“Con Jesús, dejémonos llevar hacia la Pascua”

Primera Carta Pascual 2020

San Francisco, 23 de febrero de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.” (Lc 9, 51).

También nosotros pongámonos en camino hacia la Pascua. La celebraremos el domingo 12 de abril. Es el corazón del año litúrgico, porque es el corazón de nuestra experiencia cristiana de Dios: él es el Padre que resucita a Jesús y nos comunica su Espíritu. La Pascua marca el ritmo y el tono de nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua eterna.

Se me ha ocurrido dirigirles cuatro Cartas pascuales que nos ayuden a realizar este camino. Y a hacerlo como hermanos, como familia diocesana.

Sería bueno que las aprovecharan en los Consejos Pastorales y otros espacios comunitarios. Contienen preguntas inspiradoras, pero también pueden despertar otros interrogantes que nos ayuden a profundizar nuestra respuesta personal y comunitaria al Señor que nos llama a caminar con él. 

Esta primera se enfoca en la Cuaresma. Seguirá una para Semana Santa; una tercera para vivir la Cincuentena Pascual; y, finalmente, otra para Pentecostés.

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La Cuaresma es el camino de Jesús. Él va delante, abriendo el sendero y, de alguna manera, traccionándonos con la fuerza de su Espíritu. Dejémonos llevar.

¿Hacia dónde camina Jesús?

Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén. San Lucas usa una hermosa expresión: en Jerusalén, Jesús “será tomado y llevado” hacia lo alto. Como Elías, será arrebatado por un torbellino de fuego y llevado al cielo. (cf. 2 Re 2, 11). Ese fuego es el Espíritu del Padre que lo impulsa a cumplir su misión. Será la hora del “amor hasta el fin”, de “pasar de este mundo al Padre” (cf. Jn 13, 1). La Cuaresma es la invitación a sumarnos a ese camino de Jesús que vuelve al Padre. Por eso, al recibir las cenizas, se nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Es la señal para animarnos a caminar hacia la Pascua, animados por el mismo fuego del Espíritu.

¿Qué fuerzas nos arrebatan realmente? ¿Qué fuego está ardiendo en nosotros en este momento? ¿Es el de Jesús o son “otros fuegos”?

¿Qué lo motiva a emprender ese camino?

San Lucas nos da una pista. Dice que Jesús “se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. El Padre lo llama y el Espíritu lo impulsa. No se queda pasivo. Jesús madura la decisión personalísima de cumplir su misión. Es el misterio que contemplaron sus discípulos tantas noches de vigilia y oración: el Hijo se abre, en el Espíritu, al Padre. María también lo había tenido que rumiar en su corazón cuando, con José, escuchó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). A Jesús lo mueve el amor del Padre que quiere salvarnos. Trae ese motivo desde el seno de la Santa Trinidad: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Es el amor del Buen Samaritano que se hace cargo del que está herido en el camino. Su trabajo es el mismo del Padre: acoger, hacerse cargo, sanar, resucitar …

¿Cómo andan nuestras motivaciones? ¿Qué nos mueve realmente desde dentro? ¿No necesitamos que Jesús, con su Espíritu, evangelice un poco nuestras motivaciones más hondas?

¿Con quiénes camina Jesús?

Salvo cuando manda a los discípulos a misionar, Jesús nunca está solo (cf. Mc 6, 14-29). Desde el principio, busca compañeros de camino. Es que viene del seno de la Trinidad que es familia. Trae ese fuego al mundo. Jesús crea fraternidad, clima de familia y comunión. Del corazón del Padre trae esa pasión de buscar a los perdidos, de curar a los enfermos, de acariciar a los niños y de sentar a la mesa a los descartados. Su gesto más hondo es el perdón que ofrece a los pecadores. Sin olvidar su poder de liberar a quienes sufren toda forma de deshumanización. Ahí está “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (Lc 8, 2). Las escenas más entrañables del Evangelio son esos encuentros de Jesús. Esta Cuaresma vamos a escuchar tres de esos encuentros: con la samaritana (el tercer domingo: Jn 4, 5-42), con el ciego de nacimiento (cuarto domingo: Jn 9, 1-41), y con los hermanos de Betania en la resurrección de Lázaro (quinto domingo: Jn 11, 1-45).

En Cuaresma, Jesús camina con nosotros y, con nosotros, quiere seguir yendo al encuentro de los pobres. ¿Somos realmente una Iglesia diocesana pobre y para los pobres, como tantas veces dice el Papa Francisco? El ayuno, la oración y la limosna cuaresmales nos animen a estar más disponibles para nuestros hermanos y hermanas.

¿Cómo camina Jesús?

Ya lo vimos: Jesús inicia su camino con una decisión libre, firme y bien pensada. Así seguirá caminando. Vuelve una y otra vez, en su oración a esa decisión de vida. Es que allí encuentra al Padre, se deja colmar por el Espíritu y se siente, una vez más, enviado a sus hermanos y hermanas, a los pobres, a los pecadores. Ni siquiera la creación es excluida de esta decisión del Señor. Él la renueva, cada día, ante cada persona y cada acontecimiento. Cuando llegue a Jerusalén, sin embargo, habrá un momento en que está opción se hará gesto sacramental: será en el Cenáculo y tomará la forma de pan que se parte y una copa que tiene que pasar de mano en mano. Jesús camina con confianza, con mansedumbre y con alegría. Una alegría desbordante, creciente y que resiste incluso las pruebas más duras. Porque, en su camino, Jesús experimentará momentos de intensa prueba: la dureza de corazón y la ceguera de sus enemigos, la torpeza de sus discípulos que no terminan de entenderlo y la superficialidad de las multitudes. Sin embargo, la mirada fija en el Padre y el soplo consolador del Espíritu lo mantienen en el camino iniciado.

¿Qué estamos haciendo con la alegría del Evangelio que el Señor nos ha confiado? ¿Caminamos con entusiasmo, compartiendo nuestra esperanza y nuestra alegría? ¿O, por el contrario, nos hemos dejado ganar por la amargura y el derrotismo?

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Hasta aquí mis reflexiones para esta primera Carta pascual, a las puertas de nuestro “itinerario hacia la luz pascual”, como dice la Liturgia. Espero sinceramente que nos ayuden a todos.

La liturgia cuaresmal posee una enorme riqueza: los textos de las Escrituras y las oraciones, tanto del Misal como de la Liturgia de las Horas. Alimentemos con ellos nuestra oración de cada día y nuestro deseo sincero de conversión y reconciliación.

El Señor nos espera, con su perdón y su paz, en el sacramento de la Penitencia. Prepararemos así la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia Pascual. Es nuestra vida la que se renueva en Pascua.

Cerca de Semana Santa volveré a escribirles. El Señor está caminando hacia la Pascua. Vayamos con él, dejándonos arrebatar por su Espíritu. Nos espera la resurrección y la vida.

Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva