.

¿Cómo hacer esa experiencia? ¿Por dónde andar? ¿Hacia dónde ir para encontrar ese tesoro y esa perla?

En realidad, estamos hablando de un regalo absolutamente de Dios. Él ama hacer pasar sus regalos por manos humanas. Nos dio a su Hijo a través de una mujer, colmada del Espíritu: María.

Por eso, se me ocurre pensar en tres caminos muy humanos por los que cumple su gran promesa. Tres encuentros para el gran Encuentro.

Ante todo, el encuentro con las heridas de los hermanos. Los apaleados por la vida. Están por todos lados. Tal vez, muy cerca de nosotros. ¿Enuncio algunos? Los que se sienten solos o fracasados. Los que se han dejado ganar por la tristeza y han perdido la esperanza. Los que buscan la belleza de la vida (como todos nosotros), pero no aciertan el camino o se pierden por senderos de muerte. Los que se sienten sucios, impuros o indignos, discriminados o descartados. A veces, esconden ese sentimiento detrás de una coraza de prepotencia, rebeldía o rabia. Pero, hay que saber mirar los corazones. Ahí, en esos hermanas y hermanos, nos espera Jesús.

Otro camino de encuentro, esta vez luminoso y fascinante, es la vida de los santos: hombres y mujeres sencillos y normales, que, como nosotros, tienen que caminar la vida, la fe y la paciencia. Y caminan porque están enamorados de Jesús y su Evangelio. ¡Se dan cuenta cuánta santidad hay en las comunidades cristianas a las que pertenecemos! Córdoba es privilegiada en testigos de santidad: Brochero, Madre Tránsito, Catalina Rodríguez, el obispo Angelelli y sus compañeros mártires, Sor Leonor, etc.

Aquí no puedo dejar de, al menos, mencionar a nuestro patrono: Francisco de Asís. Y, junto a él, a la inmensa Clara. El panel central del Presbiterio de la catedral es una obra de arte. Es muy bello. Da en la tecla con el secreto más hermoso de Francisco: Jesús, el Crucificado. Francisco y Jesús, en un punto, son una sola cosa. La tradición ha llamado a Francisco de Asís: la más perfecta imagen de Jesús. Francisco y Clara, jovencitos y, desde entonces, enamorados de Jesús, de su Evangelio.

La vida de los santos nos muestra de lo que es capaz de hacer ese encuentro de gracia. Lo que significa que Dios viene a morar, a vivir en un hijo o hija suyo.

El tercer camino de encuentro del que quisiera hablarles está, tal vez, más al alcance de la mano. Es la oración. Eso que Jesús promete, se verifica principalmente cuando entramos en ese territorio fascinante, inmenso y siempre inexplorado que es la oración que nos lleva ante el Rostro de Dios.

Cuando yo tenía trece años, un misionero santo -el Padre Tarsicio Rubin- puso en mis manos la Biblia y el Libro de los Salmos. No es que entonces aprendiera a rezar. Eso se lo debo a mis padres. Pero aprender a responder a la Palabra de Dios con las palabras que Dios mismo inspira para rezar sigue siendo mi experiencia orante más honda.

Y sueño con que ustedes, chicos y chicas, puedan aventurarse en ese encuentro con Jesús y, de su mano de Hijo y Hermano, y con la potencia de su Espíritu, se dejen bendecir por el Rostro del Padre.

Un ateo le pidió una vez a Santa Bernardita que imitara la sonrisa de María. Bernardita lo hizo, y aquel hombre nunca pudo olvidar la sonrisa de María en la sonrisa de Bernardita. Eso nos pasa cuando nos dejamos encontrar por los ojos de Jesús en la oración. Lo hemos vivido intensamente anoche. Sin que te des cuenta vas a reflejar en tu mirada su Mirada de Resucitado. Y otros lo van a agradecer, pues sus vidas quedarán también iluminadas. Seguramente lo han experimentado muchos, ayer por la tarde, en la experiencia misionera compartida.

Las palabras de María que es nuestro lema (“¡Hágase en mí!”) son precisamente su respuesta de fe a la Palabra de Dios recibida. Él la miró, y María dejó entrar esa mirada en su vida. Orando aprendió a escuchar, a vivir y a entregarse.

Es la gracia que pido al Señor para ustedes. Una gracia de encuentro y morada que -¡gracias a la sabiduría de nuestro buen Dios!- acontece en familia, en comunidad, en Iglesia.

Como lo hemos experimentado estos días compartidos. Una gracia que San Francisco no olvidará.

Amén.

Los jóvenes, la Iglesia y un Dios que busca

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de mayo de 2016

Muchos jóvenes pasan de la Iglesia. Es verdad. No lo vamos a ocultar. Pero también es cierto que, en la Iglesia, no dejamos de buscar a los jóvenes. En ocasiones acertamos. En otras, no tanto. Nunca, sin embargo, dejamos de intentarlo.  No podemos dejar de buscarlos.

Cuando digo que “en la Iglesia no dejamos de buscar a los jóvenes”, pienso en personas, comunidades e iniciativas muy concretas. De carne y hueso. Pienso, en primer lugar, en los mismos chicos y chicas que son Iglesia en cada rincón de nuestra diócesis: las parroquias, los colegios, los movimientos. Tengo registrados muchos de sus rostros, sus nombres, sus confidencias y sus ilusiones. Como dice el Papa: los jóvenes saben sembrar el Evangelio “en esa tierra fértil que es el corazón de otro joven”.

Lo que estamos viviendo este fin de semana con este II Encuentro Regional de Jóvenes es un ejemplo muy vivo de todo esto. Un paso vivificante de Dios por nuestras calles.

Pero me detengo en el verbo “buscar”. Es la Biblia la que nos enseña a decodificar su alcance espiritual. Para la Biblia, “buscar” es uno de los verbos cuyo sujeto es el Dios vivo. Como “crear”, “redimir”, “salvar” o “santificar”.

El Dios de la Biblia es un Dios siempre en salida, en permanente búsqueda. Busca porque ama y se estremece cuando su creación se extravía. No se cansa de recorrer todos los caminos que sean necesarios para encontrarse y hacerse amigo del ser humano. Y de todos, sin distinción ni exclusión. 

El evangelio, cuyo centro es la Persona de Jesús y su Pascua, es el relato de esa búsqueda nunca acabada, siempre en marcha en la vida y en las entrañas de cada ser humano.

Y esa búsqueda tiene un motor eficacísimo: el amor incondicional, absoluto y gratuito de Dios. Y un motivo insuperable: que cada ser humano, incluso toda la creación, sienta y viva lo que Jesús, el Hijo amado, siente y vive: “como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (Jn 15, 9).

Cuando la Iglesia de Jesús busca a los jóvenes, con tanteos, ensayos y errores, está dejándose mover por ese motor y ese motivo. No se permitirá nunca dejar de buscar a cada uno. Ha recibido un don inmenso que no puede guardar. Lo tiene que compartir.

“El sol del veinticinco viene asomando…”

Empezando por nosotros los católicos, nadie en Argentina, ante los enormes desafíos que tenemos y los desaguisados que supimos conseguir, puede sentirse puro, santo, incontaminado, sin algún grado de responsabilidad.

¿Nosotros? ¡Ah no! ¡Si lo hemos hecho bien! Pertenecemos a ese sector privilegiado de la humanidad que no tiene nada de que arrepentirse. Son los otros, los de antes o los de ahora, los que han echado a perder el hermoso jardín que nosotros hemos plantado.

Digámoslo en cristiano: nos falta conversión y penitencia.

Digámoslo ahora en lenguaje secular y civil: nos falta autocrítica y humildad republicana.

Forma parte de la dinámica de toda sociedad plural y democrática que se active la pirotecnia verbal en tiempos electorales. Es parte del folclore electoral.

Pero, en un punto, puede volverse insoportable si solo consiste en lanzarse piedras a la cara y no va más allá, al territorio de las ideas, de los proyectos, de las construcciones consensuadas.

Pero, somos pacientes.

No se puede crecer en cultura democrática sin paciencia. Para seguir abriendo espacios de libertad tenemos que necesariamente pagar precios. Uno de ellos es caminar la paciencia frente a nosotros mismos, nuestros yerros, nuestros aprendizajes. También la estupidez propia que es compañera inseparable de todo ser humano. Al menos es mi caso.

Pero no solo paciencia. Hay que amar la tierra que nos cobija, su historia, su presente doloroso y su futuro incierto. Hay que amar a la Patria.

Como la amaron Brochero y Angelelli (traigo agua para mi molino).

¡Viva la Patria!

Pedro

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de mayo de 2019

“Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32).

Jesús dirige estas palabras al apóstol Pedro en la última cena. Nos las recuerda el relato de San Lucas. Las escuchamos durante el pasado Domingo de Ramos.

En estos días, junto con otros obispos de Argentina, he tenido la oportunidad de comprobar su actualidad. Hemos compartido con el obispo de Roma, sucesor de Pedro, un intenso momento de diálogo. En el fluir de las palabras y los gestos, los corazones fueron abriendo espacio al Espíritu que confirma con su paz la autenticidad del encuentro.

La plegaria que más he rezado en estos días, solo o en compañía, ha sido la Confesión de fe que llamamos: Credo Apostólico. El año pasado tuve oportunidad de comentar cada uno de sus artículos en este espacio dominical.

A lo largo de estas jornadas vividas en Roma, las palabras repetidas cada domingo en la Misa cobran nuevo vigor: “Creo en Dios Padre… en su Hijo Jesucristo… en el Espíritu Santo…”.

Y Pedro, que hoy se llama Francisco, cumple el servicio para el que ha sido llamado por Jesús: confirmar a sus hermanos y animarlos a vivir a fondo la común vocación misionera de anunciar el Evangelio.

Francisco está muy bien: ágil de cuerpo y de mente. Pero, por encima de todo, trasunta una estimulante energía espiritual, especialmente evidente cuando desgrana los graves desafíos que hoy tiene la Iglesia. No hay amargura ni acidez en sus palabras. Menos aún enojo, desazón o nostalgia.

Sigo pensando que, de entre muchos aspectos positivos, el impulso misionero centrado en el anuncio del Evangelio de la misericordia es el signo característico de este pontificado.

Y no es una cuestión más. Es el corazón de todo. Lo esencial.

Visita “ad limina”: Misa en San Pedro y encuentro con el Santo Padre

Roma, 16 de mayo de 2019

A los fieles y comunidades
de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos y amigos:

Estamos terminando la Visita “ad limina”. En el día de hoy hemos tenido una jornada verdaderamente culminante: la Eucaristía celebrada en la basílica de San Pedro junto al sepulcro del Apóstol y, por espacio de dos horas, el encuentro con el obispo de Roma, el Papa Francisco.

A lo largo de los días pasados, hasta este sábado, tienen lugar los encuentros con los colaboradores del Papa. Con distinta intensidad y profundidad repasamos algunos temas fundamentales para la vida y misión de la Iglesia. Traemos algunas preguntas e inquietudes, escuchamos e intercambiamos opiniones, criterios, logros y desafíos.

Somos pastores no técnicos ni empresarios, aunque no podemos olvidar la complejidad de los temas que se van poniendo sobre la mesa. Por eso, la escucha recíproca es fundamental. La fe nos ofrece una luz poderosa para afinar la mirada.

Un tema recurrente que ha ido emergiendo en los diversos encuentros es el conjunto de desafíos que supone vivir y comunicar el Evangelio en medio de un cambio cultural muy fuerte.

Al menos a mí me estimula mucho ser parte de una Iglesia inquieta, que se sabe portadora de un don inmenso de Verdad, de Bondad y de Belleza. Viene de Dios: es su Hijo Jesucristo y su Evangelio.
Incluso el constatar nuestras carencias, límites o yerros, tanto la experiencia eclesial que traemos desde Argentina, como la que madura aquí, en este bullicioso cruce de caminos que es Roma, nos muestra a una Iglesia abierta a la acción del Espíritu. Una Iglesia en camino.

Al celebrar la Eucaristía junto a la tumba de Pedro, con mis hermanos obispos, supliqué con fervor para nuestra Iglesia diocesana la fe firme y gozosa de los Apóstoles, su ardor misionero y su mirada sobrenatural sobre todo lo que nos toca vivir.

El encuentro con el Santo Padre fue una honda experiencia de fe. Estuvimos con Pedro. Y él confirmó nuestra fe. Personalmente viví ese momento con un gran gozo interior. Un obispo mayor y más experimentado señaló con acierto: “Hemos abordado con el Papa Francisco temas que nunca habíamos podido hablar así con un Papa”.

Francisco está muy bien, tanto desde un punto de vista físico como, sobre todo, espiritual y mental. Me impresionó una respuesta del Santo Padre. Cuando un hermano le preguntó que era lo mejor que vivía, Francisco respondió con sencillez y franqueza: Créanme que siento la presencia y asistencia del Señor en su Iglesia. El Señor está. Hay dificultades muy graves (hablamos de muchas de ellas), pero hay tanta santidad en la Iglesia. La santidad ‘de la puerta de al lado’… Tanta gente santa…

Claro que repasamos varios temas: cómo seguir creciendo en una Iglesia sinodal, la crisis de los abusos, el paciente trabajo pastoral de curar las heridas del odio, lo que significa una Iglesia misionera que sale a buscar con amor y creatividad, la misión del obispo como padre y su vida de oración, la riqueza de la piedad popular, lo importante de estar con los jóvenes, de servir a los pobres, la formación en los seminarios, las críticas y resistencias al Papa, el peligro de las ideologías, etc.

No hubo, sin embargo, una mirada amargada o quejosa. Incluso los temas más espinosos y difíciles, fueron abordados con serenidad, dejando así espacio a la paz que Dios sabe dar también en medio de las pruebas.

Ante nuestra insistencia nos ratificó su firme intención de venir a la Argentina en visita pastoral. Lo necesitamos y nos hará mucho bien. No podemos señalar fechas pero sí la necesidad y el carácter pastoral de su visita.

Bueno, hasta aquí lo que me sale contarles. No quería terminar esta intensa jornada sin compartir con ustedes estas vivencias. Me han hecho mucho bien a mí y, como su obispo, me siento con el deber de hacerlos partícipes de estos regalos del Señor. Mucho queda en el corazón. Confío pues en aquello que dice el Señor: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34).

Saludos y hasta la semana que viene.

+Sergio Buenanueva

María

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de mayo de 2019

Estoy en Roma, junto a los obispos de Córdoba, Cuyo, Patagonia y el Noroeste para nuestra Visita al obispo de Roma, el Papa Francisco y sus colaboradores.

Esto me impide estar en dos fiestas marianas muy significativas para la diócesis de San Francisco: este lunes 13 de mayo, la fiesta patronal diocesana en honor a la Virgen de Fátima. Y, el domingo 19, la gran peregrinación a Colonia Vignaud, celebrando a María Auxiliadora.

¿Qué significa María para un cristiano, para la misma Iglesia?

En mi caso, la figura de María me acompaña desde que tengo memoria. Aprendí a rezar con el “Bendita sea tu pureza…”. María es presencia, compañía y, con el paso del tiempo y la madurez de la vida, un estímulo para caminar.

Es la experiencia que comparto con tantos que, como en Vignaud o Villa Concepción, se acercan con devoción a los santuarios marianos de todo el mundo. Experiencia que se repite en cada ermita, capilla o Iglesia; delante de una imagen de la Virgen, ante un icono o, sencillamente, tomando el Rosario en las manos.

En estos últimos tiempos, por diversas razones que nos es necesario explicar aquí, la experiencia cristiana de María se puede expresar en tres palabras: mujer, discípula y hermana. Las tres de hondo calado humano, a la vez que evangélico, espiritual e incluso teológico.

Es lo que ha pasado con la figura del mismo Jesús: volver a los relatos evangélicos y redescubrir a través de ellos la espesura humana del Señor. No se niega su condición divina, sino que se la contempla con mayor hondura al verla en lo concreto de esa humanísima humanidad. Solo Dios podía llegar a ser tan humano, al decir de un pensador cristiano.

Lo mismo sucede con su madre. Mujer en la más alta y lograda realización del genio femenino. Libre, intrépida, inquieta y fuerte. Tan capaz de silencio para rumiar la vida, como de osadía para intervenir cuando hace falta, se lo pidan o no. Hermana, porque de nuestra misma madera. Y discípula, pues ni una de las extraordinarias gracias que ha recibido le ha ahorrado caminar la fe, la paciencia y la entrega de sí misma.

La misma comunidad cristiana, a la vez que invoca a María como madre, la contempla como signo y estímulo para vivir a fondo el Evangelio, en las condiciones y circunstancias que la Providencia nos depara. Sin nostalgias ni miedos, sino con confianza y desbordante alegría.

Y, también así, llevar a todos el anuncio de Cristo.

Discípulos

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de mayo de 2019

“El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: 《¡Es el Señor!》” (Jn 21).

Es usual reconocer, en el “discípulo amado”, al apóstol Juan, y en éste al autor del evangelio que lleva su nombre. Lo más plausible es que, bajo esta denominación, el cuarto evangelio nos ofrezca una figura abierta a través de la cual entrever a la comunidad en la que nació este relato.

Si leemos cuidadosamente el relato evangélico de este domingo (cf. Jn 21, 1-19), podremos escuchar la voz de aquellos primeros discípulos que, a nosotros, nos dicen: “¡Es el Señor!”.

Los evangelios no nos hablan de Jesús con aséptica frialdad. Nos cuentan lo que dijo e hizo, pero inseparablemente son un testimonio de la fe de esos hombres y mujeres. Para ellos, Jesús es mucho más que un personaje sobre el cual informar. Es Aquel a quien le han confiado sus vidas. En algunos casos, hasta el derramamiento de la sangre. Por eso, confiesan lo que Jesús significa para ellos, dejándonos abierta la puerta para que su luz ilumine también nuestra vida.

El pasado sábado 27 de abril, fueron beatificados en La Rioja, los primeros mártires argentinos: el obispo Enrique Angelelli, los padre Carlos Murias y Gabriel Longevielle, junto con el laico Wenceslao Pedernera.

Mártir significa precisamente: “testigo”. Contemplamos sus vidas y su martirio y, de esa forma, volvemos a escuchar al discípulo amado decirnos: “¡Es el Señor!”.

Dice el evangelio que, al oír esta confesión de fe, Simón Pedro, sin pensarlo demasiado y sin nada encima, se arrojó al agua. Fue en busca de Jesús resucitado. Magnífica y gráfica descripción de la experiencia cristiana.

El “discípulo amado” sigue señalando a Jesús. Siempre hay quien, como Pedro se arroje desnudo al mar, sin importarle demasiado el qué dirán.

Una beatificación que puede sanar las heridas de Argentina

Tengo personas cercanas, incluso amigos, que no terminan de asimilar la beatificación del obispo Angelelli y sus cuatro compañeros.

Escapan al estereotipo del integrista católico que reivindica la dictadura. No se puede decir de ellos que son, al presente, lo que fueron quienes rechazaron y mataron a los mártires.

Por el contrario, son buenos cristianos y convencidos católicos. Aman de corazón a la Iglesia y forman parte de sus comunidades, asociaciones y movimientos. Intentan, como todos, llevar una vida según el Evangelio.

Tal vez tengan, como yo mismo, una sensibilidad -digamos así- más “tradicional” o “conservadora”, al menos en algunos aspectos o dimensiones de la fe. Lo cual, por cierto, no solo no es un crimen, sino que forma parte de la dinámica misma del alma católica de la Iglesia que anima el Espíritu.

A ellos les dirijo estas breves reflexiones, al calor de lo vivido ayer en La Rioja. Y, cuando hablo de calor, no me refiero al sol riojano que, acercándose el mediodía, pegaba fuerte y hacía sentir toda su potencia. Se visibilizaba así el calor interior, hecho de alegría, oración y esperanza, que nos embargaba a todos los que estábamos en esa inmensa liturgia.

Comienzo por aquí: cuando volvíamos en el auto reflexionábamos sobre el sentido de la beatificación. Recordábamos que, tanto la beatificación como la canonización, son actos litúrgicos, pues la Iglesia, a través del acto apostólico del Papa y en comunión, rinde culto a la Trinidad, inscribiendo el nombre de los bautizados en el catálogo de los bienaventurados.

Un acto de culto, de adoración y de alabanza que reconoce lo que el Dios amor ha hecho en la vida y en la historia, a través de la vida y la historia de unos hermanos. En este caso, de Wenceslao (que se llevó los mayores aplausos), Enrique, Carlos y Gabriel.

Dejo de lado la discusión teológica sobre el carácter de infalibilidad de una beatificación. Me parece, en este punto, de poca monta. Vamos: la Carta Apostólica que se proclama en la beatificación es una palabra fuerte de la Iglesia en la voz de su Pastor Universal, no del “Papa Bergoglio” como sujeto privado. Un buen católico sabe que no se puede sencillamente desoír esta palabra, para escuchar otras, tan respetables como subjetivas.

Pero quisiera comentar otra cosa. Ayer he posteado una entrevista que Carina Ternavasio -comunicadora eficaz y brocheriana- le hizo a la esposa de Wenceslao, Martha Ramona Cornejo (“Coca”).

Me impresionaron sus palabras. Fue testigo presencial de la brutalidad del asesinato de su marido, junto con sus por entonces pequeñas hijas. Refiriéndose a los asesinos de Wenceslao, Coca dice de forma sencilla, directa y muy “a lo Angelelli”: “Los he perdonado. Sé quiénes son. Los he perdonado”. Hace referencia también a las últimas palabras de su marido agonizante: “Sepan perdonar… No odien”.

Esta mañana, he leído la homilía del beato Angelelli en la Misa de exequias de los beatos Carlos y Gabriel. Es larga, sustanciosa y muy honda. Evangélica, sin glosa. Termina con palabras de perdón. Apela a la conciencia humana y cristiana de quienes mataron a los dos sacerdotes. No deja de señalar con fuerza la gravedad y malicia de esa muestra inaudita de violencia. Pero tampoco deja de invitar a todos al gesto cristiano fuerte del perdón.

¿Tengo que aclarar que, cuando un cristiano habla de perdón en este contexto, no está diciendo que no haya que esclarecer los hechos, sancionar justamente a los culpables y resarcir, en la medida de lo posible, tanto daño causado?

Si es necesario, lo aclaro una vez más: especialmente cuando se trata de delitos aberrantes de lesa humanidad y de terrorismo de estado (el más objetivamente malo), la acción de la justicia es imprescindible en el sentido expuesto: verdad, memoria y justicia. Nada que objetar.

Pero…

Argentina tiene un cuerpo herido. Por las heridas de entonces, y las de ahora. Esta beatificación es para mí -no puedo dejar de decirlo- un rayo de luz que nos dice por dónde caminar. Y es un mensaje del Evangelio, del mismo Dios que ama la vida y resucita de la muerte.

Argentina, y nuestra misma Iglesia, necesitan gestos evangélicos de perdón, nacidos de corazones pacificados y que hagan circular por el cuerpo entumecido de la Patria el vigor sanante de ese Perdón que viene, no de la decisión heroica o interesada de nadie, sino del mismo corazón de Dios, manifestado en Jesús Crucificado.

Gestos así no se pueden imponer por decreto ni por cartas pastorales. Nacen de corazones humanos que, tal vez al cabo de una larga y dolorosa lucha y por caminos que solo Dios conoce, se abren a la gracia siempre vivificante del Espíritu.

Argentina vive, cada día, de gestos de este calibre espiritual. Si no fuera así, hace rato que hubiéramos estallado en mil pedazos. Solo que, en ocasiones, hay que expresarlo sin timidez y confiar esa palabra también a la potencia del Espíritu que obra en los corazones.

Menos revanchismo, más fraternidad.

Argentina necesita curar sus heridas.

Una de las medicinas que ofrece curación de raíz es precisamente el perdón a imagen de Jesús, de Wenceslao, de Enrique y tantos otros.

¡Gracias a la Trinidad Santísima por el testimonio de estos hijos de la Iglesia!

¡La paz con ustedes!

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de abril de 2019

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20, 19).

El lugar es el mismo, pero la actitud ya no es igual. En el cenáculo, Jesús había reunido a los suyos para la cena de despedida, les había lavado los pies, partiendo para ellos el pan y compartiendo la copa. Era muy consciente de lo que se le venía encima. Sus palabras aquella noche eran graves, pero abrían el futuro a la esperanza.

Ahora, en cambio, los discípulos buscan el mismo lugar, pero los puede el miedo, tal vez la vergüenza; en todo caso, la ilusión de que las puertas cerradas los protejan.

Puertas cerradas como autodefensa. No da resultado en la vida de nadie. Mucho menos en la experiencia de fe. Jesús lo sabe, pues conoce el corazón humano. Por eso no necesita romper las puertas. Irrumpe desde dentro, sin forzar ni imponerse. Solo busca hacerse reconocer. Su sola presencia, percibida por la fe, dará la anhelada paz. Su paz y su alegría. Esas son las llaves para salir de cualquier encierro.

Así comienza cada Misa, con el saludo del sacerdote que desea la paz en nombre de Jesús. Y lo que hacemos ritualmente en la Misa es lo que pasa en nuestra vida, cuando aceptamos ser discípulos de Jesús y su Evangelio.

Es lo que Jesús está haciendo ahora mismo con su Iglesia: nosotros buscamos encerrarnos, pero Él nos comunica su Espíritu y, así, nos saca afuera, a la intemperie: “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…».” (Jn 20, 21-22).

Esa es la vida de la Iglesia cristiana. Lo fue al inicio. Lo sigue siendo ahora.