La oración de Moisés, el amigo de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de junio de 2020

“Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos”
(Ex 34, 4b).

“Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».” (Ex 34, 8-9).

Las oraciones más bellas y sentidas nacen de noche o al alba. O cuando la oscuridad es más profunda, o cuando comienzan a despuntar los primeros rayos de la luz. En una y otra ocasión, el silencio suele ser más intenso y dulce, aunque también misterioso. Incluso aterrador.

Es que el orante intuye que su vida, frágil y pequeña, queda como envuelta en los brazos del misterio de Dios, siempre más grande de todo lo que podemos pensar o imaginar.

¿Será por eso que los hombres, a la vez que sentimos la atracción de la oración, huimos de ella con sistemática y exquisita determinación?

Dios es amigo del hombre. Está siempre de su parte. Fue la experiencia de Moisés que transparenta la oración que abre esta columna. Es la experiencia cristiana que nace del encuentro con Jesús.

“Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre”, sentencia solemne y certero San Juan al iniciar su evangelio (cf. Jn 1, 18). Abrir el evangelio y leerlo con fe o, al menos, con humana curiosidad, es exponerse a que Jesús cumpla en cada uno esa tarea: decirnos quién es realmente Dios, qué quiere de nosotros, qué sueña del mundo.

La oración de Moisés fue pronunciada al alba, en una montaña (¡cuándo no!), y después de experimentar lo más entrañable de Dios: su compasión, su misericordia, su inquebrantable capacidad de alianza y amistad.

No pudo calcular, sin embargo, el alcance de su petición: sí, Dios vendría a caminar con su pueblo. Lo haría hasta el punto -inimaginable para Moisés- de llegar a hacerse uno más de los que caminan la historia. Y, así, compartiendo camino y cruz, mostrarnos que Dios es familia, amor y alegría compartida: Padre, Hijo y Espíritu Santo.