No hay democracia sin discusiones públicas

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Es muy bueno que los ciudadanos discutamos, aun acaloradamente, en el espacio público nuestros puntos de vista.

Esto fortalece la cultura democrática que, en buena medida, los argentinos tenemos sujeta con alfileres. Lo digo también por los católicos, incluso por quienes somos sus pastores.

Esta discusión pública es especialmente necesaria cuando tocamos cuestiones de fondo -como esta del aborto- que hacen a los fundamentos de la convivencia ciudadana en la sociedad. Mucho más cuando nos confrontamos personas que tenemos visiones diametralmente opuestas de la vida y, unos y otros, legítimamente tenemos “verdades no negociables” (yo no voy a negociar la dignidad humana del concebido desde el primer instante de la concepción, por ejemplo).

Esta dinámica confrontativa no nos tiene que asustar ni amilanar, como tampoco volvernos rígidos y agresivos.

Las reglas de la democracia republicana existen precisamente para que esa conversación ciudadana, fuerte, acalorada y tensionante, transcurra por carriles civilizados. Busca consensos, hasta donde son posibles.

Empieza, por ejemplo, en el espacio público: la mesa de familia, el café, la plaza, los medios, etc. Tiene un momento clave cuando entra, como ocurrirá este miércoles con el aborto, en el recinto sagrado del Parlamento y los representantes del pueblo discuten, intercambian posiciones, se pelean y votan. En este caso, primero en Diputados y, si se aprueba allí, en Senadores.

¿Qué pasa si, como fruto de la votación, el juego democrático de mayorías y minorías, hace que termine sancionándose una ley que algunos (o muchos) ciudadanos no aceptan?

Doy un ejemplo personal: ¿qué pasa si el Congreso aprueba convertir el aborto en un derecho? ¿En qué situación quedo yo, que estoy en contra, frente a esa ley del Congreso de mi país?

No tengo dudas: acepto la legitimidad democrática de lo decidido por el Congreso. Seguiré cuestionando su razonabilidad y usando todos los medios que la democracia pone en mis manos para revertir esa decisión que, aún reconociendo su legitimidad, considero injusta.

Vuelvo a decir: creo que, hasta ahora, el debate sobre el aborto ha sido un ejercicio ejemplar de ciudadanía. Nos ha hecho muy bien. Hemos dado pasos importantes para fortalecer la cultura democrática de nuestro país. ¿Ha habido expresiones desubicadas o golpes bajos? Sí. Y de ambas partes. Tampoco esto debe asustarnos. Son inevitables si apostamos por una cultura de la libertad de expresión, de conciencia y por el diálogo.

Eso sí: ahora que estamos entrando en una fase decisiva, no nos dejemos ganar por la violencia, sobre todo verbal y gestual. No a las presiones indebidas sobre nuestros legisladores. Tenemos derecho a que conozcan lo que pensamos. Tienen el deber de escucharnos. Pero el respeto por sus personas y su labor parlamentaria es fundamental.