El Reino crece solito

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“La Voz de San Justo”, domingo 17 de junio de 2018

En varios ambientes eclesiales se ha puesto de moda hablar de la “construcción del Reino de Dios”, dando por sentado que somos nosotros los genios constructores que llevan adelante la obra.

La expresión no me gusta. Es más, me despierta un instintivo rechazo. Pienso que es profundamente errada. Puede incluso transformarse en una verdadera herejía; aún más, en una genuina blasfemia.

Las dos parábolas de Jesús que escuchamos este domingo van en otra dirección (Mc 4, 26-34). Nos ayudan así a poner nuestras pretensiones arquitectónicas en su sitio. Toda vez que, en la Iglesia, hemos pretendido edificar el Reino de Dios, lo hemos terminado identificando con nuestras propias construcciones, sacralizándolas y generando ese autoritarismo clerical, a veces sutil, otras desvergonzado y grosero, pero siempre estrecho y asfixiante. Sus consecuencias resultan siempre nefastas.

De tanto en tanto, el Espíritu nos manda un Pablo, un Agustín, un Francisco o una Teresita de Lisieux que nos recuerdan: ¡muchachos, paren la mano! No se olviden que todo es gracia, y que la Gracia (otro bello nombre del Espíritu Santo) está antes, durante y en el coronamiento de todo lo que hacemos.

La parábola de la semilla echada en el campo nos habla del misterio del crecimiento. La vida crece solita. Dios actúa en silencio, discretamente y con mucho humor. No es extraño que nos desconcierte y sorprenda, descolocándonos. Se toma su tiempo, pero hace las cosas como nadie. La del grano de mostaza subraya la desproporción entre lo que sembramos y el fruto que recogemos. ¿No lo has experimentado ya en tu vida de discípulo? Mirá bien las cosas: te vas a dar cuenta de cómo, lo poquito que pusiste, pero con desinterés y generosidad, Dios lo ha transformado en un árbol frondoso.

Es saludable aprender a no enamorarse de las propias producciones. Es el aprendizaje de la libertad que siempre va de la mano de la humildad y, en ocasiones, también de las humillaciones. Nunca acabado del todo, se trata de un aprendizaje especialmente complicado cuando la misma vida nos pone al frente, nos exige definiciones y acciones. Pero esa es la aventura de servir al Reino de Dios. Además, tenemos una yapa que todo lo descoloca: Jesús, el primer servidor del Reino. Y ahí están los evangelios que nos dicen cómo lo hizo y cómo tenemos que hacerlo nosotros. Y, si por caso no supiéramos leer (o comprender, que es lo más común), ahí está su Espíritu que viene en ayuda de nuestra torpeza y debilidad: nos inspira y sugiere, ilumina la mente y fortalece la voluntad, y, si somos dóciles a sus mociones, nos regala un consuelo inigualable.

Entonces: amigo, dejá crecer solito al Reino de Dios. Vos dedicate a sembrar y, como Jesús, a sentarte a la mesa de los más frágiles, con el corazón alegre y generoso. El Padre hace el resto (con ellos y con vos, que también sos uno de ellos).