La aventura de escuchar

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de marzo de 2019

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de tu rostro. (Oración de la liturgia del segundo domingo de Cuaresma).

“Me llamo Kevin, y soy adicto a mi celular”. Así comenzaba un artículo publicado días pasados en The New York Times. Otro párrafo: “Mis síntomas eran los típicos: me volví incapaz de leer libros, ver películas completas o tener conversaciones ininterrumpidas”.

Tres actividades muy distintas, pero unidas por algo común: la aventura de escuchar. ¿No es eso lo que nos pasa cuando nos dejamos llevar por las páginas de un libro que nos atrapa? Algo similar ocurre cuando una “peli” nos mete dentro de una buena historia. Sin embargo, nada se compara con el tener la mirada fija en un rostro y saber que, incluso en el silencio, las almas se encuentran en la escucha.

“Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo” (Lc 9,35). En cierto modo, todo lo que dicen las Escrituras se puede resumir en este mandato.

Para la Biblia, dos verbos representan la cumbre de toda actividad humana: escuchar y recordar. Por el contrario, lo peor que le puede suceder a un ser humano es olvidar y tener los oídos cerrados. Eso es, en definitiva, la esencia de todo pecado: olvidar a Dios, desoír su voz.

La Cuaresma es una invitación a disponer cada fibra de nuestra persona para ese viaje que es la escucha de Dios. Él es, en sí mismo, Palabra audible que busca ser escuchada y respondida.

La experiencia de Kevin también es nuestra: de tanto en tanto, el ruido se vuelve caótico y nos embota la mente y el corazón. Nos hacemos incapaces de escuchar. Perdemos contacto con la realidad: la de Dios, la de los que nos rodean, la de quienes nos gritan pidiendo ayuda, la del mundo, la palabra de nuestros amigos.

Dios es Palabra y cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, lo es también. Somos palabra. Jesús es la Palabra de Dios que se ha hecho audible en medio del ruido del mundo.

Para la experiencia cristiana, el encuentro con Jesús es -como tantos relatos evangélicos- liberación de nuestras sorderas. Su voz es capaz de imponerse al caos, nos libera de todas nuestras sorderas y nos hace capaces de volver a escuchar el canto de la creación.

¿Cómo reconocer su voz en medio de tantos gritos? Su Espíritu trabaja en eso. Más y mejor que el más hábil predicador. A nosotros nos toca una pequeñísima parte: intentar entrar en el silencio que nos dispone para la escucha. Sea en la oración, sea en el tender la mano a quien nos pide ayuda.

Eso es Cuaresma.