Cosas que nos hacen bien

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de septiembre de 2018

“Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado»” (Mc 9,36-37).

Con estas palabras y ese gesto, cierra Jesús una disputa entre sus discípulos: habían estado discutiendo quien de ellos era el más importante. Una disputa de poder. Obviamente, no estaban entendiendo nada de la propuesta de Jesús.

Aclaremos: Jesús no tiene una idea romántica de la niñez. Si se identifica con los niños es por otra razón: Dios está siempre del lado de los más vulnerables. Esta es la perspectiva desde la que Dios, su Padre, mira el mundo: desde el lugar de los últimos, con los ojos de los más pequeños, débiles e indefensos. Y, desde aquí, enseña a sus discípulos a posicionarse en la vida: “El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Escribo estas líneas mientras acompaño a las monjas del Monasterio “Abba-Padre” en sus ejercicios espirituales. Se trata de una de las nuevas formas de vida contemplativa que vienen surgiendo en la Iglesia en estas últimas décadas. El Espíritu nunca descansa. El Evangelio siempre suscita novedad. En este caso, una comunidad de mujeres orantes que busca hacer espacio, en medio de nuestro mundo y sus disputas de poder, a los sentimientos de Jesús.

La oración personal y la liturgia celebrada con sencillez y belleza, acompañada de vida fraterna, trabajo manual, estudio y hospitalidad generosa. Todo esto se resume en la palabra sagrada que da identidad a esta Fraternidad monástica: “Abba-Padre” (en realidad, es la forma coloquial como un niño hebreo llama a su padre: ¡Papá!). El Nuevo Testamento la toma de los labios de Jesús para que se transforme en plegaria y, por eso, en forma de vida. Se vive como se ora, y se ora como se vive: Delante de Dios, como hijos amados y libres. Delante de los demás, como hermanos. La vida, como un don que se recibe y se entrega en el servicio desinteresado.

Nos hace bien saber que, en medio de nuestras sierras cordobesas, una comunidad de mujeres busque vivir estos valores del Evangelio. Esa es su vocación. Esa es también su misión: ser evocación visible de lo esencial de la vida.

Nos hace bien, de tanto en tanto, darnos por allí una vuelta… o por los otros monasterios (femeninos o masculinos) que dibujan la geografía del Espíritu en nuestra tierra. Es mi experiencia, que no puedo dejar de compartir.

Al menos a mí, el estar aquí me ha permitido apreciar con ojos nuevos las palabras y el gesto de Jesús: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado» (Mc 9,37).