Domingo de las bienaventuranzas – Misa por Emiliano Sala

¿Podríamos llamar a este domingo: “el domingo de las bienaventuranzas”?

Creo que sí. La primera lectura de Jeremías y el salmo responsorial nos acercan algunas de las bienaventuranzas que son como un hilo rojo en la urdimbre de la historia de la salvación que narran las Escrituras de Israel.

El salmo que hemos rezado es el primero del Salterio -el libro de la Biblia que nos enseña a orar- y se abre con una bienaventuranza:

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! 

Respondíamos así a Jeremías que exclamaba: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!” (Jer 17,7).

Las bienaventuranzas que salen de los labios y del corazón de Jesús abrevan en esta sustanciosa tradición bíblica. Jesús ha crecido escuchando, leyendo y rezando la Biblia.

Pero, marca una diferencia. Jesús siempre hace la diferencia.

Sea en la versión más espiritual de Mateo que en esta de Lucas, más concreta, directa e interpelante, Jesús hace un desplazamiento del acento: más que caracterizar la actitud de fondo del hombre piadoso, al ir repasando, una a una, diversas situaciones humanas (pobreza, sufrimiento, persecución, etc.), Jesús nos ayuda a comprender cómo ve Dios la realidad.

Las bienaventuranzas en labios de Jesús, pasando la mirada por la vida de los pobres y los que sufren, nos ayudan a comprender el corazón de Dios, sus sentimientos, de qué lado Él se pone siempre, cómo ve y cómo juzga la realidad que nos toca vivir.

Dios está siempre del lado más débil de la vida.

Por eso, no está conforme con el mundo que estamos construyendo los hombres.

El mundo tiene que cambiar. Tenemos que dar pasos para superar y dejar atrás toda situación de deshumanización, de llanto a causa de la injusticia o la corrupción.

No nos complacemos en la pobreza ni la romantizamos.

Este mundo tiene todo para que no haya un solo pueblo, una sola persona o familia indigente y pobre.

Dios quiere que los pobres salgan de la pobreza.

Dios está con el más débil y con todos los que suman sus fuerzas para luchar para que este mundo, tantas veces injusto y corrupto, sea casa común, hogar para todos, de manera particular para los más desfavorecidos.

En esa opción de nuestro Dios por la vida más herida, vulnerable y amenazada, sus hijos encontramos la fuerza que necesitamos para apostar también nosotros -siempre y especialmente en los momentos más duros- por la verdad, la belleza, la justicia y el bien.

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Permítanme ahora, con todo respeto, poder decir:

Querido Emiliano, bienaventurado por tu vida, por tu recuerdo y por tu ejemplo.

Nos duele tu partida. Nos cuesta comprender tantos porqués que se multiplican en el corazón.

Nos quedamos en silencio delante de Dios, a sus manos te confiamos, como también el dolor de tus padres, hermanos, amigos y conocidos.

Escuchando a quienes te han conocido, aquí en “Proyecto Crecer”, en la escuela “Jesús de la misericordia”, antiguos compañeros, maestros y amigos; pero también escuchando el testimonio de quienes te han seguido en estos últimos años, nos ha sorprendido la unanimidad de sus miradas: hemos perdido a un tipazo, un chico bueno, respetuoso y que no se subió al pedestal. “Como lo conocimos acá, así siguió siendo también cuando lo alcanzó el éxito profesional”, ha comentado alguno de ustedes.

No podemos dejar de agradecer a tu familia -que hoy te llora- porque esa buena semilla la sembraron ellos.

En estos días, a través de las redes, he recibido algunos mensajes de personas de Nantes que, enterados de esta Misa por Emiliano, me han pedido que les transmita que están unidos a nuestra oración. Uno de ellos decía: “Los bretones tenemos el mismo corazón y fidelidad a los amigos”.

Personalmente me han conmovido las lágrimas del director técnico del Nantes: Vahid Halilhodžić.

Según hemos sabido, confió en vos cuando parecía que las expectativas depositadas sobre tu rendimiento no se iban a cumplir. Esa confianza de quien seguramente vio en vos lo que realmente eras y lo que llevabas dentro, seguramente te permitió arrancar y convertirte en goleador.

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En este punto quisiera iluminar con el mensaje del Evangelio este momento que estamos viviendo: nos duele la partida de Emiliano, como nos duelen las muertes de demasiados niños y jóvenes, especialmente si violentas, absurdas o fruto de la corrupción humana.

Pero, no perdamos la confianza.

No nos dejemos ganar por el desaliento o la desilusión.

Dios está siempre con los que pierden.

Dios quiere que nuestro mundo cambie.

Y por eso nos envió a su Hijo, que entregó la vida.

Por eso, no deja de insuflar su Espíritu para que confiemos en Él y nos dejemos guiar por Él; para que no decaigamos en nuestra lucha por la vida, por sacarlos buenos a nuestros chicos, por apoyar y alentar sus sueños e ilusiones; por estar siempre con sus familias.

Queridos amigos de Crecer y del Jesús de la misericordia: estamos orgullosos del camino que transitan en nuestra comunidad sanfrancisqueña. Compartimos su dolor y queremos alentarlos a seguir caminando.

¡Bienaventurados ustedes que creen y confían en los jóvenes!

Los que consagran sus mejores energías para ayudarlos a desarrollarse como hombres y mujeres de bien, sea que triunfen como profesionales en el campo que sea, pero que, por encima de todo, lleguen al triunfo que más importa: el de la vida, aquel cuya corona y medallas es la propia humanidad lograda, la que nos permite decir: “Conocimos a un hombre bueno, noble y cabal; su paso por nuestras vidas nos ha ayudado a ser mejores personas”.

Amén.