Gaudete et exultate!

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Ser obispo tiene algunas ventajas. El sábado 7 de abril, por ejemplo, me llegó de la Santa Sede, por correo electrónico, el texto de la Exhortación “Gaudete et exultate” con algunos subsidios para su lectura.

Así que pude leerla el domingo por la tarde. Ahí nomás se la mandé a los curas de la diócesis por WhatsApp, con esta recomendación: ¡Disfrútenla!

Uno puede leer un texto porque es su deber hacerlo. También porque tiene curiosidad por saber qué dice. Normalmente uno lee cosas que están dentro del campo de sus intereses o gustos personales. Y muchas razones más para la lectura.

Son múltiples las razones por las que uno llega a un texto. Me pasa que, de la mayoría de las cosas que leo, al poco tiempo ya no me acuerdo ni siquiera que las he leído.

Pero…

En ocasiones, como esta que estoy comentando, la lectura te atrapa, te encanta y te hace disfrutar lo que estás leyendo.

Dejo a algún buen psicólogo – o a algún avezado cultor de la sospecha – investigar por qué ocurren estas cosas.

De ese “encantamiento” proviene la invitación que ahora renuevo: ¡lean y, sobre todo, disfruten lo que leen!

Es la alegría del Evangelio como lo que es: una propuesta de vida que llena la vida de alegría.

El santo, dice Francisco, es un bienaventurado, un hombre y una mujer sencillamente “feliz”.

Y eso es lo que ha traído Jesús al mundo, y lo que mejor sabe hacer el Espíritu Santo… Y por ahí tendría que ir la misión de los cristianos, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles de aquel etíope al que bautizó Felipe: “Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino” (Hch 8, 49).

Sanidad, bienaventuranza y felicidad son sinónimos en el diccionario de la lengua cristiana.

Caminar con alegría el propio camino…

¡Disfrútenla y sean felices!

O, sea: Gaudete et exultate!