Sin María no podemos ser discípulos de Jesús

https://youtu.be/ikMGVlzC13o

 

Homilía de la Misa crismal 2018

Santuario Diocesano de la “Virgencita” en Villa Concepción del Tío – Viernes 16 de marzo de 2018 (memoria del Santo Cura Brochero)

Sin María no podemos ser discípulos de Jesús.

Sin su corazón contemplativo, las Escrituras que nutrieron su vida, dejan de ser revelación del Dios vivo y se convierten en código de ingeniosos enigmas.

Sin María, sin su modo femenino y evangélico de ver las cosas, el Evangelio nos resulta extraño o, en todo caso, terreno de exóticas elucubraciones, tan sofisticadas como estériles.

Sin María no logramos entrar en él, comprenderlo, menos aún vivirlo y anunciarlo.

Sin María, la Iglesia queda reducida a una fría organización social, un poder que se mueve entre otros poderes con estrategias mundanas, tal vez muy pícaras, pero alejadas de aquella sabiduría que expresan las bienaventuranzas.

Sin María no podemos ser discípulos de Jesús.

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Y no me refiero a cultivar devociones marianas, santas y legítimas, por cierto. Hablo de otra cosa más honda y que le da sentido a las formas concretas en que expresamos nuestra piedad filial a la Santa Madre de Dios.

María nos lleva al corazón del misterio de la Iglesia, cuya alma es femenina: amor que se abre al amor por la fe y la esperanza.

El corazón de la Iglesia virginal y materno.

Es la fe pura, íntegra y siempre joven de la mujer-Iglesia que, como la mujer-María, se abre, ansiosa y confiada, a la Palabra que llega, ilumina y busca entrar en la propia tierra para dar fruto a su debido tiempo.

Es vida que se concibe y se custodia mientras crece en el silencio del vientre materno, y que puja por salir a la luz y triunfar sobre toda forma de muerte. Así en la Iglesia como en María.

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Acontece la Iglesia allí donde es predicada la Palabra, nace la fe que madura en esperanza y, sobre todo, amor que se entrega. Hay Iglesia allí donde, en torno a un mismo altar, los discípulos se reconocen hermanos y comparten el mismo pan. Hay Iglesia allí donde se desarman las barreras, se vencen los miedos y se sale a dar desde la propia pobreza.

Hay Iglesia allí donde una mamá le enseña el Padre nuestro a su hijita (lo pude presenciar en Brochero hace unas semanas). Esa es la Iglesia mariana que nos ha engendrado en la fe y a la que servimos los pastores.

Decimos estas cosas precisamente en este lugar – su santuario y nuestro hogar – porque precisamente aquí, es dónde mejor comprendemos a María, porque aquí hacemos experiencia de su presencia viva, real, incisiva y estimulante para nuestra vida de fe.

Aquí nos experimentamos pueblo, familia, caminantes, amigos y hermanos. Es la experiencia de cada devoto y de todos los peregrinos, particularmente ruidosa, alegre y transformadora en la Peregrinación Juvenil de cada septiembre.

Este Santuario, queridos hermanos y hermanas, es la escuela de María, la escuela del Evangelio vivido, hecho oración, camino compartido, canto y servicio.

Aquí estamos bajo la mirada de la “Virgencita”. Su hermosa imagen testimonia la tradición española que representa a la Inmaculada con el manto azul cielo. En Oriente, en cambio, la tradición icónica representa a la Toda Santa (la Panaghia), cubierta por un manto púrpura que, a la vez, simboliza la caridad, la virginidad y, sobre todo, al Espíritu Santo.

Las manos de nuestra “Virgencita” parecen estar uniéndose en oración, pero permanecen entreabiertas para acoger las nuestras (¡genialidad del anónimo artista al que nunca agradeceremos del todo lo que nos legó!). El icono oriental, en cambio, está de perfil con sus dos manos hacia el centro del altar, hacia Cristo, por eso se la llama: la Virgen “Odigitria”, la que muestra el camino.

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María ha sido cubierta por el Espíritu. Ha sido colmada por la unción perfumada del Santo Espíritu que, de su carne y de su sangre, tomó la humanidad el Verbo encarnado, Jesús llamado Cristo, Mesías, el Ungido del Señor. Engendra a Cristo por el Espíritu y lleva hacia Cristo, dejándose llevar por impulso del Espíritu.

Así, María es imagen lograda del dinamismo interior del Espíritu que anima la Iglesia y a cada bautizado-confirmado y que está simbolizado en los Óleos y el Crisma que estamos a punto de consagrar.

Estos aceites benditos, por tanto, tienen también una dimensión mariana que nos habla de nuestra propia vocación cristiana y eclesial, discipular y misionera. No es extraño: el Espíritu aparece con especial belleza en el rostro de la más perfecta discípula de Jesús, María santísima.

María fue preservada de la mancha original por el don particular del Espíritu que la preparó para ser el templo santo que acogiera en su amplio espacio virginal al Hijo de Dios.

Ella es la mujer “libre y fuerte” que ha hecho suyo el Evangelio con una decisión consciente y libre de seguir a Cristo el Señor (cf. Aparecida 266). La fortaleza espiritual que el bautizado recibe al ser ungido con el Óleo santo encuentra en María su realización más lograda y perfecta. A ella miramos para luchar también nosotros el buen combate de la fe, de la oración y del testimonio.

María es la “Consolata” como también la veneramos en la diócesis. Ella ha recibido, como nadie, el consuelo del Espíritu, sobre todo en las horas más oscuras de su peregrinar en la fe: verse encinta sin concurso de varón, emprender el camino a Belén y, después, a Egipto. Repasando en su corazón las “maravillas” del Señor ha tenido que crecer en libertad para comprender al Hijo que, más que con ella, tenía que estar en las cosas de su Padre. El mismo Hijo que parecía ser el que blandía la espada anunciada por Simeón: en Caná, en Cafarnaún, en la hora suprema de la Pasión, cuando tuvo que estar al pie de la cruz. Cuando, por el peso de los años o de la enfermedad, recibimos en el cuerpo cansado la unción con el Óleo de los enfermos, María está presente compartiendo con nosotros ese consuelo del Espíritu para la hora del dolor, la pasión y la configuración con el Cristo paciente.

María colmada del Espíritu da a luz al Ungido del Señor, al Cristo. Ella no puede ocultar el gozo que la desborda. Esa alegría se transforma en misión, en canto, en servicio humilde y alegre. Los que, en el bautismo, la confirmación y el orden sagrado, hemos sido ungidos por el Santo Crisma, encontramos en María, misionera del Evangelio, un icono luminoso de la misión que el Espíritu impulsa desde dentro de nuestra alma ungida. María es imagen de la Iglesia pobre y solidaria, peregrina y misionera.

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A ella también miramos cuando, como hacemos en este año pastoral 2018, nos sentimos llamados a compartir nuestro tiempo como forma de participar y hacer nuestra la obra evangelizadora de nuestra Iglesia diocesana.

¡Qué ninguno de nosotros se sienta excluido! No tengamos miedo a descubrirnos pobres. Esa es la mejor condición para compartir el don precioso de nuestro tiempo transformándolo así en servicio evangelizador, en consuelo al que sufre, en sonrisa y mano que se tiende al hermano.

¡Qué todas nuestras comunidades experimenten la juventud de la unción que no deja de derramarse sobre nosotros y que nos impulsa a ser misioneros del amor del Padre!

¡Qué podamos hacer la experiencia de consagrar nuestro tiempo al Evangelio de Jesús que María vivió y que desbordó su corazón de mujer creyente!

Bajo tu mirada, Madre, seguimos caminando…

Qué así sea.