Que Te conozca para que me conozca


“Dios todopoderoso, concédenos que, por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él” (Oración de la liturgia del primer domingo de Cuaresma)

Nadie como Jesús ha sido tan crítico con la religiosidad reducida a práctica externa. La acusación de “hipocresía” en sus labios es un dardo de fuego que siempre da en el blanco. Hiere, inquieta y enoja. Y, por eso, salva…

Por si no lo tenemos fresco: hipocresía significa que las palabras no se ajustan a las actitudes y, sobre todo, a los actos concretos. Por el contrario, los actos contradicen los dichos.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos orienta: los gestos penitenciales externos (oración, ayuno y limosna) deben ser expresión de un cambio interior.

No cualquier cambio entonces, sino el que une al discípulo con Jesús, el Cristo. Y una unión que es también identificación y configuración con Él.

Es la petición que hacemos en este primer domingo de Cuaresma, arriba transcripta: conocer a Cristo y vivir según ese conocimiento de su Persona.

La oración litúrgica usa la palabra “misterio”. ¿Qué indica? Que nunca podremos sentirnos dueños de Cristo. Él siempre será más grande. Ni dueños ni -menos aún- manipuladores de su Persona o de su Evangelio para nuestros fines. Que nunca acabamos de convertirnos a Él.

La hipocresía comienza aquí: cuando alguien se siente ya hecho  y superado. Y, como lógica consecuencia, comienza a dar cabida a un ridículo sentimiento de superioridad sobre los demás. A mirarse a sí mismo con complacencia y, a los demás, con desprecio.

Cuaresma: cuarenta días para que la verdad de lo que somos aparezca más claramente ante nuestros ojos. En realidad, habría que ser más precisos: que la Verdad de Cristo nos alcance, nos posea y, así, desvele nuestra verdad.

Lo expresó con sobria elocuencia el gran San Agustín: “Que Te conozca, para que me conozca”.