Parece que tenemos que seguir hablando de corrupción…

El pasado 12 de diciembre de 2015 publiqué en este Blog el artículo que sigue, con el título “Corrupción, conciencia y libertad”. Retoma unas sabias palabras de Fray Mamerto Esquiú, franciscano y obispo de Córdoba, muerto en olor de santidad. En su momento, fue duramente criticado, especialmente dentro de la Iglesia.

El contexto inmediato era la vergonzosa insensatez que impidió que la expresidente le traspasará el mando al nuevo mandatario.

Le he releído, como también otro (“¿Qué es la corrupción?”) del pasado 19 de abril de 2016. Me ha parecido volver a publicarlo, ante los hechos que hoy nos sacuden como argentinos.

Todas las sociedades civilizadas tienen que convivir con algunos márgenes de corrupción. Aquí, por cierto, hay mucho más que un margen.

Lo que no podemos permitir es que siga habiendo IMPUNIDAD.

¿Podremos pronunciar también en este capítulo de nuestra historia como pueblo un fueret NUNCA MÁS?

Corrupción, conciencia y libertad

“Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad; existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina; y concediéndonos vivir en paz, y en orden sobre la tierra, nos dé a todos gozar en el cielo de la bienaventuranza en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien y para quien viven todas las cosas. Amén.”

Así concluía Fray Mamerto Esquiú el famoso “Sermón de la Constitución” aquel lejano 9 de julio de 1853.  El contexto es conocido: la Constitución encontraba todavía resistencia, entre otras cosas por su versión de la libertad de culto. Muchos católicos, también Esquiú, la consideraban difícilmente compatible con su fe.

Contra lo que se esperaba, Fray Mamerto Esquiú señaló con fuerza la necesidad de someterse a esta Ley fundamental a fin de reencontrar la paz social después de un largo período de guerras civiles, desencuentros y odios irracionales.

Obedecer la ley como camino para vivir en libertad. Obediencia y libertad. Desde ahí, apertura al futuro de una nación que era toda una promesa.

He leído varias veces el texto de Esquiú en estos intensos días en que nuestra todavía débil democracia volvió a estar asediada por el bochorno de la insensatez.

Roguemos a Dios que todo esto haya quedado definitivamente atrás, no porque demos lugar al olvido, sino todo lo contrario: porque mirando de frente nuestras miserias y mezquindades, nos levantemos de ellas aprendiendo a caminar de otra manera.

El párrafo más aplaudido del discurso del nuevo presidente en el Congreso fue el que se refirió a la corrupción. Se trata de un hondo y legítimo reclamo social.

Uno de los factores que crea las condiciones para que la corrupción se instale y se afiance en el cuerpo social es precisamente el desprecio de toda forma de norma o de ley, desde la que regula la recolección de los residuos a la obediencia escrupulosa a la Constitución nacional. Pero no es el único factor. Es necesario afinar la mirada.

Para los cristianos, la corrupción es un pecado que procede del corazón humano que desoye la voz de Dios, se deja llevar por el peso de su propio egoísmo y se compromete con el mal. Una decisión libre que rompe la comunión con Dios en el momento en que se deja vencer por la corrupción. Es un pecado de índole social.

No toda forma de pecado social es, sin embargo, corrupción. Esta se da allí donde el intercambio deshonesto entre dos sujetos termina perjudicando al interés común. Por eso, la corrupción en sentido más estricto se da en la convergencia entre lo público y lo privado, allí donde un funcionario finge cumplir su rol de velar por el bien común y, aprovechando su posición, tergiversa el sentido de una operación que debería ser para beneficio de todos, pero que termina siendo ganancia personal.

De ahí que los sistemas más corruptos se den en aquellas formas de gobierno en que la burocracia estatal invade todos los espacios, convirtiéndolos peligrosamente en coto personal de caza de funcionarios inescrupulosos. Este fenómeno se dispara en los regímenes populistas, más autoritarios o ideologizados, donde el estado se confunde con el gobierno, y los líderes políticos son mesías iluminados, los únicos que interpretan realmente las necesidades del pueblo y, en consecuencia, sus mandatos no pueden ser discutidos. Cualquier crítica es traición al pueblo.

Los funcionarios que representa a semejantes líderes tóxicos suelen hacer de la arbitrariedad su norma de acción. Así queda abierta la puerta a la corrupción, en sus formas más sutiles, pero también más grotescas.

La lucha contra la corrupción ha de involucrar a todo el cuerpo social. No es solo cuestión de leyes y procedimientos. Tiene una esencial dimensión espiritual y ética. Sin ciudadanos educados en el exquisito arte de escuchar y obedecer la voz de su propia conciencia, la batalla está perdida. La conciencia es el lugar interior de la persona en el que se hace transparente la verdad que hace libre al hombre, especialmente cuando contradice el propio interés o los propios deseos subjetivos.

Pero también supone una sociedad que encuentra en la cultura del trabajo bien hecho, el respeto por la dignidad del otro y la búsqueda del bien común sus aspiraciones más nobles. En este contexto, la obediencia a las leyes que rigen la convivencia ciudadana es percibida como un camino insoslayable para afianzar la amistad social y hacer posible las condiciones que a todos permitan una vida digna.

Todo lo cual supone y promueve también una organización que conciba a la política como servicio desinteresado al bien común, especialmente en la promoción de los menos favorecidos. En la medida en que la cultura democrática y republicana de una sociedad sea más débil, más fuerte será el fenómeno de la corrupción. Por el contrario, el funcionamiento virtuoso de las instituciones fundamentales del estado de derecho es una garantía contra la corrupción. De ahí también que, en lo que a nuestro país se refiere, la postergada reforma política sea una urgencia a gritos. El Diálogo argentino de la década pasada ofreció valiosísimos aportes que sería bueno retomar.

En la delicada articulación de estos tres niveles (persona, sociedad y comunidad política) se juega mucho del éxito de la lucha que tenemos por delante para vencer la arraigada corrupción que atraviesa todo el cuerpo de nuestra sociedad.

Termino citando por extenso unas palabras muy fuertes del papa Francisco. Las pronunció durante su visita a un barrio de Nápoles, marcado por el accionar de la mafia. Ante la pregunta de un funcionario judicial, Francisco respondió:

“El juez dijo una palabra que yo quisiera retomar, una palabra que hoy se usa mucho, el juez dijo «corrupción». Pero, díganme, si cerramos la puerta a los inmigrantes, si quitamos el trabajo y la dignidad a la gente, ¿cómo se llama esto? Se llama corrupción y todos nosotros tenemos la posibilidad de ser corruptos, ninguno de nosotros puede decir: «yo nunca seré corrupto». ¡No! Es una tentación, es un deslizarse hacia los negocios fáciles, hacia la delincuencia, hacia los delitos, hacia la explotación de las personas. ¡Cuánta corrupción hay en el mundo! Es una palabra fea, si pensamos un poco en ello. Porque algo corrupto es algo sucio. Si encontramos un animal muerto que se está echando a perder, que se ve «corrompido», es horrible y apesta. ¡La corrupción apesta! La sociedad corrupta apesta. Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción no es cristiano, apesta”.