El Pan de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de junio de 2019

“Queremos salvar la Catedral. Este espléndido estuche de joyería ha querido ser la magnífica manifestación del genio humano que rinde homenaje al amor de un Dios que se entrega por amor y que para darse a Sí mismo, se ha convertido en uno de nosotros.”

Seis días después del incendio que dañara Notre Dame, con estas palabras, el arzobispo de París, Michael Aupetit, recordaba el sentido del templo cristiano. Señalaba también: “Es por este Cuerpo, velado bajo la apariencia de una miga de pan, que se construyó esta Catedral… La miga de pan es el Cuerpo de Dios, el Cuerpo de Cristo, Su Cuerpo resucitado. Inalcanzable, a menos que Él se entregue a Sí mismo. Y así lo hace, se dona a Sí mismo”.

Vale para Notre Dame lo que vale para la más humilde de nuestras iglesias. Pero, sobre todo, vale para nuestra experiencia de fe.

Los cristianos celebramos la Eucaristía, sea de un modo solemne o con la sencillez que la situación nos permite. Pero siempre con el mismo estupor en el corazón: el que nace al descubrirnos sorprendidos por este Dios que entra en nuestra vida así, con la humildad del pan. Pide permiso y suplica ser recibido, que se le abra la puerta libremente. No violenta ni coacciona a nadie.

Esa es la grandeza de la Santa Eucaristía. Por eso, también, duelen tanto los olvidos, los abandonos y las deserciones. Consuela el hecho de que Él siempre está ahí, como las Escrituras lo describen: como el Dios que sale al camino, otea el horizonte y espera al que se fue. Siempre espera.

Es el Dios hecho hombre, al que adoramos bajo las apariencias del Pan. Lo hemos llevado por nuestras calles para que su Humildad guíe nuestro caminar en esta hora de nuestra historia.