“Juan…yo te llamo: ‘amigo'”

Homilía en la Misa de exequias de Mons. Juan Osvaldo Vidotto, párroco emérito de la Parroquia “Nuestra Señora de la Merced” de Arroyito – miércoles 10 de mayo de 2017

“Ya no los llamo servidores…Yo los llamo amigos…” (Jn 15, 15)

Juan ha escuchado la llamada del Señor: “Sí, Juan, es cierto: has vivido como mi fiel servidor…Pero yo te llamo: ‘amigo’. Así lo he hecho desde el primer momento. Así lo has podido experimentar a lo largo de toda tu larga y fecunda vida sacerdotal, y, ahora, en la hora final no he faltado a mi palabra: ‘Amigo querido, pasa a gozar del gozo de tu Señor’”.

El pasado domingo nos reuníamos precisamente aquí para celebrar, como Iglesia diocesana, el misterio precioso de la vocación y las vocaciones.

Y lo remarcamos varias veces: “todas las vocaciones”.

Celebrábamos la experiencia gozosa que está en la raíz de nuestra vida como personas y como creyentes: Él nos llamó, por amor, y nos sigue llamando a la felicidad por múltiples e irrepetibles caminos de vida.

Y nos animábamos a mirarnos a los ojos para reconocer la vocación del otro como un regalo de Dios para todos: “Soy Vocación. Sos Vocación”. “Soy Misión. Sos Misión”.

No se le pone límites a la creatividad de nuestro Dios.

Él, porque ama, es feliz y llama a todos a compartir su bienaventuranza. Tiene, por eso, una envidiable pasión creativa: inventa, cada día, nuevos caminos para que seamos plenamente bienaventurados.

Concluíamos nuestra jornada de encuentro, celebración y oración con el corazón colmado de genuina alegría. Casi como quienes habían palpado con sus manos la nueva humanidad del Resucitado.

No sabíamos que el Señor de la vida estaba preparando, también así, el corazón de Juan para que escuchara la llamada definitiva, la más decisiva y crucial, aquella para la que se había preparado tantas veces, no sin luchas ni temores, pero con la confianza que solo proviene de la fe en el Dios que resucita, espera y siempre tiene los brazos abiertos: la llamada que concluye, plenificando y dándole sentido total, al camino, tan luminoso como fatigoso, de la larga vida de este querido hermano y padre nuestro, de nombre Juan.

Lo ha llamado por su nombre, como hemos hecho nosotros tantas veces. Le ha dicho: “Juan, amigo, hermano, servidor: has cumplido tu camino, ahora a gozar plenamente del banquete eterno”.

Y, también como nosotros, esa llamada ha estado cargada de infinito amor y ternura.

En las redes, muchos de nosotros, hemos subido imágenes que captaban su paso por nuestras vidas: fotos o videos sencillos que nos permiten espiar en el misterio de su vida y de su vocación sacerdotal.

Reavivan recuerdos y estimulan nuestra imaginación: cómo habrán sido sus primeros años en Balnearia, sus juegos y sus ilusiones de niño; cómo habrá visto a sus padres y hermanos; la llamada del Señor al sacerdocio a una edad temprana pero auténtica como pocas; cómo habrán sido sus años en el seminario de Córdoba, con su ingenio y picardía gringos, trenzando amistades y dejando entrar, de a poco, la discreta acción del Espíritu que prepara el corazón para vivir la caridad del Buen Pastor.

Yo imagino sus ilusiones al ser destinado a servir como cura en la pampa gringa, haciendo uso de sus impulsos sacerdotales entremezclados con un poco de piamontés para hacerse entender, llegando al corazón, como Brochero en la sierra, y cada cura en su lugar de misión.

Y después La Para, con su hermosa iglesia y el colegio Esquiú.

Finalmente, aquí, Arroyito. Pero me detengo. Se lo dejo a ustedes. Solo apunto a la belleza y modernidad de este templo dedicado con amor a María. Un símbolo de su fe, de su hombría de bien y de su impulso apostólico.

Juan, amigo del Señor y amigo de los curas. Vidotto y Arroyito son sinónimos de esa fraternidad sacerdotal que sigue siendo don y tarea, realidad e ilusión.

¡Hemos conocido a un cura de verdad! A esos que nos hacen reavivar el amor por el sacerdocio y, ojalá también, el deseo de entregarlo todo, como hizo él, por hacerse compañero de Cristo, el Buen Pastor.

Es verdad: estamos con un profundo dolor. No lo negamos. Lo miramos a la cara, y le dejamos libre curso en nuestro corazón y en nuestras lágrimas.

Lo hacemos así, porque, de esa manera, el dolor se abre a la esperanza y a la vida verdadera, la eterna que tiene el rostro de Cristo resucitado y el corazón de María de las mercedes.

¡Gracias, Juan querido, por tu persona, por tu vida y por tu ministerio sacerdotal!

¡Gloria sea dada al Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que te llamó, te metió en nuestras vidas y, ahora, cuando su providencia lo ha visto oportuno, te ha arrebatado temporalmente de nuestro lado, para invitarnos a mirar más lejos aún: a la vida eterna!

Te adelantaste, una vez más.

Allá vamos nosotros.

Así sea.