Reconciliación

“La Voz de San Justo”, 31 de marzo de 2019

Dios nuestro, que reconcilias maravillosamente al género humano por tu Palabra hecha carne; te pedimos que el pueblo cristiano se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa. (Oración de la liturgia del cuarto domingo de Cuaresma).

Una diferencia del cristianismo respecto a otras religiones, especialmente las más primitivas, es su concepción de “reconciliación”.

Reconciliar quiere decir: volver a reunir lo que se ha separado. Como concepto religioso, evoca una ruptura culpable del hombre con Dios.

De ahí que, para volver a la amistad perdida, el pecador tenga que recorrer un camino penitencial arduo, oneroso y sufrido. A mayor sufrimiento, mejores expectativas de tener de nuevo el favor de la divinidad ofendida. Así, la reconciliación es obra del hombre que se gana, por el sufrimiento autoprovocado, el favor divino.

Nada de esto, sin embargo, encontramos en la Biblia, ya desde las Escrituras de Israel. Es más, su mensaje va en la dirección opuesta.

La imagen de un dios que, para mostrarse favorable, necesita que su criatura retorne a él mediante el dolor es, sin más, la de un ídolo salvaje. Es sadismo, la peor deformación de lo religioso. Más que amor y adoración, esta divinidad suscita indignación, repudio y repulsión.

Si Dios fuera así, gritar su “muerte” sería el más digno acto de culto.

Este domingo, la Iglesia en oración invoca al Padre de Jesucristo que nos ha reconciliado con Él por medio de su Palabra hecha carne. Nos muestra el verdadero rostro de la reconciliación cristiana.

La reconciliación es obra de Dios que, por amor, se hace cargo de restablecer el vínculo roto. Y lo hace abrazando nuestra humanidad herida, identificándose con todo ser humano sufriente o vulnerado en su dignidad.

No nos exige sufrimiento sino que Él hace suyo el ya de por sí inmenso dolor del mundo. Y, desde ese lugar, ofrece su misericordia como medicina que cura todas nuestras heridas.

La gran conversión de la vida es abandonar las imágenes equivocadas de Dios y dejar que nos alcance e ilumine el Rostro del Dios verdadero: el Padre-Madre de Jesús.

Eso es Cuaresma.