La fe es como el arca de Noé

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de febrero de 2020

De los relatos que componen los primeros once capítulos del Génesis, el del diluvio universal es uno de los más fascinantes. Vale aclarar que, antes que una crónica histórica o una página de ciencias naturales, se trata de una narración profética que busca echar luz sobre el presente. Solo cuando nos acercamos a esta página bíblica con esa avidez de luz, esta libera toda su potencia reveladora.

Estos capítulos del Génesis están tejidos con los hilos de distintas tradiciones. Una de ellas acentúa la corrupción del mundo. Es portadora de un hondo pesimismo. Llega incluso a decir que, al ver el abismo de mal en que el hombre ha caído, Dios ha llegado a arrepentirse, desilusionado de su propia creación (Gen 6, 5-6). Una afirmación terrible.

Pero, de repente, otra mano invisible hace aparecer al bueno de Noé. Y, a partir de esa aparición que parece contradecir la anterior, el narrador bíblico saca adelante una historia de esperanza que nos entregará la imagen de la paloma de la paz, inmortalizada, entre otros, por el gran Picasso.

La inclinación del corazón humano al mal es demasiado real como para que no le prestemos atención. Es verdad, pero no toda la verdad. Noé, su familia y su arca vienen a nuestro encuentro, navegando por encima de las aguas torrenciales e intimidantes de nuestros desaguisados.

El arca que Dios le mandó construir navega las aguas impiadosas del diluvio. Es un poderoso símbolo que nos habla, a la vez, de la fragilidad de la vida humana, pero también de la potencia oculta que, una y otra vez, la hace resurgir del abismo de la muerte. Es, por lo mismo, figura de la fe.

Un detalle simpático y tierno a la vez: cuando Noé, los suyos y todos los animales han entrado en el arca, escribe el narrador: “Y el Señor cerró el arca detrás de Noé” (Gen 7, 16). Añade más adelante: “Entonces Dios se acordó de Noé y de todos los animales salvajes y domésticos que estaban con él en el arca. Hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas empezaron a bajar…” (Gen 8, 1). 

Es decir: la última palabra nunca la tiene la maldad o la corrupción que anida dentro de nuestro corazón. Dios ama su creación y no la abandona jamás. Por eso, conduciendo los hilos misteriosos de la historia sabe abrir nuevas posibilidades y, cuando todo parecía sumergido por la devastación de las aguas, es capaz de crear la belleza del arco iris como símbolo de su amor fiel por su creación.

Cuando el que aparezca sea Jesús (del que Noé es profecía), este mensaje tomará su cuerpo y su sangre, se lo llamará Evangelio y tendrá la figura de la Pascua.