Preparemos la vuelta del culto público

Fieles de Corea del Sur esta semana retomaron las celebraciones

El aislamiento social, preventivo y obligatorio plantea muchos desafíos a la sociedad.

Los ciudadanos no somos meros ejecutores pasivos de las decisiones de las autoridades.

Toda norma, mucho más si extraordinaria y exigente como esta, tiene que poder ser comprendida en sus términos y razones, para ser asumida libremente y a conciencia.

Una sociedad plural supone ciudadanos que son sujetos morales, por tanto, que asumen sus responsabilidades a conciencia y con libertad personal.

La decisión de no permitir las celebraciones comunitarias de los diversos cultos es razonable, pero también extraordinaria y temporalmente limitada.

Es comprensible también que, a medida que pasa el tiempo y otras actividades sociales comienzan a liberarse, muchos creyentes se planteen por qué no pasa lo mismo con las celebraciones litúrgicas, si, con las debidas precauciones esto también podría ser posible.

Por eso, es bueno que, a medida que la cuarentena entra en diversas fases, se pueda discutir cuándo y en qué condiciones podrá restablecerse el culto público.

Lo que está pasando en países que comienzan a salir lo más álgido de la crisis tiene que ser observado con detenimiento. Ahí están las disposiciones que van adoptando los episcopados de España. Francia, Italia, Alemania y Suiza, por ejemplo. Otro ejemplo es Corea de Sur.

La vuelta del culto público tiene que ser un acto de responsabilidad eclesial y ciudadana. Tenemos que prepararnos. Para eso, necesitamos un diálogo responsable de los pastores y sus comunidades con las autoridades públicas, asesorados, unos y otros, por expertos.

En todo caso, los católicos no podemos adoptar posturas extremas, en uno u otro sentido.

Así como es irracional e inconducente oponer “salud” a “economía”, también lo es oponer “sacramentos” a “acción social”, porque la fuente de toda acción a favor de los hermanos brota de la Eucaristía y a ella conduce.

Ni las celebraciones hogareñas ni el imprescindible servicio social que se brinda desde la fe sustituyen el encuentro con Cristo en los sacramentos (la Eucaristía y la Reconciliación, por ejemplo).

Podemos asumir con dolor y responsabilidad que una circunstancia grave y extraordinaria justifique la suspensión del culto público, pero esa realidad tiene que ser vivida como lo que es: una situación no deseada que se asume desde la fe, pero a la espera de un cambio de condiciones, pues es lo deseable.

Nos tenemos que preparar por tanto para retomar nuestra vida sacramental, especialmente la celebración de la Eucaristía, conscientes además de que será en un contexto difícil, exigente y de una crisis social de largo alcance.

Más que nunca necesitamos la fuerza de esperanza y de vida que solo Dios puede dar al corazón humano para caminar un tiempo de prueba.