Moisés, el becerro de oro y Jesús

Marc Chagall, “La adoración del becerro de oro” (1966)

“Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto” (Ex 32, 4).

Solos en medio del desierto y, aparentemente, abandonados de Dios y su líder, los israelitas se dejan llevar por el miedo. Necesitan aferrarse a algo. Y, de ese miedo y esa necesidad de seguridad, nace ese ternero de metal fundido al que adoran embelesados: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”.

Esta escena bíblica expresa, como pocas, la fragilidad que es ineludible compañera de camino de todo ser humano. Entonces y ahora. Cuando semejantes miedos se apoderan de un sujeto o incluso de una sociedad, abren la puerta a las irracionalidades más grandes. También las más peligrosas. ¿Ante cuántos “becerros de oro” hemos doblado la rodilla? Prometen libertad, pero normalmente traen esclavitud, indignidad y deshumanización.

Un hombre, sin embargo, romperá ese hechizo maldito. Es Moisés. Dios lo ha trabajado con paciencia de artista. Le ha conquistado el corazón, traspasándole sus propios sentimientos. El diálogo entre Moisés y Dios que leemos este domingo es admirable. Hay una especie de inversión de roles: Dios se indigna por la obstinación del pueblo; Moisés, en cambio, parece comprender mejor la fragilidad de sus hermanos y, con insistente ruego, logra que Dios aplaque su ira, se arrepienta y dé una nueva oportunidad.

Toda la pretensión de Jesús se puede resumir en esta magnífica página bíblica: de ahí nacen las parábolas de la misericordia que escuchamos este fin de semana. Nadie comprende como Dios la fragilidad humana. Jesús ha venido a decírnoslo. Lo hará con sus parábolas, pero, sobre todo, con su palabra más fuerte: la entrega de su vida en la cruz. Y, los más interesados, lo comprenden: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo…” (Lc 15, 1).

Y, hablando así, sigue conquistando nuevos Moisés que, transfigurados por la compasión de Dios, no se amilanan ante las injusticias del mundo, sino que, una y otra vez, vierten sobre las heridas y los miedos de sus hermanos el ungüento sanante de la misericordia divina.