El rostro más lindo

ciego nacimiento
“¡Maestro, que yo pueda ver!” (Mc 10,51)

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de octubre de 2018

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (GeE 9).

Si el Papa no lo hubiera escrito, los cristianos de a pie lo sabríamos igual. ¿No es esa nuestra experiencia cotidiana?

Porque “santidad” quiere decir, ante todo, experiencia de Dios, de su presencia, de su ser misterioso: libertad que ama, que acaricia, perdona y reconcilia.

El momento central de la Eucaristía se abre, precisamente, cuando la comunidad reunida canta el himno bíblico: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Así se entra en la conmemoración de la entrega de Cristo. Él es el “bendito que viene en nombre del Señor”. Su cuerpo entregado y sangre derramada para el perdón nos hacen comprender cómo Dios es santo y cuál es la gloria divina que colma cielos y tierra.

La mayor tristeza que se puede imaginar es, precisamente, la de quien ya no puede reconocer la gloria de Dios que resplandece en todo lo que existe. Cuando esto ocurre, todo es oscuridad, vacío, amargura.

Algunos lo perciben con extremada sensibilidad: no poder ver a Dios en sus vidas conlleva un gran sufrimiento, una fuerte nostalgia de una belleza y bondad que se anhelan pero que no se logran encontrar.

La experiencia cristiana, más como gracia que como conquista, sencillamente dice: ese anhelo se ha cumplido, la verdadera santidad ha entrado en el mundo, no estamos solos ni abandonados.

El rostro de la santidad de Dios es el rostro de Jesucristo. “Solo Tú eres Santo”, cantamos cada domingo al inicio de la Misa, invocándolo como Señor y Salvador.

Cuando el Papa Francisco escribe la frase que abre esta columna piensa en esa forma de santidad que viven los que, con paciencia, entregan su vida por los demás, cada día, levantándose, una y otra vez, de sus caídas. No es la santidad de los puros y perfectos, sino la de los que se saben siempre en camino y, por eso, se animan a caminar.

Pero también, Francisco piensa más allá. Afirma: “Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»…” (ídem).

Este domingo, el evangelio nos presenta la figura de un ciego al que Jesús devuelve la vista (cf. Mc 10,46-52). Su súplica insistente conmueve: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!… Maestro, que yo pueda ver”.

También nosotros podemos suplicar así: poder ver el Rostro de Cristo en los rostros de tantos hombres y mujeres que viven el amor de Dios. Es una buena súplica al iniciar la semana en la que haremos conmemoración de nuestros difuntos y, al día siguiente, de todos los santos.

Sí, la santidad es el rostro más lindo de la Iglesia… y de toda la humanidad.