Por Jesús y el Evangelio

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“El que quiera seguirme…”

Viajemos en el tiempo. Lo podemos hacer con nuestra imaginación. Como cuando éramos chicos.

Vayamos a Roma. Más o menos, en los años 64 a 65. La ciudad acaba de sufrir uno de sus tantos incendios. Aún con varios de sus barrios afectados, sigue siendo “caput mundi”, la cabeza del mundo entonces conocido. Cosmopolita, orgullosa y deslumbrante, alberga más de un millón de habitantes.

En algún rincón de esa inmensa ciudad, imaginemos ahora un pequeño grupo de personas, reunidos en una casa de familia. Se entremezclan esclavos, pobres viudas, niños entredormidos, simples trabajadores con algunos miembros de familias patricias. El clima es extraño: una mezcla de miedo, unción y expectativa.

Esos hombres y mujeres han visto, por esos días, un espectáculo terrible: algunos de los suyos han sido ajusticiados públicamente. Lo cuenta el historiador Tácito: “Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado”.

Imaginamos lo que sacude los corazones: ¿De dónde ese odio hacia nosotros? No tardan en abrirse paso las preguntas más incisivas: ¿No nos habremos equivocado? Somos discípulos de Jesús: ¿No es todo esto un engaño? ¿A qué o a quién le hemos entregado la vida? ¿Vale la pena correr estos riesgos?

A las manos de esta pequeña y asustada comunidad, sin embargo, ha llegado un breve escrito. Se rumorea que es de un tal Marcos, discípulo de Pedro. Este último, ha sido uno de los ajusticiados. Días después le ha tocado el turno a otro notable: Pablo de Tarso.

Da inicio la lectura: “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Es difícil asimilar que se trata de una noticia buena de salvación (eso significa la palabra “evangelio”). Pero tampoco se puede negar que, a medida que avanza la lectura, hechos y palabras escritos despiertan esperanza.

Promediando la narración, una escena que sacude, se cruzan las miradas y da lugar a un silencio que no deja ya lugar a dudas. Comienza a hacerse luz en los corazones. Dos preguntas marcan el ritmo: “¿Quién dice la gente que soy yo?… Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mc 8,27.29). El texto contiene la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29).

Aquí, la lectura tiene que interrumpirse. El lector comprende que sus oyentes están haciendo suya la confesión de fe de Pedro. Se está volviendo la confesión de fe de todos los que han oído, de todos los que creen y esperan en Jesús, el Cristo. Ha tocado la vida. Se ha convertido en “evangelio”.

Lo que sigue, es más luz todavía: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,34-37).

De eso se trata. Ahí está la respuesta: por Jesús y su Evangelio.

Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.

Hablemos de Educación Pública

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Acabo de tuitear sobre Educación. Aquí los Tuits.

  1. ¿Y si hablamos un poco #EducacionPublica? Los centros educativos de gestión privada son parte de ella. Repasemos algunas cosas que dice la Iglesia al respecto. Me baso en el Compendio de la Doctrina Social 238-243. Aquí el link: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#La%20tarea%20educativa …

  2. Todo ser humano tiene el derecho fundamental a una educación integral como desarrollo de la propia persona, según un proyecto de vida.

  3. El hogar es la primera escuela. Los padres, los primeros educadores: dar la vida y educar son dos caras de la misma moneda.

  4. El derecho-deber de los padres a la educación de sus hijos es esencial, originario y primario, insustituible e inalienable.

  5. El rol del estado es clave y fundamental, pero siempre subsidiario: no puede sustituir, ni reemplazar, ni usurpar la misión educativa de los padres. Está a su servicio con decididas políticas públicas. También con presupuesto suficiente.

  6. Este rol insustituible de la familia y de los padres vale, de manera especial, para la educación espiritual y moral de los hijos, es decir: los valores que dan sentido a la propia vida.

  7. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. Pero no los únicos: la sociedad civil, el estado y también la Iglesia los ayudan, pero siempre bajo su supervisión atenta.

  8. De ahí que los vínculos entre la casa y la escuela, las familias y los educadores sean fundamentales. De ahí también que cualquier ruptura entre ellos sea funesta para todos.

  9. Este derecho-deber de los padres de educar a sus hijos y de darles orientación espiritual según sus valores es el fundamento sólido de haya centros educativos públicos de gestión privada.

  10. Los padres tienen, por tanto, el derecho de fundar y sostener instituciones educativas. El estado tiene el deber de cuidar y hacer efectiva esa libertad. También con aportes económicos adecuados y suficientes.

  11. Todo esto es particularmente importante para la educación sexual integral. El estado debe ser escrupulosamente respetuoso de los valores humanos, espirituales y éticos de los padres en este campo.

  12. En esta materia (educación y educación sexual), el respeto por el Ideario de las instituciones educativas públicas de gestión privada es un valor no negociable. En ese Ideario se expresan los valores que eligen las familias para sus hijos.

  13. En este sentido, el avance de las diversas teorías de género, sobre todo sus versiones más rígidas e ideologizadas, merece un debate ciudadano que no se está dando. Mucho por discutir, especialmente en una materia tan delicada y central para el desarrollo de las personas.

  14. Uno de los mejores frutos de la reciente discusión sobre el aborto ha sido la activa movilización de la sociedad, en todos sus niveles. Le ha marcado la agenda a la política. Como debe ser en materias tan centrales y delicadas. La educación es también una de ellas.

Sí a la Educación Sexual Integral

images (6)¿Sabés lo que ha dicho el Papa Francisco (y con él, toda la Iglesia) sobre la Educación Sexual?

NOSOTROS SÍ HABLAMOS DE LA EDUCACIÓN SEXUAL INTEGRAL… y desde hace mucho.

Aquí te transcribo los hermosos números que le dedica en la Exhortación “Amoris laetitia”:

Sí a la educación sexual

280. El Concilio Vaticano II planteaba la necesidad de «una positiva y prudente educación sexual» que llegue a los niños y adolescentes «conforme avanza su edad» y «teniendo en cuenta el progreso de la psicología, la pedagogía y la didáctica»[301]. Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío. Es difícil pensar la educación sexual en una época en que la sexualidad tiende a banalizarse y a empobrecerse. Sólo podría entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua. De esa manera, el lenguaje de la sexualidad no se ve tristemente empobrecido, sino iluminado. El impulso sexual puede ser cultivado en un camino de autoconocimiento y en el desarrollo de una capacidad de autodominio, que pueden ayudar a sacar a la luz capacidades preciosas de gozo y de encuentro amoroso.

281. La educación sexual brinda información, pero sin olvidar que los niños y los jóvenes no han alcanzado una madurez plena. La información debe llegar en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven. No sirve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sentido crítico ante una invasión de propuestas, ante la pornografía descontrolada y la sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad. Los jóvenes deben poder advertir que están bombardeados por mensajes que no buscan su bien y su maduración. Hace falta ayudarles a reconocer y a buscar las influencias positivas, al mismo tiempo que toman distancia de todo lo que desfigura su capacidad de amar. Igualmente, debemos aceptar que «la necesidad de un lenguaje nuevo y más adecuado se presenta especialmente en el tiempo de presentar a los niños y adolescentes el tema de la sexualidad»[302].

282. Una educación sexual que cuide un sano pudor tiene un valor inmenso, aunque hoy algunos consideren que es una cuestión de otras épocas. Es una defensa natural de la persona que resguarda su interioridad y evita ser convertida en un puro objeto. Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual que nos llevan a ser tratados de modo inhumano o a dañar a otros.

283. Con frecuencia la educación sexual se concentra en la invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro». Esta expresión transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida. Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos, como si tuvieran la madurez, los valores, el compromiso mutuo y los objetivos propios del matrimonio. De ese modo se los alienta alegremente a utilizar a otra persona como objeto de búsquedas compensatorias de carencias o de grandes límites. Es importante más bien enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido. Porque todo eso prepara para un don de sí íntegro y generoso que se expresará, luego de un compromiso público, en la entrega de los cuerpos. La unión sexual en el matrimonio aparecerá así como signo de un compromiso totalizante, enriquecido por todo el camino previo.

284. No hay que engañar a los jóvenes llevándoles a confundir los planos: la atracción «crea, por un momento, la ilusión de la “unión”, pero, sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan separados como antes»[303]. El lenguaje del cuerpo requiere el paciente aprendizaje que permite interpretar y educar los propios deseos para entregarse de verdad. Cuando se pretende entregar todo de golpe es posible que no se entregue nada. Una cosa es comprender las fragilidades de la edad o sus confusiones, y otra es alentar a los adolescentes a prolongar la inmadurez de su forma de amar. Pero ¿quién habla hoy de estas cosas? ¿Quién es capaz de tomarse en serio a los jóvenes? ¿Quién les ayuda a prepararse en serio para un amor grande y generoso? Se toma demasiado a la ligera la educación sexual.

285. La educación sexual debería incluir también el respeto y la valoración de la diferencia, que muestra a cada uno la posibilidad de superar el encierro en los propios límites para abrirse a la aceptación del otro. Más allá de las comprensibles dificultades que cada uno pueda vivir, hay que ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como ha sido creado, porque «una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación […] También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente»[304]. Sólo perdiéndole el miedo a la diferencia, uno puede terminar de liberarse de la inmanencia del propio ser y del embeleso por sí mismo. La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo, de manera que la persona no pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»[305].

286. Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación. Es verdad que no podemos separar lo que es masculino y femenino de la obra creada por Dios, que es anterior a todas nuestras decisiones y experiencias, donde hay elementos biológicos que es imposible ignorar. Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido. Por eso es posible, por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a la situación laboral de la esposa. Asumir tareas domésticas o algunos aspectos de la crianza de los hijos no lo vuelven menos masculino ni significan un fracaso, una claudicación o una vergüenza. Hay que ayudar a los niños a aceptar con normalidad estos sanos «intercambios», que no quitan dignidad alguna a la figura paterna. La rigidez se convierte en una sobreactuación de lo masculino o femenino, y no educa a los niños y jóvenes para la reciprocidad encarnada en las condiciones reales del matrimonio. Esa rigidez, a su vez, puede impedir el desarrollo de las capacidades de cada uno, hasta el punto de llevar a considerar como poco masculino dedicarse al arte o a la danza y poco femenino desarrollar alguna tarea de conducción. Esto gracias a Dios ha cambiado, pero en algunos lugares ciertas concepciones inadecuadas siguen condicionando la legítima libertad y mutilando el auténtico desarrollo de la identidad concreta de los hijos o de sus potencialidades.

Un camino de libertad

WEB_22e Di TO B_20180902 (1)“La Voz de San Justo”, domingo 2 de setiembre de 2018

Permítanme un testimonio personal: ¿Qué me ha dado Cristo? Entre todo lo que podría decir, no lo dudo un instante: libertad. Cristo me ha dado libertad.

Leyendo y releyendo el evangelio de este domingo (cf. Mc 7,1-814-1521-23), no he podido alejar de mi corazón esta cuestión. En contraposición a una religiosidad puramente externa, Jesús insiste en que lo importante, para Dios, es el corazón del hombre. Allí se juega todo.

Durante la semana que termina, hemos leído también las que tal vez sean las palabras más duras de Jesús. Son sus invectivas contra fariseos y escribas. Están en el capítulo veintitrés del evangelio de San Mateo. Aquí, solo una perlita: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!” (Mt 23,25). Una y otra vez los llama “hipócritas” y “ciegos”. El hombre religioso vivirá siempre amenazado por la hipocresía: ofrecer solo una apariencia de rectitud.

Frente a toda religiosidad ciega e hipócrita destaca la figura de Jesús, su libertad, su autenticidad. Así vive y enseña a vivir. Esa es mi experiencia con Jesús: él me ofrece y me da, una y otra vez, libertad interior. Su libertad.

Tengo que matizar: para mí, la libertad sigue siendo un desafío cotidiano, una meta nunca alcanzada del todo. No soy un hombre plenamente libre. Es más, en ocasiones, siento la fuerte tentación de confundir libertad con desinhibición o capricho. Y siento la necesidad de ser liberado, también una y otra vez, de esas caricaturas grotescas de libertad.

Ahí, nuevamente aparece Cristo, haciendo posible el camino de la libertad: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,20-23). El corazón es el territorio de la libertad más genuina: la que nace desde dentro y se consolida en la virtud.

Cuando se publiquen estas líneas estaré caminando con los jóvenes de la diócesis, como cada primer domingo de setiembre, hacia el Santuario de la Virgencita, en Villa Concepción.

Cuando llegue el momento, voy a hablarles de la libertad de Cristo. A ellos, y también a mí mismo, para que nuestro peregrinar juntos por la vida y la fe, sea también un camino de libertad.

Creo que María sonríe. Fue su propio camino. Ha sido también su experiencia de Jesús.

Cultura democrática

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Una buena cultura democrática supone una sociedad civil fuerte, con ciudadanos activos, críticos, movilizados. Ni dormidos ni adormecidos, proactivos para edificar, cada día el bien común, sin confundirlo con la mera sociedad del bienestar y el consumo.

Una sociedad así ha de tener, por una parte, en alta estima a la política como medio privilegiado para transformar la realidad, especialmente de los menos favorecidos. Por otra, ha de cultivar una sana actitud crítica hacia los políticos, de tal modo que los fiscalice minuciosamente, les pida cuentas y, en buena medida, les marque la cancha de los temas que son realmente de interés ciudadano.

En este sentido, la doctrina social de la Iglesia Católica insiste en la primacía de la sociedad civil y de los ciudadanos por sobre la comunidad política, el gobierno y el estado. Afirma, por ejemplo, el número 418 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La comunidad política y la sociedad civil, aun cuando estén recíprocamente vinculadas y sean interdependientes, no son iguales en la jerarquía de los fines. La comunidad política está esencialmente al servicio de la sociedad civil y, en último análisis, de las personas y de los grupos que la componen. La sociedad civil, por tanto, no puede considerarse un mero apéndice o una variable de la comunidad política: al contrario, ella tiene la preeminencia, ya que es precisamente la sociedad civil la que justifica la existencia de la comunidad política”.

Una cultura democrática de este espesor supone, por tanto, una sociedad con alma. Es decir: con valores espirituales y energías éticas suficientemente altas como para mirar la bien común por encima de los intereses particulares, sean individuales que grupales.

Aquí podrían ser útiles algunos términos cristianos para traducir al lenguaje de la experiencia de la fe lo que esta cultura supone, por ejemplo: intensa vida espiritual (dejarse guiar por el Espíritu) en santidad, amor y gratuidad.

 

Oración de la Iglesia joven y peregrina de San Francisco

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Oración de la Iglesia joven y peregrina de San Francisco

Peregrinación Juvenil al Santuario Diocesano de la “Virgencita”

María: estamos en camino hacia tu Santuario.
Somos jóvenes, discípulos y caminantes.
Vos vas a nuestro lado,
pero igual te decimos:
¡Vení a caminar con nosotros!

Estamos caminando la vida.
Peregrinamos también la fe.

La vida es don maravilloso de Dios.
La sentimos palpitar en nuestro cuerpo y en nuestro corazón.
A veces, nos desconcierta y confunde.
Pero no dejamos de experimentar que, tomados de tu mano,
el amor de Dios sostiene nuestra esperanza.

La fe es un peregrinar que nos lleva,
una y otra vez, al encuentro con Jesús, nuestro Salvador.
Escuchamos su Palabra y sentimos el aliento de su Espíritu.
Recibimos su perdón y el alimento de su Cuerpo y de su Sangre.

De tu mano, y con nuestra vida queremos decir “Amén” a Jesús.

Estamos caminando como Iglesia joven de San Francisco.
Nos sentimos familia, pueblo y comunidad.
La Iglesia es nuestro hogar.
Allí crecemos, cantamos y celebramos la Vida.

Sabemos que no estamos solos,
y que nadie puede resultarnos extraño
si nos miramos con los ojos de Jesús.

¡Somos Vocación! ¡Somos Misión!
Discípulos misioneros de Jesús,
estamos llamados a comunicar la alegría del Evangelio
y a ser protagonistas de la civilización del amor,
especialmente cercanos a los pobres y descartados.

Servidores como Jesús,
nos sentimos llamados a renovar la historia,
trabajando por el bien común, la justicia
y la cultura del encuentro en nuestra Patria Argentina.

Virgencita: vos caminás con nosotros,
como también los santos, amigos de Dios,
y tantos testigos y compañeros de camino.

¡Seguí caminando con nosotros!
Contagianos la audacia de tu alma joven
para cantar la grandeza del Señor.

Amén.

Carta a la comunidad universitaria

35232Carta a la comunidad universitaria del Equipo de Estudiantes de la Comisión Episcopal de Pastoral Universitaria

Somos miembros de la comunidad universitaria que participamos de las actividades de la Pastoral Universitaria en distintos puntos del país. En este momento, que entendemos grave para la vida universitaria y de educación superior de nuestra patria, queremos expresarnos para visibilizar nuestra solidaridad con nuestros docentes y personal de apoyo que no encuentran respuestas adecuadas al legítimo reclamo salarial. La situación actual nos afecta a todos, no sólo a los que tienen una tarea remunerada, sino también a los estudiantes. Entendemos que éste es un problema de todos, por eso nos sentimos preocupados por la vulneración del derecho a la educación pública de calidad al servicio del país que se manifiesta en el horizonte del ajuste.

Esta difícil situación no toca solamente a quienes, de entre nosotros, estudian en la universidad de gestión estatal; sino también a aquellos que lo hacen en muchos institutos de educación superior, e incluso en las universidades privadas que han visto mermar el número de alumnos por las dificultades económicas. El problema, insistimos, es de toda la educación pública; por lo mismo afecta tanto a las instituciones de gestión estatal como privada.

Asimismo, nos gustaría recordar la necesidad de respetar el derecho a la diversidad de pensamiento y de religión que constituye a una sociedad democrática ya que en algunos lugares se han verificado expresiones agresivas hacia personas y símbolos que expresan una confesión religiosa. Estamos convencidos de que la laicidad conlleva la posibilidad de expresiones plurales, no exclusiones arbitrarias que van en detrimento de la diversidad cultural.

Siendo miembros activos de la comunidad cristiana católica, junto a esta manifestación pública, queremos seguir haciendo nuestro aporte desde nuestro rol de universitarios y creyentes en el compromiso por una educación pública de calidad.

  • Leiza Irazusta; Instituto superior de formación docente canónigo Guido de Andreis
  • Soledad Fernández; Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Tandil)
  • María Victoria Fraire; Universidad Tecnológica Nacional (Córdoba).
  • Martín Fuentes; Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires)
  • Francisco Orioli; Universidad Nacional de La Plata (La Plata)
  • Mariano Rodríguez; Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Tucumán)
  • Valeria Villalba; Universidad Nacional de Misiones (Posadas)
  • Denis Vitale; Universidad de Congreso (Mendoza)

Equipo de estudiantes

Comisión Episcopal de Pastoral Universitaria

Símbolos religiosos en el espacio público

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Como está ocurriendo en otros países de tradición católica, también aquí en Argentina se está planteando un debate por la presencia de símbolos religiosos en dependencias del estado. Se pregunta por el origen de esta práctica y por su legitimidad.

Unos diputados de Cambiemos, por ejemplo, acaban de presentar un proyecto pidiendo “la remoción de los símbolos e imágenes religiosas instaladas en espacios públicos o edificios pertenecientes al Estado Nacional” (sic). Aquí el link

Es un tema que se presta para la polémica. Argentina tiene una tradición católica multisecular, pero también una corriente laica que ha configurado aspectos importantes de su vida. La convivencia de ambas perspectivas no suele ser muy amable. En ocasiones -y esta puede ser una- los chispazos pueden hacerse más visibles. Y, así como existe un integrismo católico, también conocemos un integrismo laicista, tan agresivo, dogmático y rigorista como aquel.

Quisiera, con estas breves líneas, aportar a un debate sereno, teniendo claro que mi palabra como obispo católico tiene un peso relativamente importante para buena parte de los ciudadanos de nuestro país. Quiero ofrecer una palabra responsable, pero también franca y leal.

Pienso francamente que la cuestión de los símbolos religiosos en el espacio público forma parte de aquel amplio conjunto de temas que pueden ser resueltos de modos muy diversos. Constituyen materia opinable, abierta a distintas formas de realización, como de hecho ocurre en diversos países y culturas. No creo que se lo pueda plantear como una cuestión absoluta, a favor o en contra.

Los católicos tenemos cuestiones “no negociables” en nuestra concepción de la convivencia ciudadana. Son realmente pocas: la intangibilidad de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, la identidad del matrimonio y la familia, el derecho de los padres a determinar la educación de sus hijos; el bien común de la sociedad, especialmente atentos a los más pobres y vulnerables.

La cuestión que nos ocupa no forma parte de este conjunto de temas “no negociables”. En realidad, se trata de ser muy respetuosos del genio, de la historia, de las costumbres y tradiciones de cada pueblo. En naciones como la nuestra, con una presencia determinante de la tradición católica,

El otro principio que -según mi criterio- es importante tener en cuenta, es el hecho de que la Iglesia y sus pastores no tenemos competencia directa para determinar si tiene que haber o no símbolos religiosos en el espacio público. Esta es una cuestión que tiene que ver con los ciudadanos, sus tradiciones, su cultura y sus libertades, especialmente con la libertad religiosa. En una palabra: tienen que decidir los ciudadanos cómo ha de configurarse el espacio público.

En este contexto, me parece importante no confundir el espacio público con el estado. O suponer que el espacio público le pertenece al estado. No es así. El espacio público es de todos los ciudadanos y refleja nuestra realidad, también nuestra diversidad. El estado, en todo caso, administra y regula que el uso del espacio público esté suficientemente garantizado para todos, resguardando la libertad de expresión (uno de los pilares de la democracia). También habría que distinguir aquí lo que son dependencias del estado, cuya laicidad es un rasgo legítimo, también reconocido como tal por la Iglesia.

En una reciente respuesta del gobierno italiano al Tribunal de la Unión europea que dictaminó la retirada de las cruces de los colegios públicos, ha jugado un rol importante la consideración de la cruz como un símbolo religioso expresivo de la identidad cultural de Italia.

Es un argumento de peso. Pienso que muchos de los símbolos que vemos todavía (porque muchos ya han sido quitados) provienen de un pasado en que sociedad y religión, iglesia y estado prácticamente se confundían entre sí. Los procesos de secularización han ido delimitando con una claridad relativamente mayor los espacios y esferas de competencia. Salvo sectores minoritarios, todos reconocemos en ello un proceso saludable. La Iglesia reconoce el principio de la laicidad del estado como una forma de tutelar la libertad religiosa de los ciudadanos.

¿Esto significa que los símbolos tienen que desaparecer de los espacios públicos? No necesariamente. Pienso que, aunque muchos ciudadanos ya no adhieran a la fe católica o no formen parte activa de esta comunidad religiosa, siguen reconociendo como expresivos de sus valores espirituales y morales a estos símbolos.

Un caso distinto se da cuando se trata de poner un símbolo religioso nuevo en un espacio público que hasta ahora no tenía ese tipo de expresiones. En principio, habría que generar un saludable debate entre los ciudadanos directamente involucrados a fin de arribar a alguna forma de consenso favorable o no a la colocación del símbolo religioso.

Obviamente, esto supone un ejercicio de convivencia en el que no solo talle fuerte la virtud de la tolerancia sino también el explícito reconocimiento de que el otro, especialmente si diverso de mí, de mis valores e ideas, es un semejante con derechos similares a los míos, y que, por lo mismo, tiene también el derecho de expresar sus convicciones espirituales en el espacio que es de todos.

Una última consideración: solo en democracia los ciudadanos podemos discutir sobre todo, incluso acaloradamente, pero respetándonos y defendiendo recíprocamente ese alto valor democrático que es el derecho a la libre expresión.

Señor, ¿a quién iremos?

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de agosto de 2018

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6,68).

Con esta confesión de fe de Pedro culminamos la lectura del capítulo sexto del evangelio según San Juan. Nos ha acompañado durante cinco domingos.

Ha sido un camino fascinante, aunque también fatigoso. Ha sido bueno dejarse llevar por las palabras de Jesús, experimentando el vértigo de percibir su pretensión sobre nosotros y nuestras vidas. Pero, a esa vorágine nos lleva la fe.

Escuchar las palabras de Jesús es sentir que nuestra libertad queda desafiada en su raíz más profunda: ¿qué estás haciendo de tu vida? ¿Hacia dónde estás caminando? ¿Cuáles son tus búsquedas, tus deseos y tus inquietudes más hondas? ¿Valen realmente la pena? ¿Le dan autenticidad a tu vida? ¿Te hacen más humano?

Cada uno hace ese camino. Es un camino personal, pero no en solitario. El que cree nunca está solo. Es un camino compartido: antes de mí, otros lo han transitado ya. Ahora mismo, tengo a mi lado muchos compañeros de aventura. Nos miramos, nos ayudamos a caminar, nos animamos cuando la fatiga, el desencanto o el desaliento parecen poder con nosotros.

Pero hay un momento en que la mirada y la palabra del Señor se fijan en mí y, poniendo en crisis todo lo que pienso, siento y programo, me desafían a tomar una decisión.

Este domingo, un compañero de camino – Simón Pedro – comparte con nosotros ese momento álgido de su vida. Y comparte también con nosotros sus palabras.

Escuchémoslo y, sin falsos pudores ni vergüenza, hagamos nuestra su audacia. Sus palabras son sinceras, francas y diáfanas: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).