Pastoral sacerdotal en Argentina

Del 11 al 14 de julio tuvo lugar, en la Casa de Ejercicios “El Cenáculo” (Pilar), el Encuentro Nacional de Responsables del Clero de Argentina. Participaron 78 pastores, entre obispos y presbíteros de todas las regiones pastorales de nuestro país.

Estuvo organizado por el Secretariado para la Formación Permanente de los Presbíteros, que depende de la Comisión Episcopal de Ministerios.

El tema elegido fue: “Como en la vida del Cura Brochero, el ministerio te santifica. Elementos indispensables de la espiritualidad sacerdotal diocesana”.

Se contó con la valiosa presencia de Juan María Uriarte, obispo emérito de San Sebastián (España). Con sus jóvenes 83 años, el obispo Uriarte es la octava vez que viene a Argentina para acompañar, con su experiencia, formación y sabiduría, el camino de la pastoral sacerdotal de nuestras diócesis.

Pero, ¿qué es la pastoral sacerdotal?

Se trata de un concepto nuevo que, felizmente, se ha venido incorporando al lenguaje y, sobre todo, a la mentalidad y praxis eclesiales en estos últimos años.

La pastoral es la acción de la Iglesia que, a través del anuncio, la celebración y el testimonio, prosigue la misión salvífica de Jesús, el Buen Pastor.

Un aspecto fundamental de la acción pastoral de la Iglesia es ayudar a cada bautizado a convertirse en verdadero discípulo de Cristo. La meta es ambiciosa. En palabras de San Pablo: como buena madre, la Iglesia sufre dolores del parto, hasta ver a Cristo formado en cada cristiano (cf. Gal 4,19).

La pastoral “sacerdotal” es la acción de la Iglesia que, como madre y maestra, acompaña a sus pastores a configurarse con Cristo Sacerdote y Pastor.

Decía que es un concepto nuevo. Lo es la terminología, no la realidad, pues la Iglesia siempre, de una forma u otra, se ha sentido responsable de ayudar a los sacerdotes a vivir su vocación y misión con la plenitud de la santidad. A “santificarse en el ejercicio del ministerio”, como felizmente lo formuló el Concilio Vaticano II.

Diversas circunstancias han llevado a la teología y pedagogía eclesiales a formular de manera articulada y sistemática estos conceptos, entre los que se destacan dos: formación permanente y pastoral sacerdotal.

Hace 25 años, San Juan Pablo II publicaba la carta magna de la formación sacerdotal: la Exhortación Pastores dabo vobis. Trazaba en ella los lineamientos fundamentales que habían de orientar la formación de los pastores de la Iglesia, superadas las incertidumbres que siguieron al Concilio. Los seminarios recibían un impulso decisivo para consolidar su misión en los tiempos nuevos que vive la Iglesia.

Sin embargo, el replanteo de la formación que ofrecía Juan Pablo II era más hondo de lo que se percibió entonces. El Papa invitaba a ver la formación del Seminario como el inicio de un proceso que ha de durar toda la vida, tomando impulso de la ordenación como acontecimiento del Espíritu.

Se llama formación permanente precisamente a ese proceso vital por el que un sacerdote hace suyo el don del Espíritu recibido en la ordenación, configurando dinámicamente su vida con los sentimientos del Buen Pastor, cuyo centro vital y unificante es la caridad pastoral. Es la exhortación de Pablo a Timoteo a reavivar el carisma recibido por la imposición de las manos (cf. 2 Tim 1,6).

La formación inicial tiene como meta disponer activamente al futuro pastor a recibir la gracia de la ordenación y a vivir en permanente apertura a la acción del Espíritu que trabaja en él para que se convierta realmente en un pastor a semejanza de Cristo. Lo repito: un proceso que nunca se termina. Juan Pablo II hablaba de la vocación “al sacerdocio” y de vocación “en el sacerdocio”, para indicar cómo Cristo llama a un joven y lo invita a ser pastor de su pueblo, pero a esa llamada inicial le siguen otras que, a lo largo de su vida y en cada circunstancia nueva, actualizan y despliegan la llamada inicial.

Es aquí donde comienza a hablarse de “pastoral sacerdotal”. La Iglesia que urge a sus curas a vivir con esa disponibilidad y apertura permanente a la acción del Espíritu, se siente desafiada a acompañar activamente ese camino que, hoy por hoy, presenta nuevos desafíos y dificultades.

El cardenal Martini solía decir que, desde los primeros pasos del discernimiento vocacional, los años en el seminario y hasta el final de su vida, el cura diocesano tendrá que preguntarse: “¿Qué significa para mí, aquí y ahora, llegar a ser presbítero diocesano?”.

Uno de los catalizadores que han precipitado la urgencia de esta acción pastoral han sido los dolorosos procesos de secularización que han vivido tantos hermanos sacerdotes. Procesos siempre regados con abundantes lágrimas: del obispo, de los presbíteros, de las comunidades cristianas y del mismo sacerdote que resuelve no seguir adelante con su ministerio.

Hemos ido comprendiendo así, por ejemplo, que cada etapa de la vida supone nuevos desafíos y tareas para el presbítero. Baste enumerar algunas: dejar el seminario e incorporarse a la vida ministerial, normalmente cuando se acercan los 30 años de edad. Las crisis de realismo de la mitad de la vida (40 a 50 años), con su replanteo a fondo de las expectativas y, en su nivel más, hondo de la real entrega del sacerdote a Dios. La prolongación de la vida, la disminución de las fuerzas y la jubilación, como también la perspectiva del final de la propia vida.

Entre otras muchas, estas son realidades humanas significativas que un sacerdote ha de vivir desde una honda experiencia teologal de Dios, pero que desafían profundamente su ser, su alma y su corazón.

Precisamente, Pastores dabo vobis, plantea el ideal de una formación integral hacia la madurez del pastor que involucra cuatro grandes dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Un todo complejo, orgánico y dinámico, nunca logrado del todo. Uriarte puso aquí un acento muy importante: más que de madurez hablamos de maduración progresiva y constante; más que de una integridad dada, hablamos de un proceso de integración que dura toda la vida.

Un capítulo aparte supone el camino del celibato, hoy sometido a grandes cuestionamiento y también condicionado por la cultura ambiente fuertemente erotizada, que exalta tanto como banaliza la sexualidad. ¿Cómo vive y asume su consagración a Dios un célibe llamado al ministerio? Inestimable ha sido también en este punto la luz que San Juan Pablo II ha aportado al clarificar que el celibato es también una llamada que el futuro sacerdote tiene que discernir para vivirla en profundidad, no simplemente como una condición para hacerse cura. El sacerdocio célibe tiene una verdad, bondad y belleza propias, al decir de Amedeo Cencini, capaz de despertar las mejores energías del que se descubre llamado a él, potenciando su respuesta libre a la llamada de Cristo, que debe renovarse cada día.

En fin, el camino de ser y hacerse cura en un contexto geográfico, cultural y epocal determinado, es un gran desafío que tenemos los pastores y la Iglesia toda.

¿Quién es el sujeto de la pastoral sacerdotal? Ante todo, el Espíritu Santo que, recibido en el bautismo, la confirmación y la ordenación, anima desde dentro todo proceso de configuración con Cristo. En segundo lugar, del propio sacerdote, llamado a vivir con libertad y consciencia su respuesta a la acción del Espíritu. Pero toda la Iglesia se siente involucrada en este acompañamiento de sus curas para vivan plenamente su vocación: el obispo, el presbiterio diocesano, las comunidades eclesiales, la propia familia del presbítero.

La pastoral sacerdotal es uno de los desafíos grandes que hoy tiene la evangelización y la conversión pastoral a que está llamada la Iglesia.

Lo hemos reflexionado a fondo en este Encuentro de Responsables de Pastoral Sacerdotal de Argentina. Le damos gracias a Dios.