Un camino de libertad

WEB_22e Di TO B_20180902 (1)“La Voz de San Justo”, domingo 2 de setiembre de 2018

Permítanme un testimonio personal: ¿Qué me ha dado Cristo? Entre todo lo que podría decir, no lo dudo un instante: libertad. Cristo me ha dado libertad.

Leyendo y releyendo el evangelio de este domingo (cf. Mc 7,1-814-1521-23), no he podido alejar de mi corazón esta cuestión. En contraposición a una religiosidad puramente externa, Jesús insiste en que lo importante, para Dios, es el corazón del hombre. Allí se juega todo.

Durante la semana que termina, hemos leído también las que tal vez sean las palabras más duras de Jesús. Son sus invectivas contra fariseos y escribas. Están en el capítulo veintitrés del evangelio de San Mateo. Aquí, solo una perlita: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!” (Mt 23,25). Una y otra vez los llama “hipócritas” y “ciegos”. El hombre religioso vivirá siempre amenazado por la hipocresía: ofrecer solo una apariencia de rectitud.

Frente a toda religiosidad ciega e hipócrita destaca la figura de Jesús, su libertad, su autenticidad. Así vive y enseña a vivir. Esa es mi experiencia con Jesús: él me ofrece y me da, una y otra vez, libertad interior. Su libertad.

Tengo que matizar: para mí, la libertad sigue siendo un desafío cotidiano, una meta nunca alcanzada del todo. No soy un hombre plenamente libre. Es más, en ocasiones, siento la fuerte tentación de confundir libertad con desinhibición o capricho. Y siento la necesidad de ser liberado, también una y otra vez, de esas caricaturas grotescas de libertad.

Ahí, nuevamente aparece Cristo, haciendo posible el camino de la libertad: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,20-23). El corazón es el territorio de la libertad más genuina: la que nace desde dentro y se consolida en la virtud.

Cuando se publiquen estas líneas estaré caminando con los jóvenes de la diócesis, como cada primer domingo de setiembre, hacia el Santuario de la Virgencita, en Villa Concepción.

Cuando llegue el momento, voy a hablarles de la libertad de Cristo. A ellos, y también a mí mismo, para que nuestro peregrinar juntos por la vida y la fe, sea también un camino de libertad.

Creo que María sonríe. Fue su propio camino. Ha sido también su experiencia de Jesús.