Como un granito de mostaza

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de octubre de 2019

“Si tuviera fe como un granito de mostaza…”, cantamos despreocupadamente, inspirados en las palabras de Jesús que leemos este domingo (Lc 17, 3b-10).

¿Cuál es realmente la espesura de nuestra fe? Entendámonos bien: cuando decimos “fe”, no nos referimos al mero sentimiento religioso que postula, sin mayores consecuencias, la existencia de un vaporoso e inocuo Ser superior.

Al menos, en la súplica de los apóstoles a Jesús (“¡Auméntanos la fe!”), por fe se entiende lo que enseña la Biblia: tomar en serio al Dios real, tal como se ha manifestado en la historia. Y confiarse a Él y a su Palabra, decidiendo desde allí la orientación fundamental de la propia vida.

Este pedido, a la vez humilde y ansioso, nace de escuchar las palabras de Jesús sobre la inevitabilidad y gravedad de los escándalos, pero también sobre el perdón: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo»” (Lc 17, 3-4).

La figura evangélica de Francisco de Asís, cuya fiesta acabamos de celebrar, nos ayuda a comprender el real calado de esta súplica y de las consecuencias que trae para la vida.

Sin Jesús de Nazaret no se entiende a Francisco de Asís. En el rostro del Crucificado que le salió al paso en San Damián, el joven Francisco experimentó a un Dios real que, lejos de dejarlo tranquilo, lo desafiaba a buscar el sentido profundo de su vida. La fe fue para Francisco un abrirse y confiarse, cada vez más radicalmente, a ese Dios y a su Evangelio vivido sin glosas.

Y Francisco vivió el perdón, la paz y la fraternidad como nadie hasta entonces, y, tal vez, tampoco hasta ahora. En él podemos contemplar a qué grado de calidad puede llegar la humanidad cuando se abre a la fe cristiana. Su figura nos sigue iluminando.