MISERICORDIA. PERDÓN. RECONCILIACIÓN – “Artículo en La Voz de San Justo” (20 de diciembre de 2015)

cristo crucificado

Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos” (Lc 23,33-34).

Las imágenes de Dios no son inocentes, decíamos el pasado domingo. Esta de Jesús que, en medio del suplicio, disculpa a sus verdugos y pide el perdón para ellos, menos que menos.

Jesús es el Dios crucificado: el Dios inmutable que se ha dejado crucificar. Ha llegado hasta el extremo del amor: conoce desde dentro toda la oscuridad que habita en el mundo. Desde allí ha resucitado y, con él, a toda la humanidad.

El pasado 8 de diciembre, el Papa Francisco ha inaugurado el Jubileo de la Misericordia. El domingo 13 lo hemos hecho también aquí en San Francisco, como cada obispo en cada diócesis del mundo.

Tres palabras claves para desentrañar el sentido espiritual de este tiempo de gracia: misericordia, perdón y reconciliación.

Misericordia. Imposible recoger en esa sola palabra castellana todo lo que la Biblia quiere decir de múltiples formas sobre Dios. Fidelidad, ternura, conmoción de las entrañas y de las vísceras ante el sufrimiento, impulso del amor que busca hacerse cargo, y un largo etcétera. Esa es la actitud que la tradición judeocristiana identifica como la más honda de Dios. Intento una síntesis: misericordia quiere decir “hacerse cargo del otro”. El Dios clemente se hace cargo de su creatura, conmovido en sus entrañas por el sufrimiento humano y de la entera creación.

Perdón. También aquí la riqueza de sentido no se puede verter en una sola palabra. Uno de los significados detrás de la palabra “perdón” es la idea de dejar ir, soltar. Eso es perdonar: dejar ir la ofensa recibida y, por eso mismo, dar una nueva oportunidad. Dios es capaz de hacer eso. Es el que perdona. ¿Y nosotros? ¿Podemos perdonar las ofensas? Hasta setenta veces siete, le dice Jesús a Pedro. Y nos enseñó a rezar: “Padre… danos hoy nuestro pan cotidiano y perdónanos como nosotros perdonamos…”

Reconciliación. Quiere decir: volver a restablecer el vínculo de la amistad, roto por algún enfrentamiento. Ese significado sencillamente humano es asumido por el mensaje cristiano. Es Dios el que recupera como amigo al hombre que se había alejado de Él por el pecado. Dios es el sujeto activo de la reconciliación. Y lo ha hecho por medio de su Hijo que, para reconciliarnos, llegó al extremo del amor en la cruz. “Déjense reconciliar con Dios”, suplica Pablo a los primeros cristianos.

La imagen de Jesús que muere perdonando es muy fuerte. No lo hubiéramos imaginado así, pero precisamente ese es el Rostro genuino de Dios. En la entrega de Jesús en la cruz se muestra de manera insuperable lo más profundo de Dios: su misericordia que perdona y reconcilia. Dios se hace cargo.

Misericordia, perdón y reconciliación son, por eso, palabras sagradas para un cristiano. Expresan lo más hondo de la experiencia religiosa de la fe. Hablan de cómo es Dios con nosotros. Pero también indican un camino a seguir en la propia vida.

De ahí que el lema de este Jubileo sea: “Misericordiosos como el Padre”.

En el corazón de África, lacerado por una violencia que parece no tener fin, el Papa Francisco ha hecho resonar estas palabras sagradas. En Bangui, la martirizada capital de la República centroafricana, abrió la “Puerta de la misericordia”, inaugurando por anticipado el Jubileo.

De eso se trata: si negar el rol insustituible de la justicia, es posible dejar una puerta abierta para que, quien lo sienta en su interior, se anime a dejarse reconciliar con Dios y, ¿por qué no?, también a tender gratuita y libremente su mano como oferta de perdón y reconciliación a quien lo haya ofendido.

Los culpables han de purgar sus delitos. Incluso en su celda, el hombre arrepentido puede encontrar el camino del perdón que regenera su dignidad como ser humano.

Es un camino posible, a la vez divino y humano, para secar definitivamente las fuentes del odio y la venganza, que parecen inagotables. Lo que realmente es inagotable es el misterio de la misericordia de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Solo así llega la paz al atribulado corazón de la humanidad.