Cristo rey

Nunca he podido imaginarme a Jesús como rey.

Por eso, cuando llega esta solemnidad que concluye el año litúrgico, siempre se me asoma una cierta incomodidad interior. De esas que te dejan un sabor amargo, aún después de predicar con corrección lo que hay que predicar.

Claro: ahí están los textos de las Santa Escrituras para purificar, esclarecer y disipar dudas.

Son los textos que la Iglesia en oración lee, escucha y acoge con fe.

A ellos volvemos para obedecer realmente a la Palabra de Dios y no a nuestra subjetividad, por piadosa y bien intencionada que sea.

Las Escrituras nos devuelven la paz, cuando el corazón está inquieto. Ellas nos dicen la verdad, como solo Dios puede hacerla oír, atrayendo y conquistando con su luz el desconfiado corazón humano.

Las Escrituras nos muestran al Crucificado, paciente y humilde, coronado de espinas que, en medio de su pasión, escucha con atención la súplica del pecador: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».

Y, haciendo uso de su poder divino, el único que realmente puede llamarse así (“poder” – “omnipotente”), le responde: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

A este rey sí que puedo imaginármelo.

Es más: solo este Rey me despierta esa tozuda confianza que se solo se puede expresar diciendo, o gritando: Amén.