Creo en el Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de diciembre de 2017

El Credo nació en la liturgia bautismal. “¿Crees en Dios Padre todopoderoso? ¿Y en Jesucristo, su Hijo? ¿Crees en el Espíritu Santo?”, preguntaba el obispo al que, por el bautismo, se estaba convirtiendo en discípulo de Cristo y parte de su Iglesia.

Estos tres Nombres divinos articulan el contenido doctrinal de la fe cristiana. Así, el Credo, con palabras tomadas de las Escrituras, expresa la novedad de vida que da el bautismo: soy hijo de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Hoy comenzamos a abordar la tercera parte del Credo, centrada en la persona del Espíritu Santo.

¿Qué decir de Aquel que ha sido llamado “el Dios desconocido”? Hablar del Padre y del Hijo es relativamente sencillo. En definitiva, esas palabras remiten a experiencias humanas muy conocidas: somos hijos, sabemos lo que es un padre o una madre. Pero ¿y del Espíritu? ¿Qué palabras e imágenes nos resultan aptas para hablar de Él? ¿No terminan siendo difíciles de retener, como agua que se escurre entre las manos?

Precisamente esa es la mejor experiencia para acercarnos al misterio del Espíritu. Jesús se lo explicó a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere, tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).

Es la experiencia de un Dios que el hombre no puede manipular. El creyente es invitado a adorarlo y a confiarse a Él y, como el mismo Jesús, dejándose colmar y conducir por su Espíritu. Así llega a ser hijo de Dios y a gozar de una libertad extraordinaria: “Porque … donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17).

En la raíz de la palabra “espíritu” está también la imagen del aliento vital que expresa la vida. Si el hombre respira, es que vive. El aliento acompaña cálidamente las palabras que surgen de su boca. No ves el viento. Tampoco tu aliento. Sin embargo, puedes percibir sus efectos, entre ellos, la propia respiración, tu propia vida. Invisible pero real. Así es el Espíritu.

La Biblia nos dice, ya desde su primera página, que el aliento divino ha sido derramado sobre la creación. El Salmo 103 afirma poéticamente: “Si escondes tu rostro, Señor, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento son creados, y renuevas la superficie de la tierra” (Sal 103, 29-30). En el Nuevo Testamento, Cristo resucitado sopla su Espíritu sobre sus discípulos para que continúen su misión.

Basándose en los textos del Nuevo Testamento, la Iglesia confiesa que el Espíritu Santo es una Persona distinta del Padre y del Hijo, pero inseparable de ellos. Y, con ellos, cumple su misión en la salvación. Así lo expresa San Pablo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes” (2 Co 16, 13).

Invocamos al Padre y a Jesús como Hijo y Salvador. ¿Y al Espíritu? La gran súplica al Espíritu es una invocación para que se haga presente y realice su obra: ¡Ven a nosotros, oh Espíritu Santo, y abre nuestro mundo y nuestro corazón a la comunión con el Dios vivo y verdadero!

La liturgia lo invoca como el “dulce Huésped del alma”. Allí, en el secreto invisible del corazón humano, el Espíritu realiza su obra: humanizarnos, formando a Cristo en nosotros, dándonos sus mismos sentimientos y, de esa manera, convertirnos en hijos e hijas de Dios.