Escándalos

Los ciudadanos argentinos asistimos, prácticamente cada día, al descubrimiento de nuevos hechos de corrupción. Nos sorprenden, nos enojan, nos avergüenzan y nos plantean muchísimos interrogantes.

Es fácil y hasta elegante escandalizarse. Todos decimos, como la inefable Susanita de Mafalda: “¡Qué barbaridad!”. 

Ahora bien, ¿está realmente en curso un cambio profundo que reduzca los márgenes para la corrupción en nuestra sociedad?

Creo que, entre otras cuestiones importantes, debemos hacer foco en la “naturalización” con que hemos asumido estos hechos. ¿Cómo y por qué ha sido posible esta “convivencia” con la corrupción que se ha vuelto también “connivencia”? 

Tenemos que hablar de estas cosas, reflexionarlas, pasarlas por la mente y el corazón. 

Los católicos y nuestra Iglesia somos parte de la sociedad argentina, de su historia, cultura y mentalidad. Somos parte de sus luces y grandes logros, pero también de sus oscuridades más espesas y de sus miserias más vergonzosas. También de sus escándalos. 

Trigo y cizaña crecen en el campo del catolicismo argentino, no menos que en el campo de nuestra bicentenaria Patria. 

Algunos de los hechos más graves que hoy ocupan las noticias parecen involucrar a hombres y mujeres de Iglesia: clérigos, consagrados y laicos. Obviamente, la presunción de inocencia no se discute. Se es inocente hasta que se demuestre lo contrario, más allá de cualquier duda razonable. 

No podemos dejar de preguntarnos, sin embargo: ¿Cómo vivir estas cosas como creyentes y miembros responsables de la Iglesia? ¿Con qué actitudes? ¿Con qué sentimientos interiores?

Respondo, partiendo de una experiencia concreta. Después de una Eucaristía dominical en una colonia del campo, con el cura y varios laicos nos sentamos a la mesa a compartir un almuerzo. En eso contexto, con mucha franqueza, los laicos me preguntaron por esta situación. 

Siempre digo que, en estas situaciones, los laicos tienen el derecho de saber dónde está parado su obispo, y el obispo tiene el deber de hacérselos saber. 

Entre otras razones, porque los mismos laicos son confrontados, en su vida diaria, por personas que los interpelan sobre estos hechos. Es cierto: muchas veces, con juicios temerarios, hostilidad e incluso desprecio. Es parte del pastoreo, empero, ayudar a vivir evangélicamente estas situaciones difíciles.

Mi respuesta: No tengo una idea completa de los hechos y de las responsabilidades. No puedo aventurar juicios prematuros. Confío en lo que el obispo diocesano -al que conozco y aprecio- está haciendo, informándose y tratando de formarse un juicio ponderado. Ha dado inicio a una prudente investigación canónica. ¡Bien! El Santo Padre está siendo también informado. 

Los tiempos de la Iglesia, aunque puedan exasperar a algunos, expresan una gran libertad interior que no se deja llevar fácilmente por las sentencias sumarias de los “tribunales populares” que pululan, por ejemplo, en las redes.

Sin prisa pero sin pausa…

Es verdad que, por lo que sabemos, aquí salen a la luz algunos defectos de un modo cuestionable de relación entre la Iglesia, los poderes públicos y la sociedad. Incluso las buenas intenciones quedan desvirtuadas por formas incorrectas de manejar, por ejemplo, los fondos públicos que se destinan a obras de la Iglesia. El fin no justifica los medios ni las formas. 

Los ciudadanos católicos tenemos derecho a que el estado, al que pagamos nuestros impuestos, nos ayude en nuestras obras. Todo, sin embargo, tiene que hacerse de manera clara, transparente y legal. 

Pero también, en comunión con todos los que formamos la Iglesia. Siempre existe la tentación de “cortarse solo” como decimos vulgarmente. La Iglesia también tiene sus normas y orientaciones. La comunión tiene que ser no solo un buen deseo, sino también una realidad efectiva, visible y concreta. 

También dentro de la Iglesia solemos actuar en ocasiones como “lobos solitarios”, llevando adelante obras muy buenas y santas, pero prescindiendo de las normas eclesiales. Si la cosa sale mal, ahí sí que nos acordamos de la Iglesia para que se haga cargo y no nos deje solos. 

La justicia secular está investigando estos presuntos hechos delictivos. Tiene un rol fundamental para establecer la verdad de los mismos. Si llega a comprobar la comisión de algún delito, tiene que establecer las responsabilidades y, según lo prevé la misma ley, distribuir las penas proporcionales previstas. Todos somos iguales ante la ley. No caben privilegios, menos aún en razón de la propia condición religiosa. Incluso, esta puede ser un agravante del delito. 

Como en otras situaciones desagradables, nos duele en el alma que, por diversas razones, las conductas indebidas de unos se generalicen y se condene a muchos. La vida religiosa en Argentina hace mucho bien cada día, y de manera muy concreta, evangélica y eficaz. Están en la primera línea junto a los que más sufren. Lo mismo, los sacerdotes y la inmensa mayoría de los laicos involucrados en la vida cotidiana de las comunidades cristianas. Y lo hace con desinterés y enorme pasión. 

Pero tenemos que ser muy claros, al menos en estos puntos: los discípulos de Jesús formamos un solo cuerpo. Somos, por tanto, solidarios los unos de los otros, tanto en el bien y la virtud, como en el pecado. La santidad de muchos nos eleva a todos, como el pecado de cada uno, opaca lo que debería ser pura transparencia de la caridad de Cristo. 

No podemos lavarnos las manos. Estamos llamados a hacer penitencia, a orar y a purificar nuestra memoria para que, en lo que a nosotros nos cabe, no haya espacio para conductas que escandalicen a los demás, por su contradicción con el Evangelio que creemos y predicamos.

Jesús nos advirtió con palabras severas la gravedad del escándalo, como todo lo que pueda hacer tropezar en la fe a los demás, especialmente de los que son más débiles. También nos dijo que es inevitable que haya escándalos (cf. Mt 18,5-7). Una advertencia severa, pero también muy realista, que tiene que ser asumida por una actitud de atenta vigilancia sobre nosotros mismos. Somos pecadores siempre necesitados del perdón y la gracia de Dios. Sin Él, no somos nada. 

Una cosa hemos de tener en claro: más que el buen nombre de la Iglesia, nuestra preocupación de fondo debe ser siempre cuidar que las personas, especialmente los más frágiles, no sufran por nuestro accionar.

Vale para cada cristiano. De manera especialmente exigente, para quienes somos pastores del pueblo de Dios.