Las decisiones de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de julio de 2020

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt 13, 44).

Hasta tanto aparezca la vacuna del COVID-19 y sea efectiva para la mayoría de la población mundial -además de gratuita-, tendremos que hacernos a la idea de convivir con el riesgo del contagio. Y todas sus consecuencias, entre ellas, la muerte.

Puede parecer duro, pero, bien mirado, ese ha sido y es el estado permanente del ser humano. Ser parte de la especie humana es aprender a convivir con diversos riesgos y amenazas. Y, desde ese lugar, decidir cómo encarar la propia vida.

Por eso, desde distintos puntos de vista, son muchos los que hoy están indicando la necesidad de desarrollar una “ética del riesgo”, tanto a nivel personal como social.

El evangelio de este domingo nos da algunas pistas para pensar, desde la óptica cristiana, los desafíos que implica asumir con responsabilidad este “vivir en situación de riesgo”. Hoy por hoy es la condición de toda la humanidad. Algo tal vez inédito, que esconde también una inmensa oportunidad.

Jesús cuenta tres parábolas: el tesoro encontrado en un campo, la perla fina y la red que recoge del mar toda clase de peces (cf. Mt 13, 44-52).

Con ellas cierra la enseñanza que había comenzado junto al lago, hablándole a la multitud. Ahora, vuelve a la casa con son sus discípulos. El clima es el mano a mano de la cercanía y la confidencia. Si las parábolas están dirigidas al corazón más que a la mente, es Jesús el que abre su corazón y permite asomarnos a sus decisiones más íntimas: qué lo mueve, qué lo sostiene, por qué asume una vida de riesgo continuo (que sabemos cómo terminará).

Al hablar del tesoro y la perla, Jesús nos dice que ha encontrado algo tan valioso que no puede sino ordenar toda su vida en torno a este “tesoro”. Él le llama, usando lenguaje de los salmos y los profetas: el reinado de Dios. Es su Padre que abraza a los pobres, a los heridos, a los que yerran el rumbo. Por eso, su opción más de fondo es vivir en esa tensión: buscando siempre al Padre y abrazando, como Él, a sus hermanos.

Con la última parábola -la red que recoge peces buenos y malos- vuelve sobre lo que ya dijo al hablar del trigo y la cizaña: cada uno tiene que tomar sus propias decisiones, pero el juicio sobre los demás hay que dejárselo a Dios. Él sabe calibrar, mejor que nosotros, lo que hay en cada corazón.

Este mensaje puede ayudarnos. Si miramos a Jesús, tal como nos lo pintan los evangelios, vemos a alguien que es, ante todo, libre y que, incluso en medio de las contradicciones, vive una intensa (y envidiable) alegría. Tal vez por eso, cuando cuenta la parábola del tesoro, no puede sino apostillar: “…y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”.

Lo cierto es que, a lo largo de la historia, Jesús no deja de compartir esa alegría con los que se animan a mirar la vida como él y de su mano. Nos comparte su mismo Espíritu. Es una posibilidad abierta.