Orar. Adorar. Vivir

De todas las cosas por las que estoy agradecido con mis padres, que me enseñaran a orar es, de lejos, una de las que más aprecio.

Cuando un papá le enseña a rezar a su hijo, le salva la vida. Las palabras de la oración serán las que pueda memorizar y repetir un niño (también si las sigue repitiendo, aunque tenga cincuenta y largos años). Lo que realmente importa es que lo que esas palabras significan como actitud de vida.

El hombre en oración es un hombre que busca, escucha y espera. Especialmente en las noches más oscuras de su camino, se sabe fundado, orientado y esperado.

Llegado el momento, el niño que se hace adulto, se verá invitado a cruzar el umbral del templo de la vida y, con paso vacilante, internarse en el territorio fascinante y exigente del silencio contemplativo. Allí donde Dios y su propia vida se revelan como misterio de libertad y de amor. En palabras de Santa Catalina de Siena, una de las más grandes místicas cristianas: “En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré mi naturaleza”.  

Uno de los momentos más fuertes del pasado Encuentro de Jóvenes que hospedó San Francisco tuvo lugar en el Superdomo, convertido en espacio sagrado de escucha, silencio y adoración.

Durante una hora y media, después de una intensa jornada que alternó canto y baile, reflexión y misión por los barrios de la ciudad, más de mil seiscientos chicos (adolescentes en su mayoría) se dejaron copar por la propuesta de adoración eucarística preparada por algunos coetáneos.

¿Qué ocurrió durante ese espacio de tiempo? Podría compartir algunos datos pintorescos, añadiendo además impresiones personales. Unos y otras han vuelto con insistencia, reclamando palabras e imágenes que ayuden a comprender lo vivido. No he podido dejar de rumiar esos recuerdos.

¿Qué ha ocurrido en el corazón de cada uno de esos chicos y chicas en oración? En qué medida se han abierto y se han dejado llevar ante el Rostro de Dios, nadie lo puede decir a ciencia cierta. Solo Dios sondea los corazones, afirma con sabiduría la Biblia.

Desde esta orilla del misterio, sí me animo a decir que, una vez más y de modo muy humano, hemos abierto la puerta para ese encuentro de salvación que es el diálogo entre Dios y el hombre. Hemos entreabierto para estos jóvenes la puerta de la esperanza.