Mensaje de Navidad 2019

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros».” (Mt 1, 23)

Queridos hermanos y amigos:

Dejémonos sorprender por la cercanía de Dios en ese Niño que María da a luz y que José cuida con amor de padre.

Al arrancar este Adviento, el Santo Padre Francisco nos regalaba la carta “Admirabile signum”. Nos invitaba a redescubrir la hermosa tradición, iniciada por San Francisco de Asís, de recrear en hogares, templos y otros espacios públicos, la escena evangélica del nacimiento del Señor.

Se trata -nos decía- de un “Evangelio vivo” que “causa siempre asombro y admiración”. En ese Niño reconocemos al Dios inmenso que se nos hace cercano y amigo. Y lo hace en el seno de una familia en riesgo, que no encuentra más que una cueva para que María dé a luz a su hijito.

Es Dios con nosotros. Un Dios pobre y humilde. Un Dios hecho Niño.

Los niños son buenos guìas para recuperar el asombro. “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18, 17). Acerquémonos con ellos al Pesebre, especialmente si reconocemos tener el corazón duro y metalizado. Que sus ojos abiertos nos guíen al encuentro del Emanuel. También María y José están de nuestra parte.

Dios nos enseña a vivir como hermanos. 

Asombro, admiración y sorpresa desembocan en muchas preguntas: ¿qué quiere Dios con esta cercanía? ¿Qué busca de nosotros? ¿Qué intención lo mueve? Son interrogantes que expresan una fe inquieta, una esperanza activa y una caridad ansiosa. 

Las respuestas las encontramos en el evangelio. Toda la vida de Jesús es revelación de la voluntad de Dios: Él quiere salvarnos. Quiere cumplir el sueño que lo desvela desde la creación: hacer de todos nosotros una familia, ya en esta tierra, pero en camino hacia el cielo, nuestra patria.

Nos quiere hermanos y hermanas. Belén es un misterio de amor, de familia y de fraternidad. Miremos a María y a José. Ellos miran al Niño en el pesebre. Contemplemos a los pastores que se acercan. También a los magos de Oriente, guiados por la estrella. Unos y otros, con timidez primero, pero con enorme alegría después, saldrán del Portal de Belén mejores, más hermanos.

Nuestro mundo tiene sed de Dios. Tiene sed de fraternidad. Solo un Dios Padre con entrañas de madre nos permite reconocernos hermanos.

La cultura de la muerte y el descarte empujó a aquella joven parejita a la marginalidad de un establo. No contaba con la tierna sabiduría de Dios. Lejos del poder mundano, desde ese humilde establo y con esa parejita, Dios empezaba a vencer la soledad y tristeza del mundo.

Como los pastores, también nosotros seamos mensajeros de este gozo inmenso que lo es para todo el pueblo, de manera especial para los pobres, los tristes y sin esperanza.

¡Muy feliz Navidad para todos!

+Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco 

19 de diciembre de 2019