Babel

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de febrero de 2020

“Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».” (Gn 11, 4).

Vayamos despacio. No condenemos apresuradamente la ambición del proyecto. Lo que tiene de desmesura se apoya en un impulso que Dios mismo ha puesto en el corazón de la humanidad. Somos imagen y semejanza de Dios. Llevamos la chispa de su vida, de su misma pasión, en nosotros. Somos pulsión hacia delante. Somos esperanza. Nuestros ojos están hechos para mirar lejos. Y también más allá nos llevan nuestros pasos.

La chispa, sin embargo, se transforma en fuego devastador cuando la soberbia se vuelve el impulso dominante. La criatura se contrapone al Creador y pretende erigirse en dios para sí y para los demás. Los lectores del relato piensan tal vez en la gran Babilonia (¿por eso Babel?) que, con soberbia y orgullo, somete y humilla a los pueblos y ciudades, entre ellas: Jerusalén. Hoy podríamos pensar, quizás, en lo que acaba de señalar el Papa Francisco sobre la depredación de la Amazonia que afecta, a la vez, al ecosistema, a los seres humanos y a los pueblos.

¿Y Dios? ¿Qué hace? “Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».” (Gn 11, 5-7).

La narración no se priva de un poco de humor: en definitiva, por más empuje de la soberbia, la torre no llegó al cielo. Dios tiene que bajar para poner las cosas en orden… o en desorden. El relato termina con la confusión de los ambiciosos constructores.

¿Eso es todo? ¿Todo es confusión y división? No perdamos el horizonte. Los primeros once capítulos del Génesis (que lo son también de toda la Biblia) preparan el escenario. Dios no abandona su creación, como decíamos el domingo pasado. Es cierto que, de Adán a Babel, pasando por las manos asesinas de Caín, el mal parece crecer en toda la tierra.

La gran historia está a punto de comenzar. Es la historia de cómo Dios realmente baja y se hace compañero de camino del hombre. Y es la historia de la fe como el espacio que Dios mismo se abre en el corazón del hombre para transformar, desde dentro, toda su creación.

El escenario está preparado y la aventura de la fe está a punto de comenzar. Ya llega el amigo de Dios: Abrahám. Será una bendición para todos: de sus entrañas, al cabo de una paciente espera, nacerá Jesús, el Cristo.