Año decisivo para Francisco (y la Iglesia)

Francisco está iniciando su sexto año como obispo de Roma y en el ejercicio del “munus petrinum” como pastor de la Iglesia universal.

Algunas cartas decisivas están ya puestas sobre la mesa. Dos de ellas son clave: por un lado, el proceso de reforma eclesial, con sus líneas directrices y las resistencias que suscita; y, por el otro, la crisis de los abusos, con el nuevo impulso que ha cobrado en estos meses.

Del entrecruzarse de ambos procesos podría terminar de delinearse la figura completa del pontificado de Francisco.

Hacia una Iglesia misionera

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo…”, decía Francisco en Evangelii gaudium 27. En ese documento y los que han seguido, pero especialmente en sus gestos, hemos ido conociendo el contenido de ese sueño. Una Iglesia “en salida”, sin temor a las heridas de estar “en las periferias”; una Iglesia “pobre para los pobres”, de pastores “con olor a oveja”; una Iglesia que vive y comunica la alegría del Evangelio, compañera de camino de todos los seres humanos, cualquiera sea la situación de vida en que se encuentren; una Iglesia que cultiva el cuidado de la “casa común”…

Es la Iglesia del primer anuncio (kerygma), cuya primacía no es temporal sino teologal: es el amor primero de Dios que precede, acompaña y culmina todo anuncio de la Iglesia. Con un acento especial: la misericordia-compasión-ternura de Dios que se hace figura histórica de la Iglesia, “hospital de campaña”. Sin identificarse del todo con esto, pero formando parte del proceso, está la reforma de la Curia romana.

De un tiempo a esta parte, ha comenzado a crecer, más en las palabras que en gestos y decisiones concretos, una melodía que viene ineludiblemente de la gran profecía conciliar: la apelación a una Iglesia más sinodal. Reflejo de la comunión trinitaria, la Iglesia tiene razones, motivos y fundamento para conjugar mejor las inevitables tensiones entre el centro y las periferias, la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios, la unidad con la pluralidad católica. Francisco parece moverse hacia esa dirección.

Este primer aspecto que señalo ha suscitado enorme entusiasmo y adhesión. Es, en definitiva, un proyecto de reforma que abreva en las fuentes del Concilio Vaticano II que contiene la llamada más potente de Dios a su Iglesia en este tiempo. Como era de esperar, algunas de las acentuaciones de Francisco al mandato de reforma del Concilio han ido suscitando también un in crescendo de críticas y resistencias.

Heridas que buscan médico y medicina

El segundo aspecto que he señalado -la crisis de los abusos sexuales- está sacudiendo fuertemente a toda la Iglesia. Tal vez convenga reconocer que, frente al marasmo espiritual y moral que esta crisis representa, se nos han caído todos los libros. Retengo que el único camino posible de resolución pase, indefectiblemente, por un muy concreto acto de humildad que nos lleve a reconocer que no hemos estado preparados para esta crisis y la insuficiencia de nuestras respuestas. El mismo Papa ha entrado por este camino. Es un punto que merece atención.

¿Tenía Bergoglio en su agenda de temas prioritarios los abusos sexuales cuando fue elegido Papa en 2013? Lo cierto es que ha tenido que hacer rápidamente un intenso aprendizaje, no exento de dificultades o errores. Lo reconocía él mismo, hace un año, volviendo de su Visita Pastoral a Chile.

Aun reconociendo lo insuficiente de la respuesta eclesial a los abusos, lo que no se puede aseverar es que exista pasividad, voluntad de ocultar o dejar pasar el tiempo sin resolver este problema.

La Iglesia es un sujeto compuesto de muchos sujetos. Esta pluralidad hace injusto un juicio absoluto. Hoy, muchos en la Iglesia -entre ellos el mismo Francisco- han tomado el toro por las astas y se han aplicado a enfrentar la crisis con decisión, energía y claridad, pero también con la paciencia que supone perseverar en una crisis que no es de solución inmediata y en la que, de seguro, habrá muchos sinsabores.

¿Qué resultado hemos de esperar de este complejo panorama? Ya no hay demasiado margen para el error. Como ha comentado el cardenal Gracias respecto del encuentro de presidentes de conferencias episcopales, previsto para febrero: será o un gran éxito o una gran desilusión, sin vuelta atrás. Me alienta observar el liderazgo del Papa y la convicción que, sobre todo, muchos laicos tienen de que esta crisis urge caminos firmes y exigentes de purificación. Sobre todo, en su capítulo más difícil: el cambio de mentalidad y un trabajo preventivo a conciencia en cada una de las Iglesias particulares.

Batallas de otras guerras

Sin embargo, en este punto, asoma un horizonte oscuro e inquietante. Las críticas al Papa y una reviviscencia de los enfrentamientos eclesiales entre conservadores y progresistas amenazan ponen palos en la rueda de la Iglesia que juega su credibilidad y su futuro en la resolución de este problema.

Unos y otros están usando el drama de los abusos como munición gruesa para arrojarse mutuamente a la cara. Los conservadores denuestan a los progresistas por haber dejado abiertas las puertas de los seminarios a los homosexuales y al relativismo moral que ha llevado a la actual crisis. Además, el tiro por elevación alcanza a “Casa Santa Marta” y a su ilustre inquilino, el Papa. Por otra parte, los progresistas señalan a los “ultras” que su sistema eclesial de rigidez moral, esteticismo litúrgico, sobredimensión del sacerdocio generan, de por sí, una forma de vida clerical que, detrás de una pantalla de ortodoxia y firmeza, deja amplios espacios abiertos para estos derrapes sexuales.

La guerra de la Iglesia contra los abusos conoce de muchas derrotas y algunas victorias. Ahora, otras guerras generan otras batallas. Temas en sí mismos de legítima discusión son llamados en causa, mostrando una preocupante falta de imaginación y de perspectiva para encontrar nuevos y originales puntos de vista que nos lleven a soluciones superadoras. Van y vienen demasiadas recetas de corto alcance.

Como en toda polémica que se quiera enfocar desde la fe y con una correcta visión teológica, se requiera más discernimiento espiritual que ensañamiento discursivo. ¿Hay una hoja de ruta para la Iglesia en esta crisis?

Sí. Esa hoja de ruta existe. Su meta y el trazado de su curso son, hoy por hoy, más que un esbozo.

Tendremos que hablar de ello.