La incómoda pretensión de Jesús

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“La Voz de San Justo”, domingo 19 de agosto de 2018

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6,52).

Es la pregunta incisiva que se formulan los oyentes de Jesús, después de que éste ha hecho esta increíble afirmación: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51-52).

Increíble y al límite de los soportable. ¿Cómo alguien puede tener esa pretensión de absoluto sobre la vida de los demás?

Lejos de quitarle fuerza, Jesús va más a fondo con su desafío: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes… Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,53.57).

Pienso que no tenemos que edulcorar el peso de esta pretensión de Jesús sobre nuestra vida. Obviamente, para los que creemos que Él es, en Persona, el Hijo de Dios hecho hombre, esa pretensión se vuelve luminosa. Pero…

Existe un riesgo: que demos por descontado que, aceptando, como una verdad indiscutible, la divinidad de Jesucristo, ya tenemos la vida asegurada. Sería una sutil autocomplacencia que nos podría llevar a un peligroso autoengaño.

De ahí la importancia de esa afirmación de Jesús: “… el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. La palabra “carne” es clave.

Tenemos que reconocer la divinidad de Jesús en la carne de su existencia humana, tal como nos la muestran los evangelios; tal como llega a nosotros en la Eucaristía que celebramos, domingo tras domingo.

Alimentarnos de la “carne” de Jesús es mucho más que un elegante acto de culto. Es dejarnos interpelar y perturbar, una y otra vez, por el modo como Él encaró su vida humana: qué opciones hizo, qué prioridades puso, con quiénes se vinculó preferentemente, qué rechazó y qué abrazó con fuerza.

Leemos y releemos el Evangelio, participamos de la Eucaristía y nos sentimos parte de la comunidad cristiana, para que Jesús, con su Espíritu, nos ponga en crisis y nos haga pensar si y en qué medida realmente Él es el pan que nos alimenta.

¿Lo es realmente?