La resiliencia de Jesús… y un poco más

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de julio de 2020

“Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa»”. (Mt 13, 33).

Jesús sigue hablando en parábolas. Es su modo de afrontar -con ingenio y creatividad – la creciente hostilidad que su mensaje despierta. En estos tiempos en que se ha puesto de moda la palabra “resiliencia”, el evangelio nos ofrece una guía espléndida para aprender, de la mano de Jesús, a levantarnos y rehacernos.

Claro: Jesús es mucho más que un prestigioso gurú de la resiliencia. Cuando nos habla en parábolas sobre el reinado de Dios, su palabra viene de las profundidades de la Trinidad. Sus parábolas son eco del misterio eterno del Dios amor. Es el Hijo que nos muestra el rostro del Padre. Y lo hace con la potencia del Espíritu.

Por eso, cuando nos habla de que no hay que apurarse para arrancar la cizaña que crece junto con el trigo, está tratándonos de enseñar la paciencia del amor del Padre. Precisamente así, Dios trata a la humanidad: sabe esperar que el corazón madure para acoger la semilla que Él mismo siembra en el mundo.

Este domingo también lo escuchamos hablarnos del Reino de Dios con dos ejemplos deliciosos: una pequeña semilla de mostaza que se convierte en un gran arbusto. Y una mujer que pone levadura en la masa para el pan. También aquí, la desproporción entre la pequeñez y el resultado final, nos hablan del modo cómo Dios obra.

Jesús nos habla del reinado de Dios que ya está presente en el mundo. Viene y está. Y, desde dentro, como la semilla en la tierra o la levadura en la masa, transforma, levanta, cobija y alegra el corazón.

A condición de que, también como la semilla o la levadura, se esté dispuesto a morir para vivir. Y, en esto, Jesús toma la delantera. Ya lo recordamos el pasado domingo: grano de trigo que cae en tierra y se pierde para dar vida.

Estas hermosas parábolas nos hablan del Reino de Dios, pero, inseparablemente de Jesús y su pascua. Él es -como bien lo enseñó un autor antiguo- el mismo Reino de Dios en persona.