Relaciones humanas en “modo Jesús”

Seguramente, Jesús habrá escuchado varias veces lo que parecía ser lo “normal” en su entorno: “la mujer es inferior al varón en todo”.

Propiedad de su padre primero y de su marido después, la mujer era prácticamente nada fuera de la familia. Cuidar la casa, dar descendencia, ser discretas. Ese es su lugar en el mundo.

No estoy hablando de la Biblia, sino del contexto cultural en el que crece Jesús. Aunque predomina en las Escrituras una visión masculina (hoy dirían algunos: “patriarcal”), varios de sus relatos claves tienen como protagonistas a mujeres por las que pasa el hilo rojo de la historia de la salvación. Con esa tradición entronca Jesús.

Lo primero que nos admira, a leer los relatos evangélicos, es la naturalidad con que Jesús se sale de los estereotipos. Su trato con las mujeres sí que es normal. Las incluye entre sus seguidores. A algunas las ha rescatado incluso de la marginación. “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, les dice sin anestesia a algunas autoridades religiosas que lo interpelan (cf. Mt 21, 31).

Es más. Contra la doble moral que privilegia al varón, señalando hipócritamente que la mujer es peligrosa fuente de tentación, Jesús da vuelta el enfoque machista: “Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

Jesús es un adulto que trata como adultos a todos los que se acercan a él. En una sociedad donde la mujer no tiene subjetividad (como una “cosa” que se posee y usa), Jesús muestra que, para Dios su Padre, la realidad es distinta. Trata a las mujeres como sujetos en pie de igualdad con el varón.

Podríamos releer varios pasajes evangélicos. Solo anoto uno: “Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8, 1-3).

¿Qué significan aquí este poder curativo de Jesús? No pensemos en “El exorcista”, ni en nada raro o paranormal. Jesús ha sido, para esas mujeres, un varón que las ha reconocido en lo que son: sujetos con dignidad humana. No ha generado dependencias tóxicas ni humillantes. Ha hecho lugar a una reciprocidad en la que crecen, por igual, la libertad, la identidad y la colaboración.

Ese es su “poder divino”: humanizar.

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La sociedad argentina está impactada. Comienzan a salir a la luz casos de varones que, aprovechando su posición dominante, han sometido a mujeres a diversas y aberrantes formas de abuso. Historias que nos sacuden.

¿Está en marcha un cambio cultural irreversible y superador? Pregunta abierta. La conciencia y libertad de cada uno están convocadas a responder.

Por cierto, el “modo Jesús” de relación nos interpela. Ante todo, a quienes somos sus discípulos e intentamos vivir de acuerdo con su Evangelio en la Iglesia. Pone en crisis nuestra mentalidad y nuestras formas de tratarnos y de vincularnos. Entre otras consecuencias, hacia esos replanteos de fondo nos está llevando la grave crisis de los abusos en la misma Iglesia: abusos de poder, de conciencia y sexuales.

Para Jesús, cualquier forma de autoridad es servicio y se vive en el desapego de sí, la entrega generosa de la propia vida y, sobre todo, desde la perspectiva de los más débiles. Para Jesús, y en el surco del proyecto originario del Creador, los seres humanos estamos llamados a cuidarnos unos a otros. Somos responsables los unos de los otros. Cualquier asimetría que pueda darse entre las personas (de rol, de edad, etc.), debe ser vivida desde ese enfoque fraterno.

Este “modo Jesús” de vivir las relaciones humanas pone el dedo en la llaga. Es una crítica a fondo de la cultura que hace posibles los abusos: el persistente machismo, diversas formas de narcisismo, la deshumanización y banalización de la sexualidad, la erotización precoz de niños y adolescentes, la manipulación de las personas.

Para quienes tenemos fe en Dios, esta capacidad de humanizar de Jesús manifiesta que Él realmente viene de Dios y es Dios. Un Dios que se ha hecho hombre y que nos salva humanizando y sanando nuestros vínculos.

El Espíritu de Jesús nos alienta para recorrer ese camino. ¿No sentimos su fuerza en todo esto?