Dios también sabe barrer

jesus-y-la-mujer-adulteraEste domingo leímos la parábola del hijo pródigo. Es un texto inagotable. Conversando días pasados con un cura de la diócesis, él me hacía notar los verbos que describen la actitud del padre que espera y recibe al hijo. De eso iba a predicar. Yo también lo hice así.

Sin embargo, en ese capítulo 15, san Lucas tiene otras dos preciosas parábolas que ilustran el mismo tema: por qué Jesús se arrima a los publicanos y pecadores. Sobre todo, esta última expresión (“pecadores”), designa a todo tipo de personas de mala vida. Y ahí, en medio de esa gente, está Jesús. Como que siente una atracción especial por ellos. Algo lo lleva a ellos. Y tiene que ver con Aquel a quien Jesús invoca con el nombre de “Abba”.

Ante la indignación que suscita su conducta, cuenta estas tres parábolas que hablan de la recuperación de cosas “perdidas”: una oveja, una monedita de poco valor, un hijo y hermano.

De las tres, la de la pobre viuda que, escoba en mano, busca la moneda perdida es la que me parece más simpática.

Dios es así: como una señora que barre la casa. Así busca lo que, a los ojos de la gente seria, es de poca monta y, seguramente, no merecería esfuerzo ni preocupación (¡es mejor darlo por perdido!), pero que, para Él, tiene el valor de lo absoluto. Así Dios busca a cada hombre. No se rinde ni lo da por perdido.

Pero lo que quisiera destacar es que, contra el pensamiento dominante en su época machista, Jesús, con toda naturalidad compara a Dios con una viuda pobre y barrendera.

San Marcos nos cuenta otra escena conmovedora (cf. Mc 12,41-44). También la protagonista es una viuda pobre, aquella que deposita dos miserables monedas de cobre en las urnas del templo. Lo conmovió tanto a Jesús que aprovecha la ocasión de proponerla como modelo de vida: en la vida según Dios hay que entregarlo todo, hay que darse totalmente a sí mismo. Lo dice Él que, pocas horas después, entregará todo en la cruz.

Otra vez: una mujer, el mejor icono de lo que es un cristiano y de lo que es el mismo Cristo…

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Días pasados, hemos sido sacudidos por una serie de noticias de sangre que nos han estrujado el corazón. Una vez más, las víctimas han sido unas mujeres: dos jóvenes mendocinas de viaje en Ecuador; cuatro religiosas de la Madre Teresa que cuidaban ancianos en Yemen; una joven mamá asesinada delante de sus hijitos…

De repente, como que caemos en la cuenta de la profunda violencia que tiene sujeta por dentro a nuestra sociedad enferma. Violencia que sufren especialmente las mujeres, con los niños y los ancianos.

El año pasado, la reacción de la sociedad tuvo la forma de una serie de iniciativas en torno al lema “Ni una menos” que rápidamente se transformó en una manifestación multitudinaria en varios puntos del país y un hashtag que escaló los primeros puestos en las redes.

Parece que, como sociedad, estamos reaccionando y cayendo en la cuenta de lo que se mueve muy adentro en nuestra cultura, instituciones y formas de vivir que necesitan ser puestos en tela de juicio, fuertemente zamarreados y cambiados, porque de allí brota esa violencia irracional que todavía algunos tienden a justificar o disculpar.

Un replanteo a fondo que tenemos que hacernos todos: varones y mujeres, ciudadanos de a pie y dirigentes…

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Por eso, en este día de la mujer, yo he querido volver al Evangelio, a Jesús, a su modo de actuar, de pensar y de decir las cosas.

Creo que, como sus discípulos, allí hemos de encontrar un estímulo muy fuerte para hacer que el Evangelio de Cristo cale más hondo.

Tal vez haga un juicio apresurado, pero creo que, en este tema, la luz del Evangelio no ha terminado de penetrar tantas oscuridades de nuestro corazón y de nuestro modo habitual de pensar y de obrar, del modo como organizamos nuestra vida familiar, social, eclesial y hasta política.

¿Cómo ve Jesús a las mujeres? ¿Cómo las trata? ¿Qué lugar les da? ¿Cómo las mira?

Jesús se movió con una sorprendente naturalidad con las mujeres. Rompió todos los esquemas de su tiempo y de la mentalidad religiosa de su pueblo.

Él seguramente había escuchado de labios de sus mayores que la mujer es propiedad del varón; su lugar es la casa, el trabajo hogareño y darle satisfacción sexual al marido, dándole hijos (especialmente hijos varones); que hay que desconfiar de ella porque es engañosa, frívola y fuente de tentación. Claro, las Escrituras de Israel tienen también numerosas citas que elogian a la mujer, su prudencia y sus capacidades; pero estas afirmaciones no habían terminado de ser asimiladas. Prevalecía una mentalidad machista.

Sin embargo, si leemos los evangelios con atención, vemos que Jesús rompe estos esquemas con naturalidad. No hace una guerra ideológica contra el machismo: sencillamente se mueve de otra manera. Desde el corazón de su mensaje salvador -el reinado de Dios, su Abba compasivo y misericordioso- Jesús se acerca a todos los pobres y marginados, también a las mujeres.

Eso sí, cuando la violencia machista lo pone delante de una pobre mujer acusada de adúltera y, por eso, condenada a la lapidación (el otro en el adulterio había zafado, ¡cómo no!); Jesús tiene una de sus salidas más geniales, al desenmascarar la hipocresía que levantaba el dedo acusador (cf. Jn 8,1-11). Y esa mujer escucha -como el buen ladrón- unas palabras que más de uno de nosotros quisiera oír en algún momento de su vida: “Vete. Yo no te condeno. No peques más”.

Así, a las mujeres, Jesús les habla con sencillez y también habla de ellas. El reino de Dios se parece a una mujer que hila y teje una trama; a otra señora que pone levadura en la masa; a una viuda que pierde una moneda, agarra la escoba y da vuelta su pobre morada para hacerse una fiestita con sus amigas, una vez que la encuentra; otra viuda pobre que no deja en paz a un juez injusto (¿qué contradicción no: un juez que no hace justicia?) le sirve de ejemplo para mostrar cómo hay que rezarle a Dios.

Cuando una mujer del pueblo, fascinada por su persona y su mensaje, le grita: feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron, él sencillamente pone en el acento en otra cosa: más que por haberlo engendrado, su madre es feliz por ser sujeto que escucha y acoge la Palabra de Dios.

Por esto, y mucho más, las mujeres captan que este profeta es algo muy especial. Y lo escuchan, como María de Betania a sus pies, mientras Marta sigue con los quehaceres de la casa, a los que el mismo Jesús relativiza: que no se te vaya la vida en esto, hay otra cosa más importante…

Lo escuchan y lo siguen, lo defienden y, desafiando todo respeto humano, lo acompañarán hasta el pie de la cruz, hasta la fría piedra del sepulcro y, en el culmen de todo, hasta la sorpresa de aquella madrugada del día que hizo el Señor…

Han comprendido que Jesús las trata como el mismo Creador quiso desde el principio, cuando las creó, junto con el varón, a su imagen y semejanza. Las trata como a sujetos, como personas. El mismo concepto de “persona” surgió como interpretación de los gestos y palabras de Jesús hacia los últimos y desheredados.

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De eso se trata: de reconocer a la mujer como sujeto personal, tanto como lo es el varón. En eso, como bien enseña la Iglesia, varones y mujeres poseemos la misma dignidad: somos personas, imagen y semejanza de Dios, llamados a ser sus hijos e hijas.

Este es un dato precioso: la identidad del ser humano va más allá de su género, no se agota en su identidad sexual. El ser humano es persona, sujeto único, indivisible, intransferible y abierto a la trascendencia.

Esta dignidad hace que, cada vez que se levanta la mano contra cualquier ser humano, toda la humanidad se revuelva en una convulsión muy profunda. Esto es lo que tiene que calar más hondo en nuestra mente, en nuestros sentimientos, opciones y comportamientos.

En este día de la mujer, renovemos nuestro compromiso con la dignidad humana.

Vuelvo al Evangelio.

Para Jesús, Dios no solo es como el sembrador o el viñador, también es como una mujer que, escoba en mano, sabe encontrar lo que estaba perdido.

Así de sencillo y simple. Así de profundo.