Cuaresma: una caminata

Mi columna para el programa: “Palabras del Reino” de FM Estación 102,5

La Cuaresma es un tiempo fuerte: cuarenta días para vivir la Pascua.

Pero es también un camino, un peregrinaje, una caminata…

Y, si de caminata hablamos, aprestémonos a hacerla como Dios manda.

Ropa ligera, zapatillas cómodas, tal vez una gorrita para defendernos del sol, una botella de agua natural para vigorizar nuestra marcha.

Y, por favor, no te pongás auriculares.

Te obligan a caminar o a trotar curvado sobre vos mismo, encerrado en vos mismo.

No. Tenés que caminar de otra manera. Al menos, la Cuaresma se camina de otra forma: como lo hizo Jesús, empujado por el Espíritu, yendo directo al desierto, a la prueba, a la vida que se ofrece si se la encara con valentía y entusiasmo…

Caminá la Cuaresma con tu cuerpo, tu rostro y todos tus sentidos bien abiertos, de cara a la acción del aire que purifica.

Que te entre la vid por los poros.

Que la vida que germina y crece vigorosa, bella y exuberante, y crece por todos lados se nos meta por todos los poros del cuerpo.

Si caminás así la Cuaresma, vas a probar uno de sus frutos más hermosos: la alegría.

Sí, la alegría.

Por que Cuaresma no es un tiempo triste, sombrío o apesadumbrado. No es gris.

Gris es el mundo con sus seducciones…

La Iglesia camina la Cuaresma animada por la luz pascual que ya despunta en el horizonte.

¿No lo estás viendo?

¡Cristo resucitó y vive!

¡El amor de Dios, que Jesús ha derramado en su Pascua, es la fuerza más poderosa que mueve el mundo!

¡La muerte ha sido vencida!

¡El pecado no tiene la última palabra en tu vida ni en la vida de nadie!

La alegría de la Cuaresma es la propia de los caminantes: es la de saber que tenemos una meta, que nos impulsa una fuerza maravillosa: el amor de Dios, su compasión y su perdón.

Caminamos como pecadores perdonados, porque Dios nos hace transitar la conversión del corazón, para que, rota la dureza del egoísmo, dejemos libre curso en nuestras vidas a la libertad del Espíritu.

Caminamos la Cuaresma para seguir creciendo como hijos e hijas amados del Padre.

Así caminó Jesús.

Así nos impulsa a caminar el Espíritu.

Y, como yapa: no caminás solo.

Te lo vuelvo a decir: ¡no estás solo en esta caminata! Como no estás solo en la vida…

Yo también camino con vos… y con tantos otros, hermanos y hermanas…

Y caminamos, corremos o, en ocasiones hasta nos arrastramos un poco, cantando de alegría, porque tenemos esperanza.

Nos ha sido regalada gratuita e incondicionalmente.

Así caminan los pobres: los pobres de espíritu, los humildes, ricos con la riqueza de Dios.

Y camina con nosotros María… ¡Esa compañía no tiene precio!

Y los santos.

Dale, echá mano de tus zapatillas.

Pongámonos a caminar.