“Libertad”: Ese nombre del Espíritu.

“Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.” (2 Co 3, 17).

“Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».” (Jn 3, 5-8).

Esta cita recoge parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, que recoge San Juan en su evangelio. Celebrando Pentecostés, y en este tiempo tan extraño que nos toca vivir, me ha parecido oportuno evocar estas palabras.

El Espíritu es como el viento, dice Jesús. Y quien se deja guiar por Él, adquiere su misma cualidad, es decir: la “sobria embriaguez” de la libertad. Otro hombre libre -Pablo de Tarso- escribiendo a los primeros cristianos de la comunidad de Corinto, evocará lo mismo con otras palabras: “Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.” (2 Co 3, 17).

La chispa de la libertad nunca nos abandona. En las horas más oscuras, nos ilumina desde dentro. Nos sacude, nos incomoda y, llegado el caso, nos empuja y nos lanza fuera, sobre todo, de nuestro conformismo. No nos deja tranquilos.

Llegar a ser real y genuinamente libres es una de las aspiraciones más hondas del ser humano. Pero el camino que hay que transitar es fatigoso.

No es extraño que, de tanto en tanto, el miedo a la libertad nos juegue una mala pasada, y lo que tan honda aspiración se transforme en incómodo huésped. La incertidumbre y el miedo hacen eso: nos pueden llevar a la búsqueda de seguridades rápidas y tranquilizadoras. Y así, los aspirantes a la libertad prefieran ponerse en manos “de los que saben”, resignando honra y dignidad.

Celebrar Pentecostés es celebrar el Don de Dios que se ha jugado por la criatura que es su imagen y semejanza. Que la ha salvado precisamente redimiendo su libertad, haciéndola real y posible.

Es celebrar que, allí donde el Espíritu reina, reina también la libertad. La que nos permite situarnos como personas, haciéndonos cargo de la vida, respondiendo a la llamada de Dios y de la hora que nos toca vivir. Es vivir de esa experiencia fundante de salvación: no estamos solos; Dios está de nuestra parte y trabaja para que nuestra libertad busque el bien y la justicia.

La historia se parte en dos en la persona de Cristo, porque Él ha sembrado en el corazón de los hombres su insobornable libertad.

Es la libertad que nos trae “su” Espíritu, aquella que le permitió decir: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 13). La libertad “en Cristo” desemboca siempre en la entrega de la vida por amor. No en el encierro o la soledad, sino en la fraternidad.

Uno de los desafíos más grandes que hoy tenemos los cristianos -particularmente agudo para los católicos- es precisamente saber engendrar hombres y mujeres libres. O, al decir de Jesús a Nicodemo: que hayan renacido realmente del agua y del Espíritu.

Si nos queda alguna duda, solo miremos a Jesús. El Espíritu viene de Jesús, nos orienta hacia Jesús y nos transforman en Él. Nos hace libres como Él…