De monjas, penitencias y torturas

¿La Iglesia permite prácticas contra el propio cuerpo? El irracional allanamiento del convento de carmelitas de Nogoyá, acusado de ser lugar de torturas, ha disparado preguntas como esta.

Dos palabras entonces sobre las prácticas penitenciales cristianas. “Penitencia” suena a castigo por un mal comportamiento. En cristiano, sin embargo, quiere decir: cambio del corazón. Es la penitencia interior, hecha de humildad y confianza en Dios, amor y generosidad con los demás.

La penitencia interior se manifiesta en actos externos. Así, basada en la palabra de Jesús y en la Biblia, la Iglesia recomienda el ayuno, la oración y la limosna. Y las tres juntas: me privo de algo para compartir con los más necesitados, y todo esto acompañado de la oración que me abre a Dios.

De todo esto, lo único que regula la Iglesia es el ayuno con la abstinencia: obligatorio el miércoles de ceniza y el viernes santo. Y cada viernes del año, abstinencia, por ser día penitencial.

La Iglesia suele insistir en las obras de misericordia que nos acercan a los que sufren; en el cumplimiento de los propios deberes cotidianos, tan áridos como importantes; y en la paciencia ante las adversidades que tiene la vida por sí misma. Ahí está la mejor penitencia. Y la más real.

La enseñanza de la Iglesia es clara: la penitencia interior es siempre la más importante. A ella apuntan todas las prácticas externas y corporales.

También la palabra “mortificación” (dar muerte) nos ayuda a entender qué es la penitencia. Todo gesto penitencial apunta, como decíamos al cambio interior, y tiene su modelo en la pasión del Señor: nos une a Cristo paciente que, por amor, abraza la cruz. Con Cristo morir, ser sepultado y resucitar a una vida nueva. Ese es el dinamismo de la vida cristiana según Rom 6,1-11.

Pero también, la penitencia es mortificación porque busca disciplinar el egoísmo que nos lleva a buscar el propio interés por encima del verdadero bien, para nosotros y para los demás.

Aquí aparece otra palabra, “ascesis”, que quiere decir: ejercicio. San Pablo le escribía a los corintios que, cada dos años, participaban de los juegos ístmicos, casi tan célebres como los olímpicos: “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible. Así, yo corro, pero no sin saber adónde; peleo, no como el que da golpes en el aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado”.
(1 Co 9,24-27).

Acabamos de ver los Juegos de Río, emocionándonos con nuestros deportistas, con su sacrificio, disciplina, llevar el cuerpo al límite, espíritu de equipo y garra para llegar hasta el final. Es una metáfora preciosa de la vida misma. San Pablo la usa para mostrar el dinamismo de la vida cristiana: una lucha o una carrera tras la corona más preciosa que es la vida eterna.

Seguir a Cristo ha sido, es y será siempre un ejercicio, semejante al que supone cualquier deporte. Una lucha contra nosotros mismos y tantas fuerzas que amenazan con deshumanizar nuestra vida. Cualquier educador lo sabe: para alcanzar una meta hay que estar dispuestos a varias renuncias, a la abnegación y al sacrificio. Es el precio que hay que pagar para ser libres.

En la Iglesia hay varias corrientes ascéticas, que han ido admitiendo diversas penitencias corporales. Son los maestros espirituales los que nos ayudan a discernir su sentido y conveniencia. Señalan que nadie debe buscarlas sin el consejo de un buen director espiritual, que deben ser practicadas con mesura, que no son las más importantes y que tienen también varios peligros. Uno de ellos es la soberbia espiritual; pero también formas más o menos intensas de patologías psíquicas. Si se dan ambas, el cóctel es peligrosísimo. No suelen ser extrañas prácticas así en movimientos rigoristas que se someten a diversas penitencias corporales, pero que, llegado el caso, no se les mueve un pelo si tienen que romper la comunión eclesial.

La penitencia, la mortificación y la ascesis cristiana buscan que los discípulos de Jesús lo busquemos a Él, su voluntad en nuestras vidas y la salvación de los demás no menos que la propia. De ahí la necesidad de estar atentos a nuestro corazón y sus movimientos interiores que nos quitan libertad para ver con claridad lo que Dios nos pide en cada situación concreta de la vida.

Mucho más en una sociedad en la que, la cultura dominante, apunta en una dirección totalmente contraria: consumo, bienestar, placer y diversión por encima de todo. Es también la cultura de la evasión, las adicciones y diversas formas de autoagresión a sí mismo, sometiendo el propio cuerpo a un desgaste extenuante que, en muchos y lamentables casos, lleva a la muerte o al hundimiento moral. No es extraño entonces que semejante mentalidad no comprenda o que incluso se burle y desprecie como locuras las formas cristianas de penitencia.

En este contexto, el testimonio cristiano ha de hacer resplandecer el camino penitencial del Evangelio como un camino de genuina humanización, en la misma medida que transfigura al penitente a imagen de Cristo resucitado.

Siempre recuerdo algo que contaba el cardenal Pironio: cuando había una situación difícil, sobre todo mientras trabajaba en la Curia romana, el cardenal se tomaba una tarde para visitar enfermos, ancianos o personas en situación de riesgo. Ese sumergirse en dolor, saliendo al encuentro de quienes viven la pasión de Cristo, era un camino genuinamente evangélico de conversión que le devolvía libertad interior para ver con claridad por dónde pasaba Dios en la propia vida.

Ese es el camino de conversión al que todos estamos invitados.