El Espíritu, artífice de una nueva humanidad

El segundo relato de la creación del Génesis nos presenta la bella imagen de un Dios alfarero que, con manos de artista, modela al hombre de la arcilla de la tierra.

Ya hemos dicho que estas páginas de la Biblia no ofrecen información científica. Con lenguaje simbólico expresan algunas grandes verdades religiosas profundamente humanas. En este caso, que el hombre es obra de la sabiduría de Dios. No solo de su inteligencia sino también de su amor creador. Cada ser humano existe como fruto de esa inteligencia amorosa, sabia y providente de Dios.

El relato añade un dato crucial: solo cuando Dios sopla “en su nariz el aliento de vida”, el hombre llega a ser un “ser viviente” (cf. Gn 2,7). Sin el aliento de Dios el hombre está incompleto. Es significativo que, a renglón seguido y alcanzando su culminación, el mismo relato nos muestre la creación de la mujer, el único complemento adecuado para el varón. Sin espíritu y sin mujer, el hombre no puede vivir adecuadamente su condición humana.

Aquí, la palabra “aliento (“espíritu”) indica la apertura del hombre a Dios. Por su espíritu, el ser humano está abierto a su Creador, lo adora, alaba y escucha. Pero, por lo mismo, se dona a sí mismo a sus semejantes. Por el contrario, cuando se cierra sobre sí mismo, se condena a su frustración.

Cuando los evangelios nos presentan a Jesús como el que, colmado del Espíritu, lo comunica al mundo, nos están diciendo que, en Él, la creación ha llegado a su plenitud. Él es hombre nuevo, el que Dios soñó desde el principio, y a cuya imagen crea a cada ser humano. Los evangelios lo muestran con una cercanía única con su Padre, pero también con una exquisita capacidad de sintonía con las personas, especialmente con los más frágiles, los niños, los enfermos y pecadores. No vive para sí mismo, sino para los demás.

Algunos autores cristiaños enseñan que las dos manos con las que el Padre crea y redime al hombre son precisamente su Verbo y su Espíritu. Concebido por obra del Espíritu y nacido de María, Jesús es el Verbo de Dios que se ha hecho igual a nosotros para mostrarnos qué significa ser realmente hombre. Él es el modelo supremo al que todo hombre ha de aspirar y hacia el cual lo conduce el Espíritu.

Jesús nos ha mostrado que solo en el amor, como don sincero y total de sí mismo, el hombre alcanza su plena estatura. El Espíritu Santo al unirnos en comunión con Jesús nos configura con Él y nos comunica sus sentimientos y actitudes, que se compendian en el amor. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, enseña San Pablo en su carta a los romanos (Rom5,5).

Cuando los cristianos confesamos: “creo en el Espíritu Santo”, no solo afirmamos que Él es la tercera Persona de la Trinidad, uno con el Padre y el Hijo, sino que también confesamos su obra en nosotros: el Espíritu es el que está creando y animando, en cada uno, el proyecto de hombre que se ha manifestado en Jesucristo. El Espíritu es el artífice de una nueva humanidad, que arranca al hombre de su soledad, abriéndolo a Dios y a sus semejantes.