Algo más que una curación

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de octubre de 2019

“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 15-16).

No fue solo una curación. Importante, sí. La lepra era más que una enfermedad. Era un estigma deshumanizante. Ante todo, porque laceraba el cuerpo, desfigurándolo de forma horrorosa. Pero, mucho más, porque las convenciones sociales, sancionadas incluso por las Escrituras, imponían una inhumana forma de vida: en el vestir, en la separación del resto, en ese grito que el leproso debía hacer cuando veía acercarse a alguien (“¡Impuro! ¡Impuro!”).

Era algo más: la enfermedad excluía al leproso de la comunión con Dios. Por eso, su curación significaba volver a la comunidad de los que escuchan la Palabra, alaban, oran y viven en la Presencia del Altísimo.

Para Jesús, las cosas son diferentes. De entre los diez leprosos curados, uno lo comprende cabalmente. Se ha dado cuenta de que aquel Maestro al que él y sus compadres heridos invocaron por el camino era algo más que un Rabí. La potencia que había salido de sus labios y le había devuelto humanidad venía desde el corazón mismo de Dios. Ese hombre que se encaminaba a Jerusalén era Dios caminando entre los leprosos del mundo.

Por eso, su retorno es un gesto de hondo significado religioso: alaba a Dios, llega hasta Jesús y se postra ante Él como Señor y Salvador.

La misión de la Iglesia no es política. Es hondamente religiosa, aunque, desde ese núcleo, alcance también la vida social y política de los hombres. Es hacer posible el encuentro de los leprosos con Jesús, el Señor. En otras palabras: dejar que Dios libere su potencia transformadora de la humanidad.