Los sentimientos de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de agosto de 2020

“Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos» […] Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud” (Mt 14, 15.19).

El pasado domingo nos acercamos a las decisiones de Jesús. Hoy, a sus sentimientos. El evangelio de este fin de semana nos habla de ellos. O, mejor: de un sentimiento que, en Jesús es dominante: la compasión.

Jesús acaba de enterarse de la muerte violenta de Juan Bautista. Su impulso primero es irse al desierto. Busca la soledad, no el ensimismamiento. El desierto y la soledad constituyen el ámbito para un encuentro que él busca constantemente. Viven y se mueve en ese encuentro. Busca al Padre. Siente esa necesidad vital.

Sin embargo, un hecho lo hace cambiar de ruta, no de rumbo: la multitud lo busca a él. Es entonces que su deseo de encontrarse con el Rostro del Padre en el desierto da su mejor fruto: “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt 14, 14). Jesús ve a la muchedumbre y “se le mueve todo por dentro”, diríamos nosotros. Y, de ese sentimiento, nacen dos gestos fuertes: entremezclarse con los enfermos para curarlos y, sin reparar en los límites que impone la situación, dar de comer a la multitud que lo busca.

“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, escribe San Pablo a los primeros cristianos (Flp 2, 5). Han pasado dos mil años, pero sigue siendo la regla de vida fundamental para cualquiera que se reconozca discípulo de Jesús: dejar que su compasión tome por dentro todo lo que somos, deseamos y vivimos. Un proyecto nunca logrado del todo, siempre abierto y desafiante.

Esta semana volveremos a verlo realizado en una figura muy querida, sobre todo por los pobres: San Cayetano, el santo del pan y del trabajo. Él mismo se hizo pan. Él mismo se dejó transfigurar por los sentimientos de Jesús, su maestro y señor.