Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.