“Si gana Cambiemos, me voy del país” (¡Paremos la mano!)

Todos lo hemos escuchado. Para las elecciones recientes, como para las de 2015. Figuras conocidas, afines a la administración anterior, lo dijeron públicamente.

Pues bien, ganó Cambiemos. ¿Qué pasa ahora?

Que hay varios, en las redes, que les están cobrando la prenda: Muchachos, ¡a cumplir la palabra! ¡Váyanse del país!

Está bien, suena a broma, o, al menos, a desborde emocional. Tanto la amenaza de autoexiliarse, como el reclamo de que lo hagan efectivo.

Pero es, en todo caso, una broma de muy mal gusto. Subrayo: de pésimo gusto.

Demasiados argentinos, a lo largo de nuestra bicentenaria historia, tuvieron que tomar el camino del exilio, pues era la única alternativa posible para sobrevivir.

Cuarenta años atrás – nada menos – era el camino triste y gris de muchos compatriotas.

“Exilio o muerte”, era la consigna del temperamental Sarmiento a sus enemigos políticos.

Es terrible. No nos lo podemos permitir. Ni en broma.

Por Dios, ¡bajemos un cambio! ¡Paremos la mano!

No juguemos con esas cosas. Como tampoco es bueno jugar con la dictadura o el drama de los desaparecidos. No podemos usar esas palabras escritas con lágrimas y sangre como si fueran piedras que, desde la vereda de enfrente, les arrojamos a la cara a nuestros ocasionales adversarios devenidos en enemigos irreconciliables.

Argentina tiene muchas grietas. El cuerpo social está agrietado. La pobreza-indigencia es una de las más terribles, sino la más honda. Pero ahí nomás está la discordia, salpimentada con revanchismo, escarnio y voluntad de zaherir. Y mucha ceguera espiritual.

Sí. Tiene explicación. Se ha alimentado la grieta, como estrategia electoral o como principio ideológico (“ellos” contra “nosotros”).

Que tenga explicación no quiere decir que tenga justificación. No la tiene.

El resultado es un agujero negro que puede devorarnos a todos.

Tenemos que parar.

Yo busco una palabra en el Evangelio que me ilumine y reavive las energías espirituales que Dios pone en mi corazón.

Comparto una que, para estas circunstancias, me es particularmente elocuente. Es del segundo final del Evangelio según San Marcos:

Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán». Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban. (Mc 16,15-20)

Me detengo en dos frases del Señor, a saber:

Si beben un veneno mortal no les hará ningún daño.

El que crea y se bautice, se salvará.

Es inevitable que, si nos metemos con pasión en la vida, en muchas ocasiones nos encontremos en situaciones tóxicas, con gente tóxica y, así, no seamos inmunes a que nuestro corazón quede envenenado de rencor, odio, envidia, etc. Y que nosotros mismos nos convirtamos en personas tóxicas para los demás.

El Señor nos promete que ese veneno no nos matará, a condición de que nos dejemos bautizar por su Espíritu que nos abre a la fe en Él: “El que crea y se bautice se salvará…”

Dejarnos conducir por el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo: que Él nos dé la mansedumbre de Jesús, su amor por todos, especialmente por los que no nos quieren o los que nos han herido (los “enemigos”), por su capacidad de perdón y de devolver bien por mal, de bendecir cuando nos maldicen, de ser compasivos cuando todos nos predispondría para la revancha revestida de justicia…

Para que nadie tenga que exiliarse o autoexiliarse, Dios nos ha enviado a su Hijo que se auto vació a sí mismo – se exilió del seno de la Trinidad – para que podamos encontrar vida plena, para rescatarnos de los caminos por dónde andábamos, bastante perdidos y desnortados.

El único autoexilio que nos podemos permitir los cristianos es el que nos lleva más allá de nosotros mismos – como Cristo – para entregar la vida por todos…

El Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, con la caridad, sus dones y frutos, es el mejor antídoto contra el veneno del pecado, en todas sus formas…

¡Qué nadie se vaya de Argentina!