Pedro

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de mayo de 2019

“Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32).

Jesús dirige estas palabras al apóstol Pedro en la última cena. Nos las recuerda el relato de San Lucas. Las escuchamos durante el pasado Domingo de Ramos.

En estos días, junto con otros obispos de Argentina, he tenido la oportunidad de comprobar su actualidad. Hemos compartido con el obispo de Roma, sucesor de Pedro, un intenso momento de diálogo. En el fluir de las palabras y los gestos, los corazones fueron abriendo espacio al Espíritu que confirma con su paz la autenticidad del encuentro.

La plegaria que más he rezado en estos días, solo o en compañía, ha sido la Confesión de fe que llamamos: Credo Apostólico. El año pasado tuve oportunidad de comentar cada uno de sus artículos en este espacio dominical.

A lo largo de estas jornadas vividas en Roma, las palabras repetidas cada domingo en la Misa cobran nuevo vigor: “Creo en Dios Padre… en su Hijo Jesucristo… en el Espíritu Santo…”.

Y Pedro, que hoy se llama Francisco, cumple el servicio para el que ha sido llamado por Jesús: confirmar a sus hermanos y animarlos a vivir a fondo la común vocación misionera de anunciar el Evangelio.

Francisco está muy bien: ágil de cuerpo y de mente. Pero, por encima de todo, trasunta una estimulante energía espiritual, especialmente evidente cuando desgrana los graves desafíos que hoy tiene la Iglesia. No hay amargura ni acidez en sus palabras. Menos aún enojo, desazón o nostalgia.

Sigo pensando que, de entre muchos aspectos positivos, el impulso misionero centrado en el anuncio del Evangelio de la misericordia es el signo característico de este pontificado.

Y no es una cuestión más. Es el corazón de todo. Lo esencial.