Por Jesús y el Evangelio

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“El que quiera seguirme…”

Viajemos en el tiempo. Lo podemos hacer con nuestra imaginación. Como cuando éramos chicos.

Vayamos a Roma. Más o menos, en los años 64 a 65. La ciudad acaba de sufrir uno de sus tantos incendios. Aún con varios de sus barrios afectados, sigue siendo “caput mundi”, la cabeza del mundo entonces conocido. Cosmopolita, orgullosa y deslumbrante, alberga más de un millón de habitantes.

En algún rincón de esa inmensa ciudad, imaginemos ahora un pequeño grupo de personas, reunidos en una casa de familia. Se entremezclan esclavos, pobres viudas, niños entredormidos, simples trabajadores con algunos miembros de familias patricias. El clima es extraño: una mezcla de miedo, unción y expectativa.

Esos hombres y mujeres han visto, por esos días, un espectáculo terrible: algunos de los suyos han sido ajusticiados públicamente. Lo cuenta el historiador Tácito: “Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado”.

Imaginamos lo que sacude los corazones: ¿De dónde ese odio hacia nosotros? No tardan en abrirse paso las preguntas más incisivas: ¿No nos habremos equivocado? Somos discípulos de Jesús: ¿No es todo esto un engaño? ¿A qué o a quién le hemos entregado la vida? ¿Vale la pena correr estos riesgos?

A las manos de esta pequeña y asustada comunidad, sin embargo, ha llegado un breve escrito. Se rumorea que es de un tal Marcos, discípulo de Pedro. Este último, ha sido uno de los ajusticiados. Días después le ha tocado el turno a otro notable: Pablo de Tarso.

Da inicio la lectura: “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Es difícil asimilar que se trata de una noticia buena de salvación (eso significa la palabra “evangelio”). Pero tampoco se puede negar que, a medida que avanza la lectura, hechos y palabras escritos despiertan esperanza.

Promediando la narración, una escena que sacude, se cruzan las miradas y da lugar a un silencio que no deja ya lugar a dudas. Comienza a hacerse luz en los corazones. Dos preguntas marcan el ritmo: “¿Quién dice la gente que soy yo?… Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mc 8,27.29). El texto contiene la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29).

Aquí, la lectura tiene que interrumpirse. El lector comprende que sus oyentes están haciendo suya la confesión de fe de Pedro. Se está volviendo la confesión de fe de todos los que han oído, de todos los que creen y esperan en Jesús, el Cristo. Ha tocado la vida. Se ha convertido en “evangelio”.

Lo que sigue, es más luz todavía: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,34-37).

De eso se trata. Ahí está la respuesta: por Jesús y su Evangelio.