Una presencia que interpela

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de agosto de 2017

¿Qué implica decir, con el Credo: “Creo en Jesucristo”? Retomemos y profundicemos un poco más nuestras reflexiones del domingo pasado.

Ya lo dijimos: el creyente experimenta a Cristo como una presencia personal. Es decir: Alguien que está delante de mí, me mira, me habla y me interpela. Alguien que se involucra libremente conmigo y, desde ese lugar, se hace interlocutor de mi propia libertad. Es un encuentro que me da “un nuevo horizonte”, en palabras de Benedicto XVI, y, así, todo adquiere un nuevo significado, empezando por la orientación de mi propia vida.

La palabra “presencia” quiere decir, precisamente: estar delante. Pero no como un objeto inerte, ocupando un lugar en el espacio. Las cosas pueden estar así, sin mayores consecuencias. Solo las personas tienen presencia: invitan a ser reconocidas más allá del mero contacto físico, emotivo o sentimental. Es verdad que puedo reducir las personas a cosas. Todos sabemos qué significa resultar indiferentes a los demás o tratar a alguien como si fuera una cosa (una estadística, por ejemplo). Todo cambia, sin embargo, cuando la persona que está delante empieza a adquirir significado para mí; su nombre, aunque sea común con otros, la distingue de los demás; y, en este proceso humano, yo me descubro involucrado cada vez más hondamente.

Si hay una palabra para ilustrar esta experiencia humana, esa palabra es: enamoramiento. Los místicos cristianos lo saben a ciencia cabal. De todos los libros de la Escritura, echan mano de uno para ponerle nombre a su experiencia de encuentro con Jesús: el Cantar de los Cantares. Se trata de una colección de canciones populares que cantan y celebran el amor de dos jóvenes. Si no se llega, al menos a comprender este nivel de la experiencia cristiana, todo el mundo de la fe resulta extraño, o incluso irreal.

Decir: “creo en Jesucristo” es confesar que uno se ha enamorado de él. Creo comprender a quien, por pudor, vergüenza o no sé qué, guarda para sí hablar de este modo. Pero, en el fondo. uno sabe que eso es lo que resulta del encuentro con Jesús vivo. Al menos, se lo digamos a nuestro corazón inquieto.

Existe una profunda diferencia entre saber que Dios existe y experimentar que nos ama con amor personal, aquí y ahora, tal como somos, ha señalado recientemente el Papa Francisco. Decir: “creo en Jesucristo” no es tener alguna información sobre su persona y su mensaje, sino experimentarlo como Alguien vivo, activo y presente en mi propia existencia.

Por eso, en su célebre frase sobre el encuentro con Cristo que citábamos el domingo pasado, Benedicto XVI, antes de hablar de la fe como encuentro con una persona – obviamente, la de Jesús el Señor – habla de encuentro con un “acontecimiento”. Ahí está la clave. El acontecimiento al que hace referencia el Papa Ratzinger es la Pascua de Jesucristo: su pasión, muerte y glorificación. Este acontecimiento es el centro del Credo apostólico. En su momento lo analizaremos. Pero ahora vale la pena mirar el conjunto: en esa sucesión de eventos, “bajo Poncio Pilato”, Dios ha hecho tangible su amor por el ser humano. Un amor absoluto, incondicional y gratuito. Es el gran anhelo del corazón humano, su búsqueda permanente y jamás agotada.

El encuentro con Cristo es la experiencia de haber sido sorprendidos por la manifestación inesperada de ese amor que nos sale al paso, se nos ofrece desinteresadamente y nos tiende la mano sin segundas intenciones. El rostro de Cristo crucificado  – al decir del salmo 44 leído con ojos cristianos – nos muestra el rostro de la belleza que salva al mundo: la belleza del amor que se ha entregado para salvar y rescatar al hombre caído.

¿Cómo se hace presente ese acontecimiento en nuestra vida? ¿Cuál es el lugar donde acontece el encuentro con Cristo? Intentaremos responder a estas preguntas en las próximas columnas. Por ahora, solamente recordemos unas palabras del apóstol Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: «Jesucristo es Señor» si no está impulsado por el Espíritu Santo” (cf. 1 Co 12,3).