Inmaculada Concepción de María

Homilía en el Santuario de la “Virgencita” (Villa Concepción del Tío)

Queridos peregrinos:

Bienvenidos al Santuario de la “Virgencita”. Aquí nos sentimos en familia: María es nuestra madre y podemos reencontrarnos como hermanos y hermanas. 

Los invito a sentirnos también unidos a las comunidades cristianas que, en los diversos santuarios, parroquias y templos del país, hoy se reúnen para honrar a la Purísima.

De manera especial, los invito a visitar, con nuestra imaginación, un Santuario en particular: en la gruta de Choya en Catamarca, donde hace cuatrocientos años fue hallada la querida imagen de la “Morenita”, la Virgen del Valle.

Para conmemorar este aniversario, los obispos argentinos hemos convocado un Año Mariano Nacional con el lema: “Con María, servidores de la esperanza”.

Hoy, cada diócesis de Argentina está celebrando la apertura del Año Mariano, como lo hacemos nosotros esta tarde, aquí en nuestro Santuario mayor.

Por eso, sintámonos unidos como familia grande entorno a la Pura y limpia Concepción.

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Miremos una vez más a nuestra “Virgencita” y, como cantamos en su himno, repitamos:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es hermosa por su sencillez y profundidad.

Los invito a meditarla.

Ante todo, pensemos que recoge una experiencia muy real. A lo largo de la historia tres veces centenaria de esta sagrada imagen, los peregrinos y devotos de la Virgencita han sentido su presencia y, sobre todo, su intercesión maternal.

Las madres y abuelas cristianas lo saben, por eso, se lo enseñan a sus hijos y nietos: María es una presencia con la que se puede contar siempre.

En los labios de los varones, por su parte, el nombre de María adquiere un tono de especial intensidad. ¡Cuánto habla al corazón un papá arrodillado ante la Virgen!

María es una presencia que busca hacerse visible y corporal: en una medalla, un rosario o una estampa en el auto. Basta solo mirarla. O, como seguramente haremos al finalizar: el gesto de extender la mano para acariciar su imagen. Mucho más hermoso cuando un papá levanta en brazos a su hijito.

Si tuviera que formular un pedido delante de la Virgencita, pediría que cada una de nuestras familias le abra, sin miedo, la puerta de su hogar. Y le permita realizar lo que mejor sabe hacer: darnos a Cristo.

Por eso la invocamos como madre “dulcísima”.

Entendámoslo bien: la dulzura de María no es sentimentalismo meloso. Es la dulzura de la Palabra de Dios.

María ha aprendido a saborear esta dulzura, nutriendo su corazón con las Santas Escrituras, cantando los Salmos, contemplando el paso de Dios por la vida.

Pero, desde que quedó embarazada por obra del Espíritu, María comenzó a sentir la dulzura de Jesús, Hijo de Dios que se hacía hombre en ella.

La dulzura de María es la dulzura de Cristo, nuestro Hermano y Salvador.

Será especialmente elocuente en la Noche de Navidad.

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No nos cansemos entonces de repetir:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es sencilla como todo lo que viene de Dios. Él se complace en los humildes y pequeños.

María lo sabe.

Por eso, cultiva el silencio que le permite percibir la brisa suave y mansa del Espíritu.

Con el hijo creciendo en su vientre, el silencio de María adquiere una profundidad especial. Una y otra vez habrá vuelto a las palabras del ángel: llena de gracia, cubierta del Espíritu, el niño será santo, será llamado Hijo del Altísimo, se sentará en el trono de David…

Y, cuando el niño nacido de su vientre comience a crecer, esas palabras despertarán nuevas preguntas y ansiedades. Toda mamá lo sabe. Imaginémosla al pie de la cruz.

La vida de María fue sencilla, pero no fácil: tuvo que aprender a caminar la fe y la esperanza.

Por eso, cuando con esta letanía suplicamos su amparo y protección, no pedimos una solución mágica para los problemas de la vida.

Suplicamos una presencia amiga que camine con nosotros, que aliente nuestra esperanza, que anime nuestra búsqueda constante de la verdad y de la justicia.

Pedimos su misma entereza para cumplir la misión que el Señor nos encomienda.

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Iniciando el Año Mariano Nacional, hoy rezamos por nuestra Patria Argentina.

En estos días están asumiendo nuestras nuevas autoridades municipales, provinciales y nacionales. El mandato popular que han recibido recoge expectativas y sueños, también miedos y desencantos.

Somos un pueblo que quiere edificar su futuro en paz, desde su rica diversidad geográfica, histórica y cultural.

Argentina es una sola nación, pero con múltiples y fascinantes rostros.

Reconocemos que nos cuesta la convivencia. Somos pasionales para todo: la religión, la política o el fútbol.

Les confieso que, al ver esta mañana, el abrazo de paz entre Alberto Fernández y Mauricio Macri sentí una honda emoción.

Dos adversarios, que piensan distinto (y no tienen por qué dejar de hacerlo), se pueden dar la mano para caminar en paz.

¿Se daban cuenta lo que ese gesto despertaba en muchos compatriotas? Intuyo que sí, que saben que hay que acallar los tambores de guerra.  

Volvamos la mirada a María.

En el camino del Adviento, ella crece como signo de esperanza. Le da rostro a la humanidad nueva que Cristo, su hijo resucitado, está haciendo crecer en el mundo.  

María corresponde a la acción del Espíritu con humidad y grandeza de alma. Se ve a sí misma como servidora de la vida y de la esperanza de sus hermanos.

Tenemos todavía mucho por caminar, muchos diálogos que retomar, muchos reencuentros que animar. El camino aparece largo y empinado. Necesitamos fuerzas.

Para eso estamos juntos, unos al lado de los otros, aunque no pensemos ni soñemos lo mismo. Lo más valioso de caminar juntos es que, tarde o temprano, comprendemos que, por encima de todos, somos semejantes.

En cristiano: somos hermanos y hermanas.

Podemos darnos entre todos un promisorio abrazo de Paz.