Abusos: verdad, justicia y misericordia

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Días pasados, comenzó a circular en los medios argentinos la información de que el Papa Francisco, apelando a un criterio de misericordia, habría mitigado las sanciones sugeridas por la Congregación de la Fe para algunos sacerdotes abusadores. Aquí la información de Clarín: http://www.clarin.com/mundo/papa-reduce-sanciones-curas-pederastas-nombre-misericordia_0_r1dcXUg9x.html

La información difundida en Argentina está basada en la investigación de una periodista especializada (vaticanista) de Associated Press, Nicole Winfield. Aquí su artículo, cuya lectura es ilustrativa: https://apnews.com/f1de2d44062e44f1b790fc5b0a5a7f55/Papa-reduce-discretamente-las-sanciones-a-curas-pederastas?utm_campaign=SocialFlow&utm_source=Twitter&utm_medium=AP_Noticias

A continuación, un análisis de estas noticias, y un poco más.

Ante todo, quisiera señalar que se trata de un tema delicado, complejo y sensible. El periodismo hace bien en investigar y publicar. Romper el silencio sobre este tema ha sido uno de los factores claves para que la Iglesia enfrente esta crisis, tal vez, la más fuerte en estos últimos 50 años.

El criterio de fondo: dar voz a las víctimas y cuidar el proceso de hacerles justicia y ayudarlas en la sanación de sus heridas. Por esto es un tema delicado y sensible: está en juego su bienestar personal, fuertemente herido por estos delitos.

Abro un paréntesis: Estas noticias muestran el valor de comunicadores expertos en temas eclesiales, que con profesionalidad abordan estas cuestiones. Aunque también resultan escasos. Al menos, por estos lares. No se pretende que sean condescendientes con Ia Iglesia, sino que sepan de qué hablan. Las críticas precisas, basadas sobre datos rigurosos y contrastados, son más incisivas y le hacen un enorme bien a la Iglesia, incluso si nos ponen a parir, como dicen los españoles. El ejemplo del Spotlight está ahí para ser imitado. Cierro el paréntesis.

Para formarse una opinión fundada y brindar una palabra responsable sobre los hechos a que alude la noticia, es necesario poner algunos datos más sobre la mesa. Me parece que la información ofrecida, hasta donde puedo observar, resulta imprecisa y, en algunos puntos, también confusa. La información, según mi criterio, necesita ser más específica: ¿cuántos casos concretos son? ¿Basta hablar de un puñado de casos para después solo referir uno? ¿Qué características tuvieron esos delitos? ¿El Papa Francisco mitigó una sanción ya establecida o eligió, como está previsto, una pena distinta a la propuesta por la Congregación de la Fe? ¿Qué circunstancias aconsejaron este presunto cambio? ¿Se hizo apelación al criterio misericordia? La mitigación de una sanción por esa razón ¿es contraria a la justicia? Tomar semejante decisión en ciertos casos ¿significa, sin más, bajarle intensidad a la lucha contra los abusos en la Iglesia? ¿Es confiable la fuente que habría filtrado la información? ¿No tenemos aquí un nuevo episodio de la resistencia al Papa y el deseo de desacreditarlo que, en Argentina, encuentra además un terreno fértil en varios actores que persiguen el mismo objetivo?

Aquí, sin embargo, nos topamos con una dificultad que proviene de los propios procedimientos eclesiásticos: ¿cómo conjugar la necesaria discresión con criterios de transparencia igualmente legítimos? Mucho más en la sociedad que vivimos y sus estándares de información pública.

Se multiplican las preguntas. Esperemos contar con mejor información para poder conocer el tenor real de los hechos. Opiniones apresuradas corren el riesgo de enrarecer el ambiente y llevar más zozobra a las víctimas.

No se puede desconocer que, algunos que están disconformes con el mensaje de Francisco sobre la centralidad de la misericordia y la compasión, no dejan de señalar el “peligro” de este acento, sobre todo, por las consecuencias que tiene para la forma cómo la Iglesia ha de entenderse y configurarse a sí misma en el complejo mundo de hoy. Y este cuestionamiento alcanza diversos campos pastorales: por ejemplo, las nuevas perspectivas en pastoral familiar, sobre todo los nuevos paradigmas para acompañar situaciones de fragilidad; la cercanía del Papa a los vulnerables y a las periferias; su enfoque de la ecología integral y el cuidado de la creación; hasta llegar a este punto: su acento en la misericordia debilitaría la respuesta de la Iglesia a los abusos. También aquí se lo tiende a contraponer (falsamente, a mi criterio) a Benedicto XVI.

Se necesita un atento discernimiento de las opiniones que se vierten, juzgándolas en perspectiva.

Por eso, en este delicado y complejo tema, hay que ir más a fondo.

Soy de la opinión de que la guerra contra los abusos en la Iglesia está en curso. Algunas batallas significativas ya han sido ganadas, y otras vienen siendo dolorosamente perdidas. Un solo caso es ya una tragedia. Creo que se ha pecado de ingenuidad al creer que semejante problemática humana e institucional era de rápida solución. Que bastaban criterios claros y normas adecuadas. Se están requiriendo además: decisión y convencimiento, capacitar a la mayor cantidad posible de personas en la prevención, claridad de metas, perspectiva sistémica, mucha paciencia y una buena dosis de resiliencia. Sobre todo si hay que pensar en un cambio de mentalidad para afrontar con mayor decisión e inteligencia esta problemática.

No ha sido fácil afrontar esta crisis, superando formas inadecuadas de pensarla y abordarla, comprendiendo además su real dimensión y gravedad. Ha sido realmente muy duro. Es mi propia experiencia personal.

En este contexto, se da hoy en la Iglesia una discusión muy viva y fuerte sobre varios de los puntos que toca esta información: ¿necesariamente la sanción a un cura abusador tiene que ser la dimisión del estado clerical? ¿No hay que aplicar las penas de manera proporcionada a la configuración concreta de cada delito como hace el derecho penal secular? ¿No hay diferencia entre un pederasta serial y uno que no lo es? ¿Qué hacemos con los curas abusadores, una vez que han expiado sus delitos en la cárcel, por ejemplo? ¿Simplemente desligarnos de ellos? ¿Y los que fueron hallados culpables por la justicia eclesial y exonerados por la secular? ¿No es conveniente que, reducido el riesgo de contacto con posibles víctimas, la Iglesia ejerza un rol de vigilancia más estricta? Si bien hay consenso en las líneas de fondo (tolerancia cero, transparencia, colaboración con la justicia secular y, sobre todo, prioridad de la perspectiva  de las víctimas), también hay legítima diversidad de posiciones en cuestiones, de suyo, opinables.

No son cuestiones de fácil respuesta. Personalmente me inclino hacia la posición que sostiene que, en las actuales circunstancias, la comisión de un solo delito invalida ya al sacerdote para ejercer el ministerio. Por tanto, que la dimisión del estado clerical es la sanción más adecuada. Aunque no dejo de interrogarme por la parte de verdad que expresan las otras opiniones, digamos así, más garantistas.

Una de las batallas ganadas es precisamente que, dentro de la Iglesia, es cada vez mayor el número de personas -laicos, consagrados y pastores- que se involucra con decisión en la lucha contra los abusos. Se intercambia información; se habla, se discute y se actúa; se comparten experiencias de prevención y se exige a los responsables que sean coherentes con las normas y criterios eclesiales. Una señal esperanzadora de un proceso que, aún con altibajos, no tiene retorno.

Ahora, una palabra sobre la relación entre misericordia y justicia. Mi opinión es la siguiente: cuando la Iglesia aborda los casos de abusos, la justicia y la misericordia deben estar presentes, del principio al final del proceso, aunque por caminos diversos que, llegado el momento también pueden entrecruzarse.

Justicia para todos. Misericordia para todos. Esto vale, en primer lugar, para las víctimas, pero también para los victimarios. Sobre estos últimos concentro mi atención ahora.

Un cura que es encontrado culpable de abuso sexual debe expiar su delito ante la sociedad. Normalmente, eso significa: cárcel. En esto tiene un rol primario la justicia penal del estado. También quienes han tenido diversos grados de responsabilidad de la conducta delictiva de los abusadores han de hacerse cargo de las consecuencias civiles de esos delitos, es decir: pagar los resarcimientos económicos que establezca la justicia. Esto vale para las diócesis, si los delincuentes son del clero secular, o para los institutos de vida consagrada, en el caso de religiosos o religiosas.

Esto es hacer justicia a la víctima, que, incluso para el difícil proceso de sanación interior, necesita ver sancionado a quien le infringió semejante daño. Pero es hacer justicia incluso al victimario que, para su proceso de rehabilitación humana, necesita expiar su delito de forma concreta y -digámoslo sin tapujos- también dolorosa. Lo necesitamos también como Iglesia, porque hemos de hacernos cargo solidariamente de la responsabilidad de no haber sabido cuidar a los más vulnerables que nos han sido confiados. Un verdadero camino penitencial…

Así, entonces, desde el principio, la justicia. Pero también la misericordia ha de tener lugar, desde el comienzo: es decir, la posibilidad del arrepentimiento y, eventualmente, el perdón como acto espiritual. Apelando a su fe, un creyente puede leer la dura sanción penal, tanto secular como canónica, como expresión de la misericordia que busca siempre el arrepentimiento del pecador y la salvación eterna de su alma. Esa es la ley suprema de la Iglesia.

No hay que confundir el criterio de misericordia con el juicio acerca de la idoneidad de un sujeto concreto para ejercer el ministerio pastoral. Un sacerdote delincuente que es también un hombre pecador, jamás debe dudar de la misericordia de Dios y de la compasión de la Iglesia. Si se arrepiente tendrá el perdón abundante del Dios misericordioso, cuyo Hijo ha derramado su sangre para arrancar al mundo del poder deshumanizante del pecado. Incluso si está purgando una justa condena en la cárcel. Lo que también habrá que hacer, e invocando la misma lógica de misericordia, es ayudar a ese sacerdote a comprender que sus actos han herido tan profundamente el sacerdocio que, de hecho, ya no podrá ejercerlo como la Iglesia quiere que sea vivido: como expresión visible, publica y sacramental de la caridad del Buen Pastor.

En algunos casos, se tratará de hombres severamente afectados por alguna forma de patología que, seguramente, nunca debieron ser admitidos a la vida sacerdotal o religiosa. En otros, tal vez la mayoría de los casos, se trata de una historia de libertad que se fue enredando cada vez más en un proceso de deterioro espiritual y moral que terminó manifestándose en un conducta sexual depredadora, aunque seguramente también en otras formas de abuso de conciencia, manipulación emocional de los demás, autoritarismo, abusos en la gestión de los bienes, descontrol en otros campos de la conducta y un largo y doloroso etcétera.Véase, si no, los casos recientes de algunos fundadores, protagonistas de hechos aberrantes. Benedicto XVI, refiriéndose a uno de ellos, habló de verdaderos “falsos profetas” que, en su momento, sedujeron a muchos, gozaron de un poder omnímodo y amplia impunidad. Algo que ha de movernos a un serio examen de conciencia en la Iglesia, especialmente entre quienes somos sus responsables.

El abuso sexual, protagonizado por curas célibes u hombres que no lo son, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es, en definitiva una forma de abuso de poder en lenguaje sexual, que refleja la cada vez más fuerte incapacidad de establecer vínculos sanos y verdaderamente humanizantes. Más que un problema de sexo, el de los abusos, es un problema de vínculos humanos mal logrados y peor vividos. Como ya he dicho en otra oportunidad, incluso si la Iglesia optara por el sacerdocio casado no podría dejar de atender a estas dificultades.

Hasta aquí mi opinión.

Sobre estos temas necesitamos seguir informándonos, discutiendo y, sobre todo, generando un clima eclesial adecuado que haga que nunca más (sí, ¡nunca más!) se den estos delitos que tanto daño han provocado en la vida de demasiadas personas.

Ese es el verdadero objetivo que nos debe quitar el sueño.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco