“Vayan y anuncien el Evangelio” – Plan Pastoral Diocesano 2016-2020

10929199_884125508318489_8605516361864952492_nCarta pastoral del Obispo Sergio O. Buenanueva

Presentación del Plan de Pastoral de la Diócesis de San Francisco

 

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

 

A todos los fieles católicos de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

Tengo la alegría de presentarles nuestro Plan de Pastoral Diocesano actualizado. Tendrá vigencia por cinco años: de 2016 a 2020.

No es un Plan nuevo, sino una actualización del proyecto evangelizador que ha ido madurando en nuestra diócesis a lo largo de estos años, bajo la guía del Espíritu y con el aporte de pastores, laicos y consagrados. Es fruto inmediato de la Asamblea diocesana del pasado 12 de octubre de 2015, en la que pudimos reconocer la siembra de Dios en el campo de nuestra diócesis. Tiene como lema inspirador las mismas palabras del Señor resucitado: “Vayan por todo el mundo, y anuncien el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,16).

¿Qué es un Plan de Pastoral? ¿Cuál es su finalidad? ¿Para qué sirve?

Un Plan de Pastoral contiene los puntos esenciales de la respuesta orgánica y programada que una diócesis quiere dar a los desafíos pastorales que la realidad le presenta a su misión de anunciar el Evangelio y servir a la fe en Jesucristo.

El Plan de Pastoral no agota la misión de la Iglesia. Se concentra en lo esencial y lo que es común a todos. Se trata de un conjunto de orientaciones que tiene como finalidad servir, animar y renovar la pastoral ordinaria de nuestras comunidades.

El Plan ofrece orientaciones en tres niveles: personal, comunitario y diocesano. Para cada uno de ellos, propone el camino de una exigente conversión pastoral y misionera: cómo anunciar a todos el Evangelio de Jesús. Y hacerlo con pasión y entusiasmo, respetuosos de la libertad, la conciencia y el camino de cada persona, sin complejos ni falsos pudores, alegres de vivir el tiempo que Dios nos da como ocasión para comunicar la fe.

En las líneas que siguen ofrezco algunas reflexiones para aprovechar con fruto las orientaciones del Plan, animando una genuina conversión pastoral.

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  1. El Señor está con nosotros y nos está llamando

Somos discípulos de Jesús resucitado. Vencedor de la muerte, Él está vivo y dando vida. Su bendita Presencia nos espera en cada persona, en cada acontecimiento, en el mundo. La Iglesia es el hogar de esa Presencia, que actúa también en la historia y en toda la creación.

Un discípulo es alguien que ha sido alcanzado por Jesús, por su Pascua y que, a partir de ese encuentro, ha empezado a comprender su vida con ojos nuevos, iluminados por el amor de Dios y conducidos por su Espíritu.

Nuestra Iglesia diocesana viene experimentando con fuerza la llamada del Señor a una evangelización renovada. El Plan de Pastoral es expresión de ello.

Como obispo, los invito entonces a repasar las páginas de nuestro Plan tratando de interpretar con ellas la llamada que Jesús nos está haciendo.

El Plan mismo ha surgido de una actitud de escucha y apertura contemplativa a la acción del Espíritu. Así lo hemos de vivir y aplicar. Supone un dinamismo de escucha constante. No es palabra acabada o última. Partiendo de él y “entrenados” por su espíritu, nuestras comunidades tendrán que agudizar el oído para descubrir esa voz que nos llama, habla y orienta en el camino pastoral. La Iglesia, como María, repasa en sus entrañas las palabras y los dones del Señor.

  1. Su llamada es personal y comunitaria

Ser discípulo de Jesús es una experiencia personal y comunitaria. Es personal, porque la fe nace de una llamada que Jesús hace a cada uno, interpelando nuestra libertad e invitándonos a su seguimiento. Es también personal, porque supone una vocación y una misión que cada uno debe discernir, reconocer, aceptar y abrazar con alegría y fidelidad crecientes.

Como discípulos y creyentes, no existimos aislados. Somos Iglesia familia: comunidad de discípulos misioneros que creen, esperan y aman. Es en la comunidad eclesial donde, de ordinario, escuchamos la llamada del Señor.

El camino de nuestra diócesis ha afianzado esta experiencia de sentirnos familia: una vasta red de personas y comunidades; vocaciones, carismas y ministerios.

Sintámonos, pues, llamados por Jesús a ser su cuerpo místico y templo de su Espíritu. La Iglesia es misión, anuncio, celebración y testimonio gozoso del Reino de Dios. Y, en el seno de esta Iglesia misionera, cada bautizado debe encontrar su lugar y sentirse sujeto plenamente responsable del Evangelio.

Los distintos espacios de comunión que tenemos (los consejos diocesanos y parroquiales, por ejemplo) expresan esta corresponsabilidad en la misión común. Estos son ámbitos privilegiados para recibir, aplicar, seguir y evaluar el Plan.

Por lo mismo, el Plan de Pastoral nos compromete a superar individualismos o personalismos, los “sectarismos” que nunca faltan, mezquindades y competencias, etc. También el “clericalismo”, un defecto a dos puntas: los clérigos quieren manejar todo y los laicos renuncian a su responsabilidad.

En este sentido, tenemos pendiente una revisión a fondo de la iniciación cristiana en nuestra diócesis como el proceso integral, nunca acabado del todo, por el que un bautizado se convierte en discípulo de Jesús y miembro vivo de su Iglesia. La Junta de Catequesis ha dado algunos pasos en firme que hemos de continuar y profundizar entre todos.

  1. Llamados para un testimonio gozoso

El único Señor de la Iglesia es Cristo. Él nos llama y nos envía. Todos somos sus testigos en medio del mundo y para la vida del mundo. Él camina con nosotros. Su promesa es estar siempre con nosotros y darnos su Espíritu.

En nuestro camino pastoral hemos tratado de mirar de frente los graves desafíos que hoy tiene el Evangelio. Están enumerados en nuestro Plan. El Espíritu nos descubrirá otros, ampliando nuestra mirada y nuestro diagnóstico.

Quisiera alentarlos, a no dejarnos invadir por el temor o el pesimismo. Miremos en profundidad lo que somos y vivimos, lo que Dios está obrando en nosotros y en el mundo. Es cierto que está pasando una determinada figura histórica de la Iglesia. Muchas cosas están cambiando. Jesús está formando con nosotros una Iglesia más despojada de poder mundano y, por eso, más libre, más alegre y misionera. El Espíritu está abriendo puertas y oportunidades nuevas que tenemos que reconocer con mirada amplia y generosa.

Vivamos la alegría del Evangelio: ¡somos testigos del amor más grande!

  1. Celebrar. Testimoniar

La única misión de la Iglesia tiene tres dimensiones esenciales: anuncio, celebración y testimonio. Cada bautizado ha de vivir estas tres dimensiones según su propia vocación y misión en la comunidad.

Anunciamos que el amor de Dios manifestado en Jesucristo es digno de fe. Es motor de una esperanza que nos levanta de todas las caídas. Es un anuncio que espera cada ser humano, especialmente los que están solos, tristes, sin esperanza. Necesitamos siempre mirar la calidad y el estilo de nuestro anuncio. ¡Es buena y alegre noticia de salvación!

Celebramos el misterio pascual de Cristo: su victoria sobre todo lo que deshumaniza. Celebramos la vida del Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada domingo, nos reunimos para escuchar su Palabra y levantar nuestros corazones agradecidos en la Eucaristía. Tenemos por delante el desafío de profundizar la renovación litúrgica que inició el Concilio Vaticano II y que ha dado tantos frutos entre nosotros. Sobre todo, en la liturgia resplandece el misterio de Jesús que atrae por su luminosa belleza, capaz de dar sentido a toda la existencia.

Somos testigos, con nuestra vida y nuestras palabras, de esta fuerza transformadora de la Pascua de Jesús. Cada una de nuestras comunidades ha de sentirse llamada a irradiar el testimonio del amor de Cristo, especialmente cercanos a los más pobres, a los alejados y excluidos. La reforma económica que estamos llevando a cabo en la diócesis es una dimensión de la conversión pastoral que nos permite, con claridad, transparencia y solidaridad, compartir tiempo, talentos y bienes materiales.

Hoy la Iglesia nos alienta a salir al encuentro de todos, haciendo como Jesús el buen samaritano, que se detiene, se hace cargo de los heridos y los acompaña con paciencia y misericordia en su camino de curación. Alejemos de nosotros todo signo de soberbia, de suficiencia y de altivez. Seamos, como el mismo Jesús y su madre, mansos y humildes, atentos a no dejar que se apague ningún fuego, por pequeño e insignificante que sea.

  1. Creyentes bautizados por el Espíritu

Los tiempos que nos tocan vivir son complejos, pero también fascinantes. Nos desafían a vivir nuestra fe de una manera que abrace toda nuestra existencia. Estamos llamados a una intensa experiencia espiritual. El cristiano de hoy está llamado a ser un místico: alguien que “no toca de oídas”, sino que, en la fe, gusta permanentemente de Jesús y de su Espíritu. Solo quien vive en el Espíritu de Jesús podrá ser su testigo en el mundo.

El Espíritu de Cristo derrama carismas y suscita vocaciones. ¡Ojalá que cada uno pueda reconocer lo que el Espíritu le ha dado para el bien de todos! Como diócesis vamos a iniciar el proceso de discernimiento del diaconado permanente y de los ministerios laicales. Junto con las vocaciones al sacerdocio, apostólicas y de especial consagración, expresan el dinamismo de una Iglesia misionera que anuncia con gozo el Evangelio.

Todos estamos llamados a esta plenitud de la vida cristiana que es la santidad como configuración con Jesucristo. Como su obispo, los invito entonces a renovar este camino espiritual. Que nuestras comunidades se distingan como escuelas de oración y de servicio generoso. Sin ello, el Plan sería letra muerta.

  1. A toda la creación

¿Quiénes son los destinatarios de la misión que Jesús resucitado encomienda a su Iglesia?

El Evangelio es anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo como renovación de todas las cosas: en primer lugar, de cada ser humano, pero también se proyecta hacia toda la creación.

En nuestra mirada sobre la realidad, hemos identificado muchas situaciones que hoy claman por la vida nueva de Jesucristo. El Plan de Pastoral nos interpela a ponernos en movimiento, a salir de nuestras comodidades y costumbres, confiando en el poder del Espíritu, llevar la paz y el consuelo de Cristo a nuestros hermanos y hermanas más necesitados.

Cada comunidad cristiana tendrá que preguntarse entonces qué situaciones, qué personas, qué espacios están más alejados y deseosos de recibir la esperanza de Cristo. Nos interpelan, de manera particular, las familias heridas, las personas que sufren soledad, pobreza o abandono, los que viven alguna forma de adicción. Nos interpelan también las situaciones de violencia dentro de las familias que sufren, sobre todo, las mujeres, los ancianos y los niños. Son situaciones que llegan a nosotros, por ejemplo, en la catequesis, nuestros colegios u otras formas de contacto con las personas de nuestras comunidades.

Los discípulos de Jesús somos también parte de una sociedad (pueblo, provincia, nación) que tiene una cultura con ricos valores, un dinamismo propio, proyectos e ilusiones compartidas, pero también conflictos, discordias y debilidades que todos sufrimos. El Plan de Pastoral nos invita a descubrirnos también responsables de nuestra vida ciudadana, de luchar por el bien común, de sumarnos a la tarea nunca acabada de edificar el mejor orden justo posible, de crecer en amistad social, reconciliación y convivencia.

Jesús que nos llama y nos envía, nos asegura también que quien se deja guiar por su Espíritu tendrá la fuerza necesaria para llevar su paz a las situaciones más difíciles: “Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán” (Mc 16,17-18).

  1. Una Iglesia diocesana en camino

Así concluye San Marcos su evangelio: “Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban” (Mc 16,19-20).

Estas palabras describen el hoy de nuestra misión evangelizadora. Es lo que ahora mismo está aconteciendo en nuestra Iglesia diocesana y en todas partes.

El Plan de Pastoral Diocesano que pongo en sus manos con gran esperanza es expresión de nuestra confianza en esa Presencia del Señor resucitado que nos asiste y nos confirma con el sello de su Espíritu.

Gracias a todos por haber sumado su granito de arena en la preparación de este proyecto evangelizador que abre para nuestra querida diócesis una etapa nueva en su camino pastoral. Seamos, pues, una Iglesia que camina, que canta y anuncia el Evangelio del Señor.

Se lo confío de manera especial a María de Fátima, misionera y peregrina. También a Francisco de Asís, pobre, humilde y poeta del Evangelio de Jesús.

Me confío yo mismo a la oración de todos ustedes.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco