Las siete palabras de Cristo en la cruz

Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor – Viernes Santo 2019 – Catedral de San Francisco

Cristo ya está en la cruz.

Ha proferido su último grito y ha entregado el espíritu.

Está en silencio.

Sin embargo, así, silencioso e impotente, es Palabra de Dios para el mundo.

Es Palabra definitiva, no podemos esperar otra, mucho menos suplantarla por nuestras pobres palabras.

Es definitiva, la más sonora y la más poderosa.

¿Qué nos dice?

Les propongo que sea el silencio orante el que nos permita escuchar esa Palabra que Dios sigue pronunciando para el mundo.

Si la cruz no estuviera plantada en el Calvario tendríamos derecho a la desesperación, a hundirnos en la tristeza y el desaliento.

La cruz está en pie.

Como la impresionante foto de la cruz de Notre Dame después del incendio.

Hay esperanza.

Escuchemos su mensaje.

Yo, simplemente, quisiera repasar con ustedes las siete palabras que la Palabra, Cristo crucificado, pronunció desde la cátedra de su cruz.

Ellas nos permitirán barruntar lo que Dios quiere decirnos a cada uno, a su Iglesia y al mundo.

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“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas, 23: 34).

Para nosotros, el perdón es una empresa imposible.

La sola mención de palabras como “perdón” y “reconciliación” nos horrorizan hasta la histeria.

Sin embargo, es Cristo el que ha introducido el perdón en el mundo.

Lo ha hecho parte de la dinámica de las relaciones humanas que, libradas a su propia fuerza, tienden a confundir justicia con venganza, verdad con difamación y calumnia.

Jesús se dirige al Padre (¿a quién si no?), pero también a vos…

Escuchalo…

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“Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lucas, 23: 43).

Es la respuesta a la súplica del buen ladrón: “Jesús, acordate de mí…”

Y es una respuesta que no se deja esperar.

Atropella las palabras del arrepentido, como queriendo apurar el consuelo en medio del atroz sufrimiento.

Y promete lo mejor: el Paraíso.

¿Qué seríamos si no esperáramos el Paraíso, el cielo? ¿En qué se convertiría nuestra vida? ¿En una aceleración histérica de consumo y depresión?

El Paraíso es Jesús, estar con Él, en la unidad del Espíritu y en la comunión con el Padre.

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“Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] Ahí tienes a tu madre.” (Juan, 19: 26-27).

Y, si de cielo hablamos, tenemos que hablar en femenino.

El cielo es la compañía de María, la alianza con ella, ese recíproco recibirse del discípulo y la madre, que funda una vida de comunión en la Iglesia.

Ese cielo comienza ya en la tierra y tiene la forma de la fe compartida, de la esperanza que echa raíces en los corazones y se hace lucha por la vida, por la dignidad de los vulnerados, consuelo de los tristes y oprimidos.

Donde se recibe a María como madre de la mano de Jesús, la Iglesia crece como comunidad misionera, solidaria y que humaniza todo lo que pasa por sus manos.

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“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”(Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34).

Esa palabra nos asoma al misterio más oscuro: el pecado como abismo de soledad, de infinita tristeza y del dolor que nace del corazón ensimismado.

A ese abismo se ha asomado el Redentor: ha sentido, como nadie (¡es precisamente el Hijo único, el Amado!), el silencio del Padre.

Y, desde allí, con todos los crucificados de la historia ha gritado, llamándolo (la única vez en que Jesús llama “Dios” a quien siempre invoca como “Abba”, como “Papa”, como “Padre”).

Hermano de todos los que se sienten abandonados.

Hasta allí lleva las entrañas de misericordia y compasión de su Padre.

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“Tengo sed.”(Juan, 19: 28).

Es la sed del mismísimo Dios en la garganta seca de su Hijo agonizante.

Sed de agua a la que se responde con vinagre.

Me animo a decir que hoy, mirando nuestro mundo sediento de sangre, amargado por el ensañamiento y la violencia, Cristo tiene sed de paz, de corazones pacificados, de miradas serenas y de manos amigas.

A nosotros, que en vez de agua le dimos vinagre, Élnos dará el agua viva de su Espíritu para que la Paz de la Trinidad se abra espacio en nuestro mundo.

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“Todo está cumplido.”(Juan, 19: 30).

¿Qué se ha cumplido?

El plan de Dios, sus promesas y su sueño.

El que arrancó con la creación y pareció frustrarse por la estupidez del pecado.

Ese sueño que somos nosotros. Ese designio que llevamos inscrito con más precisión que nuestro propio ADN.

Y se ha cumplido en la cruz, pues allí el Amor más grande, cuyo nombre es Jesús Salvador, ha hecho nuevas todas las cosas.

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“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”  (Lucas, 23: 46).

No hay sombra de desesperación o derrumbe en Jesús crucificado.

Todo en Él es confianza en el Padre.

Será Hijo hasta el final.

No puede ser otra cosa. Esa es su condición más honda.

Todo en Jesús es filial: su oración, sus palabras, su pasión, su Eucaristía, su misma muerte…

Entrega el espíritu al Padre y el Padre derramará el Espíritu sobre su cuerpo exánime y lo resucitará de entre los muertos.

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“…uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua” (Jn 19,34).

Del costado abierto de Cristo crucificado nace la Iglesia.

A la Iglesia ni la inventamos ni la reformamos nosotros.

Nace del costado de Cristo: sangre y agua, símbolos del Espíritu y de los sacramentos que derraman sobre el mundo la gracia divina.

Escuchar, acoger y obedecer son los verbos que definen el misterio de la Iglesia de Cristo.

También: orar, meditar, contemplar, servir.

Si hoy nos duele nuestra Iglesia, los pecados de sus hijos que son piedra de tropiezo -escándalo- para tantos, ante el Crucificado hagamos más honda y radical nuestra escucha y obediencia, nuestra adoración y la acogida del don de su Espíritu.

Ahí está María para indicarnos el camino.

Amén.

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